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Lunes, 21 de septiembre de 2020
DC-PC: Archivo histórico

Tomic: “Sin acuerdo con los marxistas no hay salida democrática”

Interferencia

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Radomiro Tomic en Análisis
Radomiro Tomic en Análisis

En la edición del 25 de febrero al 3 de marzo de 1986, revista Análisis publicó una entrevista a Radomiro Tomic realizada por Juanita Rojas. El ex senador demócrata cristiano y ex-candidato a la Presidencia de la República se refirió a la no exclusión de los sectores marxistas, la posición de las Fuerzas Armadas y el uso de la violencia. 

Durante la vigencia del Estado de Sitio que vivió el país gran parte del año pasado, ANÁLISIS Internacional sostuvo una entrevista con el ex senador demócrata cristiano y ex-candidato a la Presidencia de la República, Radomiro Tomic. En ella, el destacado hombre público hizo referencia a temas de vital importancia en la definición del futuro institucional del país, como son la no exclusión de los sectores marxistas, la posición de las Fuerzas Armadas y el uso de la violencia. Actualmente, después de acontecimientos tales como la movilización estudiantil de los últimos meses de 1985, la firma del Acuerdo Nacional por un sector del espectro partidario chileno y su posterior rechazo por parte del general Pinochet, y los anuncios provenientes de distintos sectores en el sentido de que el presente año sería definitorio, ANÁLISIS consideró de interés conversar nuevamente con Radomiro Tomic, con el fin que expusiera sus puntos de vista en relación a los últimos acontecimientos y confirmara o modificara sus juicios anteriores. He aquí las opiniones del líder opositor.

¿Qué importancia ha tenido a juicio suyo el Acuerdo Nacional?

La tentativa promovida por el Cardenal Monseñor Fresno y apoyada por todos los Obispos para un Acuerdo Nacional por la Reconciliación no sólo fue un noble gesto moral, sino una iniciativa patriótica indispensable. Es cierto que pudo hacerse de dos modos diferentes. Como se hizo, con claridad, pero con mesura y utilizando intermediarios que a veces han asumido funciones de exégetas y intérpretes; o jugándose a fondo, comprometiendo todo el peso y la fuerza moral de la Iglesia dada la gravedad de los problemas que enfrentan los chilenos y la polarización que antagoniza, cada vez más agudamente, al Régimen Militar y la disidencia civil. Pudo hacerse por la Iglesia misma reclamando su condición de “Madre de todos los chilenos”, ofreciéndose directamente como mediadora entre el Gobierno y la civilidad; elevando a la condición de problema moral la necesidad de reconciliación; formulando la exigencia de una respuesta afirmativa para esta demanda moral; subordinando para después de haberse forzado moralmente el Gobierno y a la disidencia a aceptar la mediación de la Iglesia, el contenido específico de las reformas constitucionales o de las leyes políticas.

“Quiero ser claro: para que la mediación de la Iglesia fuese eficaz era indispensable que en su condición de “Madre de todos los chilenos” exigiera de las dos partes –el régimen militar y la disidencia civil, sin excepciones– que aceptaran su mediación moral (¡no técnica!) como base previa para posteriores instancia técnicas, jurídicas o económicas. Cuando bajo el techo familiar los hijos se insultan, se agreden y comienzan a acuchillarse, la madre se interpone, incluso con su cuerpo, para impedir lo peor. No se ofrece como “abogado”, ni designa a terceros como representantes suyos para dirimir los puntos en disputa. Se ofrece como símbolo, como mediadora, como el nexo común que obliga a todos los que de ella nacieron a reconocer que primero son hermanos y sólo después, titulares de intereses contrapuestos.

“Se dirá que la Iglesia ‘no podía exponerse a que su mediación así ofrecida –y así exigida por ella misma– hubiese sido rechazada’. Caben dos respuestas. La primera: que la fuerza moral de una mediación así propuesta hubiera estremecido literalmente, no sólo al país, sino a la opinión mundial. Habría sido tremendamente difícil para cualquiera de los dos antagonistas –el Régimen Militar y la disidencia civil– asumir la enorme responsabilidad y las consecuencias políticas de rechazar la mediación de la Iglesia. La segundas, es que la Iglesia –contrariamente a lo que podría ser aducido en relación con personas, partidos o agrupaciones sociales–, no tiene nada que perder con el rechazo. Ni afanes de prestigio, ni temor al fracaso en materias que son consustanciales a su misión de “madre común”, pueden afectarla o disminuirla. Por el contrario, lo que menoscaba a los agentes terrenales –hombres, partidos, Estados– engrandece y multiplica a la Iglesia en el cumplimiento de su incomprensible misión.

