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Martes, 24 de noviembre de 2020
Especial elecciones de 1970

Los CUP, instrumento clave en la campaña de Salvador Allende

Rolando Álvarez Vallejos (*)

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Allende en provincias
Allende en provincias

Este artículo del historiador Rolando Álvarez Vallejos, titulado originalmente como La Unidad Popular y las elecciones presidenciales de 1970 en Chile: la batalla electoral como vía revolucionaria, aborda la trayectoria electoral de la izquierda durante el siglo XX, y sus estrategias de agitación y lucha de masas, dentro de la cual se crean en 1970 los CUP (Comités de la Unidad Popular) en el territorio. "¿Los CUP debían ser el embrión del "poder popular”, de la “revolución desde abajo”, que, desde fuera de la institucionalidad, abriría camino a la revolución chilena?", se pregunta el autor.

Desde que Luis Emilio Recabarren fuera despojado de su cargo de diputado en 1906, los partidarios del socialismo en Chile intentaron ocupar cargos de elección popular para difundir sus posturas críticas al orden dominante. Recién en 1921 el Partido Obrero Socialista logró que sus candidatos Luis Víctor Cruz y Luis Emilio Recabarren fueran electos, ratificando la importancia de la lucha electoral en el desarrollo político y programático de la izquierda chilena. Desde aquella época, los procesos electorales se convirtieron en instancias que ayudaron a configurar la cultura política de este sector político.

Definidas como una tribuna para denunciar los abusos del capitalismo y herramienta que permitía llevar a la práctica una pedagogía política hacia un pueblo sumido en la ignorancia y embrutecido por los vicios del sistema, poco a poco las elecciones fueron dando a la izquierda voluntad de poder. 

Así, convertida la izquierda en una alternativa realmente competitiva desde el punto de vista electoral a partir de la década del treinta, las elecciones se convirtieron en el arma característica en donde se desplegó la lucha política de la izquierda chilena durante gran parte del siglo XX. Hitos como el triunfo de Pedro Aguirre Cerda en 1938 o la recuperación de la legalidad del Partido Comunista en 1958, gracias a la conformación del amplio acuerdo electoral conformado por el “Bloque de Saneamiento Democrático” constituyen momentos estelares para el avance de las posiciones y planteamientos de la izquierda en Chile.

En este contexto, las cuatro campañas presidenciales encabezadas por el líder socialista Salvador Allende en los años 1952, 1958, 1964 y 1970 se convirtieron en el corolario de la trayectoria de la izquierda durante el siglo XX chileno. Tanto en la decisión de asignarles un papel estratégico para el proceso de cambio que se estimaba necesario para el país como por la forma de organizarse, por sus contenidos y su accionar en terreno estas campañas presidenciales contornearon de manera decisiva las definiciones políticas de la izquierda. La de 1952, eminentemente testimonial, representó la importancia de abrir un camino propio ante la irrupción populista y el agotado centro radical; la de 1958 sorprendió a todos y permitió pensar que era posible el triunfo; la de 1964, a pesar de la derrota y de la crítica que esta produjo al interior de la coalición de izquierda que la había levantado, ratificó la convicción del camino electoral para la conquista del poder; finalmente, la de 1970 cristalizó un sueño largamente esperado.

Las campañas presidenciales realizadas durante el siglo XX en Chile han sido investigadas enfatizando las coaliciones que se enfrentaron, el contenido de sus programas, los discursos de los candidatos, las cifras arrojadas y los contextos históricos en que se desenvolvieron.

Alejándonos de estas perspectivas, en este artículo, por medio del análisis de la campaña de la Unidad Popular (UP) durante la elección presidencial de 1970 intentaremos indagar sobre la cultura política de la izquierda en Chile y a través de ella comprender las tensiones no resueltas que caracterizaron a los llamados “mil días” de administración allendista.

El régimen de la Unidad Popular ha sido investigado desde diversas aristas, destacando especialmente el conflicto existente en su interior, resumido en la conocida dicotomía de aquella época: ¿reforma o revolución? La viabilidad de la llamada “vía chilena al socialismo”, es decir, el intento de sustituir al capitalismo por un nuevo orden social sin la necesidad de mediar una guerra civil, fue el debate que cruzó a la izquierda chilena durante el gobierno de Salvador Allende (Pinto Vallejos, 2005). En esta línea de discusión se ha señalado que el gobierno de la Unidad Popular desplegó una política militar para contener las posibles intentonas golpistas de las fuerzas armadas, rechazando el supuesto reformismo genético de la coalición izquierdista.

