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Lunes, 27 de mayo de 2019
Segunda parte

Historia oculta de El Cañaveral: abusos sexuales en tiempos de la Aldea de Hermanos y la recuperación por parte de la Payita

María José Jarpa

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Interior de El Cañaveral, hoy
Interior de El Cañaveral, hoy

Tras el fin del hogar de niños Javiera Carrera a fines de los años 70, la propiedad que sirvió de refugio a Salvador Allende se trasformó en un proyecto dirigido a menores de edad en situación irregular, a cargo de sacerdotes y laicos. Este funcionó hasta inicios de los años 90, y fue escenario de abusos sexuales y trabajo infantil, según denuncian varios testimonios. En este periodo la casona acogió a Miguel Ángel, el vidente de Villa Alemana.

En esta segunda parte de esta historia, se aborda el cambio de propiedad de la casona de El Cañaveral, a manos de curas católicos, lo que marca un momento de mayores abusos, incluso sexuales, y cómo la Payita la recuperó tras el fin de la dictadura.

-> Ver la Primera Parte: La historia oculta de El Cañaveral: de refugio de Allende a un violento hogar de menores en dictadura 

El  30 de abril de 1980 la casona El Cañaveral generó noticia. La propiedad -que había sido residencia en los años 70 de Miria Contreras Bell, la Payita, ex secretaria personal de Salvador Allende, con quien el presidente mantenía una relación sentimental- ese día miércoles apareció en la prensa a propósito del desbarrancamiento de un bus que dejó heridos a 81 niños entre 6 y 14 años a las 7:30 de la mañana. 

Ese mismo día el diario La Segunda publicó sobre este accidente en la portada. El artículo se refería a que el chofer, que viajaba a una velocidad adecuada, había perdido el control de la máquina en el sector de La Hoyada, cayendo a un barranco de unos 40 metros de profundidad. Como resultado 18 menores tuvieron que ser hospitalizados.

En otro párrafo de la misma noticia, aparecía que los niños que viajaban en la liebre pertenecían al Hogar Aldea de Hermanos -ex Hogar Javiera Carrera y Cañaveral- el cual estaba a cargo de “los Padres Salesianos”.
Este hecho puntual, resulta relevante para comprender lo que sucedió tras el fin del hogar de niños Javiera Carrera, que funcionó en El Cañaveral desde 1973 hasta fines de esa década, y el comienzo del proyecto Aldea de Hermanos.

Jaime Illanes, ex residente de los hogares Javiera Carrera y Aldea de Hermanos, era uno de los niños que estaba a bordo del bus el día del accidente. “Íbamos al colegio, era una liebre chica e íbamos apretados. Yo iba parado y cuando íbamos cayendo sentí un golpe. Después tengo una imagen de cuando me estaba sacudiendo la ropa mientras la liebre seguía cuesta abajo. Estuve dos meses hospitalizado en el hospital de la Fach”, relata. 

Illanes y sus ex compañeros en el hogar Javiera Carrera, José Luis Lizana, Héctor Herrera y José Luis Valdivia, no recuerdan la fecha exacta en que se hizo el traspaso de la propiedad desde el Hogar Javiera Carrera a la Aldea de Hermanos. 

En los archivos recopilados para este reportaje no se encontró ningún documento que permita verificar esta operación. No obstante, de acuerdo a información otorgada por el Sename, vía Ley de Transparencia, el nuevo proyecto comenzó a funcionar el 1 de enero de 1982, concluyendo el 1 de enero de 1992.

Otros documentos que dan cuenta de la existencia de este segundo hogar, es un decreto con fecha 18 de marzo de 1982 en el que el Ministerio de Justicia concede la personalidad jurídica a la fundación Aldea de Hermanos. También aparecen los estatutos y una listado con los integrantes del directorio y consejeros. 

La administración de Aldea de Hermanos que reemplezó al Hogar Javiera Carrera reunía “a religiosos y laicos conscientes de su vocación dentro de la Iglesia católica chilena”.

