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Domingo, 27 de Septiembre de 2026
[Revisión del VAR]

Don Choco y el fútbol que se fue

Roberto Rabi González (*)

“Don Choco fue exitoso y cuestionado. Fue protagonista de grandes momentos y de episodios discutidos. Fue parte del fútbol tradicional y, al mismo tiempo, participó en una transformación que terminó cambiando profundamente ese mismo fútbol. Por eso quizá sea más interesante recordarlo desde esa contradicción que intentar resolver ahora, con motivo de su muerte, si fue “bueno” o “malo”, “grande” o “pequeño”. Las personas que hacen historia rara vez caben en esas categorías. Y el fútbol, que suele ser tan rápido para levantar estatuas como para derribarlas, haría bien en concederse algo de tiempo antes de convertir a Reinaldo Sánchez en una caricatura”. 

Ha fallecido Reinaldo Sánchez, Don Choco. Y quizá lo primero que corresponde decir es algo bastante sencillo: no todos tienen que recordarlo de la misma manera. Para algunos fue un gran dirigente; para otros, no tanto. Para unos, una buena persona; para otros, tampoco. Habrá quienes recuerden sus aciertos, quienes pongan el acento en sus errores -sobre todo su admiración por Pinochet- y quienes, probablemente, hagan ambas cosas. Así son las figuras públicas: diversas, discutidas, imperfectas. Pero todas, cuando han tenido una presencia significativa, terminan formando parte de la historia. 

Su muerte permite, además, mirar algo que va bastante más allá de la biografía de un dirigente. Permite mirar una época del fútbol chileno que prácticamente desapareció. Sánchez fue uno de los últimos representantes de una manera de entender la dirigencia deportiva que hoy resulta cada vez más extraña: la del empresario local que construía su influencia desde su propia actividad económica, desde el barrio, desde el gremio y, muchas veces, desde una relación casi personal con el club. Antes de que el fútbol profesional comenzara a ser administrado con los códigos de la industria del entretenimiento, de las finanzas y de las sociedades anónimas, los clubes eran conducidos por personas que podían ser comerciantes, vendedores, industriales, transportistas o empresarios de rubros completamente ajenos al deporte. Gente que tenía una vida profesional fuera del fútbol y que, sin embargo, terminaba dedicando una parte importante de ella a una institución deportiva. Sánchez era exactamente eso: un hombre de Valparaíso, empresario de la locomoción colectiva, que hizo fortuna en el negocio de las micros y que construyó también su historia en Santiago Wanderers. Por eso “Don Choco”, por si no lo sabían, en esas micros, como en todo el país en ese tiempo, los ambulantes vendían helados Choco Panda.

Fue socio del club desde 1976 y asumió su presidencia en 1992. Durante su administración, Wanderers vivió una transformación que terminaría alcanzando uno de los puntos culminantes de su historia: el campeonato de Primera División de 2001. Aquel título tiene una importancia que excede la estadística. Wanderers no era entonces un club acostumbrado a levantar campeonatos y aquella vuelta olímpica en el Estadio Nacional quedó instalada como uno de los grandes episodios del fútbol chileno de comienzos de siglo. Sánchez, por lo mismo, llegó a la presidencia de la ANFP en un momento en que su nombre ya estaba asociado a un éxito deportivo concreto, conseguido además desde un club que no pertenecía al pequeño grupo de instituciones que tradicionalmente concentraban el poder y los títulos. Su llegada a la conducción del fútbol nacional no fue, entonces, la de un dirigente que aparecía desde una oficina o desde una estructura corporativa: era la del hombre que había construido poder dentro de un club y que llegaba a Santiago con el respaldo de esa experiencia.

Pero mientras Sánchez celebraba con Wanderers, el fútbol chileno estaba cambiando profundamente. Y aquí aparece una de las paradojas más interesantes de su trayectoria. Sánchez representaba una tradición dirigencial que comenzaba a quedar atrás y, al mismo tiempo, terminó siendo protagonista de algunos de los cambios que ayudaron a construir el fútbol que vino después. En 2001 asumió la presidencia de la ANFP, en un período en que se aceleraba la transformación económica e institucional del fútbol profesional. Poco después se consolidaría el modelo de las sociedades anónimas deportivas profesionales y una concepción cada vez más empresarial de la administración de los clubes. En ese proceso, Sánchez no parecía ser necesariamente el hombre que mejor encajaba en el nuevo modelo. Su estilo pertenecía a otra tradición: era directo, personalista, poco preocupado por las formas y acostumbrado a hablar en un lenguaje que no necesitaba demasiados intermediarios. Sin embargo, durante su administración de la ANFP se creó, junto a Jorge Claro, el Canal del Fútbol, un proyecto que con el paso del tiempo se convertiría en uno de los activos económicos más importantes del fútbol chileno. El CDF terminaría siendo vendido a Turner por una cifra que transformó completamente la dimensión económica del negocio audiovisual del fútbol. El hombre que parecía pertenecer al fútbol que se estaba yendo terminó ayudando, paradójicamente, a construir parte del fútbol que llegaría.

