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Sábado, 14 de diciembre de 2019
2° parte

Los libros clave para entender el Golpe: 'Martes once. La primera resistencia'

Ignacio Vidaurrázaga

Durante estos días INTERFERENCIA ofrecerá la reproducción de los capítulos más significativos de los libros clave que explican el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. En esta entrega republicamos la primera parte del Capítulo 3, Allende en La Moneda, del libro Martes Once. La Primera Resistencia, editado por LOM en 2013 y que narra el día del Golpe en La Moneda a través de una reconstrucción periodística con los GAP que resistieron junto a Salvador Allende.

Luego de ocho minutos de trayecto, la comitiva presidencial arriba desde la casa de Tomás Moro a La Moneda. La caravana de vehículos se detiene entre la puerta principal, por Moneda -frente a la Plaza de la Constitución-, y la calle Teatinos. Dos tanquetas Mowag bloquean la esquina. Hay pocos carabineros en torno al Palacio de Gobierno. Los integrantes del GAP se bajan de los autos y miran arriba, hacia los edificios circundantes. La llegada del presidente y su comitiva crea una condición que determinará los acontecimientos de las próximas horas: los golpistas tendrán que ir por él al sitio de mayor simbolismo. “Silvio” –Juan Osses- recordará: Allende se bajó y fue “Raúl” -Óscar Valladares- quien me dijo que me adelantara por la puerta principal. Antes abrí la maleta del auto y saqué una subametralladora Walther MP, porque con el apresuramiento se me había quedado el AK en Tomás Moro. Todos mis compañeros andaban con Kaláshnikov y un morral con tres cargadores y un total de ciento veinte tiros.

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Tropas desplazándose a la Plaza de la Constitución. Foto de Horacio Villalobos
Tropas desplazándose a la Plaza de la Constitución. Foto de Horacio Villalobos

Un oficial de carabineros sale a recibir al presidente. “Silvio”, en tanto, ya está dentro del Palacio y percibe que los integrantes de la guardia de Carabineros están “muy nerviosos y asustados”. El presidente ingresa a La Moneda escoltado por “Mauricio” -Luis Rodríguez-, a su derecha, y “Miguel” -Daniel Urrutia Molina-, a su izquierda. De esta escena quedará una fotografía. Allende luce tranquilo, lleva puesto un casco de guerra y porta una Walther MP que cuelga de su hombro derecho e ingresa al primer patio de La Moneda. “Nosotros avanzamos copando y desconfiando de los pacos, porque la situación y la historia lo ameritaba. Éramos el último círculo”. Allende también estaba acompañado por el doctor Danilo Bartulín, “Aníbal”, -Juan José Montiglio-, y otros integrantes de su escolta y de Carabineros. Las miradas de los GAP vigilan los pisos superiores y las azoteas de los edificios de Teatinos, mientras la comitiva sube al segundo piso y el presidente ingresa a su despacho. El reloj de la Intendencia marca las 07:15. 

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Juan Osses, 'Silvio'
Juan Osses, 'Silvio'

 

Ese día, “Carlos Álamos” -Jaime Sotelo Barrera- y “Aníbal” serán los jefes del GAP. Ellos darán las órdenes, determinarán los puestos de combate y asignarán misiones. “Silvio” queda bajo el mando de “Aníbal”. El dispositivo de seguridad se instala junto al presidente en el sector nororiente, formando una L entre las calles Moneda y Morandé. El resto del Palacio quedará cerrado y sin movimiento. Desde su despacho el mandatario dirigirá la resistencia, que durará casi siete horas. 

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Óscar Valladares, 'Raúl'
Óscar Valladares, 'Raúl'

 

Al mismo tiempo, en el frontis de calle Moneda, la Guardia de Palacio cumple con el protocolo e iza la bandera chilena con el escudo nacional en señal de que el primer mandatario se encuentra en el interior del edificio. 

