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Miércoles, 1 de Diciembre de 2021
Historia Contemporánea

Operación Cóndor: nuevo libro revela alcance y brutalidad de la guerra anticomunista en Sudamérica en años 70

Ernesto Garratt

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Los años del Cóndor
Los años del Cóndor

En “Los años del Cóndor”, el periodista estadounidense John Dinges entrega -a través de nuevos cables desclasificados de la CIA, testimonios de víctimas y minutos secretas de las dictaduras militares- un acabado cuadro de la coordinación represiva entre los regímenes militares del Cono Sur, la que llevó a una de las operaciones transnacionales más siniestras en la historia de América Latina. Los propulsores del llamado Plan Cóndor fueron Augusto Pinochet y Manuel Contreras.

“Nos coordinaremos con otros gobiernos latinoamericanos para identificar, detener y juzgar a agitadores radicalizados”. Esta propuesta forma parte del programa del candidato presidencial de la ultraderecha, José Antonio Kast, en un capítulo titulado “Coordinación Internacional Anti Radicales de izquierda” (ver programa, punto 33).

Para algunos puede ser una idea radical y retórica más del aspirante a La Moneda, si no fuera porque recuerda a una idea similar y más radical que sí se ejecutó en los años 70: la tristemente conocida Operación Cóndor. Se trató de la coordinación entre los servicios de inteligencia y aparatos represivos de las dictaduras de Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Brasil, Perú y Ecuador para secuestrar, detener, torturar, asesinar, desaparecer e incluso despedazar a bombazos a civiles y adversarios políticos no solo en América Latina, sino también en Estados Unidos y Europa.

Así, la ocurrencia de Kast tiene raíces en la operación que ideó el coronel Manuel Contreras, jefe de la DINA, a mediados de esa década en sendas reuniones con sus pares de esos países.

Y es ese capítulo de la historia sudamericana más oscura que sale a plena luz en “Los años del Cóndor” (Debate, 2021), un libro de investigación periodística de John Dinges y reeditado con nuevas actualizaciones, cables de la CIA desclasificados recién en 2019 y una reconstrucción más acabada de la historia secreta de esta organización criminal sin fronteras. Es el relato de una máquina construida, engrasada y puesta en marcha desde Santiago de Chile para cometer durante la segunda mitad de los años 70 una serie de crímenes, ejecuciones, torturas y atrocidades consignadas con milimétrica competencia periodística en las más de 600 páginas de minuciosa investigación.

Es verdad que hay mucha bibliografía e investigaciones publicadas que han seguido de cerca la senda criminal de la Operación Cóndor. Pero esta, la de John Dinges, es sin duda la indagatoria periodística más acabada que existe sobre este tema. Desde su publicación original en 2003, este periodista no se ha detenido en mejorar y buscar más información y fuentes que ayuden a dar con el cuadro completo.

Nacido en Iowa, Estados Unidos, John Dinges ha estado en contacto con la realidad chilena desde que vino a nuestro país a reportear el proceso de la Unidad Popular a inicios de los años 70 como corresponsal para medios estadounidenses como la revista Time, el diario The Washington Post y ABC Radio. Su labor ha sido una fuerza crucial para investigar y dar a conocer las violaciones a los derechos humanos, abusos de poder y crímenes políticos cometidos durante la dictadura de Pinochet. En Chile fue uno de los fundadores de la revista APSI y su relación con el país no paró ahí: es cofundador de CIPER y junto a Pascale Bonnefoy y María Olivia Mönckeberg fundaron el centro de investigación Archivos Chile. Es, junto al ya fallecido periodista Saul Landau , autor de “Asesinato en Washington: El caso Letelier” (1980), y autor de “Nuestro hombre en Panamá”, donde relata la relación oculta del general Manuel Noriega con Estados Unidos.

El arresto de Pinochet

Dinges comienza  a soltar la hebra de esta investigación, en las páginas iniciales, vinculando la detención de Pinochet en Londres en 1988 con los crímenes de la Operación Cóndor.  