“Pido perdón por anticipado por estos juicios que pueden parecer irreverentes. Soy católico y agradezco a Dios mi fe, y ser católica implica respeto y obediencia a la Iglesia y a sus pastores. No creo faltar a estos deberes al mencionar ahora en ANÁLISIS criterios que fueron expuestos por escrito –en público y en privado– ya en 1983 y en 1985”.

Demasiado poco; demasiado tarde

¿Habría existido entonces un error en la forma en que se planteó el Acuerdo Nacional?

No soy juez de nadie, menos aún en materias en que la decisión corresponde a los que tienen autoridad y no a mí. Con todo, pienso que las discusiones sobre el Acuerdo Nacional, sobre su contenido, sus interpretaciones, sus alcances y limitaciones son ya materias del comentario público. El país entero sabe que el “Acuerdo Nacional para la Reconciliación de los chilenos” fue iniciativa de la Iglesia Católica y recordará siempre con gratitud la recta intención de esta iniciativa.

“En realidad había sido ya intentada en términos más cautelosos en agosto y septiembre de 1983, cuando la Iglesia se negó a actuar como mediadora, pero ofreció su techo para el diálogo, finalmente infructuoso, entre la Oposición y el Gobierno. Esta vez se llegó claramente más lejos, pero con todo, la iniciativa mediadora misma fue encomendada a tres laicos –personalmente muy prestigiosos, pero despojados del entorno sagrado que la Iglesia tiene para los creyentes– para que actuaran como Coordinadores del Acuerdo Nacional. A ellos se encomendó la misión de concertar a la disidencia civil (fundamentalmente a los partidos políticos a nivel cupular) e informar al Gobierno… que les dio rango y trato de personeros de tercer nivel. La cronología de las gestiones habla por sí misma: el 22 de julio de 1985 el país fue impuesto de la iniciativa asumida por Monseñor Fresno ante dirigentes de numerosos partidos el 25 de agosto, once colectividades políticas firmaron un documento denominado “Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia”. No fueron invitados a firmar los partidos integrantes del M.D.P y algunos de la extrema derecha, exclusiones validadas por la Comisión Asesora del señor Cardenal formada por los señores Sergio Molina, Fernando Léniz y José Zabala. El 24 de diciembre –5 meses después de la convocatoria y 4 meses después de la firma del Acuerdo Nacional, por 11 partidos– tuvo lugar el agresivo rechazo en que personalmente el General Pinochet notificó al Cardenal Fresno que ‘había dado orden de que ninguna autoridad de gobierno recibiera a los Coordinadores del Acuerdo Nacional’, y que pedía al señor Cardenal Arzobispo ‘no hablar más de este asunto y dar vuelta la hoja’. En enero de este año, autoridades del más alto nivel de la Unión Nacional y de varios otros partidos firmantes del Acuerdo, lo han declarado en ‘hibernación’, ‘congelado’, o han recuperado su libertad de acción unilateralmente, aún sin renunciar formalmente a continuar en el Acuerdo.

“Son hechos públicos y el país los conoce. Son realidades demoledoras para lo que fue la perspectiva inicial que se buscaba. Parece incuestionable que para la Iglesia el rechazo del Gobierno ha participar vacía al Acuerdo de la principal justificación que la movió a proponerlo. Sin el Gobierno, y peor aún contra el Gobierno, el Acuerdo no significará nada para la Iglesia. ¿Cómo engañarse? y sin la Iglesia, la voluntad de mediación que dio al Acuerdo su razón de ser se transforma, inevitablemente, en otra cosa. Simplemente en otra peripecia del enfrentamiento entre el Régimen y parte de la disidencia civil.

“Como escribió Churchill: ‘En el camino de la historia hay grandes fracasos en cuya lápida se lee: Demasiado poco; demasiado tarde’. Es el caso”.

