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Martes, 13 de noviembre de 2018
Ensayo

Cómo leer Lolita en tiempos del #MeToo

María José Viera-Gallo

"En general, no me gusta que me digan cómo debo interpretar tal o cual libro. Los únicos ojos que tengo cuando leo una novela son los de lectora. Con estos ojos intentaré decir algunas cosas sobre la re-cuestionada Lolita". 

Si tengo a Lolita de nuevo en el velador, esta vez en una reedición Anagrama de tapa dura con frutillas rojas sobre un fondo rosado, es por gula, porque Lo-li-ta, luz de mi vida, fuego de mis entrañas es una de las mejores novelas modernas jamás escritas y pronto cumplirá la edad para jubilar sin que ninguna de sus páginas haya envejecido.

Leer un libro brillante y a la vez perturbador, es quizás la mayor exigencia a la que puede aspirar un lector. Es como caminar por un acantilado sabiendo que sufres de vértigo. O aceptar que hay comidas que nos gustan aunque nos disgusten. 

Nunca ha sido un ejercicio natural, al menos para afuera, hablar, escribir sobre Lolita.  La obra más famosa de Vladimir Nabokov (1899-1977) nació indeseada cuando fue rechazada por cuatro editoriales norteamericanas que la consideraban “too dirty”, “too dangerous” (“demasiado sucio”, “demasiado peligroso”). En 1955 los franceses se encargaron de remediar la censura y la editaron por el pequeño sello parisino Oylmpia Press. 

Este año la nueva ola feminista ha pedido releer Lolita con renovados ojos; ojos no necesariamente conservadores ni estrictamente literarios, ojos más bien bañados por la sensibilidad de igualdad de género que en la actualidad escanea rigurosamente nuestra cultura. La literatura, el arte, el cine tampoco estarían al resguardo del detector Me too. No importa si se trata de ficción, de un clásico, de una obra maestra, de un artista consagrado, vivo o muerto. Lo que importa es el mensaje. Bajo ese prisma se ha dicho que Lolita sería un libro patriarcal más que obsceno, una novela que valida el abuso sexual y romantiza la figura del abusador en su protagonista, Humbert Humbert.  Editores, libreros, lectores deberían tomar más conciencia de lo que tienen en sus manos y cuestionar la gran vitrina literaria de la cual goza Lolita. 

En general, no me gusta que me digan cómo debo interpretar tal o cual libro. Los únicos ojos que tengo cuando leo una novela son los de lectora. Con estos ojos intentaré decir algunas cosas sobre la re-cuestionada Lolita. 

Es cierto que el esqueleto de su trama– si eliminamos a los personajes, la voz narrativa, el lirismo alucinante de su lenguaje– es abominable y merece más que un titular Me too. Un cuarentón heterosexual, escritor frustrado, abiertamente pedófilo (no le gustan las niñas mayores de 12 años nos confiesa), seduce, rapta y viola reiteradamente a su hijastra Dolores, manteniéndola cautiva durante dos años hasta que logra escapar. 

Humbert es un maníaco, un pederasta, y nos narra su “obsesión romántica” por una niña como si él fuera víctima de una calentura y no un victimario.  Es este autoengaño, esta suavización o glorificación de su crimen, lo que indigna a ciertas feministas.

No hay que ser doctorado en hermenéutica para darse cuenta que la intención del autor es justamente darle voz, cuerpo, cerebro, alma incluso, a la mente enferma de un abusador, mostrándonos –con ironía, sentido del ridículo y del kitsh- cómo éste se avala en su patético delirio para justificar su abuso sexual. Humbert provoca asco, repulsión, rabia, risa, a ratos pena, pero jamás perdón ni complicidad. 

Lolita por su parte, nos muestra todas las contradicciones, debilidades, fragilidad, e impulsos de una niña que entra a la pubertad sola, dañada,  y perdida. Puede incluso caernos mal, lo que sólo complejiza su rol de víctima. Queremos salvarla y sabemos que eso no ocurrirá. Al igual que muchas niñas violadas en la vida real por padrastros o tíos, es la presa ideal del abusador. 

Durante mi relectura de Lolita atravieso esta historia de perversión, obnubilada por el lenguaje, la belleza, el ritmo, las imágenes de la escritura de Nabokov. En mi calidad de lectora adulta, asumo esta contradicción perfectamente bien, y diría mágica, libremente: todos mis discursos reposan en el frigobar, la ficción ha ganado. No logro sentirme culpable ni cómplice del patriarcado. Como diría Walter Benjamin: “Por muy profundo que me sumerja en lo narrado, sigo siendo yo mismo (…) sin que mi sustancia se transforme y sin perder el control de mi conciencia”. 