El abogado español Joan Garcés, asesor político de Allende, se roba buena parte del protagonismo en este arranque. Esto debido a su empeño y metódica dedicación a la hora de poder dejar en claro que las dictaduras de Chile y Argentina se coordinaron para llevar a cabo de manera conjunta secuestros, ajusticiamientos, torturas y desapariciones de opositores políticos, incluso fuera de sus propias fronteras.

Al tiempo que abogados españoles presentaban acusaciones por crímenes de lesa humana cometidos contra ciudadanos españoles o descendientes de españoles por la dictadura de Argentina en cortes ibéricas, Garcés fue la llave para abrir la arista hacia Chile y Pinochet.

Usando argumentos como los expresados en los juicios de Núremberg -es decir, que si no hay garantía de justicia en el país de origen donde se cometieron crímenes de lesa humanidad, los tribunales extranjeros podrán apersonarse para conseguir dicho ideal- y en vista de los acuerdos judiciales entre España e Inglaterra, todo se fue concatenando durante meses.

Recordemos que la defensa de los derechos humanos en el mundo contemporáneo y el hecho que los crímenes de lesa humanidad no prescriban, están muy relacionados a los juicios de Núremberg.

La argumentación de Joan Garcés en cuanto a que Chile y Argentina y otros países de la región estaban hermanados en el crimen fue una pieza clave para sostener esta jurisprudencia. Una argumentación demostrada por un cable del FBI publicado en 1980 en el libro de Garcés sobre el asesinato de Orlando Letelier y que firma el agente Robert Scherrer una semana después del atentado: “En la fase 3 del Plan Cóndor ‘si un adversario es localizado en Europa, un equipo de la Operación es enviado a localizar y vigilar el blanco. Luego un equipo es enviado a llevar a cabo la sanción efectiva contra el blanco. En teoría, un país proveería la documentación falsa al equipo de asesinos, formado por personas de un país distinto. El asesinato de Orlando Letelier pudo haber sido obra de una tercera fase de Operación Cóndor’”.

El juez Baltazar Garzón, quien finalmente solicitó el arresto de Pinochet en 1998 durante su estancia en el London Clinic, usó parte de los argumentos y ejemplos entregados en las acusaciones de Garcés.

Se inicia el plan

Un tema vital de este libro es su visión en 360 grados sobre cómo las misiones y los países participantes se coordinaban. Las pruebas son irrefutables y en sus páginas se suceden testimonios, registros, hojas judiciales y cables secretos de la diplomacia internacional y agencias de inteligencia.

Desde las primeras reuniones formales del Plan Cóndor, que se realizaron en la Academia de Guerra de Santiago de Chile, el liderazgo chileno quedó formalizado por el apoyo de los militares de Argentina y Paraguay para sacar adelante la iniciativa ideada por Manuel Contreras.

El anticomunismo era el motor principal dentro de los convocados y no importaba si debían dejar cualquier rastro de decencia y humanidad debajo de su conciencia con tal de ganar lo que dentro de sus mentes era una “cruzada por mantener el estilo de vida occidental y cristiano” contra las fuerzas “ateas del marxismo”.

Por eso, el germen de Cóndor comenzó antes, durante el gobierno de la Unidad Popular y la vuelta del peronismo al poder en Argentina. En efecto, en 1971 se produjo la primera colaboración importante entre los militares de Chile, Argentina y Paraguay. Se trató de la captura y tortura de dos miembros de la JCR (Junta de Coordinación Revolucionaria), organismo aliado al MIR (Chile), al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (Uruguay) y al Ejército de Liberación Nacional (Bolivia) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (Argentina).

“Amílcar Santucho, hermano mayor de Roberto, y Jorge Fuentes, factótum del MIR en Buenos Aires”, anota Dinges, tenían la misión de la JCR de difundir el mensaje de resistencia revolucionaria en varios países latinos afectados por las dictaduras fascistas. “La primera escala era Paraguay. Fueron quizás demasiado confiados y viajaron desde Buenos Aires a Asunción en autobus sin mayores precauciones y portando pasaportes falsos. El mayor error quizás fue ir sentados juntos”.

