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Miércoles, 11 de diciembre de 2019
6° parte

Los libros clave para entender el Golpe: ‘Punto Final. Autobiografía de un rebelde’

Manuel Cabieses Donoso

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Autobiografía de un rebelde
Autobiografía de un rebelde

Durante estos días INTERFERENCIA ofrecerá la reproducción de los aspectos más significativos de los libros clave que explican el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. En esta entrega republicamos el capítulo diez del libro Punto Final. Autobiografía de un rebelde, de Manuel Cabieses Donoso, editado por Ocean Sur.

Nosotros arrendábamos un departamento en la calle Los Grillos, cerca de Bilbao, cuando vino el golpe. El 11 de septiembre de 1973, como todos los días salí a trabajar al diario Última Hora. La radio estaba informando del levantamiento de la Marina en Valparaíso. A esa hora uno podía suponer que podía tratarse de otro intento como el tancazo del mes de junio. En el trayecto al diario lo único raro que vi fue a un carabinero que caminaba apurado con el revólver de servicio en la mano. En un quiosco de diarios vi expuesta la revista Punto Final correspondiente a ese martes. La portada hacía un llamado: “Soldado: la Patria es la clase trabajadora”.

Aún no había desplazamientos de fuerzas militares en el centro de la ciudad. En el diario comenzamos a trabajar con la intención de sacar una edición urgente llamando a defender al gobierno. Escuchamos en la radio el primer mensaje al país del presidente Allende desde La Moneda, comenzamos a contactar por teléfono nuestras fuentes de información; era un caos de noticias contradictorias. Ninguna fuente tenía información dura, completa. Y empezamos a organizar el trabajo.

El golpe, bien planificado, fue una sorpresa. El domingo anterior mi esposa Flora y yo habíamos ido al cine Las Lilas con Héctor Sánchez (Humberto), funcionario de la embajada cubana, y su esposa, Gina Pita, de quienes éramos muy amigos. La función empezaba con publicidad y un noticiario de Chile Films. Aparecían unas imágenes de Allende, y el público del cine silbó y gritó contra el presidente. 

Nos fuimos comentando eso, diciéndonos que era gente del barrio alto de Santiago, en su mayoría opositora al gobierno. Ni nosotros ni los amigos cubanos suponíamos que menos de 48 horas después se descargaría el golpe.

La Flora trabajaba en el policlínico Maruri del Servicio Nacional de Salud. Ese día estaba en su puesto de enfermera. En ese centro había fuerte presencia de militantes de izquierda y algún grado de preparación para atender heridos en el golpe que todos veíamos venir, pero sin saber cuándo ni cómo.

En ese tiempo yo estaba dedicado al trabajo de masas. Era consejero regional del Colegio de Periodistas, presidente del sindicato de trabajadores del diario Última Hora y vicepresidente del Cordón Santiago Centro que funcionaba en el edificio Diego Portales. El Cordón comenzaba a funcionar muy bien, con mucha participación de trabajadores de todo el espectro de fuentes de trabajo ubicados en el centro de la capital: bancarios, periodistas, gastronómicos, empleados del comercio, etcétera.

El diario estaba en la calle Tenderini, a un costado del Teatro Municipal. Hoy es un restorán. El lugar está a unas seis cuadras de La Moneda. El desarrollo del golpe se fue acelerando en el curso de la mañana. Por la cadena de radios se dio a conocer una proclama de los golpistas y sus primeros bandos con amenazas e instrucciones a la población. Última Hora tenía una terraza desde la cual vimos el bombardeo de La Moneda. Algo inimaginable para un chileno de mi época. ¡La Moneda bombardeada por aviones de la FACh! Creo que ese es el símbolo del tajo brutal que se propinaba a la historia del país y al desarrollo de su maduración democrática. De allí en adelante no hubo límites al salvajismo de las FF.AA. y Carabineros. El país que habíamos conocido, había dejado de existir.

Ya sabíamos que la Imprenta Horizonte, donde se imprimía el diario, había sido ocupada por militares. Ya no había posibilidad de sacar el diario. Escuchamos el último —y sobrecogedor— mensaje del presidente Allende. Su intención de morir en La Moneda era clara. En el diario acordamos retirarnos, nos despedimos sin saber si volveríamos a vernos. No sé cómo llegué a mi casa… no lo recuerdo.
En años recientes la periodista Patricia Verdugo publicó un libro-reportaje que incluye grabaciones de mensajes intercambiados por Pinochet, desde el puesto de comando del golpe, en Peñalolén, con los oficiales encargados de las operaciones. Uno de esos mensajes se refiere a Punto Final:

Puesto Uno: Correcto, represento eso al (ininteligible)… por favor. De parte de Comandante en Jefe, además de las medidas que existen sobre radio y televisión, ehhh, no se aceptan, repito, nin… publicación de prensa de ninguna especie. Y aquella que llegara a salir, además de ser requisada, motivará la destrucción de las instalaciones en las que fue editada. Cambio… Ehhh, justamente el personal que trabaja allá en Punto Final, todo el mundo ahí debe ser detenido.

