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Jueves, 15 de abril de 2021
Primera parte

Unidos por Chile: La Dina de Contreras y los Chicago Boys

Carlos Tromben

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Pinochet rodeado de Chicago Boys y gestores de los principales grupos económicos.
Pinochet rodeado de Chicago Boys y gestores de los principales grupos económicos.

Nunca se quisieron, incluso sentían un cierto desprecio recíproco, pero la historia los obligó a trabajar en defensa del gobierno militar. Sus campañas se cruzaron y en esta primera entrega hablaremos del 21 de septiembre de 1976. Los economistas, encabezados por Jorge Cauas, llegaron ese día a Washington D.C. para reunirse con el FMI; los agentes llevaban semanas siguiendo a Orlando Letelier para asesinarlo.

El Chevrolet Chevelle color celeste llegó a Ogden Court poco antes de las 9 am y se detuvo delante de una casa como todas las que abundan en aquel sector suburbano de Bethesda, Maryland. Del interior de la casa salió un hombre alto, de bigote y pelo rojizo. Del Chevelle bajó un hombre más joven, quien tras un saludo afectuoso le cedió el asiento del chofer al hombre alto. 

El joven se llamaba Michael Moffit y su esposa Ronni iba en el asiento del copiloto. El dueño del Chevelle era Orlando Letelier, exministro de Salvador Allende, exembajador de la república Chile en Washington y,  en aquel momento, asilado político. Los tres trabajaban juntos en el Institute for Policy Studies (IPS), un centro de estudios de orientación progresista.

Letelier saludó también a Ronni Moffit y encendió el contacto.  Normalmente Letelier y los Moffit llegaban por separado a la oficina del IPS, ubicada en pleno centro de Washington. Pero esa mañana era diferente, se había producido una pequeña alteración en la rutina que uniría sus destinos de manera fatal. 

***

Unas horas antes, ese mismo día, cuatro hombres cuarentones, de traje y corbata sacaron sus pasaportes para presentarlos en las garitas de inmigración. Eran altos funcionarios del Estado chileno y traían pasaportes oficiales. 

Uno de ellos, el más calvo y rechoncho, observó el timbre recién estampado en el documento y se lo guardó. Su nombre era Jorge Cauas Lama y un mensaje secreto de la embajada estadounidense de Santiago lo definiría más tarde como “inteligente, leal y articulado”.

Cauas era el ministro de hacienda nombrado por Augusto Pinochet. “El Zar de la economía chilena”, según la misma fuente de la embajada. Lo acompañaban ese día el presidente del Banco Central, Pablo Baraona, y el director de presupuestos, Juan Carlos Méndez. En Washington los esperaba el ministro de economía, Sergio de Castro, el Tejo. 

Los cuatro debieron tomar una combinación hacia Washington, donde tenían una importante reunión agendada en el FMI. 

El Estado chileno necesitaba financiamiento, pero tenía dificultad en obtenerlo de dichos organismos. El motivo era la naturaleza dictatorial de su gobierno y los abusos cometidos contra sus propios ciudadanos. Los gobiernos de Europa Occidental, especialmente los escandinavos, habían bloqueado préstamos multilaterales por ese motivo y el apoyo de Estados Unidos tampoco estaba asegurado. 

Decenas de organizaciones no gubernamentales hacían cabildeo por los derechos humanos en Washington D.C. y el centro de investigación donde trabajaba Letelier era una ellas. Letelier publicaba artículos, organizaba charlas, conciertos y actividades para sensibilizar a la opinión pública. Se reunía con miembros del congreso y funcionarios de la administración para hablarles de los crímenes de la dictadura chilena.

En agosto de aquel año Letelier publicó un artículo en la prestigiosa revista The Nation contra los economistas de Pinochet, conocidos como los Chicago Boys. Los mismos que ese día 21 de septiembre de 1976 aterrizaban en Washington encabezados por Jorga Cauas. 

Para ellos Letelier era una piedra en el zapato. Para sus jefes militares, en cambio, era lisa y llanamente un enemigo al que neutralizar.  El 10 de septiembre de ese mismo año, Pinochet y todos sus ministros, incluyendo a Cauas y de Castro, firmaron un decreto que privaba a Orlando Letelier de su ciudadanía chilena.

Algo sin precedentes en la historia del país: una sentencia de muerte civil.

***

Juan Gabriel Valdés tenía 26 años y acababa de trasladarse hace algunos meses a Washington para trabajar con Letelier. Su labor consistía en organizar la agenda política del excanciller, especialmente con miembros del congreso estadounidense y dirigentes del exilio chileno.

Valdés y su esposa Antonia Echenique habían arrendado transitoriamente a unos artistas visuales mexicanos una pequeña casa ubicada en el centro de la ciudad. “Yo solía irme a pie desde la casa hacia la avenida Massachussets”, recuerda Valdés. “Orlando me recogía en la esquina de la avenida Nebraska y nos íbamos juntos al instituto”.