La policía paraguaya los detuvo en distintas instancias: a Santucho dentro del bus y a Fuentes, en la capital paraguaya, cuando ya estaba alojado en el Hotel España. Santucho, que sobrevivió, describió una sesión de tortura en la oficina de Pastor Coronel en Paraguay, con preguntas realizadas por argentinos.

“Fue durante este interrogatorio que me dieron electricidad en los oídos- atestiguó Santucho y precisó que en sesiones posteriores escuchó preguntas de militares no solo argentinos, sino que también uruguayos y chilenos”, cuenta Dinges en su libro. Esta coordinación entre militares del cono sur también quedó demostrada en otros interrogatorios, cuya misión era conseguir información sobre grupos revolucionarios clandestinos como el MIR.

La DINA, la gran protagonista del Plan Cóndor, usaba técnicas aberrantes para conseguir información: “La humillación era total. Atadas al armazón metálico de una cama, desnudas y abiertas de brazos y piernas, recibiendo electricidad en las partes más íntimas y sensibles del cuerpo, las víctimas perdían todo control físico”, describe John Dinges. “Los esfínteres cedían, los músculos se atenazaban en espasmos. Todo el cuerpo se estremecía y se sacudía en oleadas de violentas convulsiones. Entre los métodos de rutina se contaban la horca, las inmersiones, las golpizas con asfixia, violaciones y simulacros de ejecución. Algunos prisioneros era atropellados por camiones. El hedor, los gritos, el sonido de los huesos que se rompían y la excreción de todo tipo de líquidos humanos conformaban un cuadro de horror genuino”.

Durante el primer año de la DINA, es decir en 1974, torturó y asesinó a 421 personas. Se estima, por otro lado,  que secuestró y retuvo en sus dependencias, durante el mismo período, a cerca de 4.000 personas. Por supuesto, esos números se multiplicarían en los siguientes dos años.

El ‘Mamo’ Contreras

Otros aspecto crucial de “Los años del Cóndor” es la acuciosa investigación en torno a las funciones y atribuciones de la DINA, la policía secreta de Pinochet. El trabajo de John Dinges no solo apunta a los primerísimos planos de esta agencia criminal, sino que además aleja la cámara y entrega contexto y subtextos para ilustrar cómo es que pudo funcionar al interior del régimen un poder tan inmenso como el liderado por Manuel “Mamo” Contreras.

La DINA podía disponer de la rama de las fuerzas armadas y de orden que quisiera para llevar a cabo sus misiones. Tenía pase libre para operar cómo, cuándo y dónde fuera necesario. Y a pesar de la temprana oposición que generó su brutal actuar entre algunos uniformados, queda demostrado que Pinochet mantenía reuniones periódicas con el Contreras y la relación entre ambos era fluida y simbiótica.

Este párrafo de Dinges es muy claro respecto de la inusitada autonomía de la DINA:

“Desde el comienzo la inteligencia militar estadounidense en sus informes describió a la DINA como una fuerza de seguridad sui generis, extremadamente poderosa y única en su especie. Y un tipo de organización nunca antes vista por militares chilenos. Si bien su director solo ostentaba el rango de coronel, la DINA estaba al margen de la cadena de mando”.

Pronto la reputación del organismo creció debido a las brutales formas de obtener información: merced métodos de torturas y salvajes interrogatorios que descolocaban a más de un militar. La DINA, con todo mérito,  ganaría el apodo de “El Monstruo” y sus métodos inhumanos incluso encenderían las alertas de la CIA, que había auxiliado el golpe de Estado en 1973 y apoyaba a la dictadura chilena.

