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Viernes, 14 de agosto de 2020
Geopolítica

El príncipe saudí que agita la política mundial

Pedro P. Ramírez Hernández

Mohammed bin Salmán, el hombre fuerte de Arabia Saudita, podría estar detrás del asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Los gobiernos de Occidente están indignados, pero hasta ahora han ignorado su guerra en Yemen o la dura represión interna. ¿La razón? El negocio que supone la futura privatización de la petrolera estatal de ese país.

El periodista de Arabia Saudita y crítico del régimen de ese país, Jamal Khashoggi, llegó hasta el consulado saudí en Estambul el pasado martes 2 de octubre. De allí no salió con vida. Al menos no según lo que muestran las cámaras que filtró a la prensa el gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan.

La imagen que sí se difundió, luego de que el gobierno de Riad negara cualquier vínculo con la desaparición de Khashoggi, fue la de Mustafa al Madani saliendo por la puerta trasera del consulado usando la misma camisa y el mismo reloj que tenía Khashoggi al entrar en ese recinto diplomático. Al Madani es un oficial de inteligencia de Arabia Saudita que trabaja bajo el mando de Maher Abdulaziz Mutreb. Este último, a su vez, es el líder de la guardia de seguridad del actual heredero al trono saudí, el príncipe Mohammed bin Salmán.

El heredero al trono saudita Bin Salmán, conocido por sus iniciales MBS, ha sido sindicado como el posible autor intelectual de un asesinato que ha sacudido los cimientos de la relación de Occidente con Arabia Saudita.

En mayo de 2017, Trump firmó con Arabia Saudita una venta de armamentos por un valor de US$110.000 millones.

El escándalo mundial por la muerte del periodista ha puesto en apuros a Washington, un aliado tradicional e histórico de esa monarquía. Más aún al presidente Donald Trump, quien de manera pública y privada ha realizado suculentos negocios con Riad. En mayo de 2017, por ejemplo, el líder norteamericano firmó con ese país el mayor contrato de venta de armamento en la historia estadounidense, por un valor de US$110.000 millones. También se sabe que, durante muchos años, el imperio inmobiliario de Trump ha realizado negocios con ese país.

Muchos países europeos, en tanto, también han cerrado contratos armamentísticos con esa nación. Sin embargo, ese continente ahora se siente más incómodo de hacer negocios con un reino que, gracias a su abundancia de petróleo, puede influenciar la economía global e incluso tener la llave para llevar al mundo a una crisis económica. Y es que el tema de las graves violaciones de derechos humanos en Arabia Saudita, resucitadas con este asesinato político, resuena más en Europa que en Estados Unidos.

Reformista y represor

El príncipe Mohammed bin Salmán (MBS), de 33 años, ocupa oficialmente el cargo de ministro de Defensa de ese reino del Medio Oriente, pero se ha vuelto en los últimos años el gobernante de facto de una dinastía familiar que encabeza su padre Salmán bin Adbul Aziz al Saud, y que ha gobernado ese país rico en petróleo desde mediados del siglo 18. De hecho, el nombre mismo de ese país proviene de la familia real, la casa de los Saud.

Khashoggi no era un hombre cualquiera. Era un sobrino del multimillonario traficante de armas Adnan Khashoggi y primo en segundo grado de Dodi Al Fayed, la última pareja de Lady Diana.

Usando el argumento de que estaba realizando una campaña en  contra de la corrupción, el año pasado MBS inició una purga interna ese país que terminó con 11 príncipes, cuatro ministros, docenas de ex ministros y varios acaudalados empresarios detrás de las rejas. Entre los detenidos figuraban Miteb bin Abdullah, hijo del fallecido rey Abdalá bin Abdulaziz, considerado un posible contendiente al trono, y Alwaleed bin Talal, un multimillonario con inversiones en Apple y Twitter.

Pero muchos observadores vieron en esta movida una operación política de MBS para afianzar su poder dentro del régimen.

Además, desde que asumió mayores poderes el año pasado, Arabia Saudita ha ejecutado legalmente a más de 130 según cifras de la organización de derechos humanos Repieve. Si bien ese país ha sido hace años uno de los más fervientes partidarios de la pena capital, junto a Estados Unidos y China, el ritmo de las ejecuciones ha aumentado desde la llegada de MBS. Amnistía Internacional ha condenado muchas veces a Arabia Saudita por ello, asegurando, además, que Riad usa ese castigo para reprimir las críticas de la minoría chiíta de ese país.