En mi casa estaban mis hijos y sus primas Alejandra y Marcela: los habían devuelto de sus colegios. Les ordené irse a casa de mi cuñada Eliana. Flora se quedó en el consultorio donde trabajaba. Solo entonces me di cuenta que no sabía a dónde ir a esconderme. En el MIR nos habían instruido de contar con una “casa de seguridad” donde refugiarnos si ocurría el Golpe. Pero yo no había hecho caso. Afortunadamente, llamó por teléfono un cuñado, Hugo Martínez, que me dijo que fuera a su casa. Él vivía en la zona de Tomás Moro, donde estaba la residencia presidencial, que también la habían bombardeado. Eso estaba a unas veinticinco cuadras de mi casa. Era una zona de clase media alta, acomodada. Me fui caminando, no tenía otra forma. Fui testigo de algo que me causó profundo impacto: presencié la alegría que reinaba en ese sector de la ciudad, la gente brindando con champaña en los jardines de sus casas, las radios a todo volumen transmitiendo marchas militares y bandos de los golpistas, las parrillas asando carne. Yo era un pájaro raro, triste, tratando de pasar desapercibido en medio de ese jolgorio.

Mi mujer estuvo dos días en el consultorio donde habían preparado un hospital de campaña. Finalmente, en una ambulancia, repartieron al personal. Pero no nos habíamos comunicado. No sabíamos nada el uno del otro. Mi cuñado Hugo le llevó después noticias mías y mi argolla de matrimonio: le pedí que se la entregara por si me pasaba algo.

Mi nombre aparecía en uno de los bandos de personas de izquierda que la Junta Militar llamaba a presentarse voluntariamente a las nuevas autoridades del país. Por supuesto, yo no estaba dispuesto a caer en esa trampa. Tomé contacto telefónico con Pepe Carrasco que me ofreció un nuevo refugio y quedamos de encontrarnos en un lugar cercano a la casa de mi cuñado. Pepone vino con otro compañero, Patricio Biedma, argentino, que después mataron en Buenos Aires. (1) Periodistas al fin y al cabo, decidimos ir a ver cómo había quedado La Moneda bombardeada.

Entramos por la calle Santa Lucia, que va rodeando el cerro. A la altura de la calle Huérfanos, carabineros con fusiles estaban allanando los autos, era imposible retroceder y salir de allí. Nos hicieron bajar y alguien me reconoció y avisó a los pacos. Nos llevaron a una comisaría cercana. A Carrasco y a Biedma los dejaron ir y a mí me dejaron detenido porque aparecía en aquel bando de la Junta Militar. En la comisaría estaban muy felices porque hasta entonces no habían hecho ninguna captura notable.

Era su primera captura importante y entre varios empezaron a golpearme. En eso llegó un oficial de la FACh que traía prisionero, apuntándolo con una pistola, a un muchacho al que acusaba de “guerrillero cubano”. El muchacho gritaba que era panameño y que estudiaba en Chile. Lo golpearon dejándolo muy mal herido o agónico, no sé.

Entretanto, el oficial de guardia en la comisaría, un joven teniente, creo que quizás me salvó la vida. Se puso formal e hizo un parte dejando constancia de mi detención. Luego hizo firmar el parte al oficial de la patrulla del ejército que vino a buscarme. Me llevaron en un jeep al Ministerio de Defensa. Cuando llegábamos, salían muertos de la risa León Vilarín y Rafael Cumsille, líderes de los camioneros y del comercio detallista, respectivamente, que jugaron importante rol en la conspiración golpista. Cumsille sigue siendo, casi cincurnta años después, presidente del comercio minorista.

Me sentaron frente a un militar que me dijo que había francotiradores en esa zona de la ciudad y que si le informaban que había algún soldado herido, me volaría la cabeza. Después me condujeron a otra oficina, me empujaron al suelo, y dos o tres militares empezaron a pegarme culatazos y puntapiés, caminaban sobre mi cuerpo y me insultaban. Después me hicieron pararme y me vendaron los ojos con una bufanda que andaba trayendo. Me llevaron a la puerta del foso de un ascensor, según decían, y amenazaban tirarme.

Después me hicieron caminar, subimos y bajamos escalas, me amarraron de los pies y me sacaron medio cuerpo por una ventana, después todo el cuerpo, yo estaba en el aire atado de los pies y amenazaban soltarme.

Estuve así, colgando, unos dos o tres minutos, que me parecieron eternos, muy largos.

