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Domingo, 20 de septiembre de 2020
Mundo de villanos

Por qué las teorías conspirativas sobre el Covid-19 como arma biológica encuentran tierra fértil

Por Alberto Dufey (desde Ginebra, Suiza)

La vigilancia de la ONU de los laboratorios que investigan el Covid-19 para evitar que sea usado como arma y el desconcierto de la comunidad científica frente a la novedad de la pandemia han alimentado tesis para culpar a chinos y estadounidenses.

En espera de las vacunas para enfrentar la pandemia del Covid-19, los expertos de la Organización Mundial de Salud (OMS) se ven acosados diariamente por otro virus también letal: el de las teorías conspirativas. Asimismo, reflejo de las recientes confrontaciones ideológicas entre China y Estados Unidos.

En este contexto, analistas de estrategias geopolíticas apuntan a que el Covid-19 podría ser domesticado por alguna potencia para incluirlo en el futuro en su arsenal militar de cara a una eventual guerra bacteriológica. A este escenario, se suman las teleconferencias de prensa cotidianas de la OMS, con respuestas de los expertos que van cambiando a medida que surgen nuevos elementos, desencadenando dudas, sospechas, desconfianza.  

Científicos situados en el pináculo de sus carreras cambian sus certitudes de manera brusca, que resultan inexplicables para el común de los mortales. Dudan. La única certeza, es que la epidemia no tiene cura en este momento, excepto prevención y tratamientos.

Producto de la bioingeniería

La semana pasada, un corresponsal de una conocida agencia de prensa internacional inquirió a la OMS si sabía que el coronavirus es un producto de la bioingeniería. El profesional citó al dr. Francis Boyle, experto en armas biológicas, quien sospecha que el Covid-19  es un patógeno diseñado como arma biológica por chinos.

Anteriormente, otro periodista del otro bando, citó al ruso Igor Niculin, ex miembro de la Comisión de las Naciones Unidas sobre las Armas Biológicas, quien sostiene que este virus es un híbrido y producto de una manipulación humana introducida en China por Estados Unidos, como un arma biológica. Un portavoz de la OMS remitió a los interesados su estudio: Sanidad Pública y Armas Químicas y Biológicas, donde se analiza el tema.

Prudentes son en este caso, los observadores de la Convención de Ginebra sobre armas Biológicas, encargada de la prohibición, desarrollo, producción y el almacenamiento de armas bacteriológicas y toxinitas, de la ONU.  A pesar de la existencia de este tratado, que data de 1972,  muchas potencias militares cuentan con este tipo de arsenales.

No obstante sus expertos vigilan de cerca los laboratorios donde ahora se investiga al coronavirus. Su rol no es averiguar si el virus es un mutante o un producto de la bioingeniería, sino evitar que sea utilizado como arma letal.

Precedentes

El uso de armas biológicas ha sido practicado desde tiempos remotos. El empleo de agentes biológicos se practicó en envenenamientos deliberados de alimentos y el agua. Se han utilizado microorganismos, toxinas, virus y bacterias. Atendiendo estos precedentes históricos se creo la convención de 1972. Estos son solo algunos ejemplos de la historia de la infamia:

El incidente más antiguo documentado por este organismo de la ONU, está registrado en textos hititas (pueblo de la antigüedad asentado en la península de Anatolia, hoy Turquía, en el siglo XVIII a.C ), que dan cuenta sobre víctimas de la peste que fueron conducidas hacia territorios enemigos para contaminar a la población y sus ejércitos.

Otro caso ocurrió en 1763 en la guerra contra los Delawares por parte del ejército de Estados Unidos en Fort Pitt. Durante una tregua el comandante Ecuyer obsequió a los representantes indígenas mantas y un pañuelo que habían sido expuestos a la viruela. El contagio se convirtió en un arma letal.

En 1916 en Europa, durante la Primera Guerra Mundial, Alemania utilizó el ántrax en establos de caballos rusos. En 1948, según la Cruz Roja Internacional, la milicia judía Haganá liberó bacterias de tifus salmonella en las fuentes de agua de la ciudad de Acre, causando un brote de tifoidea.

Durante la Guerra de Corea (1950-1953) China acusó a los Estados Unidos de pruebas a gran escala de armas biológicas, incluyendo el uso de insectos portadores de enfermedades.

Cuba también acusó a los Estados Unidos de esparcir un brote de peste porcina africana en la isla.

Durante la II Guerra Mundial, en 1941, Inglaterra había previsto utilizar el arma biológica contra los nazis. Bombas bacteriológicas deberían causar millones de víctimas en las ciudades de Berlín, Hamburgo, Fráncfort y Stuttgart. Winston Churchill desistió luego de que sus expertos opinaron que el control total de estas armas era imposible y los afectaría a ellos mismos.

En la guerra de Vietnam, (1965-1967) el ejército estadounidense recurrió a la contaminación microbiológica del agua.  A su vez, en 1982, Estados Unidos acusó a la Unión Soviética de fabricar armas biológicas y de usarlas en Afganistán. 

Precedentes que explican el rol de la Convención de la ONU en el seguimiento del Covid-19. Hace poco se creó un Grupo de expertos ad hoc encargado de negociar un protocolo de verificación de medidas de fomento de la confianza, que sean jurídicamente vinculantes y así prevenir su uso como arma biológica.

Aunque por ahora, la prioridad es ganarle la guerra al mismo virus y en esto la OMS capitanea la primera línea de médicos, científicos y laboratorios del mundo. Una vez que esto termine, será el momento para conocer la verdad que había detrás del Covid-19.

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