En los estatutos de la entidad se explicita que se trataba de una organización de beneficencia que reunía “a religiosos y laicos conscientes de su vocación dentro de la Iglesia católica chilena” y que motivados por “la creación comunitaria y la vida fraterna, pretenden crear para niños y jóvenes el hogar que les falta”.

El sacerdote holandés Gaspar Handgraff Schapper fue parte de la Aldea de Hermanos. Llegó a Chile en 1960, con 55 años, como integrante de la congregación católica Misioneros de la Sagrada Familia, fundada en Holanda en 1895. 

Desde su llegada en los 60 a Chile hasta su arribo a El Cañaveral se dedicó a trabajar con niños. Primero en un hogar en la comuna de Pudahuel, y posteriormente, en la Fundación Mi Casa. Según recuerda este sacerdote, la Fundación Aldea de Hermanos se hizo cargo de El Cañaveral  a partir de 1979.  

“Nosotros manifestamos la voluntad de aceptar un hogar de niños porque sabíamos que [el gobierno] estaba repartiendo hogares de niños a privados. Entonces, nos presentamos con un grupo de gente, que también eran religiosos, y en mi caso, después de la experiencia en Fundación Mi Casa”, explica Handgraff.

Las gestiones, según detalla, las tuvieron que hacer directamente con el gobierno, específicamente con la esposa del general de Carabineros, César Mendoza, “quien estaba a cargo de los hogares de niños. Nos reunimos en el edificio donde hoy está el Centro Cultural Gabriela Mistral -en ese entonces Diego Portales- y nos dijo que ese hogar era una espina del gobierno, que había unos 80 niños, y que no tenían personas que se hicieran cargo de ellos”, detalla el sacerdote. 
La espina a la que se refería Alicia Godoy, según Handgraff, fueron algunos hechos ocurridos en el Javiera Carrera, como el accidente del niño que se había ahogado en el río y denuncias por maltratos contra menores. 

Además del padre Handgraff, la Aldea de Hermanos fue integrada por miembros de la institución Hermanos del Sagrado Corazón -organización de laicos consagrados, fundada en 1787 en Francia- y personas cercanas a la iglesia católica. No obstante, aclara el sacerdote, no existió ningún nexo de carácter institucional con la Iglesia católica.
Según el acta de la fundación, el primer directorio quedó integrado por el ciudadano canadiense y religioso de los Hermanos del Sagrado Corazón, Jean Marc Gangnon Dion, quien quedó en calidad de presidente; Hernán Sibona Bascuñán -que figura como empleado- en el puesto de vicepresidente; Adriana Stegmann González, quien tomaría el cargo de secretaria  y el padre Handgraff como tesorero.

El grupo de amigos compuesto por José Luis Lizana, Héctor Herrero, Jaime Illanes y José Luis Valdivia alcanzaron a estar un breve lapso en la Aldea de Hermanos. La mayoría de ellos, por superar los 18 años, comenzaron su egreso de El Cañaveral en 1980. 
Algunos habían logrado sacar títulos técnicos en el instituto Inacap.

Otros, como Jaime Illanes, se fueron a hacer el servicio militar tras salir del hogar. 

La transición del hogar Javiera Carrera a la Aldea de Hermanos no fue bien recibida por los residentes. Según comentan en el grupo de amigos, cuando llegó la nueva administración, se tomaron acciones como tapar la piscina principal, se selló una copa de agua que existía en una parte de la propiedad y se decidió echar abajo el pabellón Tamarugal.

A diferencia del hogar Javiera Carrera, los tíos ya no estarían a cargo de los menores. Desde ese momento, el matrimonio compuesto por Hernán Sibona y Adriana Stegmann, serían una especie de padres sustitutos de los niños, siendo asistidos por algunos funcionarios.
“Cuando llegó la Aldea de Hermanos lo hicieron con bombos y platillos, cambiaron todo. Por ejemplo, nos servían en charolas el almuerzo, cosa a la que no estábamos habituados. Empezaron con buena comida pero al parecer era pura pantalla”, relata José Luis Lizana.