Me sacaron con los ojos vendados del Ministerio de Defensa y me montaron otra vez en un jeep. Era el anochecer, se escuchaban disparos. Me llevaron a un lugar que olía muy mal, yo pisaba basura, y allí repitieron el simulacro de fusilamiento.

Me hicieron caminar otra vez y entramos a un recinto cerrado, se escuchaban voces, órdenes, gritos.

-Sáquenle la venda- gritó alguien.

Entonces me encontré que ante mí había un grupo de oficiales descansando, bebiendo café, fumando y charlando. Un oficial de más edad y rango me dirigió la palabra. Debe haber sido un coronel y era el Estadio Chile —hoy Víctor Jara— donde estábamos.
Ese oficial superior no me insultó, fue correcto en el trato. Les dijo a los otros oficiales quién era yo y empezó a desarrollar un diálogo conmigo, cuyos detalles lamento no recordar. Pero en esencia él explicaba los motivos del golpe. Según él, por el estado de caos en que se encontraba el país y por la presencia de comunistas en el gobierno que pretenderían instaurar una dictadura.

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Detenidos en el Estadio Chile
Detenidos en el Estadio Chile

 

Este discurso lo oiría casi igual muchas veces de boca de militares mientras estuve prisionero. El coronel aquel decía que las FF.AA. iban a asegurar las conquistas sociales de los trabajadores. Era un discurso con ribetes nacionalistas. Un discurso tranquilizador sobre los fines del “pronunciamiento militar”. Pero a la vez quería lucir conocimientos ante sus subordinados y hacía una crítica al socialismo, intercalando preguntas que yo me obligaba a contestar con prudencia, pero con claridad para no aparecer cobarde en esa situación. Después, en Chacabuco, ya llegaremos allí, escuché que decían que la Junta Militar había derogado la lucha de clases, que ya no existía.

Esto duró unos quince minutos, y luego ordenó a un oficial de los que estaban allí que me llevara a uno de los camarines del estadio que servían de celdas.

El oficial que me llevó, educado en su trato conmigo, me contó que él era uno de los tanquistas que en junio habían derribado la puerta del Ministerio de Defensa. Dijo que era hijo de alemanes originarios de la República Democrática Alemana, que había estado en ese país para conocer a sus abuelos y que retornó muy impresionado por adelantos que observó en la RDA, particularmente en la agricultura. ¡Era una situación increíble! Caminamos por un pasillo donde había muchos prisioneros. Los tenían en el suelo, o con las manos en alto contra los muros, con las piernas abiertas. Les pegaban culatazos y patadas que arrancaban gritos de dolor. Fue impresionante ver en el suelo, muy golpeado, al director Prisiones, Litré Quiroga, comunista, al que pegaban de manera salvaje. Entre quienes lo golpeaban había civiles con brazaletes militares, después supe que eran militantes de Patria y Libertad. El compañero Quiroga estaba agónico. Finalmente llegamos al camarín al que me destinaban y el oficial abrió la puerta. Apareció ante nosotros con la cabeza chorreando sangre quien hasta hacía pocos días había sido Ministro del Trabajo, Jorge Godoy, comunista. Después del golpe, Godoy apareció en la televisión llamando a los trabajadores a no resistir para evitar un derramamiento inútil de sangre. Le habían pegado un culatazo en la cabeza y sangraba mucho. Godoy creyó que yo era un funcionario, no sé, me vio cara de autoridad, y se dirigió a mí:

-Señor, por favor, mire como me tienen, que no me golpeen más…

No alcancé a decirle nada porque me empujaron dentro de la celda. Y allí estuvimos con Godoy dos o tres días, con solo una marraqueta para compartir como alimento, hasta que nos llevaron al Estadio Nacional. Godoy me relató que lo obligaron a intervenir en la TV bajo amenaza de muerte. De todos modos el PC lo expulsó cuando llegó al exilio.

Llega un día en que abren el camarín y meten a seis o siete ex subsecretarios de distintos Ministerios del gobierno derrocado. Después nos sacaron del Estadio Chile en fila india para meternos en un camión frigorífico de pescado. A la pasada vi a Víctor Jara al que habían dejado a un lado. Una luz le daba en la cara, lo que hacía visible una sonrisa en su rostro. No he olvidado su sonrisa serena, quizás un desafío a los milicos. En el camión frigorífico, de la Pesquera Arauco, nos íbamos asfixiando. Algunos hacían chistes —ese humor negro típico de nuestra sicología que sale a la superficie en las situaciones más difíciles—. Pero todos sentíamos miedo y pensábamos que iban a fusilarnos. Pero no, nos llevaban al Estadio Nacional, donde viviríamos otro episodio de prisioneros de la dictadura.