El tema de los derechos humanos era algo que comenzaba a preocupar más y más en la agenda de Henry Kissinger, el poderoso asesor de Seguridad Nacional del entonces presidente Richard Nixon. De hecho, la que pudo haber sido una relación fluida y económicamente viable para el Contreras y la CIA, sólo se quedó en un solo depósito del gobierno de Estados Unidos por unos seis mil dólares.

“En junio de 1975 se registra un depósito de seis mil dólares en una cuenta a nombre de Contreras en el Banco Riggs de Washington D.C.”, escribe John Dinges, quien relata que, comisionado por Pinochet, Contreras viajó a la capital estadounidense para intentar cambiar la opinión negativa que comenzaba a cernirse sobre el régimen de Pinochet. Por cierto, sería ese mismo banco en el que -como se supo décadas después- el propio Pinochet mantenía millones de dólares.

Los informes de inteligencia estadounidenses mostraban que el coronel Contreras era el principal obstáculo para la ejecución de una política “razonable” de derechos humanos por parte de la Junta de Gobierno, “pero un comité interagencias instruyó a la CIA que mantuviera su relación con él”.

Asesinatos en el exterior

Uno de los puntos relevantes de “Los años del Cóndor” es que documenta en detalle los múltiples atentados cometidos en Europa, Estados Unidos, México y otros países externos a Sudamérica. En total, fuera de la región se realizaron 21 operaciones contra 45 blancos, con un saldo de cinco muertos y dos heridos.

Según cables de la CIA, archivos judiciales, testimonios y cruce de datos, es posible adjudicar de manera irrefutable la responsabilidad de Pinochet y Contreras en el asesinato del ex canciller Orlando Letelier en Washington, ocurrido en septiembre de 1976.

La decisión de cometer el primer atentado terrorista ejecutado por extranjeros en suelo estadounidense, el bombazo que cercenó y mató a Orlando Letelier en su auto el 21 de septiembre de 1976 Sheridan Circle, Washington D.C., la capital del imperio, se les adjudica intelectualmente a ambos y fue ese hito -que además cobró la vida de la ciudadana estadounidense Ronni Karpen Moffitt- el desbande absoluto de estos aliados de EE.UU. Fue el inicio del descarrilamiento de la sólida alianza entre Washington y Santiago que, hasta ese momento, parecía satisfactoria para ambas partes.

Los dictadores latinoamericanos trataban de erradicar el comunismo de sus respectivos países, y Estados Unidos les ayudaba como parte de su estrategia geopolítica de la Guerra Fría. Pero cuando la basura del patio trasero, léase las dictaduras de Latinoamérica, de pronto llegó y ensució a la capital misma del imperio, la relación fue cuestionada por el Congreso estadounidense, la prensa y la presión de las organizaciones de derechos humanos de ese país.

Una de las líneas de investigación novedosas que cruza la investigación se refiere a la responsabilidad que le cabe a la CIA y al secretario de Estado Henry Kissinger al momento de haber evitado el atentado contra Orlando Letelier. Según nuevos archivos desclasificados, estudiados y analizados por John Dinges, había suficiente información y advertencias para anticipar un escenario de estas características. De hecho, el mismo Kissinger ordenó a sus embajadores en los respectivos países “Cóndor”, justo semanas antes del asesinato de Letelier, disuadir a las dictaduras de cualquier ataque en suelo estadounidense y en territorio de sus aliados europeos.

Pero la orden de Kissinger no prosperó, se congeló en algunos casos y se puso en pausa en Chile y otros países, hasta que el plan de la DINA en Washington “sorprendió” a todos.  Nadie lo vio venir. Pero todos lo esperaban.