“Fue una época en que no teníamos una buena alimentación; había problemas con la comida. Nos hacían leche de harinilla, pan de harinilla. No sabíamos si era por escasez o por algún otro motivo”, dice un ex residente.

José Luis Valdivia, por su parte,  recuerda un período en que el alimento escaseaba y el menú se repetía todos los días. “Fue una época en que no teníamos una buena alimentación; había problemas con la comida. Nos hacían leche de harinilla, pan de harinilla. No sabíamos si era por escasez o por algún otro motivo”.

En la misma propiedad, pero al otro lado del río Mapocho, donde se encontraba una quinta con árboles frutales, la fundación instaló un corral para criar cerdos. A los mismos niños  les tocó en varias ocasiones alimentarlos y cuidarlos. Aseguran que jamás en el almuerzo o en la cena probaron un trozo de esa carne.

La llegada de Miguel Ángel

En esos años llegó por segunda vez a El Cañaveral un adolescente, que a mediados de la década de los 80,  se daría a conocer a nivel nacional por las denominadas apariciones de la Virgen de Peñablanca.
Se trataba de Miguel Poblete Poblete, quien  fue abandonado al nacer por su familia y que en 1983 movilizó a miles de creyentes hasta Villa Alemana, en la región de Valparaíso, al asegurar que tenía apariciones de la virgen María. Llegó a ser conocido como el vidente de Peñablanca o vidente de Villa Alemana

En un capítulo del libro Yo soy el inmaculado corazón de la Encarnación del Hijo de Dios del arquitecto Álvaro Barros Valenzuela, se señala que Poblete llegó a El Cañaveral por primera vez en 1978, cuando el lugar funcionaba como hogar Javiera Carrera y aún estaba bajo la administración de CONAME.  

Sus ex compañeros lo encontraban lo extraño, diferente, aunque aseguran que no tenía una mala relación con sus pares.
“Decía que hablaba con la virgen, que hablaba en hebreo. Después supimos  que se había cambiado de sexo y que vivía en una quinta. Era bien llevado a su idea”, comenta Jaime Illanes.

Álvaro Barros menciona en su libro que Miguel Ángel se fugó del hogar ese mismo año debido al maltrato que recibía de parte de sus compañeros del hogar Javiera Carrera y tras sufrir un intento de abuso sexual de parte de uno de los tíos llamado Walter.

Tras una breve estadía en el Hogar Galvarino de Santiago, regresó a El Cañaveral en marzo de 1980 cuando ya era conocido como Aldea de Hermanos. 

“De todos los niños el más complicado era Miguel Ángel. Él tenía problemáticas psicológicas severas. Era complejo, le gustaba que lo tomaran en cuenta, que se hiciera lo que él quería”, dice la profesora de quien fue conocido como el vidente de Villa Alemana.

La actual directora de la escuela San Juan de Kronstadt, Oriana Contreras Lira, recuerda a Miguel Ángel entre los alumnos. “De todos los niños el más complicado era Miguel Ángel. Él tenía problemáticas psicológicas severas. Era complejo, le gustaba que lo tomaran en cuenta, que se hiciera lo que él quería”.

Agrega que “cuando pasó lo de Peñablanca, nosotros sabíamos que podía ser perfectamente un fraude porque él era capaz de inventar todo eso. Era capaz de actuar y creerse el cuento, porque yo estoy convencida de que él realmente se lo creía”.

Contreras, quien llegó a dictar clases al San Juan de Kronstadt en 1981, recuerda con afecto a los niños de la Aldea de Hermanos. “Eran niños buenos y tranquilos”, afirma. 

“El trabajo que se hacía en el hogar era bastante bueno, no como en el Sename en  que se nota la vulnerabilidad. Los niños no tenían esas conductas disruptivas de los niños en abandono”, asevera la directora de la escuela San Juan de Kronstadt.

Según la docente, los niños  asistieron a la escuela hasta que se acabó el hogar a principios de los años 90 y que  aún quedan los registros de asistencia que verifican el período en que concurrieron al establecimiento.

El cierre del hogar y la posterior restitución a sus dueños legales, la Payita, fue tomado con cierta molestia por parte de algunos profesores del San Juan de Kronstadt.