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Prisioneros en el Estadio Nacional
Prisioneros en el Estadio Nacional

 

Al Estadio Nacional llegamos por la noche en un camión frigorífico atestado de gente. Abrieron las puertas, y ya ¡a bajarse, mierda! Pasamos corriendo entre dos filas de pacos. Nos pegaban sin piedad. En la cancha de fútbol nos fueron agrupando según el destino que nos asignaban al interior del estadio. Unos íbamos a camarines, otros a escotillas. Yo fui a dar a un camarín al que también llegaron numerosos estudiantes y profesores de la Universidad Técnica del Estado. Y después también varios obreros. A medida que llevaban prisioneros al estadio, también iban ocupando las galerías y tribunas. Camarines y galerías, allí nacen las primeras experiencias de organización de los presos políticos de la dictadura.

Los doce gajos

Los milicos son muy flojos y derivaban tareas de ellos a nosotros, sus prisioneros. Por ejemplo hacer, rehacer y actualizar infinitas veces la nómina de presos. Sus nombres, números de cédulas de identidad, etc. Esa tarea nos permitió organizarnos. Se nos permitió elegir los jefes de camarines, que eran los interlocutores con los carceleros. Los compañeros me eligieron jefe del camarín en que estábamos. La verdad es que no tuve mucha competencia en la elección porque nadie quería ser el encargado de esa tarea. En el camarín, adosada al muro, había una banca larga, el resto era el piso pelado y las duchas y excusados. Lo necesario para un equipo de fútbol. Pero éramos unos 80 en el mismo espacio. 

Las primeras noches no teníamos nada con qué taparnos, era el suelo pelado y la banca. Después nos entregaron colchonetas y frazadas. El asunto entonces era distribuir el espacio a la hora de dormir. Era una especie de puzzle para que todos cupiéramos. En el resto del día había que organizar algunas actividades para que la mente se mantuviera ocupada o al menos aminorara el estrés que se produce en esas situaciones. No había posibilidad de hacer trabajos manuales. Entonces inventamos que cada uno contara su propia historia. Agotado eso, pasamos a las poesías y los chistes y cuentos varios. Yo mismo hacía preguntas para guiar los relatos. Surgieron las primeras actividades culturales de presos. Hacíamos una especie de mini show con los compañeros que cantaban o recitaban. Con papel sustraído a las listas de presos, se confeccionaron juegos de dominó, naipe y hasta ajedrez. A veces nos repartían naranjas, pero pocas. Allí aprendí que una naranja —al menos las de entonces— tiene doce gajos, mi trabajo era repartirlos.

Diputado por Puente Alto

Iban soltando algunos presos, pero llegaban otros. A veces nos llamaban a declarar en el mismo estadio. A mí me interrogaron dos veces, sin tortura. La primera vez fue con un fiscal naval, la primera persona a la que oí hablar del Plan Zeta. Un plan que habría tenido la Unidad Popular para asesinar a medio ejército durante la parada militar en el Parque Cousiño. La otra vez fue con un fiscal de Carabineros que se limitó a preguntarme el nombre, me dio un golpe de puño, tomó unas tijeras y me cortó un mechón de pelo. A esa altura era evidente que la represión carecía de información valedera sobre la mayoría de nosotros. La única pregunta que recuerdo me hicieron, fue sobre el paradero de Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista.

Cuando anunciaban a algunos que los iban a soltar, les daban un tiempo para prepararse. Entonces nosotros hacíamos una emotiva despedida, una pequeña ceremonia para desearles que les fuera bien, aprovechábamos también para mandar con ellos mensajes a nuestras familias. Recuerdo la despedida a un grupo de obreros de Puente Alto, la mayoría comunistas, que solo vestían sus overoles de trabajo. Habíamos conocido la muerte de Neruda y en esa despedida se recitó unos versos suyos. Además cantamos en susurros la Internacional. El mayor de esos obreros, que hacía las veces de jefe del grupo, hizo un discursito y dirigiéndose a mí, dijo:
-Mire, compañero Cabieses, a usted lo hemos conocido aquí y es muy distinto de lo que creíamos… Si alguna vez usted se presenta como candidato a diputado por Puente Alto, ¡cuente con nosotros!

Ese era el nivel de honestidad, pero a la vez de ingenuidad de muchos presos que imaginaban que la dictadura sería breve y todo volvería a ser como siempre. Lamentablemente, nunca fui ni seré candidato a diputado por Puente Alto.
Las señoras pitucas de la Cruz Roja

Un día nos sacaron del camarín para alinearnos en los pasillos. Lo mismo hicieron con los demás camarines. Vimos entonces que venía un grupo de milicos con un encapuchado que indicaba a una u otra persona y a estas las sacaban a un lado. Yo tengo muy mala suerte para estas cosas y supuse que el encapuchado me iba a señalar. Y así no más fue. Nos pusieron en una fila, de rodillas y con las manos en la nuca. Éramos unos cincuenta. Y nos hicieron caminar así, de rodillas, un largo trecho del pasillo interior del estadio. Con las rodillas sangrando, hechas mierda.

