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Lunes, 21 de septiembre de 2020
Histórico cambio de gobierno en México

López Obrador, el atípico

Martín Vivanco Lira

¿Quién es realmente el nuevo presidente? Algunos creen que es la nueva esperanza de una alicaída izquierda latinoamericana. Otros piensan que su personalidad se parece a la de Donald Trump. El analista mexicano Martín Vivanco analiza en profundidad la trayectoria y rasgos de AMLO.

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ganó la Presidencia de México con un histórico 53% de la votación. Más de 30 millones de mexicanos votaron por él. Nunca nadie había ganado con ese margen. Esta apabullante victoria se dio por una mezcla entre la personalidad de AMLO y la historia reciente del país.

Estos dos ingredientes resultaron en el coctel perfecto para el tsunami electoral que se vivió el pasado 1 de julio en México. Por un lado, la personalidad de AMLO en el ecosistema político mexicano es realmente atípica; por el otro, el hoy ancien regime mexicano cosechó por años su propia destrucción: la violencia generalizada y un sistema de privilegios y de corrupción en una sociedad profundamente desigual, caló y prendió el ánimo social como nunca antes.

López Obrador es un político, pero es también un luchador social. Nacido en un pequeño pueblo del estado de Tabasco en noviembre de 1953, Andrés Manuel López Obrador comenzó su carrera pública como responsable del Instituto Nacional Indigenista de Tabasco. Desde ahí dio visos de ser un político diferente al resto. Al tomar posesión, decidió mudar su oficina de la ciudad capital del estado de Tabasco, Villahermosa, a una localidad entre los indígenas de la Chontalpa. Desde ahí despachó en una casa sin lujo alguno. Como dice el periodista y escritor Ricardo Raphael, desde aquel entonces “aprendió el lenguaje de los desposeídos, al tiempo que entendió el poder simbólico de la austeridad, que lo distinguía de otro tipo de políticos, cercanos al México más ostentoso”.

Como jefe del Distrito Federal demostró ser un político pragmático: hizo alianza con empresarios como Carlos Slim y, a su vez, lanzó uno de los programas sociales más populares en el país: una pensión a todos los adultos mayores de la capital.

A lo largo de su carrera política conservó esa impronta de austeridad y cercanía al pueblo. Primero militó en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) donde aprendió las típicas formalidades de la política mexicana. Después participó en el movimiento que fracturó a ese partido hegemónico y fue de los fundadores del partido de izquierda resultante: el Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Su activa militancia en el PRD y el abanderamiento de causas sociales, lo llevó a ser electo en el año 2000 como Jefe de Gobierno del Distrito Federal (DF), el puesto público mas importante que ostentó, hasta ahora. Y desde ahí demostró ser un político pragmático: hizo alianza con empresarios –la más emblemática fue la que hizo con Carlos Slim para remozar el Centro Histórico del Distrito Federal-; y, a su vez, lanzó uno de los programas sociales –de corte asistencialista- que se hicieron más populares en el país: una pensión a todos los adultos mayores de la capital. La administración de AMLO en el DF también se distinguió por gobernar a través de bandos ejecutivos, esto es, reglamentos que emitía directamente sin consultar al Legislativo. Además, AMLO siempre se distinguió por ser un gran comunicador y tener una facilidad enorme para definir la agenda pública. Cuando gobernó la Ciudad de México, todos los días daba una conferencia de prensa a las seis de la mañana y fijaba algún tema.

Mientras en el país se mataba gente a diario, él recorría poblado por poblado ofreciendo lo que la gente necesitaba: esperanza.

A pesar de considerarse de izquierda, durante su gobierno en el Distrito Federal no llevó a cabo reformas consideradas emblemáticas por la izquierda tradicional: no se impulsaron iniciativas como la legalización del aborto, ni la legalización de la marihuana, o los matrimonios del mismo sexo.

La larga marcha hacia la Presidencia

En 2005, AMLO hizo patente su interés por conquistar la Presidencia de la República. Era el político más popular del país en ese entonces y puntero en las encuestas. Ya en campaña, en 2006 compitió contra el candidato del Partido Acción Nacional (PAN) Felipe Calderón, el PRI en ese momento estaba fuera de la jugada. La campaña fue agresiva, de tono fuerte.

