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Miércoles, 28 de octubre de 2020
Música

Adiós al padre de la balada romántica

Ricardo Martínez

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Caricatura: Gerardo Pérez / gerardo-perez.blogspot.com
Caricatura: Gerardo Pérez / gerardo-perez.blogspot.com

Al hacer versiones de sus canciones en castellano, Charles Aznavour dio origen a la balada romántica latinoamericana, que dominó los “charts” de la música en nuestro continente entre 1965 y 1985.

2015 fue un año muy importante para la música. Ello, porque se cumplieron con propiedad 50 años –medio siglo– de la “balada romántica”, ese género que descolló en los 70 en Latinoamérica (o sea, América, España, Francia e Italia) y que tuvo representantes señeros en Roberto Carlos, Camilo Sesto o Nicola Di Bari. Cincuenta años justos; porque la balada nació de la mezcla azarosa del bolero y la música de la Nueva Ola, del Rock y el Pop. Cincuenta años, porque en 1965 Armando Manzanero documentó en la sociedad mexicana del derecho de autor su primer registro con esa categoría: “balada”; “Pobres Besos Míos”. Cincuenta años, porque en 1965 Los Beatles crearon “Yesterday”; cincuenta años, porque 1965 fue el año del despegue definitivo de Raphael; cincuenta años, sobre todo, porque 1965 fue el año en que Charles Aznavour, uno de los cantantes preferidos de la Quinta República, lanzó su primer elepé en español (“Canta en español”, Barclay/España, BMC 42.055).

El género dio para todo, desde melodías y armonías que eran como un “bolero con guitarra eléctrica”, como los sones de Los Ángeles Negros o Yaco Monti; desde sonoridades similares a la onda disco, como en el caso de Umberto Tozzi o Ricos y Pobres; desde construcciones del estilo del techno pop, como Iván o Miguel Bosé; y, por supuesto, esa sonoridad “lush”, orquestada de manera que la voz del intérprete se proyectaba sobre una cama de acordes exuberantes, como en el caso de José Luis Perales (“Me llamas”).

Sin embargo, de todos estos posibles registros y recursos, quizás el primordial o esencial es el que facturó ese mismo muchacho que se llamó Shahnourh Varinag Aznavourián Baghdassarian al nacer como hijo de inmigrantes armenios en el país galo y que de pequeño cantaba con sus padres y hermanos en las cantinas de la Rive Gauche en París, que fue descubierto por Édith Piaf, y que de la mano de los nuevos medios sociales (la constitución gaullista vio la luz el 5 de octubre de 1958, hace exactamente 60 años) y de producción musical, conquistó los escenarios, pero, más en concreto, el corazón, de aquello que luego se denominaría la “balada romántica latinoamericana”.

Si bien ya existían estrellas en el país galo como Piaf, Montand o Chevalier, de acuerdo con Prévos (1991), la profesionalización de la industria discográfica y la llegada de la televisión, produjo un “star system”. Los cantantes surgirán, entonces, en el estudio apoyados por el disco Long Play y los técnicos, y se desarrollará un merchandising en torno suyo. Los sesentas asisten el nacimiento de estos “ídolos de la canción francesa” en que aquel niño armenio que se llamaría luego Charles Aznavour compartiría el estrellato con figuras como Gilbert Bécaud.

En 1965 en todas partes del mundo las condiciones para lanzar al aire una canción resultaban draconianas: solo se podían programar una o dos horas cantadas en idiomas que no fueran el inglés en los Estados Unidos, o el español en Chile. Y eso fue clave para que productores como Camilo Fernández en nuestro país se las arreglaran para hacer que cantantes menos conocidos, pero chilenos, interpretaran sones de otros idiomas –la Nueva Ola– traducidos. A eso se le llamó “los refritos” en México (donde ocurrían los mismos decretos draconianos) que lanzó a la estratósfera musical a artistas como Enrique Guzmán y los Teen Tops con “La Plaga” (una versión refriteada de “Good Golly Miss Molly”, de Robert Blackwell y John Marascalco en la voz original de Little Richard –aka Ricardito).

Aznavour fue de los primeros que entendió que, si se quería ser una estrella de carácter global en un mundo dominado en sus ondas radiales por el proteccionismo idiomático, debía, él mismo, grabar sus propias canciones en otras lenguas. Y, a lo largo de su carrera, facturó sus mismos éxitos una y otra vez en inglés, italiano, ruso, napolitano, alemán, y, por supuesto, castellano.

Pero no fue eso lo único.

Charles Aznavour lo hizo todo antes que nadie. Fue el que descubrió que se podía cantar como bolero sin hacer un bolero, incorporando y proyectando a la orquesta en ese temple de ánimo que envolvía al oyente con una sugerencia melódica y letrística. Desde “La Bohemia” hasta “Camarada”, pasando por el recitado de “Isabel”, la cadencia de “Buen Aniversario” o el dolor de “Debes Saber”. Nos enseñó cómo había que sentir en el mundo actual, qué era lo que correspondía al amor y al desamor. Ello con una vocalización que dejaba que cada palabra tuviera sentido y calara hondo. Sin olvidar el humor (“Formidable”) o el requiebro (“Venecia sin Ti”). Todos, pero todos todos, siguieron su camino en la balada, desde Sandro (que se puede interpretar como meter a una juguera a Elvis con Charles -escuchen “Buen Aniversario” y luego “Yo te Amo” para comprobarlo-) hasta Franco Simone. Él, y todas y todos los que vinieron después de él, hasta la miamización de la música latina en 1985, nos regalaron una parte memorable de nuestra identidad latinoamericana. Porque no solo de música se trataba esto: se trataba de un sentir y un amar.

Luego vendrían las aclamaciones, el estrellato en Inglaterra con “She” (que luego fuera una pieza emocional clave en esa película hermosa que es “Notting Hill”, reversionada por Elvis Costello); el apoyo a un sinnúmero de causas como Aznavour for Armenia, luego del terremoto armenio de 1988; el espaldarazo a la candidatura de  Jacques Chirac cuando se enfrentó a Jean-Marie Le Pen en las elecciones francesas de 2002; y todos los homenajes, duetos y celebraciones que le mantuvieron en gira hasta solo unos meses. Todo, sin embargo, comenzó quizá en esa tarde o noche de 1965 cuando se atrevió a cantar en otros idiomas y su figura se instaló junto a las de los más grandes baladistas del siglo 20.

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