Llegamos a un lugar en que nos hicieron pararnos y vueltos a la pared con las manos arriba. Pasó el tiempo, las horas, y no ocurría nada. Finalmente a mí y a otros nos metieron en un baño. Ahí encontré a un compañero comunista, Samuel Riquelme, que había sido subdirector de Investigaciones. Lo habían torturado horriblemente, tenía las muñecas y los tobillos hinchados y con huellas del alambre con que lo había atado.

Después nos llevaron de regreso a nuestros respectivos camarines. Antes había llegado allí —muy torturado con electricidad— Luis Corvalán Castillo, hijo del secretario general del PC que estaba prisionero en la Isla Dawson. Le conté que había visto a Samuel Riquelme en el baño y que estaba preso en el estadio.

Otro día nos hicieron alinear desnudos en el pasillo y aparecieron unos equipos de la Cruz Roja con baldes llenos de desinfectantes. Nos pasaron brochas mojadas en ese líquido por el cuerpo y la cabeza. Era para matar los piojos y otros bichos. Las señoras de la Cruz Roja dirigían la operación; eran señoras muy pitucas… y nosotros ahí, frente a ellas, piluchos. Nos ofrecieron aspirinas y dijeron que podíamos escribirle a las familias. Yo no escribí y me han dicho que las cartas de los otros nunca llegaron. También apareció un capellán del ejército con el cuento de que quería ayudarnos. Pero nosotros teníamos curas propios y de confianza. En mi camarín estuvo un cura holandés, excelente persona. En Chile había muchos curas y monjas extranjeros que trabajaban en poblaciones y estaban muy integrados al proceso de cambios que vivía Chile. Nosotros no necesitábamos curas chuecos.

El Caracol se llamaba el lugar donde torturaban. Del Caracol llegaron Luis Corvalán casi muriéndose y otros compañeros. Los torturaron con electricidad y a consecuencia de eso moriría más tarde en Europa. Otro compañero que llegó muy torturado, con las costillas quebradas, fue Jean-Yves Claudet Fernández, militante del MIR que sería asesinado más tarde en Argentina.

El huevo duro

Después de un tiempo, no sé cuánto, nos sacaron a las tribunas del estadio. Por primera vez desde que fuimos detenidos, veíamos el sol. Era un día muy hermoso, el sol nos cegaba. Al otro lado de una reja, estaba Rodrigo Rojas, comunista, director de El Siglo, un gallo simpático, bueno para las bromas. Él había conseguido un huevo duro. ¡Un huevo duro allí! Fue muy fraternal: lo partió y me convidó la mitad. Nunca olvidaré ese gesto.

Física y psicológicamente creo que aguanté bien la prisión. Quizás porque tengo cierta capacidad de acomodarme a la situación que me toca vivir. Por eso en el camarín y después en el Campo de Prisioneros de Chacabuco me eligieron representante de los presos: porque sabía conservar la calma y tomar decisiones, aunque la procesión iba por dentro.

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Campo de prisioneros de Chacabuco. Acuarela del arquitecto Francisco Aedo, detenido desaparecido
Campo de prisioneros de Chacabuco. Acuarela del arquitecto Francisco Aedo, detenido desaparecido

 

En la prisión se conocen la grandeza y la miseria humana, y las conocí todas en ese periodo.

Mi rol de preso-dirigente me obligaba a mostrarme más fuerte de lo que realmente era a fin de dar el ejemplo y fortalecer a los más débiles.

Mis hijas lograron hacerme llegar un par de zapatos -andaba semi descalzo- y una camisa con un joven oficial que pololeaba con una amiga de ellas. Conversamos un rato y me contó que Eduardo Frei había ido a la Escuela Militar la noche del golpe a reclamar el cargo de Presidente de la República en su calidad de presidente del Senado. Según esta versión, lo habían echado de mala manera y hasta le habían quitado el auto oficial y obligado a buscar un taxi. Esto me lo contó ese oficial que se sentía muy satisfecho por la conducta de sus generales.

En el diario El Nacional de Caracas, donde yo había trabajado, el redactor Lorenzo Batallán publicó un artículo -que vi más tarde-, en que se me hacía aparecer muy torturado, y que me habían arrancado los ojos. Es probable que ese cuento lo tejiera alguien que me vio en el estadio caminando a tropezones. No me habían arrancado los ojos, pero me habían roto los anteojos.

Un día nos dijeron que nos preparáramos para irnos. Era en diciembre e íbamos a algún lugar del país que no nos precisaron.

Pero antes dejaron que las familias nos llevaran ropa. Ahí fue cuando a través de las rejas, desde lejos, a gritos, vi y hablé con la Flora.