Sin salida hacia el pasado

¿Cuál es entonces la situación política después del rechazo? ¿Todo vuelve a fojas cero?

La vida marcha hacia adelante. Los hechos generan nuevos hechos y no se puede retornar al ayer porque así lo quieran Pinochet, la Democracia Cristiana o la ex Unidad Popular. Nada vuelve a fojas cero.

No, pero ha dejado de ser lo que, por lo menos la Iglesia que fue su iniciadora, se proponía que fuese. ¿Cómo negar esta evidencia?

“Desde un punto de vista práctico es preferible mantener lo que queda del Acuerdo a condición de promover cuánto antes y con el mayor vigor, otra alternativa de concertación de la disidencia: más amplia en el sentido horizontal –eliminando las exclusiones políticas de carácter ideológico, ajenas a las prioridades que impone la voluntad de sustituir la Dictadura–, y también en el sentido que podríamos llamar vertical –incluyendo de un modo mucho más orgánico y efectivo a las organizaciones sociales de base que agrupan a la mayoría de los chilenos–, sin exigencias de subordinación respecto a las cúpulas partidistas. En resumen, ni extender el certificado de defunción del Acuerdo ni proclamarlo un modelo de éxito y de buena salud”.

¿Según su opinión cuál podría ser esa otra alternativa?

Lamento aparecer repitiendo lo que sostengo desde hace cuatro o cinco años, pero hay realidades a las cuales es imposible escapar. En Chile no hay “salida hacia el pasado”; “ a la democracia que tuvimos y que perdimos porque no supimos valorar”. Es soñar despiertos. Los 13 años de dictadura han alterado de modo radical, podría decirse desfigurado en términos angustiosos, el marco ético, político, social, económico, militar, de los cuarenta años anteriores al “golpe” del 11 de septiembre. Al cabo de estos 13 años temo que lo que sobrevive de los partidos sea más una imagen del rol que tuvieron en el pasado que una representatividad efectiva de la realidad nacional actual bajo la dictadura y en los años siguientes a su término. Desde hace 13 años el ser y el quehacer de millones de chilenos no ha pasado para nada por los partidos políticos. Y personalmente dudo que la tesitura ideológica y psicológica que da a los partidos su razón de ser y los ubica en la pugna legítima de antagonismos ideológicos y propiamente partidistas de la “normalidad democrática”, dudo –repito– que sea el mecanismo más idóneo para poner término anticipado al cronograma de la Dictadura o para dar al país el tipo de Gobierno de “unidad nacional”, así percibida por la inmensa mayoría de los chilenos. Sólo contando con la confianza de la inmensa mayoría del país, sólo sostenidos por la voluntad solidariamente patriótica de la Nación, podrá el gobierno que suceda a Pinochet dar a Chile la firme conducción que será indispensable para enfrentar las emergencias de todo orden que se desencadenarán cuando termine el gobierno de las metralletas y el terror masivo.

“Los que se sientan “escandalizados” por estas reflexiones harían mejor en sopesar serenamente las amargas lecciones de la experiencia chilena anterior y posterior al Golpe. La tentativa de concertar la acción de todos los partidos –todos ilegalizados desde hace muchos años por la Dictadura– no empezó en 1983, sino mucho antes. Diez años tal vez. Lo que pasa es que no se pueden reconstruir por meras decisiones “voluntaristas” los parámetros de todo orden que gobernaban la vida, el pensamiento y la conducta en el ámbito político y social de los chilenos –y de los partidos políticos– entre 1933 y 1973.

“La naturaleza y gravedad de los problemas creados por la Dictadura en esta larga etapa, demandarán un esfuerzo suprema de unidad, motivación ética, solidaridad patriótica, disciplina social y laboral, producción y productividad. Son exigencias que sobrepasan y hasta resultan extrañas a la mentalidad partidista y a los mecanismos que gobiernan legítimamente los antagonismos partidarios en los períodos de normalidad democrática (relativa… pero, en fin, normalidad). En las circunstancias “normales”, los partidos políticos son no sólo una expresión legítima, sino probablemente la más auténtica del pluralismo ideológico y de los desequilibrios socioeconómicos de los regímenes capitalistas en el mundo contemporáneo.

