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Martes, 6 de Octubre de 2026
Novedades editoriales

Extracto del libro "Expulsados del Wallmapu" de Paula Huenchumil

Paula Huenchumil J.

En este capítulo de Expulsados del Wallmapu, publicado por Editorial Planeta, la periodista Paula Huenchumil parte desde su propia experiencia con el racismo cotidiano y recorre testimonios y archivos que revelan cómo la dictadura reprimió al pueblo mapuche: dirigentes pewenche detenidos y desaparecidos en el Alto Biobío, un listado de víctimas construido fuera de las comisiones oficiales y una historia de despojo y exilio que comenzó mucho antes de 1973.

El miedo

Mi apellido estaba en la mitad de la lista.

Cuarenta y tantos estudiantes. Yo sabía exactamente cuándo iba a ocurrir. Esperaba, conteniendo algo que no era precisamente miedo, pero se le parecía, mientras el profesor avanzaba nombre por nombre. Entonces, la pausa. La vocal cortada en el aire.

—Huenchu... ¿qué?

Las risas llegaban antes de que pudiera responder.

En esos años, el racismo no aparecía como una palabra disponible. Lo pensaba como algo lejano, antiguo, casi ajeno. Lo que sentía en esa sala —esa incomodidad, ese deseo persistente de pasar desapercibida— no lo sabía explicar. Tampoco lo intentaba.

De niña, el racismo se disfrazaba de bromas. Recuerdo a una prima que pegó un cartel fuera de su pieza: “No se aceptan morenos”. Iba dirigido a mí, mientras yo solo quería jugar con sus Barbies. Mis hermanas, de piel más clara, me protegían de esos gestos.

—Qué suerte que tus hijas no te salieron tan mapuche —le decían a mi madre.

—Eres bonito para ser mapuche —a mi padre.

Pequeñas cuchilladas disfrazadas de palabras. Con el tiempo aprendí a no responder, a dejar pasar, a adaptarme.

* * *

En 2008, el nombre de Matías Catrileo comenzó a aparecer en los medios. Tenía veintitrés años. Era estudiante. Era mapuche.

Lo mataron por la espalda. Fue el 3 de enero, durante la recuperación del fundo Santa Margarita, en Vilcún, en la región de La Araucanía. El disparo lo hizo el cabo segundo de Carabineros Walter Ramírez.

En la mayoría de los medios, su nombre apareció asociado a otras palabras: violencia, terrorismo. Era presentado como un joven radical, como parte de un conflicto explicado desde la amenaza. Esa fue la versión dominante, la más repetida.

Años después, cuando reconstruía su historia para un reportaje, apareció otra voz. Rayen Pailahual, de la comunidad Gabriela Ancahuala de Villarrica, quien era su pareja en ese entonces, me dijo:

—Él creía en la reconstrucción del pueblo mapuche, en la recuperación de la tierra usurpada y la autonomía mapuche, un pueblo con idioma, con espiritualidad, y organización social y política propia.

El historiador Pablo Marimán, en la reedición del libro ¡...Escucha, winka...!, recordaba haberlo visto en el verano de 2007, en un rincón de El Moise, en Temuco: un joven cuyos conocimientos y experiencias sobre el devenir mapuche habían crecido enormemente desde la última vez que se habían visto. En ese recuerdo no había un terrorista. Había un joven que pensaba, que se formaba, que proyectaba una vida en el territorio.

Dos formas de narrar a una misma persona. Y una pregunta que, desde entonces, no ha dejado de perseguirme: ¿Qué historias quedan fuera cuando solo una versión logra imponerse?

Ese mismo año, en el colegio Piamarta de Villa Francia, se inauguró un memorial a pocos metros de donde yo estudiaba. Una estructura de concreto y acero que recordaba a quince detenidos desaparecidos y ejecutados políticos de la comuna de Estación Central. La brutalidad de la dictadura comenzó a interpelarme como una presencia en el territorio que habitaba.