Pero ese día, el 21 de septiembre, la rutina se había alterado para Valdés. Letelier le había encomendado a él y al abogado Waldo Fortín, otro chileno que trabajaba en el IPS, redactar un artículo para el New York Times en respuesta al decreto de privación de su ciudadanía. 

“Waldo fue a mi casa la noche anterior y a las seis de la tarde nos pusimos a escribir el borrador del artículo en una máquina de escribir”, recuerda Valdés. “Orlando me llamó a las diez para preguntarme cómo iba el artículo y me propuso venir a buscarme temprano a la casa para revisarlo”. 

Su esposa, al escuchar el tenor de la conversación, hizo un gesto negativo: Valdés se había comprometido a quedarse cuidando a los dos hijos de la pareja mientras ella salía a comprar temprano a un supermercado.  Le prometió a Letelier que apenas Antonia regresara él se iría al ISP para despachar de una vez por todas el asunto del artículo. “Para nosotros había sido una pesadilla”, recuerda. “No nos gustaba y Orlando era exigente con los textos”.

Los días anteriores Valdés y Waldo Fortín habían creído detectar algunas señales inquietantes a su alrededor, pero Letelier no les hacía caso. Incluso se molestaba con ellos cuando le sugerían ir a la policía y denunciar la presencia de vehículos y sujetos sospechosos en torno al IPS. No se había instalado en Washington para vivir en una película de espías, sino para hacer política. 

De modo que ese día nublado y húmedo de principios de otoño Valdés no concurrió a la intersección de las avenidas Massachussetts y Nebraska para que Letelier lo recogiera. En vez de él los pasajeros del Chevelle eran Michael y Ronni Moffit, quienes solían llegar al IPS por su cuenta. Ni ellos ni Letelier repararon en el auto gris que los seguía desde Bethesda. 

***

A esa hora, un hombre se asomó por el ventanal de una elegante casona de 3 pisos ubicada en el 2301 de la avenida Massachussets. En la fachada todavía hay una asta de la que cuelga una bandera de Chile. El hombre tenía entonces sesenta y dos años, vestía traje y corbata gris y llevaba el pelo pegado hacia atrás, con abundante gomina. Se llamaba Manuel Trucco Gaete y era un diplomático de carrera. 

Al frente del ventanal circulaba el tránsito por una rotonda conocida como Sheridan Circle. Aparte de Chile varios países tenían en aquel sector sus embajadas. Por algo se le conoce todavía como Embassy Row.

A Manuel Trucco le esperaba un día atareado. La llegada del equipo económico era un evento de importancia; había que recibir a los connotados economistas como correspondía, organizarles la agenda, un buen cóctel de recepción, etc.

Eran tiempos difíciles para ser embajador de Chile en Estados Unidos. La renuncia de Richard Nixon y el ascenso del demócrata Jimmy Carter en los sondeos previos a las elecciones presidenciales de ese año auguraban un giro hacia la izquierda y más problemas reputacionales para el gobierno chileno. Más encima estaba el factor Letelier y su tenaz labor para enlodar la reputación del general Pinochet y la Junta Militar.

El reloj marcaba las 9.30 am cuando, a metros de distancia donde se encontraba Trucco, el Chevelle de Letelier ingresó en Sheridan Circle seguido por el auto gris. A unos cinco kilómetros al sur de allí, el avión que traía a Cauas y los demás miembros del equipo económico ya había aterrizado en el aeropuerto National, ubicado al otro lado del río Potomac.

***

La cadena causal para llegar hasta aquel punto estaba hecha de una serie de decisiones, torpezas e improvisaciones que en ese momento ya no tenían vuelta atrás.

La tarde anterior, lunes 20 de septiembre (mientras Valdés y Fortín trabajaban en el artículo para el New York Times), Letelier y los Moffit acordaron reunirse en la casa de Ogden Court para trabajar en otro informe del IPS. 

Pero el auto de la joven pareja (se habían casado hacía cuatro meses) se echó a perder y no hubo forma de hacerlo partir. Letelier les prestó el Chevelle para que regresaran a su casa y ellos quedaron de venir a buscarlo al día siguiente.

Aquella fue la razón por la que ellos (y no Valdés) estaban en el auto con Letelier cuando éste llegó a Sheridan Circle seguido, sin que ellos se dieran cuenta, por el auto gris.

En ese momento Michael Moffit creyó sentir un zumbido debajo del asiento del chofer. Vio también una luz azulina saliendo del tablero y de pronto todo se transformó en un infierno. 

La onda expansiva de la explosión levantó al Chevelle del suelo y lo proyectó en un arco de cien metros, hasta embestir a un Volkswagen mal estacionado frente a la embajada de Irlanda. 

