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Martes, 23 de julio de 2019
Narcopolítica (2° parte)

El químico de la DINA que producía cocaína y gas tóxico

Manuel Salazar Salvo

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Eugenio Berríos
Eugenio Berríos

En esta segunda entrega se aborda la historia de uno de los personajes más oscuros de la dictadura. Eugenio Berríos, quien terminó asesinado en Uruguay tras el desarrollo de una compleja trama cuyos cabos no han sido atados totalmente hasta hoy.

Durante gran parte de la dictadura militar, entre 1973 y fines de los 80, los partidos políticos tuvieron una presencia pública muy disminuida; estaban prohibidos y la gente tenía miedo. La mayoría de las tareas que efectuaban eran clandestinas y orientadas principalmente a ponerle fin al gobierno militar y recuperar la democracia.

El narcotráfico prácticamente no existía al principio de la dictadura y cuando comenzó a llegar al país era para usar a Chile como puerto de salida de cargamentos de cocaína hacia Estados Unidos y Europa. Los traficantes extranjeros y chilenos que se mantenían en territorio nacional trataban de permear las estructuras del régimen cívico militar y, muy en especial, a los servicios de inteligencia, a las policías y al Poder Judicial. Lo partidos políticos aún no aparecían entre sus objetivos. Dicho eso, continuemos con esta historia.

Ya recuperada la democracia, el 13 abril de 1995, en una playa de El Pinar, cerca de Montevideo, en Uruguay, un ex funcionario policial encontró enterrados restos óseos humanos. Los análisis forenses aseguraron que se trataba de un asesinato. El cuerpo tenía dos impactos de bala en el cráneo y la víctima había sido maniatada, ejecutada y sepultada cabeza abajo en la arena.

Parecía una ejecución de la mafia, un castigo por traición.

La víctima fue identificada como el bioquímico chileno Eugenio Berríos Sagredo, de 45 años, ex agente de la DINA y ex empleado del Ejército, vinculado a diversas operaciones secretas de la dictadura, y a la producción y tráfico de cocaína y otras drogas. Su historia se remontaba a varias décadas atrás y, particularmente, desde los inicios de la dictadura cívico militar en 1973.

Berríos nació en Santiago, en el seno de una familia de clase media. Su padre era un funcionario de mediana jerarquía en el Banco del Estado. Cuando Eugenio se consideraba el hijo regalón, nació un hermano con síndrome de Down que atrajo toda la atención de sus padres. Él fue relegado y comenzó a buscar destacarse por todos los medios para recuperar el afecto perdido. Se transformó en un alumno brillante, pero sus marcos éticos y morales empezaron rápidamente a desdibujarse. 

Estudió bioquímica en la Universidad de Concepción, donde se aproximó al Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR, que subyugaba a los jóvenes de esa época con sus banderas rojas y negras y su discurso revolucionario. El carisma de los líderes miristas opacaba cualquier intento de Berríos por figurar y decidió cambiarse bruscamente de bando, sumándose en 1970 a los militantes del Movimiento Nacionalista Patria y Libertad, fundado para emprender una tenaz resistencia a la Unidad Popular y al gobierno socialista del presidente Salvador Allende.

Los vínculos con Townley
 
En esa época nació su vínculo con el técnico electrónico estadounidense Michael Townley, amistad que le cambiaría la vida, llevándolo por los oscuros intersticios de los aparatos represivos que creó la dictadura tras el golpe de Estado de septiembre de 1973.

Berríos fue ayudante de Townley en el cuartel de la agrupación Quetropillán –dios volcán en lengua mapuche- un apéndice de la Brigada Mulchén de la DINA, el aparato represivo que dirigía el coronel Manuel Contreras Sepúlveda.

Vivió en una casa de Lo Curro. Allí también residió por algún tiempo Virgilio Paz, un terrorista anticastrista condenado en los Estados Unidos por su complicidad en el asesinato de Orlando Letelier, ex canciller de Allende, perpetrado en 1976 en Washington por el mismo Townley.

La casa de Lo Curro era de grandes dimensiones y varios niveles. En uno de los espacios inferiores, separado del cuerpo principal del inmueble, funcionaba el laboratorio químico. Allí laboraba Berríos, quien tenía el nombre clave de Hermes, un antiguo dios de la alquimia. También lo hacía ahí el bioquímico Francisco Oyarzún, quien años más tarde sería académico de la Universidad de California, en Estados Unidos.