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Luis Rodríguez, 'Mauricio'
Luis Rodríguez, 'Mauricio'

 

“Silvio” y “Manque” -Osvaldo Ramos-, ocupan sus puestos de combate muy cerca de la puerta de Morandé 80, junto a una gran ventana y con una muy buena visión para hacer fuego hacia la Intendencia y toda la esquina norte. Los emplazamientos del armamento, especialmente las ametralladoras pesadas, obedecen a dos lógicas. La primera, apuntar hacia afuera desde ventanales que ofrezcan suficiente protección y, la segunda, instalar armamento pesado y con gran cadencia de fuego a la subida de las principales escaleras para contener a los atacantes ante un eventual ingreso. 

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Daniel Urrutia, 'Miguel'
Daniel Urrutia, 'Miguel'

 

“Aníbal” de inmediato empezó a distribuir a la gente y me dijo que fuera a Morandé 80 y luego retornara. Lo hice e informé que la puerta estaba clausurada con cerrojo. Luego él nos asignó esos puestos de combate, frente a los estacionamientos, a mí y a “Manque”. Ese sitio era un problema porque el ángulo de tiro era muy estrecho. “Aníbal” también nos ordenó hacer el emplazamiento del armamento. Entonces tomamos unas ametralladoras punto 30 Rheinmetall MG-3 (17), que usaban Carabineros y el Ejército. La primera la emplazamos en la escalera, arriba de la plataforma. Nos costó armarla porque una de las deficiencias que teníamos es que desconocíamos ese material, relató más tarde Juan Osses.

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Juan José Montiglio, 'Aníbal'
Juan José Montiglio, 'Aníbal'

 

En total, los hombres que llegaron con el presidente esa mañana eran aproximadamente veinte. En La Moneda había dos GAP de punto fijo y protección permanente, que se quedaban todas las noches. Escoltas éramos trece, luego estaban los chóferes con preparación táctica de tiro básica, pero muy buena preparación operativa como conductores, ellos tenían una jefatura, que era "Joaquín"-Julio Soto-, el chofer del auto uno, pero todos por igual respondían al jefe de la escolta.

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Jaime Sotelo, 'Carlos Álamos'
Jaime Sotelo, 'Carlos Álamos'

 

Luego del arribo los conductores se trasladan con los vehículos a la “cochera” ubicada tras la Intendencia, en diagonal a la puerta de Morandé 80. Lo más importante era que desde el estacionamiento tenían la posibilidad de acceder a las dependencias del Ministerio de 
Obras Públicas. Horas más tarde, este acceso  sería providencial para el grupo del GAP, que desde los pisos del MOP hostigaría y conseguiría contener por algunas horas el avance de la infantería y de los blindados del Ejército. 

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Osvaldo Ramos, 'Manque'
Osvaldo Ramos, 'Manque'

Los carabineros de la Guardia de Palacio se desplazan con sus fusiles. Lucen desconcertados y procuran estar cerca de sus generales, que están en La Moneda. Afuera todavía permanecen las tanquetas Mowag para proteger la casa de gobierno porque aún responden a sus mandos regulares. Sin embargo, la situación cambia de un momento a otro. Fuertes chirridos de neumáticos anuncian la retirada de las tanquetas. 

El miedo comienza a instalarse. Hace algunos minutos un oficial de Carabineros declaraba su lealtad hacia el presidente. Ahora deja abandonado su fusil SIG, las cananas y un revólver Colt Caballito 38. Al mirar por la ventana, los escoltas de Allende ven al oficial entregándose a sus colegas golpistas con los brazos en alto. Para “Silvio”, esta deserción sólo significa beneficios:  Yo tenía una Walther MP y sentía que necesitaba mayor poder de fuego y me agarré el fusil SIG de este compadre. Me coloqué las cananas blancas en mi cintura y me quedé con todo. Ese Colt Caballito era una joya, por eso lo envolví para regalárselo a mi hermano, que era el futuro cuñado que iba a tener ese día. En eso eran cerca de las 09:00 y me acordé que yo me casaba ese día. Comenzaban a escucharse tiros y ráfagas, yo creo que desde las 08:30. Entonces, me metí debajo de una mesa y marque el teléfono de la que iba a ser mi esposa, con ella también estaba un grupo de mis amigos que querían participar de la ceremonia. Me atendió la Cata llorando y le dije que teníamos un pequeño problema. De inmediato le pedí que pusiera al teléfono a su hermano, Raúl. A él le dije que era el Golpe y que estábamos rodeados en La Moneda. Él me respondió que ellos eran como diez y se ofrecía a rescatarnos. Le dije que estábamos cercados en círculos concéntricos, que no podrían pasar, que los matarían y le corté. Ahí yo me morí para ellos.

