Colo Colo llegó al Francisco Sánchez Rumoroso como líder del campeonato y con un invicto de catorce partidos. Una trayectoria que invitaba al optimismo, pero que también podía alimentar una peligrosa confusión: creer que ganar es siempre una prueba de que las cosas se están haciendo bien. El fútbol tiene esa particularidad. Una victoria puede funcionar como argumento para cerrar discusiones, postergar evaluaciones y justificar rendimientos que, en otro contexto, serían motivo de preocupación. Mientras la pelota entra, todo cuestionamiento resulta innecesario. Hasta que un día recibes cinco pepas y no queda demasiado espacio para las explicaciones tranquilizadoras.
Por supuesto, lo más probable es que Colo Colo de todas maneras gane el campeonato y perder es parte del juego. Ningún equipo puede ganar siempre y una goleada no convierte automáticamente en un fracaso todo lo realizado durante los meses anteriores. Pero hay una diferencia entre aceptar una derrota y tratarla como un accidente; entre reconocer que el rival fue superior y refugiarse en la excepcionalidad del resultado para evitar revisar las propias responsabilidades.
Destaquemos el mérito de Coquimbo Unido. El vigente campeón no se limitó a aprovechar una mala tarde del líder; lo superó con una contundencia que obliga a reconocer su capacidad futbolística. Y a constatar que los piratas aún prolongan su momento estelar. De hecho, se dispone a jugar la final de la Copa de la Liga y están peleando cupos para copas en torneos internacionales el próximo año. Reducir, entonces, el resultado a los errores de Colo Colo sería otra forma de mirar el partido a medias. A veces, para explicar una caída, también hay que reconocer a quien supo provocarla.
Lo relevante, en suma, no es cuánto daño le hace este resultado a Colo Colo en la tabla. Con una ventaja tan importante sobre sus perseguidores, probablemente el torneo resulte definido igualmente a su favor. Pero ¿cuánto puede enseñarle una derrota así a un equipo que llevaba catorce partidos sin perder? ¿tendrá la disposición de aprender de la debacle?
En el fútbol chileno solemos oscilar entre dos extremos: la euforia desmedida después de una victoria y la sentencia definitiva después de una derrota. En ambos casos, el análisis queda subordinado al resultado. Se celebra sin preguntar demasiado y se condena sin distinguir entre un problema estructural y una mala actuación.
Quizás por eso cinco goles pueden ser más útiles que cinco victorias. No porque perder sea mejor que ganar, sino porque la derrota obliga a mirar aquello que el éxito permite ignorar. Porque perder es parte del fútbol. No entender por qué se pierde es un problema mucho mayor.





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