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Martes, 22 de septiembre de 2020
Extracto de libro

El papel de Jaime Guzmán en la campaña de Alessandri en 1970

Federico Willoughby-MacDonald (*)

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El escritorio de Alessandri. Foto de Celeste Ruiz de Gamboa
El escritorio de Alessandri. Foto de Celeste Ruiz de Gamboa

El autor, periodista y empresario, conocedor del poder político de distintos gobiernos y de la dictadura militar, en esta segunda parte y final, describe algunos aspectos de Jaime Guzmán, quien ya había alcanzado notoriedad pública en la campaña de Alessandri con sus intervenciones frente a políticos de larga trayectoria.

En la Ford se estudió el escenario con Allende electo, que había asegurado públicamente su intención de expropiar las empresas extranjeras. "Ford debe estar ágil y ligera". No se reemplazaron las vacantes, se postergó el ingreso de maquinaria para manufactura pesada, la compañía disminuyó su liquidez y se planificó aumentar la velocidad de producción, para llegar al año '71 con pocas unidades para armar y el mayor volumen de los vehículos repartidos entre los concesionarios. Mientras, se fortalecían sus stocks de repuestos, con una exigente política de servicio en reparaciones para mantener la calidad Ford a todo evento.

Una política para no precipitarse ante el resultado de las elecciones y observar el cumplimiento de las promesas de cualquiera de los candidatos. La información era reservada. Al interior de la dirección del Comando Independiente, empecé a insistir en aumentar las acciones políticas. Hacer un discurso más dramático y desterrar la sensación de victoria que, si bien había dado dividendos al comienzo, en la etapa final estaba relajando el trabajo electoral y la presencia en los medios.

En las reuniones del Comando de los independientes, estas apreciaciones fueron compartidas por Eduardo Boetsch y Jaime Guzmán, quien había alcanzado notoriedad pública con sus intervenciones frente a políticos fogueados, que eran invitados al programa del canal católico “A esta hora se improvisa”, donde imponía su brillante dialéctica e inteligencia, que por su edad contrastaba con los otros participantes.

Con Eduardo Boetsch coincidimos en que, para esa etapa final de la campaña, Ernesto Pinto, que la dirigía, si bien tenía un innegable talento organizativo y no creaba conflictos con los partidos, carecía de malicia política para impulsar los actos o gestos más audaces que eran necesarios.

Eduardo hablo con él y "Tito" Pinto dijo de partida que él no hacía cuestión si debía dejar la dirección de la campaña. Ambos fuimos a casa de Hugo Rosende, quien nos recibió amablemente y compartía nuestras inquietudes. Se le hacía fuerte tomar el lugar de Pinto y señaló que una cosa así debería pedírsela Don Jorge, pero antes que nada, debía pensarlo.

Hugo Rosende

A la mañana siguiente, me llamó Hugo para invitarme a su oficina de la calle Huérfanos. Su despacho tenía un ambiente dramático, aislado del ruido, siempre con las cortinas corridas e iluminado por una lámpara de estilo flamenco sobre su gran escritorio. Carpetas ordenadas y, sobre esa mesa, una escultura de cristal tallado con la cabeza del Cristo de La Pietá, casi de tamaño natural.

Llegué al mediodía y Rosende se paseaba con pasos rápidos. Me ofreció asiento y dijo:

-Federico. Mira "ñatito" (expresión de afecto que él usaba con amigos y familiares), yo creo que sería contraproducente, a esta hora, darle a entender a Don Jorge la situación como ustedes la ven. Él es muy sensible y las últimas veces lo he visto haciendo un esfuerzo sobrehumano para revertir la situación.

Luego, con las manos gesticuló la figura de un avión y señaló:

-Las campañas son como un avión, a veces pierden altura, pero con la fuerza de los motores y pilotos experimentados se sobreponen para poder cumplir su trayecto. Sin embargo, si la caída es a muy baja altura y en mal clima, nada evita la catástrofe... ¿me entiendes? -decía encogiendo los hombros y sonriendo. Luego, muy serio, terminó:

-En conciencia, carezco de los antecedentes para tomar una responsabilidad así y puede ser contraproducente.

Recuerdo que bajé las escaleras, donde él me despidió, caminando, pensando la paradoja que Rosende tenía pánico a volar, de hecho murió sin haberlo hecho nunca. Me sorprendía su lucidez, es el político más perceptivo que he conocido. Como abogado era invencible.

Trabajaba en la Corte solo. Llevaba y alegaba sus causas. Los alumnos de Derecho competían para asistir a sus clases, a pesar de la diversidad política de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. De memoria privilegiada, podía recitar los Códigos Civil y Penal por tema o por numeración. Como también, sentencias de 10 o más años atrás.