Cuando se retiran las Mowag parece estar claro que ese día no habrá “tropas amigas”. Los integrantes del GAP que están junto a Salvador Allende asumen que están solos: Allí nos quedó claro que éramos los únicos que estábamos defendiendo al gobierno popular. Hubo un sentimiento de soledad, pero también de decir: “Bueno, aquí estamos y vamos”. Me acuerdo que conversaba con el “Manque”, nos mirábamos y sonreíamos mirándonos en el espejo del ascensor como cabros chicos, con las armas dispuestas y actitud de combatientes. Fue un sentimiento de soledad que se acentuaría cuando el regimiento Tacna empezó a disparar. Ahí ya estábamos claros que éramos solo un puñado de combatientes con el presidente., contó Juan Osses. 

Ese fue el momento en que “Raúl” informó a los integrantes del GAP que, ante una eventual salida de emergencia, el orden de los escoltas en los vehículos cambiaría. “Silvio” pasaría al auto dos como copiloto. Todos esos eran preparativos rutinarios, pero esta vez, y dadas las circunstancias, parecían una forma de resistirse a lo evidente: nadie saldrá de allí en las mismas condiciones en que había ingresado.

Son cerca de las 08:00. El inspector de la Policía de Investigaciones Juan Seoane está a cargo de un grupo de detectives de la escolta. Todos ellos ya se encuentran en La Moneda cumpliendo su misión constitucional: “En vista de la gravedad de la situación llamé de inmediato a la Dirección General, comunicándome con el titular Alfredo Joignant. Le dije que estaba en mi puesto de trabajo y que hasta ese momento habían llegado diecinueve funcionarios. Entonces, él me dio la instrucción de permanecer al lado del presidente para protegerlo”, recordó años después Seoane.

Calle Morandé

Morandé es una calle estrecha. No tiene más de doce metros de ancho y en su primera cuadra, desde la Alameda hasta Moneda, bien podría ser un desfiladero: al oriente se extiende una línea continua y maciza de edificaciones que parte en la Intendencia y finaliza en el edificio corporativo del Banco del Estado; al poniente se levanta el Palacio de La Moneda. Justo al medio está ubicado el Ministerio de Obras Públicas. Desde sus pisos superiores es posible ver la techumbre del Palacio de La Moneda, la Plaza de la Constitución, hacia el norte y, hacia el sur, el bandejón central de la Alameda. El copamiento de esta primera cuadra será crucial para avanzar hacia la esquina nororiente del Palacio de Gobierno, sector donde se ubicarán el presidente y sus acompañantes y que recibirá el mayor castigo del fuego de artillería y de los tanques M-41. 

“Joaquín” ya ha dejado en la cochera el vehículo presidencial. Ahora cruza la calle para recibir órdenes de “Carlos Álamos”: “Él me dijo que esperara instrucciones y que mientras tanto hiciéramos mantención a los vehículos. Eso significaba echar bencina y que tomásemos todas las medidas por si era necesario salir. Eran ya las 07:30”. 

La caída de Bruno

Miria Contreras, la “Payita”, ha partido en un pequeño vehículo a buscar refuerzos a Tomás Moro. En ese momento ya está en conocimiento de que el presidente se ha dirigido al Palacio de Gobierno. La residencia presidencial está a cargo de “Mariano”. El testimonio de la Payita quedará expresado en una carta que hora más tarde escribirá a Beatriz Allende.

Mi apuro era llegar, según las órdenes, primero a Tomás Moro, para después llevar ayuda a La Moneda, pues tu padre así me lo había pedido (…) yo les rogué que me dejaran llevar a “Bruno” y a un grupo para ir a ayudar. Partimos con bastante suerte, pues a la salida de allí nos encontramos con un motorista de carabineros quien nos escoltó hasta Ahumada con Moneda y al llegar a la esquina de la Intendencia, empezó lo espantoso que ya te conté. 

