Un Mundial de fútbol debería ser imposible de ignorar. No porque la selección propia participe, ni porque los partidos se jueguen en horarios convenientes, ni siquiera porque cada encuentro sea una obra maestra. Un Mundial debería instalarse naturalmente en la conversación pública, ocupar espacios en las sobremesas, generar discusiones en el trabajo y producir esa extraña sensación de que, durante un mes, el planeta entero está pendiente de un mismo acontecimiento. Y, sin embargo, a medida que avanzan los primeros días de esta Copa del Mundo, cuesta evitar la impresión de que el torneo está produciendo menos interés, menos entusiasmo y menos conversación de la que razonablemente cabría esperar del evento deportivo más importante del planeta.