“Yo estaba molesta con Miria Contreras [la Payita] porque todo lo que ellos predicaron no lo practicaron, dejaron a los niños sin hogar. A nivel de profesores nos provocó un enojo grande porque nos pareció contradictorio”, subraya Contreras.

Abusos y manejos irregulares de dineros 

Germán Espinoza es alto, maceteado, tiene una barba larga, blanquecina y algo desgreñada, que cada cierto tiempo tironea con una de sus manos. 

Mientras intenta con dificultad encender un cigarrillo, con el viento en contra, comienza a recordar sus días como residente en la Aldea de Hermanos y también en el Hogar Javiera Carrera.

Llegó en 1976 al Javiera Carrera, a los 10 años. Desde los 6 estuvo internado en hogares  de niños debido a problemas familiares. Su padre era comerciante ambulante y su madre se tuvo que ir a vivir a una toma de terrenos en Renca.

Mientras fuma, hace memoria de los espacios de la casona, de las salidas al colegio e incluso de lugares ocultos que los niños, en ese período, encontraron en la propiedad. “Había unas piezas secretas. Me acuerdo que encontramos unos libros de medicina y remedios, que en esa época eran bastante caros”, señala Espinoza.

Uno de sus lugares favoritos -dice- era la quinta que se encontraba cruzando el río, a la cual, los niños iban frecuentemente a sacar fruta. 
“Nos pasábamos por el río por un puente chico a la quinta, porque había frutas. La comida en el hogar no siempre era buena. En alguna ocasión me pegaron un par de varillazos por eso, pero no me importó”, afirma.

Como sucedió con el resto de los residentes del Javiera Carrera, Espinoza nunca supo cuál fue la razón por la que se hizo el traspaso a la Aldea de Hermanos, pero coincide con la versión de otros ex residentes, en cuanto a las transformaciones que se hicieron en la propiedad. 
Tiene otros recuerdos. Uno de ellos fue la relación que tenía el director Jean Marc Gagnon Dion con algunos de los niños. Asegura que era frecuente que el canadiense tocara indebidamente a algunos de los menores y que tenía otros comportamientos que los niños no comprendían.

“El tío Jean Marc Gagnon Dion tenía costumbres medias raras. A veces nos iba a despertar en las mañanas y nos agarraba el miembro, nos tocaba. Era como un juego. A mí me llevó una semana, pero no lo volvió a hacer porque no me había bañado y como que intentó hacerme sexo oral”, dice un ex residente.

“El tío Jean Marc tenía costumbres medias raras. A veces nos iba a despertar en las mañanas y nos agarraba el miembro, nos tocaba. Era como un juego”, asevera. Agrega que,  “el hombre tenía la suerte o el privilegio de llevarse a un chiquillo para que le hiciera aseo en la casa. Tenía una casa aparte, en forma de A, al lado del pabellón Fach. A mí me llevó una semana, pero no lo volvió a hacer porque no me había bañado y como que intentó hacerme sexo oral”.

Espinoza recuerda que el director tenía un niño favorito a quien llevaba con más frecuencia a su cabaña, y que según se enteró, recibía algún tipo de pago por ciertos “favores”.

Germán Espinoza y otros residentes del hogar, le comentaron la situación “al papi y a la mami”, como eran llamados Hernán Sibona y Adriana Stegmann. Sin embargo, éstos últimos rechazaron las acusaciones sin tomar medidas, según cuenta Espinoza. 

“Ellos nos llevaron una vez a un grupo de niños a Talca porque se habían comprado una parcela; era inmensa. Como no tenía derecho de aguas hicimos un tranque para que juntaran agua y varios otros arreglos sólo, a cambio del almuerzo”, dice un ex residente sobre situaciones de trabajo infantil por parte de Hernán Sibona y Adriana Stegmann.

