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Sábado, 14 de Marzo de 2026
Capítulo

Extracto de 'Arte Secuestrado' de Catharine Titi y Katia Fach Gómez

Catharine Titi
Katia Fach Gómez

“Detrás de muchas de las obras que admiramos cuando visitamos el Louvre, el Museo Británico o el Met de Nueva York se oculta un pasado incómodo. Son piezas que desaparecieron de su lugar de origen, arrancadas de templos, tumbas o palacios, y que hoy se siguen reclamando”.

La controvertida entrega del busto de Nefertiti

A principios del siglo xx la Sociedad Alemana de Estudios Orientales, dirigida por el arqueólogo Ludwig Borchardt, recibió una licencia de excavación en Egipto. James Simon, comerciante, coleccionista de arte y filántropo judío, cuyo legado sería posteriormente silenciado por los nazis, financió sus operaciones. El equipo de Borchardt comenzó a excavar en Tell el-Amarna en el invierno de 1911-1912. La región de Tell el-Amarna fue el emplazamiento de Ajetatón, la efímera capital establecida por el esposo de Nefertiti, el faraón Akenatón. Esta ciudad se ubicaba en la ribera oriental del río Nilo y fue abandonada poco después de la muerte de este faraón, aproximadamente en el 1332 a. C.

El equipo de Borchardt centró sus esfuerzos en la ciudad, donde descubrieron varias casas y villas. Un año más tarde, en la segunda fase de las excavaciones, también hallaron un taller de escultura. Como veremos más adelante, este se atribuiría posteriormente a Tuthmose, un maestro escultor de la corte de Amarna. El 6 de diciembre de 1912 se descubrió en este taller el busto de Nefertiti, posicionado boca abajo pero casi intacto. El mérito oficial de este descubrimiento recayó completamente en el alemán Borchardt, aunque en realidad fue Muhamad Ahmad al-Sanusi, un egipcio que formaba parte del equipo de excavación, quien encontró el busto.

El 20 de enero de 1913 se procedió a realizar el reparto de los hallazgos de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales en su excavación. En este proceso representó al Servicio de Antigüedades Gustave Lefebvre, un funcionario de origen francés, epigrafista y papirólogo, quien se cree que estaba especialmente interesado por las inscripciones.

En este caso los arqueólogos europeos hicieron una primera propuesta de división por lotes y presentaron dos listados de piezas. En uno de ellos incluyeron el busto de Nefertiti, al que describieron como «busto de yeso pintado de una princesa». Esta descripción era inexacta en más de un sentido: la «princesa» era una reina y el busto era de piedra caliza y yeso. Encabezaba el otro listado el retablo conocido como Estela de Akenatón y su familia, que contenía una representación de Akenatón y Nefertiti. Borchardt sabía que Maspero, a quien Lefebvre representaba y que posteriormente tenía que aprobar el reparto, era un apasionado de las imágenes de esta pareja real. Este segundo listado se completó con varias inscripciones del gusto de Lefebvre.

Una vez que se presentaron los dos listados, el Servicio de Antigüedades se dispuso a ejercitar su derecho a elegir entre ellos. Lefebvre revisó las fotografías de los hallazgos y tuvo acceso a los registros de la excavación. Los descubrimientos se habían colocado en cajas abiertas en una habitación poco iluminada. Parece que Lefebvre hizo una inspección superficial y no consideró necesario examinarlos mejor. Su decisión estaba ya tomada.

Bruno Güterbock, secretario de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales, fue testigo de esta división. Según él, durante el reparto el busto de Nefertiti ya estaba embalado y colocado dentro de una caja en este almacén poco iluminado. Las fotografías que Borchardt enseñó a Lefebvre de la pieza presentaban a Nefertiti desde un ángulo que ocultaba «toda la belleza del busto», pero que al mismo tiempo servían para «refutar las habladurías posteriores de terceros de que se había mantenido algo en secreto».

Según el relato de Rudolf Anthes, otro de los colegas alemanes de Borchardt, a Lefebvre se le engañó «para que eligiera el lote equivocado». Borchardt «podía ser un zorro, después de todo, cuando era necesario». Más tarde él mismo comentó: «La división fue […] extremadamente difícil. Todavía no sé cómo me las arreglé para dirigir la división de esta manera […]. Los hombres de El Cairo eran demasiado perezosos para mirar en la caja».