“Para ‘aterrizar’ partamos de una base común. Probablemente no hay aserción más compartida por la disidencia política que la afirmación de que estos 13 años han arrastrado al país a la mayor crisis de todas su historia. Si es así, ¿Cómo no admitir que problemas de gravedad excepcional no pueden ser exitosamente enfrentados con los mecanismos inherentes a la ‘normalidad’? Los ejemplos sobreabundan en nuestra generación: De Gaulle, De Gaspari, Vietnam, Israel, Finlandia, Argelia, Yugoslavia, Nasser, Cuba para liberarse de Batista, Nicaragua de Somoza, y tantos otros. ¿Que hay excepciones? Sí, pero son eso: excepciones. En todo caso, la evidencia chilena al cabo de 13 años de dictadura es que no serán las legítimas contraposiciones ideológicas o programáticas de los partidos políticos lo que alterará el cronograma de la Dictadura, ni asegurará anticipadamente la firme conducción indispensable para los años inmediatos a su caída. Si estoy equivocado, mejor para todos y el más contento de haberme equivocado seré yo.

Una propuesta alternativa

En concreto ¿Cuál sería el diseño sustitutivo que usted contrapone al Acuerdo de los partidos políticos para el retorno de Chile a la Democracia?

Dos posiciones complementarias. La primera, un criterio rector ético y político como marco imperativo: visualizar Chile y esforzarse por hacer de él una patria para todos los chilenos, sin mutilaciones intolerables desde el punto de vista moral o patriótico. Sobre todo sin mutilaciones ni exclusiones previas. La segunda, un mecanismo político operativo –el Gobierno de Emergencia– como instrumento para dar forma concreta al enunciado ético y patriótico de una patria para todos.

¿Cómo se implementaría concretamente esta “patria para todos”?

Hace 4 ó 5 años ANÁLISIS me distinguió publicando como separata una entrevista de varias páginas sobre este mismo asunto. La situación sigue igual. Le resumo lo esencial. Los dos factores son inseparables. El elemento ético: la aceptación leal y sin reservas que la Patria existe, que los chilenos formamos una sola comunidad nacional y que Chile necesita de todos los chilenos; y el elemento político operativo: el Gobierno de Emergencia, como instrumento para dar forma concreta al espíritu unitario y a la voluntad de reconciliación nacional. Ambos deben tener una doble meta simultánea: acortar la Dictadura y generar, desde ahora, un gobierno confiable por todos los chilenos para sucederla. Confiable en su autoridad y en su recta intención patriótica por civiles y militares; por las fuerzas políticas, sindicales, sociales y de mundo de la cultura. En resumen, por las grandes mayorías sociales (las unanimidades no son indispensables) que configuran el ser y el quehacer chilenos. Entendámonos: no estamos hablando de modelos de sociedad, sino de un Gobierno de Emergencia para enfrentar las graves y variadas emergencias concretas que se desencadenarían al término de la Dictadura y de su aparato represivo, en los años inmediatamente siguientes.

¿Podría elaborar algo más aún esta alternativa?

Pienso que el imperativo de una Patria para todos los chilenos no requiere mayor fundamentación. Se está a favor o en contra, según se acepte o se rechace la noción misma de Patria. El mecanismo operativo del Gobierno de Emergencia requiere alguna mayor explicación. Debe nacer como expresión de la voluntad mayoritaria a través de un plebiscito libre y secreto; pero tal plebiscito debería ser precedido por una “proposición al país”, formulada esencialmente por los tres interlocutores indispensables en la actual realidad: las fuerzas políticas; las fuerzas sociales y sindicales; y las Fuerzas Armadas que reconozcan que su deber es devolver cuánto antes al pueblo chileno la soberanía que al pueblo pertenece.

“La proposición al país, como acabo de decir, implica el reconocimiento del rol, que no puede ser ignorado, de los partidos políticos, las organizaciones sociales y el poder militar. Implica además, un elevado nivel de concertación entre estos tres estamentos con respecto a: a) los poderes excepcionales y sus límites, de qué estará dotado el Gobierno de Emergencia; b) los problemas constitutivos de la emergencia para cuyo control y dominio es indispensable un gobierno de excepción; c) la composición (fuerzas integrantes) del Gobierno de emergencia; d) sus grandes objetivos específicos y los plazos tentativos para irlos alcanzando sucesivamente; e) los mecanismos de control interno para impedir que degenere en un gobierno de arbitrariedad; f) periodicidad de las consultas al pueblo mismo  (plebiscito) para la verificación de los logros parciales, la reiteración del mandato y las ampliaciones o rectificaciones necesarias.