Y aquí es donde se empezó a formar la imagen que se tuvo de AMLO por algunos años. Calderón acuñó una frase que lo persiguió por mucho tiempo: “AMLO: un peligro para México”. Se le retrató, con mucha eficacia, como el típico político populista de izquierda trasnochada, la encarnación del chavismo en México, un “mesías tropical” que vendría a destruir nuestro incipiente sistema de libertades, etcétera.

Calderón acuñó una frase que lo persiguió por mucho tiempo: “AMLO: un peligro para México”.

La campaña fue muy eficaz, ya que despertó el temor en el empresariado y la clase media (que, como decía el viejo Marx, creía que tenía algo que perder). Esto aunado a errores tácticos de López Obrador, como insultar directamente al presidente Vicente Fox y no asistir a uno de los debates, resultó en la derrota más polémica del México moderno. AMLO perdió ante Calderón por 0,62%, es decir, por sólo 243.000 votos. Al conocerse los resultados, AMLO los desconoció, denunció un fraude electoral en su contra. Y es aquí en donde comienza otra etapa en su vida política: la de la resistencia.

De 2006 a 2012 AMLO se declaró a sí mismo como “Presidente Legítimo”. Nunca reconoció la victoria del presidente Calderón, y empezó a recorrer el país. Al alimón se escribía otro guion, mucho más nefasto en sus consecuencias. Calderón, a los pocos días de tomar posesión, desplegó al ejército y empezó la famosa “guerra contra el narco”. Una de las lecturas de este movimiento político apunta a que Calderón lo hizo en aras de legitimarse ante su estrechísima victoria contra AMLO. Puede ser. Lo que es un hecho, es que a partir de ese momento, México se ha visto inmerso en la etapa más cruenta de su historia moderna. De 2007 a la fecha, se han contabilizado más de 250.000 muertos y 120.000 desaparecidos. Hoy en día la tasa de asesinatos es de 25 homicidios dolosos por cada 100.000 habitantes, peor que Colombia (24 por cada 100.000 habitantes).

Esto situación de violencia generalizada, de descontrol de la seguridad pública, del desdibujamiento del Estado en cuanto a ente con el monopolio de la fuerza legítima, fue un factor que influyó, de forma determinante, en la victoria de AMLO el pasado mes de julio. Mientras en el país se mataba gente a diario, él recorría poblado por poblado ofreciendo lo que la gente necesitaba: esperanza.

En 2012 AMLO volvió a postularse a la Presidencia y fue derrotado por Enrique Peña Nieto del PRI. Si algo se debe decir de AMLO es que su pragmatismo le permite aprender: sabe tomar actitudes diferentes frente a sucesos similares. A diferencia del 2006, ante la derrota del 2012, AMLO no objetó el resultado y no se replegó; al contrario, creó su propio partido: MORENA. El partido se asemeja más a un movimiento social que a un partido formal. No tiene contornos ideológicos claros -aunque se proclama de izquierda no tuvo reparo alguno en aliarse con un partido de corte confesional-, no tiene una estructura territorial, ni liderazgos de peso. Lo que logró MORENA fue por la atracción que AMLO ejercía, cada vez más, frente al electorado y algunos actores políticos que empezaron, poco a poco a orbitar cerca del “lopezobradorismo”.

Frente a la violencia, AMLO manejó un discurso de “amor y paz”. Frente a la crisis económica, manejó un discurso maniqueo pero muy efectivo: todo es culpa de los corruptos que se roban el dinero del pueblo.

A mitad de su mandato, el “peñismo” entró en crisis y con eso el PRI cavó su tumba. Los múltiples escándalos de corrupción –sobre todo, de algunos gobernadores-; la desaparición de los 43 estudiantes de una escuela en Ayotzinapa, en Guerrero; la liberalización gradual de los precios de los combustibles que llevó a un aumento considerable en sus precios; y una forma de hacer política fincada en las formas de antaño, en exceso formalista, alejada de la gente y con una ostentación por algunos actores políticos francamente insultante, llevaron a que la popularidad del Presidente y del gobierno se fueran por los suelos, cayendo a menos del 20%.