Investigadores en la materia coinciden con esta interpretación de cómo se hizo el reparto. Según el jurista alemán Kurt G. Siehr, «parece muy probable que Borchardt, deseoso de conservar el busto de Nefertiti para Alemania, o bien no revelara del todo el hallazgo a la autoridad egipcia de antigüedades […] o bien ocultó el busto diligentemente bajo algunas antigüedades sin importancia, o bien Gustave Lefebvre, como epigrafista y papirólogo, no reconoció la importancia del busto de Nefertiti».

Es cierto que Borchardt no describió con precisión la efigie de Nefertiti en el informe de la división de hallazgos. Como hemos visto, se refirió simplemente a un busto de yeso de una princesa pintada, aunque en su diario de excavación sí que habló del busto de la «reina» y de una obra de arte de belleza indescriptible. Esto refuerza la idea de que minimizó la importancia de su hallazgo o que incluso hubo un intento de generar un engaño, argumento que utilizaron los políticos egipcios durante las negociaciones de 1946 para solicitar la restitución de la pieza. Según un artículo publicado en el diario alemán Der Spiegel en 2009, Güterbock había escrito en 1924 que Borchardt «quería que nos quedásemos el busto», y para ello presentó una fotografía que no mostraba a Nefertiti en su mejor luz.

En definitiva, parece que el Servicio de Antigüedades de Egipto desconocía las características reales de este busto hasta que Nefertiti se expuso en Berlín unos años más tarde. En palabras de Siehr, Egipto «nunca aceptó, a sabiendas, que esta pieza formase parte legítima de la mitad alemana de los hallazgos de Tell el-Amarna».

La reina Nefertiti llega a Alemania

El busto de Nefertiti —conocida como Nofretete en alemán— llegó al país germánico en febrero de 1913 y permaneció varios meses en el domicilio berlinés del mecenas de la excavación, Simon. Allí lo admiraron visitantes tan ilustres como el emperador alemán Guillermo II. Unos meses más tarde Simon prestó la escultura original, procedente de Egipto, a la Colección Real de Arte de Prusia, y conservó una copia de la pieza en su casa.

En marzo de 1913 también llegaron a Berlín los otros hallazgos del yacimiento de Tell el-Amarna, incluida la parte egipcia del reparto, ya que Maspero los había prestado generosamente para una exposición que se inauguró el 5 de noviembre de 1913 en el Museo Nuevo de esta ciudad. Un dato muy llamativo es que, aunque la exhibición permaneció abierta hasta principios de 1914 —tuvo tanto éxito que hubo que prolongarla—, el busto de Nefertiti no formó parte de ella. La imagen de la reina se presentó brevemente al principio de la muestra, pero casi de inmediato se retiró por petición del mismo Borchardt.

Según Güterbock, el arqueólogo no quiso exhibir el busto por miedo a que los oficiales del Servicio de Antigüedades de Egipto se dieran cuenta de lo que habían dejado salir del país y que, enojados, decidiesen revocar la licencia de excavación de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales en Egipto. La historia muestra que estos temores resultaron ser fundados: una vez que la obra se expuso en Berlín, sucedieron precisamente esas dos cosas: Egipto pidió la devolución del busto y, como veremos, la Sociedad Alemana de Estudios Orientales perdió su licencia de excavación.

Por aquellas fechas Borchardt elaboró un artículo científico en el que hacía referencia a varios hallazgos arqueológicos egipcios. Publicó el trabajo en una revista con la que el arqueólogo tenía una estrecha relación: la de la Sociedad Alemana de Estudios Orientales. En el texto Borchardt incluía una foto parcial del busto de Nefertiti, pero sin hacer hincapié en las extraordinarias características de la pieza, con lo cual sus lectores no prestaron especial atención al busto. Esa era justamente la intención del arqueólogo, quien confirmó que se eligió este enfoque de la imagen «para que sea imposible darse cuenta de toda la belleza del busto». Al mismo tiempo, esa publicación serviría para «refutar cualquier acusación de secretismo más adelante, si fuera necesario».

Mientras tanto, en 1920, el filántropo Simon donó la efigie de Nefertiti al Museo Egipcio de Berlín. El descubrimiento en 1922 de la tumba de Tutankamón, el niño rey, por parte de un equipo de excavación británico dirigido por Howard Carter avivó el interés de los occidentales por la egiptología. Este acontecimiento pudo, a su vez, haber precipitado la exposición del busto de la reina egipcia en 1924. La Primera Guerra Mundial estaba aún muy reciente y el antagonismo entre Gran Bretaña y Alemania continuaba. Según el académico Sebastian Conrad, la presencia de Nefertiti en Berlín podía convertirse en «una prueba del estatus de Kulturnation de Alemania en un momento de marginación geopolítica».

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