Ella, como tantas otras mujeres me llevaba una maleta. Fue un momento muy emotivo, cuyo recuerdo aún me emociona. Cuando entraron las mujeres, nosotros las buscábamos con la mirada y ellas nos buscaban. Era una gritería de nombres, una búsqueda frenética de cientos de personas. Estábamos separados por unos diez metros y una reja. Creo que lloré al verla. Ver a nuestras mujeres en esas circunstancias, es cuando uno se quiebra. La Flora siempre se portó muy entera, a ella la habían echado de su trabajo en el consultorio y trabajaba cosiendo y tejiendo ayudada por sus hijas.

En la bodega de un buque salitrero

Nos sacaron del estadio de madrugada y nos hicieron subir a unos buses que se dirigieron al puerto de Valparaíso. Nos hicieron subir en fila india a un buque salitrero, el Andalién, con las maletas al hombro. Luego nos hicieron bajar por una escalerilla a la bodega que era un espacio muy ancho, oscuro como boca de lobo. De trecho en trecho una ampolleta daba un poco de luz. Las paredes de la bodega tenían costras de salitre y su olor impregnaba el espacio.

Ahí nos acomodamos como pudimos. Unos tambores gasolineros cortados por la mitad servían de letrinas. Los marinos los llamaban “chutes”. Algunos compañeros hicieron dibujos muy impresionantes de esa bodega. Son testimonio de ese viaje a Antofagasta en que los compañeros más aprensivos opinaban que nos iban a fondear en el mar.

Éramos unos trescientos o cuatrocientos. A otros presos más afortunados los llevaron al norte en avión. Teníamos desayuno y un plato de comida caliente al día. La comida la bajaban con una roldana y nosotros nos distribuíamos los alimentos en pocillos de latón. Los pocillos quedaban sucios porque bajaban agua solo para beber. 

Así llegamos al puerto de Antofagasta. Recogimos nuestras maletas y bultos en cubierta, descendimos del buque y en el mismo muelle nos metieron a un tren de trocha angosta en el que partimos rumbo a la pampa. Muchos no la conocíamos. El trencito se detuvo en una estación, Baquedano. Allí nos hicieron transbordar —a culatazos y chuchadas— a camiones militares en los cuales hicimos nuestra entrada triunfal a la antigua y abandonada oficina salitrera de Chacabuco convertida en campo de prisioneros con rejas, torres de vigilancia y perímetro minado.

En la Oficina Chacabuco

Chacabuco es un pueblo fantasma en el desierto de Atacama. Fue una oficina salitrera en el siglo pasado. La dictadura militar la convirtió en un campo de prisioneros. Fuimos alrededor de mil los chilenos que estuvimos allí. Más allá de las rejas era dominio de los milicos encargados de vigilarnos (que se alternaban con carabineros y aviadores). Al interior del campo reinaban la libertad y la democracia, teníamos una especie de autogobiernos cuya fragilidad se hacía evidente cada mañana en que la guardia nos hacía formar en una cancha de fútbol para hacer el recuento de presos. Pero una vez que los milicos se retiraban, volvíamos a ser libres… o al menos creíamos serlo.

Eran casas de adobes, semiderruidas. Las puertas y ventanas eran sacos vacíos de café brasileño. Al interior, camarotes de dos y tres pisos: el refugio de nuestros sueños.

Las casas —que debían tener en su exterior un listado de los presos que allí vivían— se alineaban en pabellones. Nos dimos una estructura democrática de organización. Las casas —de ocho o más habitantes— elegían un jefe. Yo vivía en la casa 26 del Pabellón 5 del llamado “barrio cívico”, porque allí estaban la universidad, la posta de primeros auxilios y otras “instituciones” del Campo. Los jefes de casas elegían un jefe de pabellón. Los jefes de pabellones pasaban a integrar el Consejo de Ancianos, máxima autoridad de los prisioneros. El Consejo de Ancianos elegía presidente, secretario, etc. Sobraba trabajo para todos. Un médico comunista, Mariano Requena, fue el primer presidente del Consejo de Ancianos. También me correspondió ejercer ese cargo, la responsabilidad más honrosa que he tenido en mi vida.