Esa paradoja también estuvo presente en la elección de la presidencia de la ANFP de 2002, cuando Sánchez enfrentó a Jorge O'Ryan, entonces presidente de Universidad Católica. Aquella disputa no fue solamente una elección entre dos nombres. En ella se podía advertir la tensión entre distintas maneras de entender quiénes debían conducir el fútbol chileno y hacia dónde debía avanzar la actividad. Sánchez continuó en el cargo y durante los años siguientes el fútbol profesional chileno profundizó una transformación que terminaría modificando radicalmente la relación entre los clubes, sus dirigentes, sus propietarios y sus hinchas. Por eso su figura resulta difícil de encerrar en una sola categoría. No fue simplemente el último representante de un fútbol antiguo, porque también participó en la construcción de algunos de los mecanismos que caracterizarían al fútbol moderno. Y tampoco fue simplemente un dirigente empresarial antes de tiempo, porque su forma de relacionarse con el fútbol seguía profundamente ligada a una cultura de club que ya comenzaba a desaparecer.

También hubo controversias. Y sería extraño escribir sobre Sánchez después de su muerte como si no hubieran existido. Su figura generó cuestionamientos deportivos, institucionales y personales, y su estilo directo provocó adhesiones y rechazos. También se ha planteado que parte de las críticas que recibió estuvieron atravesadas por diferencias sociales y de clase, en un fútbol que comenzaba a ser conducido por perfiles distintos de los dirigentes tradicionales. Sánchez era un hombre que se había hecho a sí mismo en Valparaíso, vinculado a las calles y al mundo de la locomoción colectiva, con un modo de hablar y de relacionarse muy diferente al de las nuevas élites empresariales que comenzaban a ganar espacio en el deporte. No hace falta convertir esa interpretación en una explicación total de su trayectoria, pero tampoco resulta razonable ignorar que el fútbol chileno cambió no solo en sus estructuras económicas, sino también en el perfil social de quienes comenzaron a ejercer su conducción.

Durante mucho tiempo, los clubes chilenos fueron dirigidos por personas que no necesitaban pareceres dirigentes de fútbol. Eran parte de una sociedad concreta: tenían sus negocios, sus gremios, sus barrios y sus clubes. Ponían tiempo, dinero, relaciones y prestigio personal en instituciones que, muchas veces, administraban casi como una extensión de sus propias vidas. Ese mundo tenía problemas evidentes y no corresponde idealizarlo retrospectivamente. Había personalismos, informalidad, malas administraciones y prácticas que difícilmente resistirían hoy los estándares de gobierno corporativo que se exigen a las organizaciones deportivas. Pero también existía una relación distinta entre dirigentes y comunidades. El club era, en muchos casos, una institución social antes que una unidad de negocios. Reinaldo Sánchez fue uno de los personajes que mejor encarnó esa transición: provenía de aquel mundo y, al mismo tiempo, terminó enfrentándose a las transformaciones que lo estaban dejando atrás.

Quizá por eso resulta tan significativo que en 2021 regresara a Wanderers, cuando adquirió el 60% de la sociedad que controlaba el club. Fue una escena casi circular. El hombre que había presidido al Wanderers campeón de 2001 regresaba veinte años después a una institución que ya no era la misma y a un fútbol que tampoco lo era. El club había pasado por sociedades anónimas, cambios de control, disputas institucionales y distintas formas de administración. Sánchez regresaba, en cierto modo, al lugar desde donde había partido, pero a un fútbol completamente transformado. La imagen tiene algo de metáfora: el dirigente de una época que volvía a encontrarse con el club de su vida en un escenario construido bajo las reglas de otra época.

Por eso la muerte de Don Choco puede leerse también como un pequeño cierre de época. No porque con él desaparezca toda una generación —la historia nunca es tan ordenada—, sino porque resulta cada vez más difícil encontrar en el fútbol actual figuras como aquella: empresarios locales profundamente identificados con un club, dirigentes capaces de construir poder desde una actividad económica ajena al deporte y personas cuya autoridad no provenía de un cargo corporativo, sino de una historia personal acumulada durante décadas. El fútbol profesional chileno es hoy otra cosa. Es más empresarial, más profesionalizado, más financiero y complejo. En mi opinión, derechamente peor. Pero nadie podrá negar que es menos  dependiente de esas figuras personales que alguna vez concentraron en torno suyo una parte considerable de la vida institucional de los clubes.

Don Choco fue, fue exitoso y cuestionado. Fue protagonista de grandes momentos y de episodios discutidos. Fue parte del fútbol tradicional y, al mismo tiempo, participó en una transformación que terminó cambiando profundamente ese mismo fútbol. Por eso quizá sea más interesante recordarlo desde esa contradicción que intentar resolver ahora, con motivo de su muerte, si fue “bueno” o “malo”, “grande” o “pequeño”. Las personas que hacen historia rara vez caben en esas categorías. Y el fútbol, que suele ser tan rápido para levantar estatuas como para derribarlas, haría bien en concederse algo de tiempo antes de convertir a Reinaldo Sánchez en una caricatura. 

Ni el homenaje obliga a desconocer sus controversias, ni las controversias nos llevan a ningunear sus aportes.

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