El apresamiento de “Bruno” –Domingo Blanco Tarrés, jefe del GAP- y sus nueve compañeros será el primer golpe a la moral combativa de los defensores de La Moneda y, al mismo tiempo, el indicio de la facción golpista del Cuerpo de Carabineros en ese perímetro. El reloj marca las 08:35. 

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Domingo Blanco Tarrés. 'Bruno'
Domingo Blanco Tarrés. 'Bruno'

 

El teniente José Baudillo Martínez Maureira es el oficial de guardia de la Prefectura de Fuerzas Especiales, que se encontraba al interior del edificio de la Intendencia de Santiago. Baudillo tiene bajo su mando al teniente Patricio de la Fuente Ibar, quien está a cargo de la sección de servicio, compuesta por alrededor de veinte funcionarios uniformados entre sargentos, cabos y carabineros. El teniente De la Fuente es uno de los oficiales a cargo del contingente que rodea el Palacio de La Moneda. Su sección apresa al grupo de integrantes del GAP y los mantiene como rehenes en el subterráneo de la Intendencia. Poco después, y caminando con las manos en la nunca en medio de un callejón conformado por carabineros, los hombres suben a un bus institucional para ser llevados detenidos supuestamente a la Sexta Comisaría.

A esa hora aún hay indefinición en Carabineros, pero a medida que transcurren los minutos los leales al gobierno serían cada vez más escasos. Seguramente esa misma situación, no del todo clara, inhibiría también la posibilidad de rescatar a esos primeros rehenes apresados en el edificio de la Intendencia, a muy pocos metros del Palacio. Es posible que el Presidente sienta rabia e impotencia al escuchar los desesperados ruegos de la Payita pidiendo la liberación de los aprehendidos, entre ellos el mayor de sus hijos: Enrique Ropert Contreras. Lo mismo sucederá con los miembros del GAP cuando se vayan enterando, tanto en La Moneda como en el MOP, que muy queridos compañeros han sido apresados. 

Yo me doy cuenta porque la Payita salió gritando: “¡Miren lo que le están haciendo a Bruno! Ábranme la puerta”, y luego entró por la puerta de Morandé 80 desesperada. Nosotros teníamos la puerta del garaje abierta y vemos ese momento en que se retiran las tanquetas y todo el personal de Carabineros de tropa.  Es justo en ese instante que viene llegando la camioneta y el otro auto. Los compañeros están por descender y son rodeados, porque de El Cañaveral bajan sin ninguna información de lo que estaba sucediendo y tampoco tenían radio, contó el GAP Julio Soto. 

“Silvio”, en tanto, no se ha percatado de la caída de “Bruno” y su grupo. A quienes están en La Moneda les sucederá con frecuencia que la visión de conjunto de los acontecimientos quedará trunca y tendrá que ser reconstruida con dificultad. Cada uno estará en lo propio, haciéndose presente en el espacio más inmediato. La velocidad de los acontecimientos impedirá comentar lo que sucede y en muchos casos ocurrirá que, a la hora del balance, cada sobreviviente tendrá su percepción y conocimiento inmediato de lo que le correspondió vivir, nada más.

Esas primeras horas están determinadas por el actuar del Cuerpo de Carabineros. Al margen de que algunos generales del alto mando permanecen dentro de La Moneda junto al presidente, lo cierto es que el cerco perimetral externo se repliega. Esa mañana de septiembre las señales no eran ni homogéneas ni claras. La maquinaria de los golpistas aún no está probada y sus engranajes tendrán que irse adaptando en el transcurso de las próximas horas. Lo inédito del momento determinará lo incierto de los movimientos de unos y de otros. 

Un cerco cínico

El cerco de las fuerzas militares a La Moneda se asemejará a una película en cámara lenta. Pese a que los movimientos de las tropas han comenzado de madrugada, estas no se aproximan al perímetro del Palacio y mantienen una distancia que fluctuará entre algunas 
cuadras y un kilómetro. Las tropas están agrupadas principalmente hacia el sur del eje Alameda, arriba de transportes o a pie, pero a la espera de recibir la orden de avanzar. Se podría decir que están casi agazapadas.