Allí se fabricó el temible gas sarín, un compuesto elaborado sobre la base de arsénico que desarrollaron los nazis en la década del 40 con el propósito de incluirlo en la ojivas de las bombas voladoras que lanzaron sobre Londres. Allí también fue asesinado con gas sarín Carmelo Soria, un español que era funcionario en Chile de las Naciones Unidas y quien fue capturado por los agentes de la DINA.

Entre 1976 y 1977, mientras aún servía a la DlNA, Berríos se dedicó al comercio, importando diversos artículos desde el extranjero en sociedad con varios italianos, en la empresa Ibercom. Los italianos eran miembros de Avanguardia Nazionale, una organización neofascista responsable de un sangriento atentado explosivo en contra de un tren en Bologna, al norte de Italia, que dirigía Stefano Della Chiaie, y que en 1975 intentó asesinar al demócrata cristiano Bernardo Leighton y a su esposa, por encargo de la DINA.

Exportación de drogas

A fines de los años 70 Berríos se integró al Complejo Químico Industrial del Ejército ubicado en Talagante. Se presume que en esas instalaciones tuvo una decisiva participación en la fabricación de bombas y ojivas químicas para cohetes y misiles vendidos al extranjero.

El ex jefe de la DINA, el general Contreras, tras romper sus relaciones con el general Augusto Pinochet en la década del 90, acusó a quien fue su superior de haberse enriquecido fabricando cocaína en aquel complejo químico y enviarla a Europa en aviones de carga que llevaban armas a países asiáticos. Berríos habría participado también en aquello.

El bioquímico abandonó ese trabajo en 1981 y gozando de la impunidad que le confería el ser cercano a los servicios de seguridad del régimen militar, empezó a frecuentar bares como el New Orleans y Les Assesins, donde solían reunirse ex agentes de la DlNA. Allí bebía en exceso y a menudo se jactaba de las misiones especiales que le habían encargado sus jefes. El consumo de cocaína lo hizo involucrarse de manera creciente con las redes del narcotráfico que recién empezaban a extenderse en la capital.

En ese ambiente vivió cada vez más intensamente hasta que en 1987 conoció a la modelo Gladys Schmeisser, una atractiva mujer que había sido candidata a Miss Chile y con la que se casó luego de un romance de sólo tres meses. Vivían en un departamento en el centro de Santiago, pero luego emigraron a Viña del Mar. A esa altura, la adicción de Berríos a la cocaína y al alcohol lo arrastraba por una pendiente de impredecibles consecuencias. 

Al retornar la democracia, en 1990, los problemas aumentaron. La mayoría de los que habían sido sus camaradas en los servicios de inteligencia le volvieron la espalda. Estaban demasiado preocupados de pasar inadvertidos y el bioquímico no era una buena compañía; por el contrario, hacía frecuentes escándalos y seguía hablando más de lo debido.
 
A mediados de año, luego de que un equipo de periodistas del diario La Época encontrara a la desaparecida agente de la DINA Liliana Walker, la justicia reabrió el caso Letelier y el juez Adolfo Bañados ordenó a la policía de Investigaciones que ubicara y detuviera a Eugenio Berríos. 

El general Pinochet ordenó entonces a la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército, DINE, que sacará a Berríos hacia Uruguay y lo ocultara. El bioquímico no sólo podía hablar sobre el caso Letelier, también podía contar muchos secretos de la guerra química y bacteriológica, y del tráfico de armas y de drogas.

La DINE encargó la misión a un pequeño núcleo de agentes del servicio secreto que ubicó y escondió a Berríos en el cuartel del Batallón de Inteligencia del Ejército, BIE, y luego lo sacó del país a fines de octubre de 1991.

Oscuras conexiones
 
Los detectives que investigaban la desaparición de Berríos recibieron un valioso antecedente que les permitió detener en una lujosa residencia de la Vía Roja de Lo Curro, en septiembre de 1993, al peruano Jorge Saer Becerra, de 41 años, quien se encontraba clandestinamente en Chile desde 1989 bajo la identidad falsa de Jorge Antonio Sáez Rivero. El extranjero fue entregado a la justicia por los cargos de pasaporte adulterado y tenencia ilegal de un fusil mauser con su respectiva munición, por los cuales fue procesado. 

Este hombre era buscado a través de encargos a Interpol por Inglaterra, Australia, Italia, España y Alemania. La policía alemana parecía la más interesada en capturado puesto que lo sindicaba como uno de los principales involucrados en la internación de 2.854 kilos de cocaína refinada a Berlín. El gobierno alemán pidió a Chile la extradición y policías de ese país viajaron a Santiago a fines de octubre de 1993 para llevarse al fugitivo internacional. 