Es posible detectar las divisiones de la coalición de izquierda en el transcurso de la propia campaña electoral de 1970. De hecho, la propia designación del candidato único de la Unidad Popular fue objeto de fuertes disputas internas en el Partido Socialista, del cual Allende era miembro fundador. Pero en el transcurso de la campaña, es decir de enero a septiembre de 1970, se desenvolvieron dos fenómenos políticos en los que era posible apreciar los rastros de la futura división. Por un lado, la particularidad de la campaña de 1970, simbolizada por la creación de los Comités de la Unidad Popular (CUP). Entroncados con la cultura política tradicional de la izquierda chilena, en donde la actividad electoral era una instancia de agitación y lucha de masas, la decisión sobre qué hacer con ellos luego del 4 de septiembre abrió el debate: ¿los CUP debían ser el embrión del “poder popular”, de la “revolución desde abajo”, que, desde fuera de la institucionalidad, abriría camino a la revolución chilena? Esto ha sido afirmado por analistas que consideran el fin de los CUP como el símbolo del carácter reformista e inviable de la Unidad Popular. 

Por otra parte, en un debate que va más allá de la propia izquierda, se ha discutido el carácter del programa y de las medidas económicas de la Unidad Popular. En pocas palabras, la problemática se resume en si el programa y las medidas del gobierno de Allende fueron continuadoras de políticas anteriores (“nacional-populares”) o destinadas a sustituir el capitalismo (“revolucionarias”). En el caso de la historiografía conservadora, ha sido relevante intentar demostrar este carácter “revolucionario”, opuesto a las medidas reformistas, con lo que se intenta justificar el golpe de estado de 1973.

En este marco, estimamos que el seguimiento de la campaña presidencial de 1970 permite apreciar que la contradicción reforma/revolución es una simplificación que no logra terminar de explicar el proyecto histórico de la izquierda chilena ni su cultura política. En primer lugar, los Comités de la Unidad Popular, nacidos como órganos electorales producto de las enseñanzas dejadas por las elecciones presidenciales anteriores, no se podrían haber convertido nunca en expresiones del “poder popular”, porque quienes los crearon y dirigieron, los partidos políticos de izquierda, no compartían dicha definición. Los CUP, masivos y numerosos, no nacieron espontáneamente desde las masas, como ha sido insinuado, sino como parte de la experiencia y la relación de décadas entre los partidos de izquierda y los sectores populares, caracterizada por asociar lo electoral con las luchas sociales. En segundo lugar, al seguir los discursos de Salvador Allende en los meses de campaña, es posible apreciar que esta se caracterizó por la combinación de propuestas “nacional-populares” con otras de corte rupturista. De acuerdo a nuestro planteamiento, esto ayuda a explicar la amplitud y la alta votación de una propuesta radical, radicalidad que también explica no haber obtenido mayoría absoluta.

Es decir, la capacidad de la izquierda de hacerse parte de las problemáticas cotidianas y corrientes de la ciudadanía le posibilitó penetrar en ella junto con su discurso más radical.

En el presente artículo describiremos el sentido y papel de los CUP durante las elecciones de 1970 y el discurso de Salvador Allende en sus recorridos por el país. Por medio de ellos queremos demostrar que el triunfo electoral del 4 de septiembre de la Unidad Popular debe explicarse, en parte, tanto por una táctica política de larga tradición en la cultura política de la izquierda chilena, basada en la centralidad de las batallas políticas electorales conectadas a las luchas en el mundo social, como por su distancia del dogmatismo teórico, que le permitió generar un discurso cercano a la realidad de amplios sectores de la sociedad chilena.

Los Comités de Unidad Popular

A los pocos meses del triunfo de Salvador Allende en las elecciones presidenciales de 1970, el español Joan Garcés, uno de los más cercanos asesores del entonces presidente de Chile, reconocía que este triunfo se había producido gracias al esquema tripolar en el que se desenvolvió. En este sentido, la profundización de las diferencias entre la derecha y el centro se consideraba un factor clave para la conformación de la fórmula a “tres bandas” en 1970. Esta explicación, en lo fundamental, ha sido aceptada por diversos investigadores, particularmente producto de que las cifras obtenidas por la coalición del Frente de Acción Popular en 1964 (38%) fueron incluso porcentualmente mayores a las de la Unidad Popular en 1970 (36%).