Son entre las 07:30 y las 08:00. Desde la Alameda hacia el sur y frente a La Moneda se ha iniciado una concentración de tropas provenientes de los regimientos Blindado N°2, Tacna y Escuela de Suboficiales. En tanto, hacia el norte desde Mapocho, muy pronto se emplazará un batallón de la Escuela de Infantería de San Bernardo que arribará alrededor de las 10:00 a Plaza de Armas. Las calles Zenteno, Padre Alonso de Ovalle y las adyacentes al Parque Almagro, en el eje del paseo Bulnes, ya cobijan tropas en traje de campaña, dotadas de munición reforzada, muy atentas a las órdenes de entrar en combate. Lo visible solo serán los tanques M-41 del Regimiento Blindado N° 2.

Al interior de los diversos regimientos de la capital, muy temprano se han impartido las órdenes y distribuido el equipamiento de combate, además de distintivos de identificación de los alzados, consistentes en cuellos anaranjados y brazaletes blancos estampados con tortugas. Por ello, más de alguien podría tachar el golpe militar del 11 como una operación somnolienta y remolona. Pero esa será una percepción en extremo engañosa. Los movimientos de tropas han comenzado la tarde del lunes 10 y han sido ininterrumpidos durante la madrugada del 11 de septiembre. Camuflados en camiones de transporte cubiertos con lonetas y en buses de turismo o pasajeros, se han movilizado centenares de efectivos provenientes de regimientos de provincias o desde Santiago mismo. 

En realidad es el pequeño dispositivo presidencial el que ha ingresado a un cerco militar que ha sido abierto hacia el nororiente de Santiago. Y en ello hay una única y singular razón: la opción golpista del Cuerpo de Carabineros ha sido lenta y progresiva para evitar un enfrentamiento temprano. Se ha preferido esperar para que sea el avance del Golpe el que convenza a las distintas unidades de plegarse al pronunciamiento, dejando a un pequeño grupo de generales del alto mando aislados junto al presidente. Es una operación no exenta de riesgos, pero que en lo fundamental les funcionará exitosamente.

¿Qué esperaban los mandos operativos para cerrar el cerco a La Moneda? La confluencia de varios movimientos. El presidente debía llegar al Palacio, porque si lo hubiesen querido aprehender ya lo hubiesen realizado o al menos intentado. A la hora escogida por Allende para desplazarse de Tomás Moro a La Moneda aún no estaba resuelta la opción del Cuerpo de Carabineros. Interceptarlo hubiese significado una alta probabilidad de enfrentamiento con integrantes de la policía uniformada. Previamente era imposible, pues no podían prever si irían o no, a lo que se sumaba que ese traslado duraría muy escasos minutos y el personal de la Guardia de Palacio mantendría lealtad con el presidente hasta el retiro del cerco perimetral al Palacio. La lealtad de la policía uniformada duraría poco, pero lo suficiente para que el presidente y sus escoltas tuvieran un tiempo de preparación de lo que vendría.

Todos los desplazamientos de tropas se realizaban con los resguardos de una situación bélica declarada, atentos a que en cualquier momento podía acontecer un enfrentamiento.

A esas horas no existía ninguna certeza de nada. El miedo estaba disperso entre civiles y militares, nadie quedaba exento de eso tan básico y humano que es preservar la vida, sobre todo en instantes en que era muy factible perderla. 

Lo cierto es que, al arribo de la comitiva presidencial a La Moneda, ya había tropas prestas a salir de algunos regimientos o discretamente acantonadas tras el Ministerio de Defensa, y comenzaban a distribuirse por el barrio cívico. Todo aquello no sería visible desde la sede de gobierno, aunque estuviese ocurriendo bajo sus narices.

Parapetarse en el MOP 

“Joaquín” –Julio Soto- recibe la orden de ocupar posiciones en los pisos superiores del Ministerio junto con el grupo de choferes. En la cochera presidencial descubren por casualidad una ventana que, tras romperla, les permite ingresar directamente al MOP. Desde los autos estacionados trasladan un pequeño pero significativo arsenal: un lanzacohetes RPG-7, una ametralladora punto 30, dos cajas de proyectiles y varios fusiles AK con sus respectivos módulos de combate. 