Otra situación que describe en detalle Espinoza, es que en varias ocasiones el matrimonio intentó sacar provecho económico de la propiedad, como por ejemplo, cosechar las frutas de la quinta -trabajo que hacían los niños- y venderlas posteriormente en el mercado.
Una situación particular que vivió este ex residente fue cuando la pareja llevó a un grupo de niños del hogar a una parcela ubicada en Talca para ayudarlos a hacer una acequia y arreglos. “Ellos nos llevaron una vez a un grupo de niños a Talca porque se habían comprado una parcela; era inmensa. Como no tenía derecho de aguas hicimos un tranque para que juntaran agua y varios otros arreglos sólo, a cambio del almuerzo”, afirma.

De este último hecho también estuvo al tanto el padre Gaspar Handgraff. Según indica, a fines de 1989 los sacerdotes decidieron retirarse de la Aldea de Hermanos debido a las intenciones del matrimonio Sibona-Stegmann de lucrar con el organismo.
“Querían transformarse en una asociación para comprar tractores, instrumentos para trabajar la tierra, importando desde Gran Bretaña. Eso implicaba muchos millones, mucho dinero y  nosotros dijimos que no”, comenta.

Respecto de la propiedad en la región del Maule, Handgraff añade que “fue un campo comprado con dinero de la fundación y del que no dieron cuentas claras. Eso nos separó poco a poco”.

Un antecedente relevante en esta historia, es que, a principios de los años 80, cuando se gestionó la personalidad jurídica de la fundación Aldea de Hermanos, el Servicio Nacional de Menores recomendó hacer “un dedicado estudio” de los integrantes del directorio y consejeros de la organización, debido a que se constató que algunos de ellos tenían antecedentes penales, lo que podía traducirse en un problema, ya que iban a administrar dineros públicos.

Entre los mencionados con antecedentes penales figuraban el vicepresidente de la fundación, Hernán Sibona, por el delito de giro doloso de cheques. También  el consejero Raúl Díaz Escobar, con un prontuario por hurtos reiterados y Raquel Flores -quien no aparecía como miembro del directorio o el consejo- y tenía una causa judicial por falsificación de instrumento público.

En cuanto a las acusaciones de abuso sexual contra Jean Marc Gagnon, el padre Gaspar Handgraff dice desconocer denuncias o situaciones de este tipo en la Aldea. Comenta que el canadiense se retiró antes de la organización, regresó a su país, desde donde se trasladó a trabajar en un hogar de niños a las islas francesas donde falleció. 
Un centro de eventos de matrimonios, fiestas  y despedidas presidenciales

El 1° de enero de 1992 finalizó oficialmente el proyecto de la Aldea de Hermanos en El Cañaveral, casi dos años después del retorno a la democracia en Chile. 

En un documento enviado por el entonces ministro de Bienes Nacionales, Luis Alvarado Constenla, al Ministerio del Interior el 22 de marzo de 1991, se informó que la propiedad de El Cañaveral había sido devuelta por la institución que la ocupaba quedando en manos del gobierno. Sin embargo, recién el año 2000, la propiedad apareció nuevamente a nombre de Miria Contreras Bell, según consta en el Conservador de Bienes Raíces de Santiago. 

El inmueble fue transferido posteriormente por Miria Contreras a sus hijos Isabel y Max, en noviembre del 2000, y se dividió un 50 por ciento para cada una de las partes. Estos últimos   convirtieron la propiedad en un centro de eventos para la realización de matrimonios, fiestas familiares y reuniones para empresas e instituciones.

Entre las actividades más conocidas realizadas en los últimos años en El Cañaveral, figura el almuerzo de despedida que sostuvo la ex Presidenta Michelle Bachelet con sus ministros, subsecretarios y asesores de La Moneda, el 11 de marzo de 2018 tras el cambio de mando. 

Los ex niños de El Cañaveral están al tanto de la transformación de la propiedad y su giro comercial. Algunos dicen que han viajado hasta el kilómetro 5, del camino a Farellones,  para mostrarles a sus familias desde el exterior, el lugar que marcó sus infancias.

Felipe Bastías, ex residente del hogar Javiera Carrera, afirma que en una ocasión envió un correo a la dirección de la casona para hablar acerca de lo que sucedió en lugar, pero no recibió  respuesta.

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