Todo lo anterior fue capitalizado por AMLO. Ante la corrupción y la ostentación de poder, él siempre se mostró como en su primer trabajo: humilde, cercano e incorruptible. A pesar de que algunos de sus más cercanos colaboradores han sido señalados por casos de corrupción, él siempre ha salido ileso. A la pregunta expresa sobre cómo acabará con un fenómeno tan complejo como es el de la corrupción, siempre atajó, decidida y lacónicamente “con el ejemplo”. “Si el Presidente no es corrupto, nadie en el gobierno lo será”.

Frente a la violencia, AMLO manejó un discurso de “amor y paz”. Frente a la crisis económica, manejó un discurso maniqueo pero muy efectivo: todo es culpa de los corruptos que se roban el dinero del pueblo. Si acabamos con la corrupción, vendrá la época de la abundancia. Frente a la crisis social –en gran parte derivada de la violencia que ha desgarrado el tejido social- prometió crear dos programas sociales: uno que le dará una especie de beca a los jóvenes que ni estudian, ni trabajan; y otro que dotará de una pensión universal a todos los adultos mayores. Además, prometió que todo esto se haría sin aumentar un solo impuesto.

Por supuesto, también criticó las reformas “neoliberales” que han sumido a México en una crisis social. Fue muy claro cuando dijo que “cancelará” la reforma educativa, ya que castiga a los maestros al evaluarlos punitivamente; que “revisará” la reforma energética que actualmente permite la inversión privada en el sector. Nunca se lanzó contra el libre comercio, pero sí repitió varias veces que se privilegiará el consumo interno y que la mejor política exterior “es la interior”. Nunca se posicionó respecto a los regímenes de Venezuela, Nicaragua o Cuba, siempre se mantuvo detrás del escudo del “principio de no intervención”.

El reducir casi todo a un problema de corrupción y de acabar y pintar todo en blanco y negro, conectó con una ciudadanía harta de los privilegios y las corruptelas y que no ha sentido que sus condiciones materiales de vida hayan mejorado con los gobiernos del PAN o del PRI.

Como política pública el discurso se antoja trecho, lleno de lagunas y ambigüedades, pero como discurso electoral fue más que efectivo. El reducir casi todo a un problema de corrupción y de acabar con los privilegios de unos pocos; el separarse del pasado inmediato, y pintar todo en blanco y negro, conectó con una ciudadanía harta de los privilegios y las corruptelas y que no ha sentido que sus condiciones materiales de vida hayan mejorado con los gobiernos del PAN o del PRI. No en vano AMLO definía a sus adversarios como el “PRIAN”.

Así ganó Andrés Manuel López Obrador. Con una mezcla de tesón, disciplina, pragmatismo, y mucha sensibilidad para leer el momento histórico que le tocó vivir: uno de extrema indignación ante la política en general y en el que predomina un sentimiento de exclusión del pueblo por parte de la clase tecnocrática, de los que “sí saben” como gobernar.

AMLO, ¿un nuevo camino para la izquierda?

¿Es AMLO un populista? ¿Puede dar nuevos bríos a la izquierda latinoamericana?

Tiene rasgos que coinciden con algunas tesis populistas: su confianza extrema y comunicación directa con “el pueblo”, la desconfianza frente a sociedades intermedias –la llamada sociedad civil-; un estilo maniqueo de hacer política de amigo-enemigo, un estilo también con aroma mesiánico “secular”. Por ejemplo, en el caso de la corrupción él realmente cree que la solución es él mismo.

Si López Obrador es un populista de izquierda, es uno que no cree en los impuestos, lo cual es atípico.

Por el otro lado, si fuera un populista de izquierda, es uno que no cree en los impuestos, lo cual es atípico. Si es un populista de izquierda, es uno que celebra un entendimiento de libre comercio con los Estado Unidos. Si es un populista de izquierda, es uno a que no le importa que dentro de los partidos que conforman su coalición política en el Congreso se encuentre uno que es abiertamente confesional y que sigue abiertamente la moral cristiana.