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Apuntando hacia los pisos superiores del Ministerio de Obras Públicas, desde donde disparaban los GAP que resistían
Apuntando hacia los pisos superiores del Ministerio de Obras Públicas, desde donde disparaban los GAP que resistían

De inmediato nos fuimos arriba con las armas, con todas las que teníamos en los autos. Subimos todos los conductores, o sea, un total de seis, además de otro que había sido chofer: “Patán” -Manuel Cortés-, que estaba en Santiago porque había llegado desde Chuquicamata con un amigo; “Carlos Álamos” lo había autorizado a integrarse. Así, nos juntamos un grupo de ocho y nos fuimos a los pisos de arriba. Cuando llegamos a ubicarnos pregunté quién sabía manejar la punto 30, y el único era “Patán”. Él se hizo cargo y su amigo tomó las dos cajitas y se llevó una metralleta. Había una RPG-7, que se la pasé a “Rubén”, que trabajaba en El Cañaveral. Los 
otros tres choferes: “Eduardo”, “Roberto” –Isidro García- y el “chico Lalo” asumieron los fusiles (...) El mando lo ejercí yo. Recordó “Joaquín”. 

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Manuel Cortés, 'Patán'
Manuel Cortés, 'Patán'

 

Una vez dispuesto el grupo y asignados los ángulos de tiro que permitieran zonificar el fuego hacía la Alameda y la Plaza de la Constitución, Joaquín se instala en la oficina del ministro. Allí estaban los citófonos conectados con la Presidencia que le permitirán comunicarse con su mando, situado al frente. 

Entonces llamé a “Carlos Álamos” y él me dijo: “Mira negrito -porque nos conocíamos mucho- esta cosa va en serio. Ustedes tienen que hacer lo máximo, nadie se puede rendir, nadie. Yo le dije que estábamos bien. Además me advirtió que cuando empezara el combate no nos pusiéramos a disparar como locos. Así lo hicimos. Yo traté de conversar con la gente, porque ese momento no era de dar órdenes, porque no éramos militares, sino compañeros. Y tendríamos que tratar de hacer lo mejor posible. Por eso cuando aparecieron las primeras tropas esperamos que ellos atacaran y eso debe haber sido como a las nueve de la mañana.

El teléfono de magneto

Transcurridos tan sólo veinte minutos desde su arribo a La Moneda, Allende decide ocupar el teléfono habilitado para comunicarse con diversas radioemisoras que difundirán sus palabras, en un momento en que cientos de miles de personas en Santiago y todo el país estaban expectantes de noticias para esclarecer la incertidumbre de esas primeras horas. Se ha colocado el casco de guerra, que según recuerdos de Danilo Bartulín se lo facilitó el día del tanquetazo el malogrado edecán de la Armada Arturo Araya Peeters.

El presidente tomará contacto con la radio Corporación a las 07:55 y sólo dará información fragmentaria. Él no se puede adelantar en esos momentos dando por resuelto el alineamiento tras las fuerzas golpistas. Por ello, en su primer mensaje radial, focaliza en un “sector de la marinería y en Valparaíso” el levantamiento, a la vez que llama a los trabajadores a estar movilizados y atentos a las instrucciones de él, como compañero presidente. Asegura, también, que en Santiago no hay ningún movimiento extraño de tropas y que espera que la respuesta de los soldados de la patria sea positiva. En la percepción de sus partidarios y del público en general, el mensaje era hasta tranquilizador. 

Por lo afirmado por Allende se podía evaluar que lo que estaba ocurriendo era una suerte de “tanquetazo dos”, pero esta vez con marinos y alejado de los símbolos de poder y del lugar donde él se encontraba como máxima figura del gobierno. Pero la percepción 
presidencial estaba desfasada del nivel de maduración de los acontecimientos. A esa hora lo único por despejar era el grado de éxito de los sectores golpistas al interior de la policía uniformada, cuyo núcleo de mando se mantenía leal al mandatario, pero que progresivamente iba quedando desprovisto de mando efectivo. Quizás era esa misma situación la que podía llamar a equívoco por la importancia de la policía uniformada: tenía dislocación nacional, más que ninguna otra rama de las Fuerzas Armadas, y aún estaba protegiendo al presidente con un número significativo de efectivos y medios. 