Fue justo en medio de esta operación de limpieza política de 2017, que Khashoggi decidió abandonar su país para afincarse en Washington. Pero el periodista, de 59 años, no era un hombre cualquiera. Tenía amplias redes de contactos en Arabia Saudita e incluso fue asesor del anterior jefe de inteligencia de ese país. Según reportes de prensa, hace sólo unos meses el propio MBS le había ofrecido ser su asesor, a cambio, presumiblemente, que dejara de criticar al régimen.

Khashoggi era, además, un sobrino del multimillonario traficante de armas Adnan Khashoggi y primo en segundo grado de Dodi Al Fayed, la pareja de Lady Diana, ambos fallecidos en un accidente de tránsito en París en agosto de 1997.

Escandalizados…

Hasta los hechos sucedidos en Estambul a inicios de este mes, Bin Salmán era considerado un reformista que agradaba a los gobiernos de Occidente. Más allá de levantar la prohibición para que las mujeres pudieran conducir automóviles, sus planes económicos agradaban a este lado del mundo.

Menos quiosquillos, los ministros y empresarios invitados de Rusia, China y Corea del Sur confirmaron su asistencia al "Foro Davos del Desierto" convocado por bin Salmán.

Tal vez por eso Europa y Estados Unidos hicieron la vista gorda ante un príncipe que, en los hechos, ha demostrado ser un halcón de mano dura. La guerra que Arabia Saudita lleva adelante en Yemen, el secuestro temporal del Primer Ministro del Líbano cuando estuvo de visita en Riad, el bloqueo en contra de Catar o los arrestos masivos de disidentes internos: nada de ello conmovió tanto a Occidente como el asesinato de Khashoggi.

La canciller alemana Angela Merkel anunció este domingo la suspensión de la venta de armas a Arabia Saudita mientras no se aclare el caso. El Reino Unido y Francia, en tanto, condenaron el episodio en un comunicado público.

Mientras tanto, MBS trata de controlar los daños. El ministro de relaciones exteriores de Arabia Saudita, Adel al Jubeir, explicó en una reciente  entrevista a la cadena Fox, editorialmente alineada con Trump, que el príncipe nunca estuvo informado del “asesinato”. El escuadrón responsable de ello, aseguró, actuó por cuenta propia. En la misma entrevista admitió, sin embargo, que Khashoggi fue asesinado y que fue un “tremendo error”.

.. pero tal vez ni tanto

Justo para la próxima semana bin Salmán había convocado a Riad a lideres mundiales de las finanzas a un foro económico internacional tildado como “el Davos del desierto”. Sin embargo, el caso Khashoggi probablemente haga fracasar, de momento, la llamada “Iniciativa de Inversiones Futuras” de Arabia Saudita.

El príncipe se guarda un as bajo la manga, que bien podría aplacar a Occidente en las próximas semanas. Se trata de su intención de privatizar de manera parcial la petrolera estatal Aramco.

La directora del Fondo Monetario Internacional, la francesa Christine Lagarde, ya anunció que no asistiría. Lo mismo hicieron los jefes de grandes bancos como HSBC, Standard Chartered, Credit Suisse y JP Morgan. Los ministros de Finanzas de Francia, Gran Bretaña y Estado Unidos también cancelaron a último minuto. Lo mismo que altos ejecutivos de Ford, Google y Siemens.

Menos quiosquillos, los ministros y empresarios invitados de Rusia, China y Corea del Sur confirmaron su asistencia al "Foro Davos del Desierto" convocado por bin Salmán.

Pero el príncipe se guarda un gran as bajo la manga, que bien podría aplacar a Occidente en las próximas semanas. Se trata de su intención de privatizar de manera parcial la petrolera estatal Aramco, que es la más rentable del mundo. En el primer semestre de 2017, por ejemplo, obtuvo ganancias netas por US$ 34.000 millones. Bin Salmán ha prometido vender a privados un 5% de la propiedad de esa empresa, con el fin de crear uno de los mayores fondos públicos de inversiones del mundo.

La salida a bolsa se realizará probablemente a fines de este año o inicios del próximo. Y, según distintos cálculos, el mercado podría avaluar la empresa en hasta US$ 2 billones (dos millones de millones) .

“Invertiremos la mitad de este dinero en empoderar a Arabia Saudita, y el otro 50 por ciento en el extranjero para asegurarnos de que somos parte de los sectores emergentes en todo el mundo”, afirmó el príncipe en una entrevista.

Y eso hace salivar a los inversionistas de Londres, Nueva York, París o Berlín.

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