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Propaganda del candidato de derecha en Taltal. Foto de Celeste Ruiz de Gamboa
Propaganda del candidato de derecha en Taltal. Foto de Celeste Ruiz de Gamboa

Francisco Soza

Hablé con Boetsch, comentándole sin detalles que Rosende no aceptaría y que sí me había sugerido aumentar la campaña independiente, con proclamaciones y propaganda propia. Eduardo me contestó que él veía lo mismo, pero los partidos eran quienes más recursos conseguían. Me dijo: "si quieres, tú vas en representación de nosotros a hablar con Francisco Soza y le pides más recursos".

Le pregunté cuánto recibíamos de la campaña y cuánto recaudábamos nosotros. La cifra me pareció ínfima, menos de lo que se manejaba en Ford para lanzar el nuevo modelo Falcon.

Francisco Soza tenía sus oficinas en Ahumada 11, en la Constructora Neut Latour. Me recibió cordialmente, era un típico empresario más hábil que profesional, de aspecto cuidado y carácter irónico, sabía a qué iba. Advertí su preferencia por los partidos. Para un hombre de negocios, el compromiso de los partidos era más concreto. Se quejó de los contribuyentes con fondos y, finalmente, me derivó a Arturo Matte. Sabía desde hacía tiempo que todas las candidaturas recibían aportes extranjeros.

Arturo Matte

Incluso, para que Julio Durán retirara su candidatura radical en 1964 había pedido un pago, a través de su hermano, por los gastos de campaña que no fue cancelado con fondos locales. Después le tocaría lo contrario, porque Durán debió mantener su candidatura el '70 para sujetar la votación radical en la candidatura de Allende y obtener algo en el gobierno.

Don Arturo Matte incrementó el aporte a los independientes y se pudo generar más propaganda radial.

En la Ford advertíamos una desaceleración en el nivel de negocios por parte de los concesionarios, hasta la venta de tractores y camiones era más lenta. Posibles señales de que todas las actividades económicas esperaban el resultado de la elección.

Se había re avivado la "TOCOA", Todos Contra Alessandri. La propaganda de las otras dos candidaturas, Allende y Tomic, atacaban a la nuestra sin agredirse entre ellas. En provincias, donde el campesinado tenía una gran simpatía por Frei, advertí que esos votos no iban a ser para Tomic. El diputado Andrés Aylwin, que movilizaba campesinado, en esta campaña no había tenido el mismo éxito.

Cuando Tomic fue a Melipilla, no me pidieron el camión, como lo habían hecho en otras oportunidades. A mí me decían que votarían por Alessandri, cuyo lienzo de 40 metros presidía el potrero con mejor vista al camino a Alhué, en "Las Palmas". Conocedor de la mente campesina, sabía que una fuerte sensación de triunfo y buenos asados, eran los mejores argumentos electorales.

En la proclamación de Alessandri en Melipilla, fuimos todos con caballos y trajeados de huasos para desfilar, la zona de tradición derechista dio una fuerte impresión de triunfo.

La propaganda y las consignas de los adversarios destacaban la edad de Alessandri. Un muchacho se le acercó sorpresivamente, mientras caminaba por la calle Estado, y le gritó a toda voz en su cara:

-¡Apenas mueve las patas y quiere ser Presidente!

Don Jorge, en una fracción de segundo, adelantándose hacia él, le respondió con un vozarrón:

-¡Se gobierna con la cabeza y no con los pies, mocoso ignorante!

El público, sorprendido por el intercambio de gritos y la rápida reacción, aplaudió, atacando al joven, quien huyó corriendo hacia la Alameda. Sus piernas estaban en condiciones atléticas.

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Publicista trabajando en la propaganda de Alessandri. Foto de Tatiana Vega
Publicista trabajando en la propaganda de Alessandri. Foto de Tatiana Vega

Una pintura del candidato

La campaña trataba de destacar como una ventaja de Alessandri su experiencia y su libertad respecto de los partidos políticos. En esa estrategia cooperaba Pierre Lehman, su amigo, quien en la campaña anterior había demostrado su instinto junto a Hans Storandt. Se pidió un retrato del candidato para resaltar esa imagen. La artista fue Bárbara Ungar, una pintora europea que vivía en Pirque.

El afiche mostraba a Alessandri en una perspectiva superior y con un colorido que sugería la imagen de un magistrado envuelto en su toga negra. Efectivo para los votantes más educados, pero de dudosa eficacia popular. El propio Don Jorge advertía: "No hagan imágenes ideales, con la televisión uno se ve como es, o peor".

Un factor positivo era la presencia mediática de Jaime Guzmán y sus seguidores del Movimiento Gremialista en la Universidad Católica. Testimoniaban la adhesión de la juventud, que era real en distintos estamentos, por la imagen paternal que proyectaba Alessandri.