¿Puede ser un faro para la izquierda latinoamericana? En cuanto a su perfil ideológico se asemeja más a la izquierda que de alguna forma representó Gustavo Petro en Colombia, o Alejandro Guillier en Chile, que a algún parecido con esa izquierda que se inscribe en el chavismo. Es decir, el triunfo de AMLO, como afirma el historiador y crítico literario Rafael Rojas, “puede inscribirse en la emergencia de una nueva izquierda post chavista”.

Por ejemplo, el que AMLO condene las reformas “neoliberales” e hilvane un discurso de recuperar la productividad agropecuaria y fortalecer el mercado interno, guarda semejanza con la reforma agraria que formuló Petro –el líder de la izquierda en Colombia- en las pasadas elecciones de ese país. Ambos toman distancia de políticas neoliberales, pero también “de la ofensiva extractivista de los regímenes bolivarianos de los años 2000”. Ellos defienden un modelo distinto, que en el caso de AMLO no excluye respaldar la renegociación del TLCAN, por ejemplo.

Asimismo, si bien AMLO ha guardo silencio respecto a lo que sucede en Venezuela o Nicaragua, él no ha dado ningún guiño positivo y patente a esto regímenes (aunque, algunos miembros de MORENA, sí lo han hecho). No ha sido tan contundente como Petro, quien envió una carta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de San José, en la que denunció el “secuestro doloroso de la democracia” en Venezuela. AMLO no se ha mostrado entusiasta respecto al “socialismo del siglo 21”. Lo que sí ha hecho es elogiar al ex presidente de Uruguay, José Mujica.

López Obrador es una persona hiperactiva que domina el espacio público y las expectativas sobre su gobierno son exorbitantes.

Lo más importante para entender esta posible emergencia de una izquierda distinta es lo que escribió Rojas en Letras Libres: “Guillier, Petro y, sobre todo, López Obrador han colocado en el centro de sus agendas el combate a la corrupción y la impunidad. Los tres capitalizan esa demanda frente a las derechas locales, pero también envían un mensaje a la izquierda latinoamericana, envuelta en el megaescándalo de corrupción de Odebrecht  –y en otros menores– en países como Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina, Perú y Chile. La corrupción, aqueja lo mismo a la derecha que a la izquierda, pero en esta última golpea especialmente a países del bloque bolivariano”.

En suma, AMLO tiene una oportunidad de oro para asumir un papel en la identidad de la izquierda de la región. Si adopta una política que se aleje del chavismo puede ser el adalid que le dé nuevos bríos a la izquierda latinoamericana. Eso pasa, claro, por condenar sin cortapisas lo que sucede actualmente en Venezuela y Nicaragua e ir cincelando de una nueva izquierda que sea una amalgama entre las tesis liberales igualitarias, con la dosis correctiva de una nueva concepción populista.

Lo que viene

¿Se parece AMLO a Trump? En algo sí, y López Obrador se lo dijo a Trump en un intercambio epistolar que sostuvieron hace poco. “En cuanto a lo político, me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen predominante.”

Pero más allá de esta coincidencia de personalidades, políticamente no se parecen en nada.

¿Qué viene? Por el momento México vive una transición histórica de gobierno. Y la agenda la domina AMLO. Hay un gabinete legal y otro en la “sombra”, el nombrado, de antemano por AMLO, que contrapuntea a los actuales ministros. Todos los días da de qué hablar. Se ha retractado de algunas de sus promesas. Así, ya ha cambiado de opinión sobre la estrategia de seguridad, ha matizado sus dichos sobre la reforma energética, celebró el entendimiento comercial que se empieza a esbozar con Estados Unidos, por ejemplo.

López Obrador es una persona hiperactiva que domina el espacio público. Las expectativas sobre su gobierno son exorbitantes: seis de cada 10 mexicanos creen que la situación del país mejorará con su gobierno, 65 % cree que en el corto plazo mejorará la seguridad, un 67% piensa que la economía repuntará y un 64% cree que lo mismo sucederá con la situación política, según una encuesta de Consulta Mitofsky.

+Martin Vivanco Lira es abogado y Master en Teoría Política por la London School of Economics and Political Science y Doctorando en Derecho por la Universidad de Chile. Fue Agregado Político de la Embajada de México en Chile. Twitter: @MartinVivanco Facebook: MartinVivancoMX Página web: martinvivanco.mx

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