"La tesis de Lolita apunta a que el monstruo, el depredador, no es un hombre, sino América entera. Lolita es prisionera de un país enfermo, donde en nombre del sueño americano se glorifican valores como la eterna juventud, la vulgaridad y el dinero".

o cierto es que ahí donde algunos leen una apología del abuso sexual camuflado en una historia de amor, yo leo lo opuesto: una historia de terror.  Nabokov nunca pretendió que Humbert no fuera otra cosa que un monstruo. Pero –y este es su aporte a la causa Me Too -es un monstruo banal, que nunca pisó una alfombra roja ni ostentó poder alguno, un hombre ordinario, viudo, que llega a arrendar una habitación de un pueblo norteamericano de Ohio con su curriculum de profesor y escritor mediocre. Humbert es en buen chileno, el profe depravado. El pedófilo de la puerta de al lado. Ya estuvo obsesionado con otra niña, Annabel, y lo volverá a estar después de Lolita (si no cayera preso).

¿Cómo explicar sino, su reacción cuando una vez abandonado por “su amada Lo”, escucha perturbado los ruidos de unos juegos infantiles a lejos? 

La tesis de Lolita, creo que apunta a que el monstruo, el depredador, no es un hombre, sino América entera. ¿Donald Trump? Lolita es prisionera de un país enfermo, donde en nombre del sueño americano se glorifican valores capitalistas que han traspasado a nuestras fronteras: la eterna juventud, la belleza artificial, la falsa inocencia, la mentira, la falsedad, la vulgaridad, el dinero y la fama como sustitutos del padre ausente y el abuso sexual como una forma oblicua de relacionarse cuando el amor ha muerto. 

Los pasajes más impresionantes de la novela no son los de un Humbert caliente, sino las descripciones de los suburbios norteamericanos, que en su fuga en auto, atraviesa con una abducida Lolita; lugares lynchanos donde reina el vacío y el horror en que se ampara el invisible hombre blanco abusador. Sospecho que fue eso –y no el derecho a escribir libremente sobre un supuesto deseo sexual reprimido- lo que Nabokov procesó durante ese largo viaje de costa a costa que hizo junto a su esposa Vera y su hijo Dimitri, mientras hacía sus primeros apuntes de Lolita. 

El problema de Lolita no es el libro en sí, sino el imaginario masculino que se ha configurado a partir de la figura de la lolita, es decir una menor de edad seductora de hombres. Las mismas portadas de la novela –inspiradas en la película de Kubrick- retratan a una adolescente sexy de anteojos con forma de corazón, en control de sí misma, traicionando el personaje tristísimo, deprimente, de Nabokov (el autor ruso siempre criticó la versión cinematográfica del cineasta inglés). 

Uno de los efectos inmediatos del estallido Me too fue que Anagrama cambiara su famosa portada por el dibujo de una niña sufriente, que se esconde y aparece atravesada como por un torniquete. ¿Movida comercial? Es una lectura válida y sobre todo inteligente, porque busca sintonizar con los lectores millenials que se enfrentan por primera vez a Lolita. Busca, si se quiere, salvar el libro de la hoguera.

Leer una novela desde la crítica cultural, el posmodernismo, el marxismo, el psicoanálisis, la teoría queer, los estudios raciales o el feminismo, es un ejercicio interesante. ¿Pero desde el fanatismo? 

Nabokov ya se defendió lo suficiente como para que nos creamos tan listos por gritarle más fuerte. Basta retomar el epílogo de Lolita donde el autor defiende la libertad de cualquier novela por sobre lo que llama “la literatura de las ideas” o “la hojarasca temática”.  El viejo profesor ruso de Literatura, casado toda su vida con Vera, sabía ponerse en nuestro lugar, el del lector. La recepción de la obra no le era indiferente y enfrentó y sobrevivió a la censura puritana. Puede que secretamente haya pensado al igual que Pasolini, que: “escandalizar es un derecho y ser escandalizado es un placer. Quien rechaza ser escandalizado es un moralista".  Casi diez años después de la publicación de Lolita, escribió su menos bulliciosa obra maestra: Pálido Fuego. 

La gran victoria de la novela es convertirse en un problema, en una pregunta, aunque se trate de la más contingente y a su modo, absurda: ¿qué hacemos con Lolita? 

Mi respuesta es obvia: leerla. 

+María José Viera-Gallo es periodista y escritora. 

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