Un día antes de que la Corte Suprema aprobara su detención preventiva para ser deportado, Saer logró en forma inexplicable obtener la libertad bajo fianza y salió desde la ex Penitenciaría de Santiago, donde estaba recluido, aprovechando para huir al extranjero en forma ilegal.  

¿Quién era este peruano? La respuesta la sabían los detectives antinarcóticos, los cuales lograron establecer que Saer Becerra había 
internado desde Perú a Chile cerca de una tonelada de cocaína, la cual fue almacenada en una bodega de la comuna de Las Condes, y posteriormente enviada a los mercados extranjeros en sucesivos embarques. Uno de ellos, con 200 kilos de cocaína, fue detectado en España, pero no hubo detenidos. 

Saer estaba vinculado a otro narcotraficante peruano que estuvo radicado en Chile, Juan Guillermo Cornejo Hualpa, que usaba el nombre falso de Jorge Acosta Vargas, con quien se asoció en una fábrica de muebles de mimbre para la exportación.
 
Cornejo Hualpa  constituyó en 1990 -al igual que Saer- una empresa de importaciones y exportaciones como fachada para sus negocios ilícitos. 

La captura inicial de Saer en las pesquisas por el caso Berríos provocó la huida repentina de Cornejo Hualpa quien abandonó un patrimonio de dos millones de dólares. Dejó su mansión en Lo Curro, su parcela en la zona central, sus empresas y se fue con su familia hacia Argentina. 

Los policías confirmaron que Berríos mantenía una estrecha amistad con Saer y numerosos otros traficantes de la bohemia santiaguina. Ambos solían concurrir a los mismos restaurantes del barrio alto y a un exclusivo club de tenis muy frecuentado por peruanos residentes en Chile. 

Tiempo antes, Berríos había decidido producir metanfetaminas actividad que lo vinculó al grupo de peruanos, apéndice del cartel de Cali, donde destacada un hombre al que apodaban El Coque

Tales relaciones habrían sido detectadas por los agentes de la DEA en Santiago, hombres que conocían lo suficiente de Berríos como para convencerlo de que colaborara con ellos. Preso de su pasado, una mañana el bioquímico fue abordado por el ex detective chileno Jorge Alarcón Dubois, quien tenía oficinas en la embajada estadounidense y que reclutó a Berríos y más tarde ofició de enlace para pedir y recibir información.

Los detectives  consiguieron precisar más tarde que Berríos se reunió en un bar céntrico de Montevideo con funcionarios de la embajada chilena, con el peruano conocido como El Coke -tercero en la jerarquía del cartel de Cali- y con un comerciante uruguayo. Los policías sabían que los peruanos formaban parte de una organización que oficiaba de cabecera de puente en el tráfico de cocaína hacia España. También sabían que Berríos había logrado procesar un tipo de cocaína sin olor -o bien- encontrado un nuevo método para refinar el clorhidrato, más barato y de difícil detección. Creían que el bioquímico consiguió cambiar el proceso de maceración de la  pasta base, para lo cual varió también todos los elementos que se utilizan en la obtención del producto final.
 
En ese contexto, resultaron de especial interés los últimos contactos que hizo Berríos en Chile antes de desaparecer. Por un lado se comunicó con agentes de la DEA y, por otro, con un detective antinarcóticos al que le ofreció información a cambio de ser protegido.
 
La forma brutal en que fue asesinado sólo vino a reforzar la idea de los detectives antinarcóticos, conocedores de los métodos que suele utilizar la mafia de la droga para tomar venganza ¿Cuáles fueron los motivos de Berríos para comunicarse con la DEA? ¿Se sentía abandonado por los ex agentes de seguridad del régimen militar y quiso buscar un nuevo alero protector? 

Salida y muerte

En noviembre de 1991 Berríos viajó hacia Buenos Aires acompañado por dos agentes de la inteligencia militar chilena. Se desplazó portando un pasaporte falso a nombre de Tulio Orellana Bravo. En la capital argentina permaneció unos dos o tres meses. El canciller Guido Di Tella admitió la presencia del ex agente en territorio trasandino, pero eludió explicar cómo había entrado y salido hacia Uruguay. "Todo fue normal", declaró a los periodistas. 