“La proposición al país no impone nada al pueblo. Es a través del voto directo, libre y secreto que el pueblo mismo hará nacer el Gobierno de Emergencia, lo investirá de los poderes especiales que éste requiere, y legitimará su autoridad y su programa. Aunque los proponente hayan sido –¡y deban serlo!– las fuerzas políticas, las fuerzas sociales y las Fuerzas Armadas, el Gobierno de Emergencia no debería ser ni el “gobierno de los partidos”, ni “el gobierno de los militares”. ¡Ni una ensalada de estos tres! Toda la proposición se basa en que el Gobierno de Emergencia nace de la voluntad del pueblo, recibe su autoridad del pueblo mismo, quedando el ámbito de su jurisdicción delimitado por los grandes problemas constitutivos de la emergencia y los plazos señalados por el plebiscito legitimitatorio de la proposición al país –tal vez dos o tres años.

“Obviamente cada uno de estos enunciados requiere fundamentación y queda abierto a algunas objeciones; pero ni ustedes tienen espacio ni yo tiempo para ir más allá de este esbozo.

“Para quienes objeten que una “Patria para todos” y su implementación a través de un Gobierno de Emergencia no son más que juegos de palabras, la respuesta es que ésta fórmula no es mía, ni ha sido inventada en Chile. Numerosos otros pueblos de la tierra, en esta misma generación, sólo han podido salvarse de las catástrofes producidas por la guerra externa o de la guerra civil, apelando a los valores sustantivos de la nacionalidad.

“Para aquellos que sostengan que la aceptación de “Chile como Patria para Todos” y del Gobierno de Emergencia, es más difícil que lograr un acuerdo de partidos, la respuesta también parece obvia. ¿No sabemos todos que desde hace 10 años hasta ahora la concertación de los partidos políticos marca el paso? La Dictadura lleva 13 años, ¿habrá que esperar los tres años que le quedan en su cronograma? Y si así ocurriera, ¿quién puede garantizar que los partidos alcanzarán entonces la concertación que no han podido alcanzar hasta ahora, a pesar de ser todos ellos víctimas de la Dictadura? ¿A qué quedará expuesto el país cuando haya desaparecido el encuadramiento de las 150 mil metralletas como instrumento de gobierno, de temor de disciplina forzada por el miedo, de injusticias atroces en la desigualdad de derechos y opciones de ricos y pobres bajo el régimen militar?

“Hay quienes me acusan de ‘maximalista’. Mi vida política y mi labor legislativa prueban que no soy; pero, aún así, en tiempos de graves crisis son los “minimalistas” la peor amenaza para un pueblo. Creo que fue Benjamín Franklin el que dijo: “Si ves que un amigo que no sabe nadar, se ahoga a 8 metros de la playa, no le tires un cordel de cuatro metros porque morirá tu amigo y perderás el cordel”.

¿Cómo ve a las Fuerzas Armadas en este contexto?

Es el nudo del problema. Podría anunciarse en dos proposiciones contradictorias. La primera: “Sin acuerdo de las Fuerzas Armadas se hace imposible el retorno pacífico a la democracia en Chile, pues la civilidad carece de los medios de fuerza para imponerla”. La segunda: “Sin la exclusión previa y explícita del comunismo y del marxismo, las Fuerzas Armadas se negarán a devolver a la civilidad el gobierno al país”.

“El General Pinochet y las cúpulas uniformadas han hecho de ‘la lucha contra el comunismo’ la justificación ética del Golpe y de las violaciones masivas a los derechos humanos que han manchado la imagen de Chile en el mundo; y ahora, el pie forzado para el retorno del país a la democracia".