Es decir, en 1970 la coalición de izquierda logró retener su votación, pero el resultado varió al de seis años antes, producto de la división entre la derecha y el centro. Si bien compartimos el fondo de esta tesis, es necesario destacar que en un contexto tripolar como el de 1970 resultaba razonable esperar una mayor dispersión de las votaciones, producto de la existencia de tres candidaturas competitivas. Además, como ha sido señalado, el programa de Radomiro Tomic, ubicado a la izquierda del saliente presidente Eduardo Frei Montalva, significaba una real posibilidad de fuga de votos de centro-izquierda. Todo esto, unido a un clima político polarizado, hacía que las elecciones de 1970 fueran muy competitivas para la izquierda. Por ello, el 36% obtenido por Allende posee un valor distinto al 38% de 1964, cuando la coyuntura política del país era menos radicalizada que seis años más tarde.

La existencia de este clima político es fundamental para entender el carácter de la campaña electoral de la Unidad Popular en 1970. Ubicados en la cresta de la ola de una serie de movimientos sociales que ponían en jaque a la administración de Eduardo Frei, como el de los pobladores y los campesinos, la izquierda chilena profundizó su tradicional estrategia para enfrentar las elecciones: la combinación de lo electoral con la agitación social. En efecto, aun antes de lograr la nominación del candidato único, los partidos de la UP dieron a conocer el documento “Conducción y estilo de campaña”. En él se encontraban las definiciones tradicionales que las elecciones tenían para la izquierda: su carácter “pedagógico” (“la campaña debe ser el medio para educar políticamente a las masas sobre la base del Programa”), su preocupación por las demandas cotidianas de la población (“Partiendo desde las necesidades concretas e inmediatas de las mayorías hay que imprimir a sus luchas un sentido más general, hasta llegar a articularse con los grandes objetivos del Programa”) y como factor que permitiera alentar la movilización social (“Contra las máquinas publicitarias y propagandísticas de las candidaturas reaccionarias, el Movimiento Popular dará la batalla en el terreno de la lucha social y de los problemas concretos”, (El Siglo, 28 de diciembre de 1969).

Pero junto con estos aspectos de continuidad respecto a experiencias anteriores, la campaña de 1970 traía algunas novedades. Primero, la creación de los Comités de Unidad Popular (CUP), organismos de base que estarían coordinados por un Comando Político a nivel nacional. Este, presidido por Rafael Tarud, de la Acción Popular Independiente (API), quedó compuesto por tres representantes de cada uno de los seis partidos que integraban la Unidad Popular (El Siglo, 27 de enero de 1970). Estos órganos de campaña, junto con el ya mencionado énfasis en su inserción local y su capacidad de agitación social, reemplazarían la anterior forma de organizar la campaña presidencial. 

A diferencia de 1964, solo en el frente de mujeres y jóvenes se crearían comandos paralelos de campaña, descartándose en las organizaciones de trabajadores y pobladores. Su multiplicación, según se explicaba, burocratizaba la campaña: “en la práctica, ello significaba que se montaban frondosos aparatos en la cumbre marginados de la base. Sin contacto con la gente de su frente, su participación real solo servía para justificar el no hacer nada en la campaña […], ahora se ha resuelto que los dirigentes sindicales nacionales, por ejemplo, sean distribuidos en las comunas para que ayuden al trabajo hacia las industrias, servicios y centros de trabajo. […] Esto significa ir donde está la masa, como quien dice, al hueso…” (El Siglo, 8 de febrero de 1970) 1. El trato especial a las temáticas juveniles y de la mujer tenía que ver con consideraciones electorales. Como es sabido, la votación de la izquierda tradicionalmente era minoritaria entre las mujeres. Por ejemplo, en la presidencial de 1964, 744.423 sufragaron por Frei y solo 375.776 por Allende. Por ello, como una forma de revertir esta tendencia histórica del electorado femenino, la Unidad Popular articuló una campaña específica hacia la mujer. Las constantes alusiones a ellas realizadas por Allende, seguramente se relacionaban con esta situación.

Jóvenes progresistas

Por su parte, el crecimiento demográfico del país, en donde casi el 20% de la población tenía menos de 25 años y el supuesto de que los jóvenes eran mayoritariamente proclives a las posiciones “progresistas”, también significó una preocupación especial para la izquierda chilena. Es necesario recordar que en esa época, a nivel mundial, tanto las mujeres como los jóvenes irrumpían masivamente en las esferas sociales y políticas, en un hecho inédito en la historia. El movimiento “hippie”, la reforma universitaria, la “liberación” de la mujer, representaron un nuevo desafío epistemológico para la izquierda chilena, tradicionalmente obrerista y masculina. En todo caso, estas consideraciones especiales por los jóvenes y las mujeres no implicaron una necesaria comprensión y sintonía con los cambios sociales y culturales que Chile estaba viviendo. Esto se explica por el componente de conservadurismo y rigidez de la cultura política de la izquierda chilena, en constante tensión con la incorporación de los cambios que estaban ocurriendo en aquella época.