Por supuesto escrito así parece sencillo darse cuenta de la concatenación de causas y efectos, de victimarios y víctimas involucrados. Pero a Dinges le tomó años, incluso décadas, correr el velo para encontrarse con la verdad tras las redes de secretismos, omisiones, mentiras y negaciones que protegieron a Kissinger del papelón y de su responsabilidad al momento de dar “luces verdes y luces rojas” a dictadores como Pinochet. De darles “permisos” para cometer atrocidades y luego “retarlos” por portarse mal. En ese camino de dos sentidos, mientras los agentes y burócratas estadounidenses pensaban que todo estaba claro con “las luces rojas”, es decir, nada de terrorismo en el primer mundo (y por descarte, una especie de chipe libre en América Latina); los dictadores se sentían protegidos y bajo el alero de la CIA y Washington para hacer y deshacer con sus rivales políticos, no importando donde estuvieran.

Miguel Krasnoff

Hay un aspecto además de sumo interesante en la manera en que el autor presenta la inmensa cantidad de información para que el lector no se abrume: la estructura va y viene sobre hechos e hitos claves, y a medida que avanza en los capítulos y se avanza cronológicamente, se van superponiendo contextos, personajes y nuevos escenarios que le dan más capas y una voraz realidad a los hechos narrados periodísticamente.

En ese sentido, la abundante presencia de documentos o cables de la CIA, donde autoridades y agentes se refieren de una manera aséptica a torturas, asesinatos, actos de terrorismo y desapariciones, cobra una relevancia moral (o amoral, si se quiere) subrayada por el propio John Dinges. De hecho, el autor, alejándose de esa fría renuncia a la ética, narra su propia experiencia como secuestrado e interrogado en Villa Grimaldi, donde permaneció detenido por un día.

Los hechos ocurrieron en abril de 1975, cuando agentes de la DINA llegaron a su domicilio en Lo Barnechea. Relata Dinges:

“Primero los agentes se llevaron a Emma en un automóvil, luego me subieron a mí, al otro hombre de la casa y a Carolina en una camioneta con cubierta de lona. Nos taparon los párpados con cinta adhesiva, pero yo noté que si miraba hacia abajo podía distinguir algo. Intenté deducir hacia dónde íbamos y supe que bajábamos hacia Santiago, pero luego tomamos otro camino ascendente hacia las montañas. La camioneta se detuvo y alguien golpeó una puerta de metal. Nos introdujeron en un gran complejo, mientras yo registraba cada detalle que podía ver por debajo de la cinta adhesiva: el camino de acceso empedrado, la angosta canaleta del desagüe, los escalones en la entrada de un edificio con galería y columnas.  Tiempo después pude confirmar que se trataba de Villa Grimaldi”.

“Era una tarde domingo y habíamos estado bajo custodia casi todo el día. Carolina y yo fuimos interrogados por separado. A ella le preguntaron si yo era un buen americano. Si estaba a favor de los anticomunistas en la guerra de Vietnam, que acababa de terminar con la victoria del Vietcong. En cuanto a mí, solo me hicieron preguntas superficiales sobre porqué estaba en Chile. Para entonces los agentes habían confirmado que ninguno de nosotros era quien estaban buscando. Emma muy parecida físicamente a Mary Anne Beausire,  tenía consigo una identificación que la acreditaba como empleada de Odeplan,  la oficina de planificación nacional del gobierno. ‘Deben comprender porque tenemos que hacer esto’, nos dijo el oficial a cargo de mi interrogatorio. ‘Hay terroristas marxistas en todo el país y estamos tratando de capturarlos para proteger a personas como ustedes, los norteamericanos’”.

“Los agentes nos volvieron a cargar a todos en la camioneta con los ojos todavía cubiertos con cinta adhesiva y nos dejaron cerca de nuestra casa. Durante los días siguientes pasaron varias veces en automóvil frente a la casa y en ocasiones nos hacían preguntas triviales con fingida cordialidad. Posteriormente pude concluir que nuestros captores eran miembros de la brigada Halcón de la DINA, la principal unidad de persecución del MIR a cargo del capitán Miguel Krassnoff”.

Actualmente, Krasnoff tiene condenas por más de 800 años por decenas de crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. En una entrevista en 2017, José Antonio Kast aseguró que “conozco a Miguel Krassnoff y viéndolo no creo todas las cosas que se dicen de él”.

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