Entonces la pregunta tomó otra forma. No solo quién contaba la historia de Matías. Sino qué pasó con el pueblo mapuche durante la dictadura. ¿Por qué eso casi no se contaba?

* * *

En 2022 fui al Alto Biobío a reportear para el proyecto Defensoras del Territorio. Buscaba otra historia.

Callaqui es territorio pewenche: gente del pewen, la araucaria, árbol sagrado para el pueblo mapuche. Ahí está el río Biobío, uno de los más caudalosos de Chile, interrumpido hoy por tres megacentrales hidroeléctricas: Pangue inició sus operaciones en 1996; Ralco, en 2004, y Angostura, en 2014. En la ruta, el paisaje se extiende verde y profundo, entre bosque nativo en algunos tramos, y monocultivos de pinos y eucaliptos en otros. Hay inmensas lagunas azules. Muchos turistas que se detienen a fotografiarlas ignoran que esa belleza se levanta sobre el despojo. Las inundaciones cubrieron incluso un cementerio indígena. Y ahora un nuevo proyecto amenaza con intervenir nuevamente el río. Se llama Central Rucalhue, y tiene a jóvenes movilizándose para impedir su construcción bajo la consigna “Por los ríos libres”.

El 22 de mayo de 1990, dos meses después de que Patricio Aylwin asumiera la presidencia, el Ministerio de Economía autorizó la construcción de la Central Pangue. Era la primera etapa de un plan para levantar seis centrales sobre el río Biobío. Con la llegada de la democracia, el despojo no se detuvo.

Rucalhue es una central de pasada con embalse a cargo de la empresa estatal china International Water and Electric Corporation: ciento cuarenta hectáreas impactadas, más de seis kilómetros de río intervenido, energía para el Sistema Eléctrico Nacional. Diversas organizaciones lo han denunciado como un retroceso en materia de derechos humanos e indígenas, y acusan al Estado de incumplir el Convenio 169 de la OIT. Pese a las alarmas, las obras han seguido entre conflictos, movilizaciones de trabajadores, reclamaciones legales y hasta un ataque de desconocidos que paralizó las faenas en abril de 2025.

Fernanda Castro Purrán conocía el río Biobío desde niña. Su abuela Rosa Milla le enseñó a hablarle en mapudungun (en su caso, chedungun, “lengua de la gente”, la variante pewenche), porque si no, decía, era muy difícil conectarse con el agua. Pero Fernanda tenía más de una historia para contarme.

Era un día soleado en Ralco, capital de la comuna del Alto Biobío. Nos sentamos afuera. Lo que Fernanda tenía que contar no tenía nada de luminoso.

Su abuelo, José Guillermo Purran Treca, de la comunidad Callaqui, fue detenido el 12 de septiembre de 1973. No tenía militancia política. Era dirigente de su comunidad. Junto a él desaparecieron otros tres hombres: Juan de Dios Rubio Llancao y su hermano Julio Alberto Rubio Llancao, de la comunidad Cauñicú, y José María Tranamil Pereira, cacique de la comunidad de Trapa-Trapa. Todos dirigentes. Todos pewenches. Todos detenidos por funcionarios de Carabineros de Santa Bárbara.

Cuando no regresaron a sus hogares, sus familias fueron a buscarlos a la comisaría. No obtuvieron información. En el caso de José Guillermo Purran, se informó inicialmente que había sido trasladado al Regimiento de Los Ángeles, donde se reconoció su detención. Luego esa información fue negada.

—Según el relato de un lamngen (hermano, en mapudungun) que estaba con él, iban camino a Ralco desde Santa Bárbara cuando los retuvieron —me contó Fernanda—. Los llevaron a la comisaría y luego los soltaron. Poco después, un grupo de militares los interceptó en el camino, les preguntó quiénes eran, los amarró de pies y manos, y los subió a un camión.

El sobreviviente recordó que los llevaron hasta el puente Quilaco, sobre el río Biobío, cerca de Santa Bárbara. Y ahí les dispararon.