La segunda novedad que tuvo la definición de las características de la campaña de la izquierda en 1970 se relacionó con el papel que tendrían los CUP. Tal como ha sido señalado, el Programa de la Unidad Popular, si bien en lo fundamental recogió la tesis comunista de la “revolución por etapas” –es decir, no la inmediata construcción del socialismo–, idea puesta en boga a mediados de los sesenta por los teóricos de la dependencia, tuvo significativas incorporaciones.

Las alusiones “con vistas al socialismo” eran señal de las concesiones teóricas y políticas del Partido Comunista (PC) ante sus aliados socialistas. En este cuadro se debe entender la amplia y confusa definición del papel de los Comités de Unidad Popular. Por una parte, como dijéramos más arriba, existía el consenso de que no debían ser solo un comité captador de votos, sino que tendrían que estar insertos en las luchas sociales. Sin embargo, el punto de llegada hacia el cual debían transitar no estaba claro. El documento oficial de la UP “Conducción y estilo de campaña” planteaba que los CUP debían “ir convirtiéndose en el curso de la campaña en expresiones germinales del poder popular que conquistaremos en 1970, comenzando aun antes de la victoria a concretar aspiraciones reivindicativas de las masas y transformándose una vez obtenida en factores dinamizadores y de dirección local de los procesos de cambios revolucionarios” (El Siglo, 28 de diciembre de 1969). 

Sin embargo, para el Partido Comunista –sector moderado de la coalición– excluía toda alusión al poder popular en relación a los CUP, o desmerecía que les cupiera alguna función una vez finalizada la campaña, enfatizando en cambio su papel de dinamizador de la movilización social durante ella (El Siglo, 7 de febrero de 1970). En todo caso, el enunciado citado del documento oficial de la Unidad Popular era lo suficientemente ambiguo como para dejar abierto qué se entendía por “poder popular”. ¿Significaba que triunfando el día 4 se obtendría el poder popular, o más bien que este se conformaría desde fuera de los órganos estatales? En este sentido, ¿qué papel jugarían los CUP una vez finalizadas las elecciones? ¿Se incorporarían a “las tareas de la revolución” por dentro o por fuera del aparato estatal? La redacción del párrafo citado aseguraba que estas preguntas no pudieran ser contestadas con certidumbre.

Ante este evidente matiz, seguramente por consideraciones electorales, se inhibió el debate público entre los partidos políticos sobre el papel de los CUP en la coyuntura política de la época. Superada la traumática elección de Salvador Allende como candidato único de la Unidad Popular, y luego de una década de los sesenta que conoció la radicalización del Partido Socialista y la aparición de la “izquierda revolucionaria”, la Unidad Popular privilegió la unidad en la acción durante la campaña de 1970. Es por ello que una vez constituidos, los CUP, por la inercia de las probadas maquinarias electorales de los partidos mayoritarios de la UP –el Partido Socialista (PS) y el PC–, se ciñeron a cumplir su doble tarea: electoral y de agitación social. Si se convertirían o no en órganos de “poder popular”, requería de un debate político y teórico que las urgencias de la campaña hacían imposible realizar.

El privilegio del accionar concreto de las masas –tal como era costumbre en la izquierda chilena– se priorizó por sobre la preeminencia de la teoría. Así, la existencia de los CUP como supuestos embriones del “poder popular” quedó solo como un enunciado general, como letra muerta, al no haberse efectuado una discusión de fondo dentro de la UP sobre este crucial punto.

De esta manera, incluso desde antes de la nominación de Salvador Allende como el candidato de la UP –ocurrida el 22 de enero de 1970–, los CUP comenzaron a surgir a lo largo de todo Chile. En agosto, a pocos días de la elección, la dirección de la Campaña de la UP informaba que a nivel nacional se habían cumplido las cuotas establecidas sobre el número de comités de unidad popular provinciales y locales (El Siglo, 18 de agosto de 1970)2. La prensa de izquierda, a lo largo de los meses de campaña, informó periódicamente sobre la constitución de nuevos comités. Las noticias –no siempre detalladas– sobre quiénes conformaban su directiva dejaban establecido el papel decisivo de los partidos de izquierda. Al igual que en el Comando Nacional, las mesas ejecutivas de cada CUP –mediante la cuota correspondiente– buscaban asegurar la representatividad de todos los partidos de la coalición izquierdista. Así, los comités imitaban la estructura de su ente coordinador, con base en tres representantes por partido político.