Si no hubiera sido por Chacabuco no habría conocido a compañeros inolvidables como Coné (Luis Corvalán, hijo), ingeniero agrónomo que murió en el exilio a consecuencia de las torturas; o al Memo Bronson, Guillermo Orrego Valdebenito, dibujante técnico, animador del show dominical, amigo al que quiero muchísimo. O al Tata, don Jorge Sánchez Cubillos, obrero de la construcción, que nos enseñó a sobrevivir y a realizar muchas tareas domésticas que ignorábamos: desde coser a cocinar, desde tender las camas hasta lavar la ropa. O a Marcelo Concha Bascuñán, también ingeniero agrónomo, integrante del Conjunto Chacabuco, a quien dejaron en libertad y lo asesinó la DINA. O a don Francisco Aedo, arquitecto y profesor universitario, que pintó hermosas acuarelas de la vida de los presos en ese campo, también detenido y desaparecido cuando quedó en “libertad”. O Domingo Chávez, a quien llamábamos la “Tía Emilia”, por un programa de TV en esa época donde la verdadera Tía Emilia enseñaba a cocinar; Domingo atinó a exiliarse en Canadá, fue cónsul de Chile en Edmonton y formó una hermosa familia siempre ligada a Chile. O Milton Lee Guerrero, el más joven de nosotros, que había liderado el Frente de Estudiantes Revolucionario (FER). O el “cura” José Urzúa, empleado bancario y genealogista de prestigio. O a Roberto Soto Pérez, bancario, al que llamábamos Robertito. O a Julio Vega Pais, amigo del alma hasta el día de hoy. O al ex GAP, Hernán Medina, que también presidió el Consejo de Ancianos. La mayoría de ellos eran comunistas, sin embargo, hicimos perfecta e indisoluble amistad compartiendo como hermanos lo poco que teníamos. Y sobre todo intercambiando experiencias y reflexiones.

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Retrato realizado por el Tata Sánchez, un viejo obrero detenido en Chacabuco
Retrato realizado por el Tata Sánchez, un viejo obrero detenido en Chacabuco

 

Chacabuco nos dejó experiencias imborrables. Entre ellas, el arte de la unidad y la camaradería. Los partidos volvieron a funcionar clandestinos al interior del Campo de Prisioneros. En las noches se oía Radio Moscú y Radio Habana Cuba, para enterarnos qué pasaba en Chile. Hubo planes de fuga, pero ninguno se intentó seriamente. El terreno minado alrededor del Campo a veces estallaba por el peso de algún perro famélico de los muchos que vagaban por la pampa.

Democracia entre rejas

Organizamos una universidad popular, cuyo rector era Patricio Corbalán Carrera, una posta de primeros auxilios, un observatorio astronómico, concursos de poesía y cuentos, talleres de artesanía y una chingana donde se podía beber café o té acompañado de sopaipillas y escuchando canciones guitarreadas. El domingo en la noche era el show con artistas de calidad y técnicos que hacían maravillas de ingenio en materia de iluminación y escenografía. Teníamos profesionales y especialistas en todo, se dictaban charlas y cursos de todo tipo, desde idiomas hasta construcción. El obrero contaba lo que sabía hacer y el campesino también. Los periodistas mantenían un diario mural que hacía alardes de ingenio para burlar la censura militar. Pero las noticias de verdad corrían de boca en boca. Instalamos una pulpería, un correo, una biblioteca y la cocina colectiva. Organizamos campeonatos de fútbol, de atletismo y de ajedrez. Ángel Parra y otros compañeros crearon el Conjunto Chacabuco, estrella del show dominical, y le brindaron al capellán una misa de campaña y un oratorio de conmovedora belleza. El Campo de Prisioneros bullía de una actividad que nos hacía olvidar que nuestra libertad limitaba con las rejas y torres de vigilancia desde las cuales nos observaban los guardias armados de fusiles-ametralladoras.

Nos autorizaron visitas de esposas e hijos a los que recibíamos fuera del Campo, en un teatro que tuvo su época de esplendor cuando Chacabuco era parte del boom salitrero. Con los familiares —que viajaban dos o más días en buses desde Santiago o Concepción— nos llegarnos noticias de la Resistencia, comunicados de los partidos clandestinos, noticias trágicas sobre la represión en las ciudades y rumores de todo tipo. En el interior de un tubo de dentífrico recibí la notificación de la comisión política del MIR que me promovía al comité central del partido. Pero lo más importante: volví a reunirme con Flora y los hijos después de varios meses.
De vez en cuando, los milicos allanaban las casas del Campamento, especialmente en las noches, y nos hacían formar tiritando de frío en la cancha de fútbol.

Cuando en Santiago mataron a Miguel Enríquez, los responsables del PC, PS, Mapu e Izquierda Cristiana fueron a darme sus condolencias. La muerte de Miguel produjo un impacto muy fuerte al interior del Campo de Prisioneros de Chacabuco. Miguel era una esperanza, saberlo en Chile, desafiando a la dictadura, construyendo Resistencia Popular, era un aliento que recibíamos con fervor y que ese día de octubre se cortó bruscamente.

A un lote de prisioneros nos sacaron en camiones de Chacabuco y nos llevaron a la base aérea de Cerro Moreno en Antofagasta. Nos convertimos en viajeros esposados de un transporte Hércules de la FACh. El vuelo tenía como destino la base aérea de Quintero. Y de ahí en camiones a Puchuncaví que en la Unidad Popular había sido un campamento de veraneo para trabajadores. Cerca estaba otro campo, Ritoque, donde trasladaron a dirigentes de la UP que venían de la Isla Dawson. También aquí las viviendas estaban cercadas con alambradas y torres de vigilancia que nos obligaron a construirlas a nosotros mismos.