—El lamngen cuenta que se hizo el muerto —dijo Fernanda—. Lo patearon, pero logró soportar. A mi abuelo le dispararon en la pierna y lo arrojaron desde el puente al río Biobío, con los brazos atados. Cada vez que se ha encontrado un cuerpo, hemos estado en alerta. Siempre tenemos esperanza. Mi tía mayor, que ya tiene más de sesenta años, lidera la búsqueda de justicia. Yo me olvidé un poco de su cara, pero la memoria oral de la familia persiste: lo que mi familia recuerda de él, lo transmite.

Afuera, los ríos seguían su curso. Los mismos a los que su abuela le hablaba en mapudungun. El mismo territorio donde ahora la hidroeléctrica Rucalhue espera ser construida.

* * *

Fui al Alto Biobío por un reportaje sobre la defensa de los ríos libres. Pero el despojo del agua era solo una parte de una historia más larga.

Cuatro dirigentes pewenche detenidos un día después del golpe. Sin militancia política. Sus nombres aparecen en los informes oficiales, pero sin registros del pueblo al que pertenecían. Sus comunidades llevan cincuenta años buscándolos.

El único listado dedicado específicamente a las víctimas mapuche no provino de las comisiones oficiales del Estado. Lo investigó y construyó un historiador mapuche. Hernán Curiñir, presidente de la Asociación de Investigación y Desarrollo Mapuche, cruzó los informes Rettig, Valech y Nuevo Trato con los archivos del Museo de la Memoria y del Registro Civil.

La investigación indica que también se apoyó en el estudio de apellidos mapuche desarrollado por el lamgen Necul Paine-mal, una herramienta fundamental para identificar casos que no aparecían registrados como indígenas en los documentos oficiales. El proyecto contó con el respaldo del Instituto Nacional de Derechos Humanos y de la Unión Europea.

El memorial Folontu Aliwen, ubicado en la Isla Cautín de Temuco y levantado por la Asociación de Investigación y Desarrollo Mapuche, reúne los nombres de ciento cincuenta y nueve víctimas. La misma organización ha continuado ampliando ese registro mediante investigación histórica y documental. Hasta ahora ha identificado a ciento setenta y un personas mapuche asesinadas o desaparecidas por agentes del Estado entre 1973 y 1990.

Un informe de Amnistía Internacional de 1992 registró cerca de cien casos de mapuche ejecutados o desaparecidos durante la dictadura. Pero el mismo documento advertía que la cifra era probablemente mucho mayor. El miedo, el aislamiento geográfico y la desconfianza impidieron que muchas comunidades entregaran sus testimonios. En los registros oficiales, sus nombres quedaron disueltos bajo categorías uniformes.

El historiador Martín Correa, autor de La revancha, golpe en La Araucanía, encuentra en el Informe Rettig una cifra que pone en perspectiva el impacto del 11 de septiembre. Proporcionalmente a su población, La Araucanía es la región del país con los mayores niveles de represión, muerte y persecución.

Nombrar o no nombrar tiene consecuencias concretas. Puede borrar trayectorias, disolver memorias e impedir comprender el alcance de una violencia que también fue racializada. No se trata de establecer jerarquías del dolor ni de minimizar los crímenes cometidos contra otros sectores, sino de restituir historias mapuche relegadas a los márgenes del relato nacional.

Ese silencio no es un accidente. Tiene raíces viejas. Durante décadas, una tradición que se escribió desde una mirada colonial decidió quién podía hablar, qué testimonios contaban como prueba y qué memorias quedaban afuera. Etiquetas como campesino, obrero o subversivo diluyeron la categoría de mapuche.

La investigadora Alina Namuncura Rodenkirchen ha documentado que muchas víctimas mapuche no declararon ante la Comisión Rettig ni ante la Comisión Valech por desconfianza en el Estado, temor a represalias y falta de información sobre cómo testimoniar. Su trabajo muestra algo revelador: varios de quienes sí declararon pidieron el anonimato, aun cuando lo hicieron ya en democracia.