Jaime ya descollaba por su inteligencia en los Padres Franceses de la Alameda, donde se unió con algunos compañeros en el Juramento de la Juventud Conservadora. Partido que perdería identidad en sucesivas alianzas. Él se alejó, como yo, después de la fusión con los liberales. En esa etapa me identificaba más con la personalidad y las ideas de mi amigo Jorge Prat Echaurren. Un valor ya mencionado antes, que perdió tempranamente el país y pudo haber jugado un rol importante en el desenlace de los mil días de la Unidad Popular. La mano del destino empujaba la crisis.

Las apariciones televisivas fueron adversas para Don Jorge. Instintivamente, no podía comunicarse con las cámaras, lo que se intentó atenuar colocando en las grabaciones a un amigo cercano al lado de las cámaras, para estimular una mirada de más confianza a los espectadores.

La última aparición grabada en Televisión Nacional me pareció desastrosa. Intuía que esto no iría bien, traté de ubicar a Don Jorge para comentarle algunas triquiñuelas del oficio y recomendarle una corbata celeste que, pensaba, podría iluminar mejor su apariencia.

Lo llamé a su casa y, como no lo encontré, fuimos con mi señora hasta la parcela de Malloco, donde tampoco estaba. En la tarde, casi de noche, lo encontré en su casa. Hablamos por teléfono. Después de escucharme, me dijo: "Ya está consumado, adelantaron la grabación para la mañana y no quedé contento". Sergio Diez y el comando la habían revisado y se aprobó.

Viendo la transmisión, me di cuenta de que fue un intento de deformación de carácter. En vez de hacer el encuadre inicial a distancia, para mantener la exposición en el marco americano -de cara, hombros y la parte superior del cuerpo-, habían enfocado largamente sus manos, que al acelerar los cuadros por segundo convierten un movimiento leve en un ostensible temblor, Haciendo lo mismo con sus labios. El impacto fue tan negativo, que pocos se atrevieron a comentarlo.

En una de las últimas concentraciones, en la Plaza Ñuñoa, que fue muy numerosa, me encontré con Jorge Monckeberg, dirigente y varias veces alcalde en esa comuna. Me comentó que veía mucha gente que conocía. Le respondí "eso confirma lo que me preocupa, en todas las últimas concentraciones sólo veo conocidos". Me replicó "es un mal síntoma”.

Yo me conformaba pensando que el electorado derechista, que es activo en la crítica y muy apasionado en sus derrotas, electoralmente tiene mal desempeño. Primero, porque no va a manifestaciones y, lo más grave, debido a que no resiste la tentación de ir a algún lugar los días de la elección, no vota.

Hacia el final de la campaña se notó el ingreso de la violencia criminal al campo público. En el sur, le lanzaron a Don Jorge un líquido corrosivo que le dejó una quemadura en la mejilla. Como desagravio, al llegar a Santiago, una enorme multitud llenó la Plaza de Armas y se instaló frente a su departamento.

Esa tarde se habían puesto parlantes y micrófonos en la ventana. Llegó Don Jorge y, después de descansar unos minutos, salió a agradecer. Sentí su energía jugada al máximo y también su decisión, cuando dijo: "Me constituyo en líder de una acción enérgica contra la corrupción y la violencia, que amenazan la paz de nuestra amada patria", palabras que enfervorizaron a los asistentes, que rugían ante su enojo y desprecio a las prácticas de sus adversarios.

Cuando salió del balcón, para retirarse al interior, le hice una venia. Se notaba cansado y molesto:

-Todo esto me enferma-, me comentó en voz baja, mientras nos despedíamos. Al salir por el cono pasillo, me fijé que ya estaba instalado un ojo de cristal en la puerta, que permitía ver en 180 grados a ambos costados del pasillo. Un obsequio mío a su tranquilidad, por- que a veces abría la puerta sin preguntar.

Miré a la Plaza de Armas, aún había manifestantes frente el balcón, algunos gritando con la esperanza que se asomara nuevamente.

Caminé por Miraflores. Hacía frío. Mientras regresaba a casa, llevaba la preocupación por la marcha final de la campaña. Son hechos que sobrepasan.

Durante las últimas semanas al cerrarse todas las candidaturas, se comentaba que la mayor concentración había sido la de Radomiro Tomic. Años después, comiendo en casa de Sergio Mujica, comentó que en la editorial Zig Zag los sindicatos eran comunistas y sus dirigentes, siempre disciplinados y criteriosos en sus demandas, solo esa vez pararon las máquinas para ir a la concentración de Radomiro Tomic en 1970. Mujica estaba convencido de que al menos el Partido Comunista inflaba la candidatura demócrata cristiana.

(*) Extracto del libro “La Guerra. Historia íntima del poder en los últimos 55 años de política chilena 1957- 2012”; Editorial Mare Nostrum; Santiago, 2012.

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