“Son dos cuestiones concatenadas, que han condenado a la deformación de la realidad chilena haciéndola inmanejable, y al inmovilismo de todo el proceso de retorno a la Democracia. Se trata de un asunto clave para el futuro de Chile que exige rigurosa honestidad intelectual para su análisis. Veamos:

“Como consecuencia de haber sido Chile una democracia abierta al mundo de las ideas y un país con una economía difícil y con hondas diferencias económicas y de otro orden entre sus clases sociales, las ideas socialistas existen en el país desde mediados del siglo pasado; se afirman desde comienzos de este siglo y después de un proceso de casi cien años terminaron por representar la opción político-social preferente para alrdedeor de un tercio de los chilenos. Este es un hecho inmodificable. Los que se empecinan en que la Constitución debe prohibir la existencia de agrupaciones marxistas deberían actuar con lógica y pedir que la Constitución señales que los marxistas, por serlo, dejen de ser chilenos. Es una aberración que nadie se ha atrevido todavía proponer.

“Es un hecho que desde hace trece años el General Pinochet y las cúpulas uniformadas de las tres Armas y de Carabineros, han hecho de ‘la lucha contra el comunismo’ la justificación ética del Golpe y de las violaciones masivas a los derechos humanos que han manchado la imagen de Chile en el mundo; y ahora, el pie forzado para el retorno del país a la democracia. En rigor, habiendo pasado en estos trece años tres generaciones completas de nuevos oficiales en los Institutos Castrenses, es posible que la deformación (¡No la formación!) del anticomunismo como criterio supremo de patriotismo tenga también un eco significativo en los cuarteles.

“Sinteticemos: que un millón de chilenos (en la política, sindicatos, poblaciones, profesiones, universidades e institutos de enseñanza, arte y cultura, etc.) hayan optado, y seguramente volverán a optar, por las ideas marxistas, es un hecho sociológico inconmovible. Como lo es, en otro plano, que hay un millón de chilenos que son ateos y no creen en Dios, y otro millón de chilenos que creyendo en Dios no pertenecen a la Iglesia Católica. “Inconstitucionalizar” a los ateos, a los protestantes judíos, o a los marxistas, sería una aberración moral y una mutilación del cuerpo y del alma de Chile. En cambio, que cinco mil oficiales (es un número arbitrario) de las Fuerzas Armadas y de Carabineros piensen o crean que las ideas marxistas ‘son un cáncer que debe ser amputado a cualquier precio’ y que los marxistas ‘no tienen derecho a ser chilenos’, es un fenómeno subjetivo, erróneo en su percepción de la realidad y fruto del prejuicio, todo lo cual es claramente demostrable.

¿En qué se basa esta demostración?

Primero: los chilenos no nacen “militares” o “civiles”, ni derechistas o izquierdistas, ni marxistas o no marxistas. Todos tienen en cambio, la misma patria, el mismo ancestro, el mismo entorno cultural y el mismo cerebro capaz de percibir hechos y analizarlos… también después de vestir uniforme o traje civil.

“Los chilenos con uniforme, (alrededor de 150 mil) son de la misma raza y mentalidad que los chilenos sin uniforme (12 millones). Estadísticamente en torno a cada chileno militar hay por lo menos, 90 chilenos que son civiles: padres, suegros, hermanos, cuñados, hijos, parientes, amigos. Respecto a los rasgos específicos de la profesión militar no hay que exagerar. Todas las demás profesiones tienen también rasgos específicos de la profesión militar no hay que exagerar. Todas las demás profesiones tienen también rasgos específicos que al desorbitarse se transforman en “deformaciones profesionales”, que son defectos y no cualidades.

“Segundo: respecto al profesionalismo militar del soldado chileno, toda la noble tradición de nuestras Fuerzas Armadas es incompatible con la falsificación grosera de que ‘el anticomunismo es la medida del patriotismo’. Lo que dio prestigio mundial al Ejército y la Armada chilenos fue su profesionalismo; es decir, su respeto a la institucionalidad civil. Agreguemos que los grandes soldados del siglo pasado y de este siglo, que el país recuerda y honra, fueron todos respetuosos de poder civil y no reclamaron tutelas ni ingerencias sobre las disputas de la civilidad en una democracia.