El racismo no siempre se nombra, pero es una estructura que reparte quién es visto y quién desaparece.

Esa frase me tomó años entenderla. Empezó en una sala de clases, con un apellido partido en el aire. Siguió en las marchas, en los archivos, en los caminos del sur. Y llegó hasta aquí, a las preguntas que este libro intenta responder.

¿Qué ocurrió cuando la represión política se cruzó con el racismo del Estado? ¿Qué historias quedaron fuera? ¿Y quién las está buscando todavía?

Raíces fuera de lugar

—¿Qué pasó con tus dientes?

La pregunta del dentista en Delfzijl no era solo clínica. Los dientes rotos y desgastados de Rafael Railaf eran las cicatrices de una historia marcada por la violencia. Originario de la comunidad Winka Railao, Rafael había sido azotado y electrocutado como prisionero político bajo la dictadura. Tras el golpe del 11 de septiembre de 1973, fue detenido y torturado. Su nombre figura con el número 19.820 en la Nómina de Personas Reconocidas por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura.

Los dientes no mienten. Tampoco los cuerpos.

* * *

Febrero de 2024. Estoy en la estación de trenes de Groninga, en el norte de los Países Bajos, esperando a Rosario Railaf, la hija mayor de Rafael. La acompaña su hermana menor, María. Ambas llegan en bicicleta, el medio de transporte más natural en este paisaje plano y húmedo. Hasta entonces, con Rosario habíamos intercambiado correos, mensajes y videollamadas. Esta sería nuestra primera conversación cara a cara.

Subimos juntas al tren rumbo a Delfzijl, un pequeño puerto en el extremo norte del país. A medida que avanzábamos, el paisaje se volvía más verde, salpicado de canales, molinos y casas bajas. Rosario llevaba en su bolso un libro voluminoso: A Grammar of Mapuche, de la lingüista holandesa Ineke Smeets. Me explicó que era un regalo especial de la autora, quien había trabajado junto a su padre durante los primeros años del exilio, cuando él colaboró como informante en una investigación sobre el mapudungun.

Mientras lo sostenía entre sus manos, los ojos se le humedecieron.

Rafael dedicó buena parte de su vida en el exilio a preservar la lengua y la cultura mapuche. Enseñó, escribió, participó en encuentros. Nunca dejó de hablar su idioma ni de enseñar a otros por qué era importante conservarlo. Siempre con alegría, siempre con una sonrisa: una característica en la que todos coinciden al recordarlo.

¿Qué hace una familia mapuche en un rincón tan apartado de Europa? La pregunta conduce inevitablemente a las sombras de la dictadura cívico-militar en Chile, al desarraigo forzado. Y a algo más antiguo: a una historia de despojo que no comenzó en 1973.

* * *

Cuando llegamos a Delfzijl, fue Rosa quien nos abrió la puerta.

Lo primero que sentí fue el olor de una cazuela humeante en la entrada. Rosa amasaba con calma una masa de sopaipillas. El pebre ya estaba listo. La casa era tibia, acogedora, como si el invierno del norte europeo se hubiera detenido justo en el umbral.

Vestía un delantal de cocina. Tenía el rostro sereno y los movimientos seguros. Es morena, de rasgos indígenas, una mujer mapuche que, por imposiciones coloniales, perdió sus apellidos.

Al hablar en español, su acento revela los años del destierro, pero conserva palabras intactas del mapudungun y modismos campesinos del sur de Chile. En su voz conviven el exilio y la raíz.

En ese instante, en un pueblo remoto del norte de Europa, el sur de Chile se sentía ahí mismo, a unos pasos del comedor.

La casa guardaba las huellas visibles de una doble vida: un mate sobre la mesa, instrumentos mapuche en las paredes, fotografías con vestimenta tradicional, calendarios en neerlandés, postales de invierno. El exilio se tocaba, se olía, se veía. Estaba ahí, en cada rincón.

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