Este era el caso del CUP de Las Condes, cuya presidencia sería rotativa: “correspondiéndole la presidencia al API y la secretaría general al Partido Radical, en este primer mes y el mes de marzo le corresponde la presidencia al Partido Socialista y así sucesivamente” (El Siglo, 4 de febrero de 1970). En el caso del CUP juvenil de Concepción, la presidencia rotativa se iniciaría siendo encabezada por el representante socialista y la secretaría general por el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU); en la mesa del CUP de La Cisterna quedaron representados el PS, el PC y el MAPU; en San Miguel, no podía ser de otra manera, el CUP comunal quedó encabezado por el alcalde socialista Tito Palestro (El Siglo, 14 de febrero de 1970). Los CUP independientes evidentemente fueron minoritarios, ya que en Santiago, liderados por el médico Lisandro Cruz Ponce, superaron los 140 a mediados de junio, cifra muy inferior a los organizados por los militantes (El Siglo, 20 de junio de 1970).

Con candidato único e iniciado el proceso de constitución de los CUP, en el verano de 1970 el presidente del Comando Nacional de la Unidad Popular, Rafael Tarud, en cadena voluntaria de radioemisoras, comunicaba al país los elementos básicos en torno a los que se articularía la campaña presidencial de su sector. Estos se desglosaban en tres puntos básicos: el énfasis en la difusión del acuerdo político-estratégico de la Unidad Popular, expresado en el Programa Básico de la UP, el carácter unitario de la campaña y la demostración de confianza en las fuerzasde las organizaciones sociales populares.

“Vino tinto y empanadas”

La importancia del Programa radicaba, según Tarud, en que representaba una alternativa real para solucionar los problemas del país, ya que ni la derecha ni el centro lo habían podido hacer. Por ello, decía Tarud, contra la demagogia de estos sectores, la palabra de la izquierda debía ser la de la transformación social y el mejoramiento concreto de las condiciones de vida de la población.

En su discurso no mencionó el nombre de la nueva sociedad que la Unidad Popular construiría, aludiendo vagamente a la realización de transformaciones profundas que pondrían a Chile “en marcha hacia una integración socialista de su sociedad” (El Siglo, 10 de febrero de 1970). Esta alusión general al socialismo era tanto expresión de la carencia de un punto de vista común acerca de cómo sería la nueva sociedad como de una estrategia electoral que pretendía ampliarse hacia el centro. Para ello, era necesario distanciarse de discursos radicales y de verse ligado a la imagen tradicional que se tenía de los socialismos reales en Europa del Este, aspecto profusamente empleado por la Campaña del Terror de la derecha. Este hecho explicaba la insistencia de la campaña de la UP respecto a que realizaría una revolución, pero con “vino tinto y empanadas”, o sea, basada en un fuerte componente nacional.

La centralidad del Programa buscaba mostrar a los electores la cohesión y capacidad de hacer gobierno de la izquierda, uno orientado “verdaderamente” en beneficio de los desposeídos del país. En este sentido, durante la campaña el Comando de la Unidad Popular enunció las llamadas Primeras 40 medidas inmediatas del Gobierno Popular, las que apuntaban a reforzar este objetivo, es decir, establecer que el de la Unidad Popular sería un gobierno totalmente distinto a los anteriores, caracterizado por privilegiar los intereses de la mayoría de la población. Por otra parte, las palabras de Tarud referidas al respeto de la chilenidad por parte de la UP eran la forma de responder a la Campaña del Terror de la derecha. En 1964 esta había sorprendido al Frente de Acción Popular (FRAP), pero en 1970 la izquierda diseñó esta estrategia discursiva para hacerle frente. Asimismo, por medio de sus órganos de prensa afines, atacó y descalificó a Jorge Alessandri Rodríguez, el candidato de la derecha. Así, en medio de un clima político polarizado, la izquierda de todas maneras aparecía con un discurso que invitaba a soñar en un mundo mejor que estaba allí, a la vuelta de la esquina; bastaba votar por Allende y organizarse para vencer a las centenarias fuerzas que por siglos habían oprimido a la inmensa mayoría de los chilenos. La factibilidad de la utopía, el mesianismo colectivo, el optimismo histórico y el tono épico de la campaña, reflejado en su lema (“venceremos”), fueron temáticas repetidas a lo largo de los casi siete meses de batalla por los sufragios.