“Tercero: la crisis institucional de 1973 –el Golpe de Estado contra Allende y la Unidad Popular– y el desgobierno imperante ese año, correspondió a un hecho circunstancial y no a una nueva ‘doctrina militar de la función castrense y del poder militar’. Querríamos que nos nombraran un solo ejército digno de respeto en el mundo que haya reivindicado para sí tamaña ‘doctrina’. Sólo conozco uno: el de Bolivia, que para validar el carrusel de Golpes de Estado a cargo del general de turno, inventaron su propio provecho el rol de ‘institución tutelar’.

“Cuarto: los militares chilenos no son más patriotas que los militares alemanes, franceses, italianos, ingleses, españoles, suecos o finlandeses; o que los militares argentinos, uruguayos o brasileros, países todos en que el Partido Comunista existe con grados diversos de importancia en su expresión política, sindical y social.

“Quinto: es preciso ser definitivamente claros: un ejército que se negara a acatar lealmente los límites de su función específica dentro del Estado destruiría su legitimidad, su propia razón de ser… y destruirla al Estado corrompiendo los fundamentos mismos de la sociedad.

“Ghandi está en el cielo, pero no tengo duda alguna que Lincoln también lo está, aunque no vaciló en enfrentar la Guerra Civil para asegurar la unidad de los Estados Unidos y la libertad de los esclavos al precio de 500 mil muertos".

Tal vez sea útil ‘desinflar’ la ridícula mentira de que ‘gracias a la gesta del 11 de septiembre, Chile ha sido el primer país del mundo que expulsó a los comunistas del poder’. Me ha intrigado siempre cómo los que hacen esta afirmación no se avergüenzan. El Partido Comunista chileno unido en el Frente Popular con el Partido radical y el Partido Socialista, ganó las elecciones presidenciales, en octubre de 1938 y formó parte del gobierno de don Pedro Aguirre Cerda. En 1942, apoyó al candidato triunfante Juan Antonio Ríos y formó parte de su gobierno. En 1946 fue el factor decisivo para que González Videla ganara la presidencia de Chile (‘no habrá poder humano que me separe del Partido Comunista’), y estuvo representado en el gobierno por cuatro ministros comunistas, es decir más de los que tuvo con Allende. En 1947 fue expulsado del Gobierno y puesto fuera de la ley (y no hicieron ‘terrorismo’) ¿Qué chileno hay que no lo sepa? ¿En qué quedamos respecto a que ‘por primera vez en la historia del mundo, en septiembre de 1973 el Partido Comunista fue expulsado del poder’? ¿No estamos ya en los límites de la esquizofrenia?”.

El problema de la violencia ha sido planteado como una cuestión ética y moral. Para usted ¿El problema de la violencia es ético y moral?

El problema de la violencia es ético y moral dado que el uso de la fuerza será justo o injusto, moral o inmoral según las circunstancias. La no violencia no es obligatorio es el uso de medios lícitos de la defensa y promoción de los derechos personales o nacionales.

“Ghandi está en el cielo, pero no tengo duda alguna que Lincoln también lo está, aunque no vaciló en enfrentar la Guerra Civil para asegurar la unidad de los Estados Unidos y la libertad de los esclavos al precio de 500 mil muertos.

“Con la misma noble intención se asevera que solemnemente ‘la violencia no construye nada’. Desgraciadamente la historia universal –y la nuestra comenzando por nuestra independencia– invalidó este juicio".

“Sostener que si las víctimas de la injusticia optan por medios pacíficos ‘terminarán por conturbar el corazón del opresor’ es una noble visión, pero totalmente a-histórica en la compleja sociedad moderna. Las decisiones del Fondo Monetario, de los bancos, de las transnacionales son la principal causa del hambre de miles de millones de seres humanos y del envilecimiento de pueblos enteros, en escala mil veces mayor que los patrones de carne y hueso.

“Los pueblos son explotados por entes jurídicos que no tienen alma, ni rostro humano, ni sistema nervioso, ni necesitan dormir”.

“Con la misma noble intención se asevera que solemnemente ‘la violencia no construye nada’. Desgraciadamente la historia universal –y la nuestra comenzando por nuestra independencia– invalidó este juicio. Soy católico y comparto la convicción de que es mejor preferenciar los medios pacíficos sobre los medios violentos; pero, en pocas palabras, el problema de la violencia nació con el hombre y nos acompañará tanto como perdure la raza humana.

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