La Infantería de Marina estaba a cargo de Puchuncaví. Nos recibieron con el rancho usual del personal de la Armada: cazuela de ave y empanadas de pino. No podíamos salir del asombro, estábamos acostumbrados al régimen infame de alimentación que nos daban los milicos en Chacabuco. Pero esto solo fue una maniobra sicológica de la Marina, porque después el rancho comenzó a declinar, aunque nunca llegó al extremo de Chacabuco. Los infantes de marina eran brutos, pero la buena alimentación formaba parte de sus más firmes convicciones.

En Puchuncaví teníamos el mismo régimen que en Chacabuco, formarnos en las mañanas, contar la gente. La novedad es que nos hacían marchar y cantar, desde luego el himno de la Marina y la prusiana canción Lili Marlene. A veces nos castigaban haciéndonos correr hasta el agotamiento en lo que llamaban el picadero. A los que se cansaban los hacían reaccionar a culatazos. Entre nosotros había viejos, uno de ellos con un zapato ortopédico grande, era el que más sufría.

En Puchuncaví tuvimos un grupo de teatro, me metí a ese grupo. Me gustó mucho lo que hacíamos. Tuve un papel en una obra que transcurría en un casino de juegos. Estábamos ensayando El Principito cuando me trasladaron a Tres Álamos en Santiago. En esa obra yo era el rey aquel que siempre da órdenes sensatas. En Puchuncaví también recibíamos visitas, ahora era más fácil para las familias llegar hasta allí. A varias personas nos plantearon la posibilidad de ser expulsados del país si nosotros mismos lo gestionábamos con ACNUR, el organismo de Naciones Unidas. Me negué porque me pareció que no correspondía tomar la iniciativa, si querían expulsarnos de Chile que lo hicieran ellos mismos, los milicos. A todo esto Flora se veía de vez en cuando con Augusto Carmona, el periodista y dirigente del MIR que estaba en la clandestinidad. Cuando a través suyo supieron que me negaba a salir, me escribió Nelson Gutiérrez, miembro de la comisión política, planteándome que saliera a Cuba y me hiciera cargo del trabajo de solidaridad del MIR en ese país. Era una orden, pero con buenas palabras. La carta de Gutiérrez entró a Puchuncaví como todas las otras comunicaciones, oculta en artículos de aseo y cajas de alimentos.

Flora inició los trámites para salir del país. En ACNUR estuvieron de acuerdo, con la condición que nosotros obtuviéramos las visas de algún país que nos aceptara. Como habíamos vivido en Venezuela, y nuestro hijo menor, Javier, nació en ese país, Flora hizo una primera gestión en la Embajada de Venezuela. Carlos Andrés Pérez era el presidente venezolano. La respuesta de su gobierno fue negativa, aunque allá hicieron gestiones, José Vicente Rangel, que entonces era diputado, el Colegio de Periodistas y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, pero no hubo caso.

La Flora me visitaba cada semana en Tres Álamos y me mantenía informado de los trámites que hacía para obtener visas de algún país. Finalmente, fue Perú. Y llegó el día en que me llevaron al aeropuerto. Y me encontré en el avión con Flora y los hijos. ACNUR había hecho los arreglos para que nos recibieran en Lima y nos llevaran a una casa donde estaban instalados provisoriamente exiliados chilenos. Fue mala la recepción de esos compañeros… La casa estaba repleta y nosotros éramos cinco.

Hice lo primero que se me ocurrió: llamé por teléfono a Prensa Latina y dio la casualidad que Jorge Luna, un buen amigo, estaba como corresponsal en Lima. De inmediato se comunicaron con nosotros de la embajada cubana y vinieron a buscarnos. Nos instalaron en un hotel y se comunicaron con La Habana, que les dio instrucciones para que nos facilitaran el viaje allá. Entretanto, Jorge Luna nos invitó a casa de su padre, don Ricardo, un historiador y ex diplomático, lector de Punto Final que tenía una impresionante biblioteca.
Estuvimos pocos días en Lima, y seguimos a La Habana. Yo tenía 42 años y comenzaba una nueva vida.

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La familia Cabieses poco después de llegar a Cuba
La familia Cabieses poco después de llegar a Cuba

(1) En julio de 1976 es secuestrado en Buenos Aires, a donde había sido expulsado en 1974 por la dictadura de Pinochet después del golpe, y desde entonces, detenido desaparecido. Era casado con la chilena Luz Lagarrige, con la que tuvieron tres hijos. En Chile laboró en el Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica.

Mañana: “El Chicho Allende”, de Carlos Jorquera.

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