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Consignas contra la derecha
Consignas contra la derecha

Si las alusiones a la unidad buscaban alejar la imagen de una coalición sin capacidad de ponerse de acuerdo para gobernar, el discurso que apuntaba a la “confianza en el pueblo” pretendía capitalizar la presencia mayoritaria de las fuerzas de izquierda entre las organizaciones sociales populares. Es decir, la “confianza en las fuerzas del pueblo” significaba apostar a que la existencia de un mayor número de organizaciones sociales “desde abajo” se traduciría en un mayor respaldo para el candidato de la Unidad Popular. Esto era particularmente marcado entre las organizaciones sindicales, en donde la UP tenía una amplia mayoría, y entre las de los pobladores, disputados palmo a palmo con la Democracia Cristiana, tal como ocurría también entre las organizaciones campesinas. El respaldo y agitación de sus demandas sería un factor diferenciador con las otras candidaturas. La unión de lo social y lo político partiría, siguiendo las tradiciones históricas de la izquierda chilena, apoyando primero las demandas más sentidas de la población. Por ejemplo, Rafael Tarud destacaba el papel de los parlamentarios de la UP para aprobar una ley que favorecía a los jubilados y montepiados, así como el haberse jugado por hacer cumplir la ley que se comprometía a pagar los reajustes salariales a los funcionarios en retiro de las Fuerzas Armadas (El Siglo, 10 de febrero de 1970). En este plan general de campaña, los CUP tenían el papel de ser el eje articulador, la verdadera espina dorsal que dinamizaría la cuarta campaña presidencial de Salvador Allende. Producto de su presencia en los organismos de base, podrían unir a las fuerzas sociales y políticas en un solo movimiento reivindicativo destinado a lograr satisfacer la demanda popular a través del triunfo electoral de Allende; única manera, según se decía, de alcanzar la transformación definitiva de Chile en un país más justo e igualitario (El Siglo,10 y 11 de febrero de 1970).

De esta manera, en los inicios de la campaña presidencial de 1970, la Unidad Popular definía su forma de lucha de acuerdo a su tradicional intento de articular lo político con lo social aprovechando las coyunturas electorales. La creación de los CUP enfatizó el trabajo de base, en desmedro de campañas anteriores, excesivamente burocratizadas. Este hecho, ocurrido en un momento político especialmente radicalizado, en donde la llamada “revolución de las expectativas” promovía la participación ciudadana, provocó que los comités tuvieran un papel destacado en los meses de campaña, tanto difundiendo el programa del candidato de la UP como promoviendo y solidarizando con la movilización social popular durante aquellos meses. La conciencia entre sus integrantes de la posibilidad real del triunfo de Allende –como lo señalaban las encuestas de la época– alentaba la esperanza de que la batalla electoral de 1970 culminaría con la primera mayoría para el candidato de la UP. Esta fue la motivación fundamental de los CUP, antes que las posibles discusiones sobre su papel como instancias de “poder popular”.

La campaña en terreno de la Unidad Popular se caracterizó por sus actos de masas en la base y por intentar hacerse eco de las demandas específicas de cada sector en donde se desplegaba la campaña. En este sentido, las fuerzas de izquierda, dejando de lado la retórica más revolucionaria e ideologizada, rectamente realizaban campaña tratando de responder a demandas locales, no vinculadas necesariamente a las “transformaciones profundas” de las que hablaba el Programa Básico de la Unidad Popular. El pragmatismo de la izquierda significaba reconocer la dificultad de llegar con un discurso “duro” de cambio y transformación social.

De ahí que la campaña fuera un ejercicio de pedagogía social, en donde tenía cabida la lucha por la reivindicación específica, pero en la que el activista del CUP debía explicar que la única manera de resolver definitivamente esta y otras demandas era respaldando a Salvador Allende el 4 de septiembre. El asistencialismo de la campaña izquierdista se multiplicó durante los meses de campaña, dejando en claro el rostro más tradicional y cotidiano de la forma de hacer política de la izquierda chilena. Este estilo, tildado de “reformista” por sus críticos de izquierda, lo consideramos una de las claves que explica la alta competitividad electoral de una izquierda que no fue socialdemócrata, como el APRA peruano, ni populista, como el “justicialismo” argentino.

Pero el accionar de los CUP no se quedaba en recoger las demandas desde la base y darlas a conocer. Durante los meses de la campaña de 1970 la movilización social no cesó y en ella se intentaron insertar los activistas electorales de la UP.

Pobladores y campesinos

Especialmente activos estuvieron los movimientos de pobladores y campesinos. Sobre el primero se ha planteado que la coyuntura electoral de 1970 generó un “campo de oportunidades políticas” que permitió fortalecer la demanda por la vivienda. Es decir, los meses de la campaña coincidieron con un alza del movimiento reivindicativo de los pobladores. Por su parte, las movilizaciones campesinas también se activaron durante 1970. De acuerdo a las estadísticas, ese año 57.210 personas estuvieron involucradas en movimientos huelguísticos, en un total de 476 huelgas, convirtiéndose en el año en que más campesinos y campesinas participaron en este tipo de movilizaciones. 