Cualquier enfrentamiento entre tropas del Ejército y Carabineros en ese perímetro no hubiese pasado inadvertido, porque desde muy temprano decenas de periodistas y foto-reporteros de Chile y del extranjero cubrían los acontecimientos. Los más difíciles de controlar eran precisamente estos últimos, que ciertamente sabían que enfrentaban sucesos de alto impacto y por lo tanto olfateaban una noticia histórica. 

Es posible especular un poco respecto de los primeros mensajes de Salvador Allende. Han sido múltiples los llamados telefónicos que él y sus acompañantes han cruzado desde esa llamada de madrugada que alertó sobre los movimientos golpistas en Valparaíso. Por cierto, desconocemos el conjunto de variables que Allende estaría contemplando en esos 
febriles momentos. Lo que sí sabemos es que hasta el último instante conservará la totalidad de sus capacidades y su potencial de estratega, como lo demuestran las instrucciones que da a quienes le rodean, los llamados que recibe o hace hacia el exterior y cómo, por último, rubrican sus mensajes radiales. Está absolutamente lúcido y consciente. 

No se sabe si por extrema prudencia, incerteza en las informaciones o buscando influir con sus palabras en las correlaciones de fuerzas que estaban en movimiento, lo cierto es que el presidente ignora el despliegue de efectivos militares y el arribo de tropas desde las 
provincias. Las evasivas de los generales que responden los llamados o la falta de respuestas de otros parece no ser suficiente. Tampoco tendrá configurado el escenario del conjunto de las radioemisoras silenciadas en diversos puntos de la capital desde las primeras horas del martes 11 de septiembre. Aunque sus cinco mensajes radiales demuestren que nada de eso conseguirá acallado.

Son las 08:05. Este momento coincidirá con otro fugaz instante en que Salvador Allende, sin armamento ni casco de guerra, se asoma por una de las ventanas del segundo piso de La Moneda y saluda muy brevemente a un grupo de estudiantes secundarios del Instituto 
Comercial N° 9, que lo vitorean con escasa conciencia del riesgo que están corriendo y de lo trascendental de la situación. La escena quedará registrada por la cámara del fotorreportero argentino Horacio Villalobos, que está de paso por Chile.

Veinte minutos más tarde del mensaje precedente, a las 08:15, el presidente vuelve a hablar por radio Corporación. Nuevamente se referirá a la insubordinación de la Armada en Valparaíso, pero agrega que ha ordenado que tropas del Ejército sofoquen a los golpistas y remarca que él confía que lo harán. Esa será una apuesta en extremo riesgosa, pero a esa altura el presidente tiene poco que perder.

¿Todavía espera una respuesta favorable de un sector militar o de Carabineros? Lo desconocemos. ¿O acaso espera la movilización masiva de trabajadores como había ocurrido con la intentona del 29 de junio? Esto hay que descartado, porque insistentemente durante el transcurso de esa mañana buscará desincentivar los sacrificios y costos de vidas. 

Luego, los mensajes radiales del presidente se verán interrumpidos por el primer bando de la Junta Militar. El último mensaje de Salvador Allende será pronunciado justo después que se dé a conocer esa primera proclama: el bando número uno, pasadas las 08:30.

El primer bando 

De madrugada y luego de participar en el silenciamiento de las radios gobiernistas, llegaría al Ministerio de Defensa el periodista Federico Willoughby. Al ingreso debía intercambiar con la guardia un santo y seña acordado previamente por los conjurados. Él dijo “pescado” y le respondieron “frito” e ingresó como uno más de los conspiradores a un edificio que bullía en una inusual actividad. 

Willoughby llevaba además en su bolsillo el brazalete de género elasticado con estampados que ese día identificaría a las fuerzas facciosas. De inmediato subió directo al despacho del vicealmirante Patricio Carvajal, comandante de las fuerzas que operarían ese 
día. Ese era el centro neurálgico del Golpe. 

En el Estado Mayor de la Defensa estaba el Centro de Unidad y Combate: una mesa de varios metros de largo donde se encontraba el mapa de todo el país. Y arriba había un pasillo con gente que escribía en una pizarra el movimiento de cada ciudad y región. Viendo la mesa uno se daba cuenta cómo iba: Valparaíso copado, Linares copado, pendiente Concepción. A medida que avanzaba el día irán poniendo más banderitas en cada ciudad del mapa, relataría más tarde Willoughby. 

