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Sábado, 24 de agosto de 2019
Crisis política

El Perú que se desvanece tras el suicidio de Alan García

Hugo Flores (desde Lima)

La muerte del ex presidente peruano, perseguido penalmente por corrupción en el caso Odebrecht, es una metáfora de la clase política que domina el Perú, la que confrontada entre sí, camina hacia la autodestrucción.

El día de ayer fue uno de los días más convulsionados en la historia política peruana reciente. El ex presidente de ese país, Alan García, se pegó un tiro en la cabeza luego de que la policía llegara a su domicilio en el barrio Miraflores de Lima para aplicar una orden de arresto de diez días por el caso Odebrecht.

Es probablemente el acontecimiento político más relevante de la última década en Perú, pues se trata de una figura controvertida, pero que ha dominado la escena política desde la década de los 80. 

García, quien falleció a los 69 años, fue presidente de la República en dos periodos (1985-1990 y 2006-2011) y el más importante líder vivo del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), una de las organizaciones políticas más antiguas de América Latina (fue fundada en 1924).

Si bien esta agrupación está de capa caída -con una escasa votación del 8,3% en conjunto con el Partido Popular Cristiano en la última elección parlamentaria de 2016- el APRA es uno de los pocos partidos políticos peruanos que tiene redes territoriales y vida partidaria.

Sobre esa base, García en su última aventura presidencial obtuvo solamente un 5,8% de los votos, lo que equivale a poco más de 800.000 sufragios. Un pobre resultado si se le compara con los casi 7 millones de votos (52,6%) que obtuvo en 2006 en segunda vuelta cuando derrotó a Ollanta Humala, o los casi 3,5 millones que logró en 1985 (53,1%), los cuales además lo convirtieron en presidente sin necesidad de un balotaje, a los 36 años de edad.

A García, más difícil que ganar elecciones, le fue gobernar. Luego de un primer gobierno desastroso -en que campeó la hiperinflación y la violencia- y de un segundo gobierno correcto en lo económico, pero con un fuerte déficit político, García se convirtió en los meses anteriores a su suicidio en el político que mayor rechazo generaba entre los peruanos, según varios estudios de opinión.

Parte de su impopularidad la debía a estar investigado, junto a varios de sus ex ministros, por recibir aportes a su campaña electoral y sobornos por parte de la constructora brasileña Odebrecht, la misma que ha dejado un reguero de corrupción a lo largo de toda América Latina, y que ha hecho caer a otros ex mandatarios, como Lula da Silva de Brasil, quien hoy cumple condena en una cárcel de Curitiba.

Correr la misma suerte de Lula, no fue una opción para García.

Un nuevo escenario

Pero ¿cuáles son las consecuencias políticas de este suceso para Perú?

Por una parte, el suicidio tensionará a los fiscales que siguen el caso Odebrecht y probablemente reducirá la presión sobre los investigados. La trágica decisión de García supone un respiro en el caso, al menos mientras dure el duelo y el funeral.

Su suicidio supone un símbolo de la autodestructiva clase política a la que representa, la cual ha configurado un escenario en que los políticos tienen solo dos cosas en común: la necesidad de fagocitarse mutuamente y estar involucrados en casos de corrupción. Casi todos los ex presidentes vivos peruanos estaban involucrados en el caso Odebrecht, salvo Alberto Fujimori (quien en todo caso tiene crímenes peores), pero no así su hija Keiko, una eterna candidata al sillón principal de Casa Pizarro, quien también habría cobrado en la caja de la empresa brasileña.

Si los efectos simbólicos no son tan fuertes, ni el funeral logra calar en los sentimientos de los peruanos, los analistas peruanos prevén un efecto sobre el poder político tenue, ya que la influencia de García no es la misma de años atrás.

¿Qué sacarán los políticos a partir de ese símbolo? Estará por verse.

Sin embargo, esta situación sí ha agitado el avispero en el Palacio de Gobierno, ya que varios grupos políticos han responsabilizado al presidente Martín Vizcarra de la situación. “Esto podría generar una mayor confrontación política. El presidente Vizcarra debe tener mucho cuidado con los gestos y pasos que de“, dice Mabel Huertas, miembro  del grupo de análisis político 50+1.

De acuerdo con Percy Medina, jefe en Perú de IDEA Internacional, el hecho tiene un fuerte impacto en la escena local, ya que el ex mandatario era muy representativo de un tipo de político del siglo 20. “Aunque estaba muy desprestigiado, y con cada vez menor poder de convocatoria, seguía siendo un referente, por lo menos en el mundo aprista“, dice.

Según Medina, el efecto más inmediato del suicidio de García será sobre la correlación de fuerzas del partido aprista. “En los últimos congresos, el peso de García fue decisivo para la designación de dirigentes. Sin él, las fuerzas se liberan y dependen de su propio peso y no del impulso del ex mandatario“, dice.

De todos modos, solo con cinco parlamentarios en el Congreso peruano, que además no podrán reelegirse, el futuro del APRA es bastante incierto. “Es imposible saber si volverá a ser un actor relevante. En una política tan personalizada como la peruana, dependerá de las caras que estén al frente“, dice Medina.

“El APRA va a necesitar nuevos liderazgos, pero no estoy segura si estos van a recaer sobre los actuales líderes del partido, ya que ellos tienen varios pasivos, pues muchos están siendo investigados también por el caso Odebrecht. Van a necesitar a una nueva camada de jóvenes“, afirma por su parte Huertas.

El suicidio como gesto político

Tras el suicidio de Alan García, algunos comentaristas -más en Chile que en Perú- compararon el gesto con el del presidente chileno Salvador Allende, quien supuestamente se quitó la vida el día del golpe de Estado que lo derrocó en septiembre de 1973.

Los que aprecian al ex presidente peruano, veían un símil de grandeza en la adversidad, y al suicidio como un testamento. Para los que, en cambio, no querían a García, la comparación les parece fuera de lugar, pues el momento aciago de este no correspondía al peso de la historia sobre sus hombros, como en el caso del ex presidente chileno, sino al de sus actos presuntamente corruptos.

Más allá de cómo se connote políticamente el gesto, quienes conocían a García afirman que el ex presidente tenía un fuerte sentido de la historia y que le era muy importante el lugar que él ocuparía. 

Y ese lugar no era la cárcel.

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