Explotando la tímida aplicación de la ley de reforma agraria por parte del gobierno de Eduardo Frei, la Unidad Popular diseñó un conjunto de propuestas especialmente para el sector agrícola, contenidas en las “20 medidas inmediatas” para dicho sector y participó en movilizaciones campesinas y tomas de predios (El Siglo, 30 de agosto de 1970). De esta manera, los partidarios de la UP, por medio de sus órganos de prensa, lograban dar consistencia a la política de llevar a cabo una campaña electoral con agitación social, protagonizadas por diversos actores sociales. En el caso del movimiento de pobladores y campesinos, era especialmente perjudicial para la candidatura de Radomiro Tomic, que a pesar de su discurso marcadamente reformista aparecía como el continuador de las políticas del saliente presidente Frei.

Una situación similar a la anterior se produjo en el movimiento sindical. Las 1.303 huelgas y las 387.711 personas que las protagonizaron convirtieron al año de 1970 en uno de aquellos con mayor actividad huelguística de la historia de Chile. Si bien las movilizaciones fueron numerosas, el clímax lo marcó el paro general convocado por la Central Única de Trabajadores (CUT) para el 8 de julio de 1970. Su realización se fundamentó principalmente en la demanda de una bonificación compensatoria para todos los trabajadores, que buscaba paliar los efectos de la alta inflación. Como suele ocurrir con la evaluación de este tipo de movilizaciones, el gobierno de Frei la calificó como un fracaso, mientras que la izquierda la consideró muy exitosa (El Siglo, 10 de julio de 1970)3. Lo que nos interesa recalcar son los esfuerzos de la candidatura de Allende para enmarcar su campaña en un contexto de movilización social, respondiendo a las acusaciones de ser solo “electoralista”. De esta manera, movilizando a pobladores, campesinos y trabajadores, la Unidad Popular intentaba convertir en capital electoral su presencia en el movimiento social.

Como decíamos más arriba, las mujeres y los jóvenes fueron focos de especial atención durante la campaña allendista de 1970. En el caso de la juventud, el análisis de la Unidad Popular partía constatando el hecho del aumento del número de jóvenes en el país (El Siglo, 9 de agosto de 1970). Por ello, este grupo etario se convirtió en uno de los nichos electorales más disputados de la campaña. El discurso de la UP se basaba en denunciar la demagogia de Jorge Alessandri, el candidato de la derecha, que bajo el cartel de ‘independiente’ ocultaba su compromiso y vínculos con las empresas capitalistas que explotaban a los jóvenes. Por su parte, se remarcaba el incumplimiento de las promesas de cambio social realizadas por Frei durante la campaña presidencial de 1964 (El Siglo, 9 de agosto de 1970). Al igual que en el caso de los adultos, la conformación de los CUP fue la tarea prioritaria de la juventud de la Unidad Popular. Junto con el activismo universitario y territorial, los jóvenes partidarios de Allende se destacaron por el trabajo de propaganda.

La aparición de las brigadas muralistas Ramona Parra y Elmo Catalán, pertenecientes a los partidos comunista y socialista, agregaron una nueva mística a la campaña de la UP, creando una gráfica que caracterizó a la propaganda de masas de la izquierda chilena en ese periodo (El Siglo, 24 de agosto de 1970).

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Muchachas de la Brigada Ramona Parra
Muchachas de la Brigada Ramona Parra

En el caso de la mujer, la batalla por disputarle votos a la derecha era ardua, pues como decíamos más arriba, históricamente había sido esquiva para la izquierda. Para explicar esta situación la Unidad Popular se remontaba a las condiciones de vida generadas por el sistema capitalista, que condenaba a la opresión a la mujer, aletargándola y generando una mentalidad subalterna. Si bien aún la izquierda estaba lejos de comprender la temática femenina más allá de la perspectiva de clase –que predominaba en los análisis– se entregaban algunos elementos de una visión más particularizada de la problemática de género (El Siglo, 31 de julio de 1970).

De esta manera, la izquierda buscaba penetrar en un nicho esquivo, apelando a despertar el repudio a prácticas conservadoras en el país. En todo caso, la propia izquierda no se zafaba de ellas, reproduciendo muchas veces en su práctica cotidiana las lógicas patriarcales de dominación de género.

