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Miércoles, 28 de octubre de 2020
Cultura

El hombre que viste a la Virgen

Nicolás Massai D.

Hace más de 35 años que Segundo Lorca le confecciona la ropa a la Virgen de la Iglesia de Santo Domingo, en el centro de Santiago. Esta fue una breve conversación con él, hace cuatro años.

Es la persona que más se mueve en el interior de la Iglesia de Santo Domingo. Sus pasos son igual de reducidos que los de cualquier viejo mayor de 70 años, pero su velocidad tiene juventud: no alcanza a dar un paso cuando ya viene con el otro. Segundo Lorca se mueve como dueño de casa, entremedio de visitas que entran, se persignan, se sientan a rezar y tocan las esculturas de San Francisco de Asís o Santa Rosa de Lima.

Hoy, miércoles 10 de octubre, él está sentado a un costado del altar en una silla como de colegio. Los turistas que entran al templo por primera y última vez, no tienen idea qué es lo que hace ese señor ahí. Pasan por su lado sin prestarle atención. Los fieles frecuentes, que se acercan a conversarle, quizás ya saben que ese hombre es el que le cambia la ropa a la principal Virgen María del recinto.

A él me acerqué hace cuatro años y le traté de hacer una entrevista que resultó muy breve, con un corte abrupto.

Reina y madre

Esta Iglesia de Santo Domingo, ubicada a pasos de la Plaza de Armas de Santiago, fue construida por la congregación de los Dominicos a partir de 1747. Las versiones anteriores, que se levantaron en el mismo lugar desde 1552, fueron derrumbadas por cuatro terremotos. Al momento de entrar se siente una temperatura distinta a la del exterior: es una recepción gélida.

El ingreso del frontis proyecta un pasillo que llega hasta un altar y termina con la figura de la Virgen del Rosario, patrona de la orden dominica. Ahí se puede ver el trabajo de Segundo Lorca. Desde el hombro de María, pende una manta azul metálico incrustado con un bordado color oro que hizo él. Ese mismo bordado se adhiere a un vestido blanco que hizo él. Lo lleva puesto desde esta semana. La anterior tenía uno rosado que también fue hecho por él.

“A ella se le cambia de ropa por la sencilla razón de que es la reina, es la madre. Tiene que estar siempre hermosa y no estar siempre vistiendo lo mismo. Hasta nosotros nos cambiamos continuamente”, me dijo Segundo Lorca hace cuatro años.

Lorca tiene las prendas en una pieza a la que se puede entrar desde la misma iglesia, donde también se arreglan los sacerdotes antes de salir a la misa. En ese lugar me recibió y contó que el cambio de vestimenta se hace cada dos o tres meses y en un horario sin fieles, proveyéndose de una escalera para alcanzar a la Virgen, instalada en una altura apropiada para alguien a quien se le rinde pleitesía.

Hasta antes de esa conversación, yo pensaba que este tipo de ropa era confeccionada por un costurero común y corriente. La semana pasada, Marcelo Sepúlveda, quien lleva 35 años trabajando allí, me dijo que esto corresponde más bien a un oficio, y que por la parroquia ya han pasado tres o cuatro personas que hicieron lo mismo.

Me comentó, incluso, que Segundo Lorca había aprendido de Luis Moglia, un devoto a quien se le reconoce el mérito de haber vestido por más de 40 años a la Virgen del Carmen.

Segundo ya estaría por alcanzar esa cantidad de décadas dedicado a este trabajo. Casi la mitad de su vida. Esto es tan serio para él que, a veces, cuando visita el Santuario Teresa de Los Andes, o el de Lo Vásquez, se enoja por la forma en que tienen a su reina.

“Yo veo a la Virgen de Lo Vásquez con un vestido blanco, con un cinturón colgando, como una viejita que tiene una corona y no tiene mantilla, y sé que no puede tener corona si no tiene mantilla, porque la mantilla es la que le da la solemnidad a la Virgen”, se quejó. “Mi crítica es constructiva, porque eso a mí me molesta”.

Esa única oportunidad en que hablamos, le pregunté a Segundo Lorca si tenía hijos. Él evitó responder, se enojó y dijo que solo hablaría de la Virgen. Desde entonces que no me he atrevido a conversarle de nuevo, pero a veces entro a la iglesia y lo miro un rato. Como ahora, que veo que se levanta de su silla y empieza a limpiar una placa de metal que protege el altar. Pasa un paño por las hendiduras, con fuerza y de manera reiterada. Luego camina hasta el lugar donde estoy sentado, en la segunda banca de una de las dos columnas centrales. Se da vuelta, inspecciona el altar y me pregunta de reojo:

–¿Brilla?

–Sí, brilla.

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