El periodista era parte de un exclusivo grupo de civiles de la máxima confianza de los golpistas. Entre ellos estaba el joven abogado Sergio Arellano, hijo del general homónimo, y otro periodista, Álvaro Puga, de radio Agricultura, que utilizaba el seudónimo de “Alexis”. El joven abogado Arellano había cumplido antes una importante misión, había puesto sobre aviso a un determinado grupo de dirigentes del Partido Demócrata Cristiano, PDC, de la inminencia de las acciones golpistas. 

La tarea de Willoughby y los otros civiles consistía en hacer la redacción de los borradores de los bandos que la Junta Militar iría emitiendo en el curso del día. En tanto, Roberto Guillard Marinot, en su calidad de oficial de telecomunicaciones del Ejército y hombre de confianza de los militares alzados, sería el locutor oficial, desde la radio Agricultura, de la primera proclama de la Junta Militar. Willoughby lo explicará en una publicación del 2012: Yo, el día 11 de septiembre, tenía que explicar al país -con claridad, sin emociones ni tonos- que las fuerzas armadas se habían unido y tenían el poder de fuego y la decisión de producir cambios. Que no estaban solas, sino que estaban acompañadas por la civilidad. Dentro de ese entorno, era el vocero de gobierno y al mismo tiempo, en cierto modo, el símbolo de la civilidad. Y tenía que transmitir una imagen de fortaleza y de decisión en imponer los objetivos que se habían introducido el 11 de septiembre. Porque en la medida que fuese débil ese mensaje, fracasaba la unidad nacional que sería el combustible inicial, e iba a alentar a chilenos a no ubicarse en la realidad intentando levantarse u oponerse, y si lo hacían iban a morir. Mi violencia de advertir era una violencia que inducía a la no violencia. A que la acción fuera incruenta. 

A las 08:42, la “Cadena Democrática” formada por las radios Minería y Agricultura emitirá el primero de los numerosos bandos de ese día: A continuación damos paso a una red provincial y nacional de las fuerzas armadas. Se invita a las radioemisoras libres a conectarse... 

Desde el primer bando era posible enfocar cuatro ideas centrales que servirían como rayado de cancha en la evolución de las próximas horas de instalación del golpe. En primer lugar, se demandará la renuncia o abdicación del presidente Salvador Allende. Sin disimulo, quedará explicitado que el máximo triunfo será verlo rendido entregándose en La Moneda, contradiciendo así lo que ha dicho y también lo que él ha sido: Que el señor presidente de la república debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile. 

En segundo término, este bando destacará la unidad de las fuerzas golpistas, para desalentar de inmediato cualquier idea de quiebre o apoyo a hipotéticas o eventuales fuerzas pro gobierno que pudieran constituirse: Que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros de Chile están unidos. 

En tercer lugar, se aseguraba el monopolio de las comunicaciones por la vía de silenciar al gobierno y sus partidarios. Antes de este primer bando ya había ocurrido la operación de silenciamiento de diversas radioemisoras: Que la prensa, radiodifusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre. 

Y, por último, se conminaba a que los santiaguinos se enclaustraran en sus casas y fueran espectadores pasivos de los acontecimientos, bajo la amenaza explícita de riesgo para su integridad física: Que el pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a fin de    evitar víctimas inocentes. 

Este primer bando militar remarcaba la fuerza y obviaba la razón. El terror inauguraba el nuevo orden y las firmas de los jefes militares evidenciaban las operaciones de neutralización ocurridas en la Armada y Carabineros. Posteriormente y con el transcurso del tiempo se conocerían detalles del nivel de involucramiento y protagonismo de cada uno de los cuatro miembros de la Junta Militar, dejando en evidencia la conspiración y los tiempos de preparación que este movimiento cívico-militar había tenido. 

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Calle Teatinos, La Moneda incendiándose después del bombardeo. Foto de Horacio Villalobos
Calle Teatinos, La Moneda incendiándose después del bombardeo. Foto de Horacio Villalobos

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