Exigencias de la mujer

Repitiendo el modelo de las “medidas inmediatas” utilizadas tanto a nivel nacional como para la problemática agraria, la Unidad Popular planteó cuatro “exigencias inmediatas” de la mujer: fin de las alzas de precios, la creación del ministerio de protección a la familia, la ley de centros de madres y el fin a la violencia que cotidianamente golpeaba a la mujer chilena (El Siglo, 29 de julio de 1970). Las medidas tenían un acento económico en desmedro de las demandas propiamente de género, siguiendo la línea de vincular los problemas más cercanos de las personas con la política nacional. El discurso de la Unidad Popular hacia la mujer, junto con enfatizar la supuesta demagogia de las candidaturas de Alessandri y Tomic –en el sentido de que ellos representaban a los responsables de la situación desmejorada en que se encontraban– explotaba, al igual que la campaña a nivel nacional, las necesidades básicas de la mujer sin adentrarse en una dimensión más global de las relaciones de género. Una izquierda que no se caracterizó por un gran vuelo teórico, que por el contrario destacó más en la práctica política concreta y en intentar captar y mimetizarse con el sentido común de la gente, no escapaba del reduccionismo clasista del marxismo en uso en esa época.

En todo caso, la dura confrontación política de 1970 obligó a los partidos de la UP a perfilar con mayor nitidez la táctica y el proyecto político de la izquierda chilena. En este sentido, la campaña del terror de la derecha, siempre a la expectativa de utilizar las críticas y diferencias con los sectores de izquierda que no integraban la Unidad Popular, fue un factor decisivo en ello. La estrategia derechista contra Allende no escatimó palabras y argumentos para descalificarla: desde la llegada de los tanques soviéticos –al estilo de la invasión a Checoslovaquia en 1968– hasta la ‘reforma urbana’ (repartición de las viviendas), fueron los tópicos de la campaña del terror, que indudablemente utilizó las formulaciones clásicas de la guerra psicológica, en donde afirmaciones falsas intentaban convertirse en verdades. Por otra parte, la derecha utilizó ampliamente el discurso del líder cubano Fidel Castro, en el que reconocía la incapacidad del Estado socialista de Cuba de cumplir la meta impuesta para la zafra de ese año. Se decía que demostraba el fracaso del socialismo para construir una sociedad que resolviera los problemas de las personas. 

Por otra parte, las acciones de propaganda armada del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) durante 1969 y sus críticas a lo que denominaban “el reformismo” (es decir gran parte de la Unidad Popular, especialmente los comunistas y los radicales), también alimentaron la campaña del terror de la derecha. Especial difusión tuvo la toma del campamento “26 de enero”, encabezada por el dirigente mirista Víctor Toro. Las noticias sobre la creación de “milicias populares” que resguardaban el orden interno del campamento obligaron a la Unidad Popular a pronunciarse críticamente, con el fin de diferenciarse de los métodos y planteamientos de este sector de la izquierda.

Las respuesta de la Unidad Popular a estas acusaciones de lado y lado son interesantes al mirarlas desde la perspectiva de la cultura política de la izquierda chilena. Representan la confirmación de una tradición política que nació con el siglo XX y que terminó cristalizada en la campaña presidencial de 1970 como la “Vía chilena al socialismo”. Es decir, la novedosa tesis de construir una sociedad alternativa al capitalismo hundía sus raíces en el antiguo proceso de politización y concientización del movimiento obrero a principios de siglo. ¿Cuál era el componente común que conectaban ambas experiencias?: la inserción en el tejido social, conocido en el lenguaje de la época como “trabajo de masas”. Por ello, especialmente por parte del PC, era inflexible la crítica a las colectividades de izquierda que, según ellos, la dejaban en segundo plano. Contra los métodos armados, la Unidad Popular contraponía la “lucha de masas”, es decir una estrategia que descartaba la guerra civil para alcanzar el poder. Esta era, en lo esencial, la estrategia que había levantado el movimiento popular chileno desde los tiempos de Luis Emilio Recabarren.

De esta manera, confirmando su táctica de “basificación” de la lucha electoral para conectarla con los movimientos sociales, concretada a través de la multiplicación de los CUP y eludiendo a su vez las acusaciones de la derecha y de la izquierda que no estaba en su coalición, la Unidad Popular articuló una campaña electoral que tuvo la virtud de mantener su votación presidencial anterior pero dentro de un esquema en extremo polarizado. En este marco, la existencia de los CUP fue la expresión de la importancia que tenía para la UP la lucha electoral y social, más que futuros órganos de un poder popular todavía difusamente enunciado.

 

(*) Rolando Álvarez Vallejos es doctor en Historia y académico de la Universidad de Santiago. Este artículo fue titulado originalmente  “La Unidad Popular y las elecciones presidenciales de 1970 en Chile: la batalla electoral como vía revolucionaria”. Se publicó en OSAL, Buenos Aires, CLACSO; año XI, N° 28, noviembre 2010.

Mañana: Segunda parte y final.

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Grande Allende!!!....un ser humano con virtudes y defectos, una vida dedicada a la política publica

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