Berríos permaneció por lo menos siete meses bajo la protección del Ejército uruguayo. En algún momento de octubre de 1992 la condición pasó bruscamente de protegido a prisionero. Sus custodios decidieron ocultarlo en el Parque de La Plata, en una casa de propiedad de los padres del capitán de inteligencia Eduardo Rodaelli. 

Aparentemente Berríos llegó a la conclusión de que su vida estaba en peligro y en la primera semana de noviembre, eludiendo la vigilancia de dos capitanes del Ejército uruguayo y de dos oficiales chilenos, tomó contacto telefónico con el consulado chileno en Montevideo. Se presentó y pidió un salvoconducto para regresar a Chile, aduciendo que había extraviado su pasaporte. El cónsul Federico Marull lo invitó a concurrir personalmente a la sede diplomática, pero Berríos adujo que no le era posible.

El 15 de noviembre de 1992 Berríos optó por escapar de la casa del Parque de la Plata donde estaba cautivo. Aprovechando que uno de los capitanes había salido a comprar y que otro capitán se encontraba reparando el techo de la vivienda, forzó una ventana y corrió hacia una casa cercana. A los moradores, un capitán de corbeta retirado y su esposa, les contó nerviosamente que estaba secuestrado por militares chilenos y uruguayos y que temía por su vida.

Los siguientes episodios, todos en el cuartel policial de Parque del Plata, 52 kilómetros al este de Montevideo, dejaron a la vista la red tendida para ocultar a Berríos.

- Pinochet me mandó matar, aseguró el bioquímico al comisario del balneario, Elbio Hernández.

- Mis superiores me fusilan si no me lo llevo conmigo, dijo el capitán Rodaelli.

- A éste deberíamos haberlo matado hace tiempo, declaró un capitán que llegó al frente de un piquete de soldados.

Al parecer, Berríos accedió a regresar con sus captores cuando apareció el teniente coronel Tomás Casella, en quien parecía tener confianza.

- Todo se va a arreglar, aseguró el jefe de la policía de Canelones, coronel retirado Ramón Rivas, quien llegó al lugar convocado por el coronel Héctor Luis, otro oficial de infantería que por esos días servía como segundo jefe de la inteligencia uruguaya.

El piquete militar se llevó a Berríos. El coronel Rivas ordenó manchar con tinta el parte policial donde constaba la denuncia del secuestro y las declaraciones de varios testigos civiles, y escribir otro parte falsificando las firmas. Cuando se retiraba, el jefe de policía se dirigió por última vez al comisario Hernández.

- ¿Vio como todo se arregló? le dijo. 

En las semanas siguientes, al conocerse el intento de fuga y posterior desaparición de Berríos, se vivió un terremoto político en Uruguay, con severas réplicas en Chile. Surgieron contradictorias versiones sobre el destino del ex agente de la DINA. Se dijo que había viajado a México, Brasil, Paraguay, Italia e incluso Israel. En un aparente montaje, se conoció una carta escrita por Berríos y entregada en Milán, donde divulgaba una lista de nombres de personas, varios de ellos reconocidos como traficantes de drogas, y pedía que no lo buscaran porque no lo encontrarían.
 
Los medios de prensa de Montevideo fueron bombardeados con informes de inteligencia de dudosa procedencia e incluso cartas de oficiales que entregaban todo tipo de interpretaciones sobre lo ocurrido. Se afirmó, por ejemplo, que Berríos había sido secuestrado por el Mossad, el eficiente servicio secreto israelí, quien lo culpaba de haber trabajado para Irak en la fabricación de armas químicas utilizadas en la Guerra del Golfo. 

Otra versión apuntaba a la traición. Según ella, Berríos había ofrecido al Ejército argentino entregarle valiosa información sobre los principales secretos de la industria militar chilena.

Al final, tras una larga investigación de Investigaciones y de la Justicia, en agosto de 2015, la Corte Suprema sentenció a 14 militares, chilenos y uruguayos, a largas condenas por el secuestro y el asesinato de Berríos. Los autores materiales del crimen fueron un oficial chileno y otro uruguayo.

El chileno era el mayor en retiro Arturo Silva Valdés, quien, aparte de haber sido agente secreto del Ejército, se desempeñó en los servicios de inteligencia de la dictadura y fue uno de los hombres de confianza de Pinochet, encargado de su seguridad personal en los años 90. El resto de los condenados eran los altos oficiales del DINE, varios de sus agentes y el ex fiscal militar Fernando Torres Silva.

Mañana la tercera parte: Las redes de Edgardo Bathich con personajes de la dictadura. 
 

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