La puerta del chofer voló de cuajo y el capó se plegó como una servilleta. Charles Moffit logró salir por el vidrio trasero, su ropa eran jirones chamuscados. Ronni parecía estar bien, aunque algo aturdida, y su joven marido la dejó sentada en el pavimento para asistir a Letelier. El exministro de Allende estaba pálido, los ojos perdidos, balbuceando palabras incoherentes con el poco aire que quedaba en sus pulmones. Había perdido sus piernas y se desangró completamente en cuestión de minutos, antes de llegar al hospital. 

Ronni Moffit llegó viva al centro médico de la universidad George Washington y se ahogó en su propia sangre. Un pequeño fragmento de metal le había perforado la carótida. Hoy tendría 70 años.

***

El auto gris se alejó del lugar de los hechos sin que nadie reparara en su presencia.

Un transeúnte dijo después “haber visto a un auto volar”. La detonación tiene que haber sacudido las ventanas de todas las casas y las embajadas del sector y percutir en el interior del tórax del embajador Trucco, asustando también a sus cuatro perros y a su mujer, la ex miss Chile Esther Saavedra. 

Trucco no tardó en averiguar lo sucedido, informar al ministerio de relaciones exteriores y llamar al secretario de prensa de la embajada, el periodista Rafael Otero Echeverría. 

Otero era un periodista y publicista de amplia trayectoria, nombrado secretario de prensa de la embajada en enero de 1974. Hombre de radio y prensa, durante los años de Allende sus detractores lo apodaban “el enano maldito”, por su baja estatura y sus furiosas diatribas anticomunistas a través de la revista SEPA. Tanto él como el embajador Trucco habían militado en la democracia radical, aquella facción que se escindió del antiguo radicalismo durante la UP. En más de una ocasión se le vinculó con la ultraderecha de Patria y Libertad 

Así, a pocos minutos del homicidio, Trucco y Otero comenzaron a preparar su estrategia para enfrentar la crisis que se les venía encima. Vivo, Letelier era una fuente de problemas; muerto podía costarles el puesto. 

La noticia se esparció con tal rapidez que Cauas y su comitiva se enteraron al salir del aeropuerto. Juan Carlos Méndez recuerda haber aterrizado “como a las 9 de la mañana” y que en el aeropuerto los estaba esperando “el Tejo de Castro”. 

Méndez era el director de presupuestos. Viajaba en el mismo vuelo que Cauas, junto con Pablo Baraona, presidente del Banco Central. Casi todos, a excepción de Cauas, eran economistas de la católica y miembros del club de amigos conocidos como los Chicago Boys.

“Sí, Tejo era el único que había llegado”, recuerda Pablo Baraona, “sumamente urgido, en taxi.”

La memoria oral de los Chicago Boys forma parte del Centro de Investigación y Documentación de la Universidad Finis Terrae (CIDOC). En este relato colectivo a varias voces, De Castro va temprano en taxi a recoger a sus colegas del equipo económico al aeropuerto: Cauas (ministro de Hacienda), Baraona (Banco Central), Méndez (Dirección de Presupuestos). En taxi. El auto de Letelier acaba de volar en pedazos. La puerta del chofer, las piernas del chofer. El excanciller de Chile, el exembajador de Chile reventado a metros de la embajada de Chile, en la capital de Estados Unidos. En ese mismo registro se afirma que Jorge Cauas “estaba muy afectado”.

En el equipo económico podía haber consternación, horror incluso, pero no sorpresa. No habían pasado más de once días desde que Cauas, De Castro y el resto del gabinete habían estampado sus firmas junto a la de Pinochet, en el decreto que privó a Letelier de su nacionalidad. 

El hombre que habían hecho apátrida ahora estaba muerto. El hombre que saboteaba sus intentos por obtener financiamiento y los acusaba de trabajar para una dictadura que torturaba y asesinaba compatriotas. 

La noticia del homicidio de Letelier y Moffit no paraba de esparcirse y los cuatro economistas solo podían hacer conjeturas. Tendrían sus sospechas inconfesables, sus narrativas para apaciguar su consciencia y la del grupo. 

Sus emociones oscilarían entre el alivio y el temor, entre la inconfesable satisfacción de saber que Letelier ya no sabotearía sus gestiones y el temor de que su asesinato las siguiera contaminando, ahora como fantasma de un crimen político en vísperas de una importante reunión con el FMI.

Habían venido a apaciguar una relación que pasaba por graves tensiones, y se encontraban en medio de una tormenta en la que ya se evocaba la posibilidad de un acto terrorista. ¿Pero de quién? ¿Con qué objeto? ¿Quién era el destinatario del brutal mensaje? ¿Acaso podían ser ellos mismos?

 

Continuará...

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