Dos días después del 8 de marzo conviene mirar con algo de distancia una realidad incómoda: el fútbol femenino chileno llega a 2026 atrapado en una paradoja. Mientras el discurso oficial habla de crecimiento, profesionalización y mayor visibilidad, la realidad cotidiana de la mayoría de las jugadoras sigue marcada por precariedad, improvisación y desigualdad estructural.
No es un problema sencillo. La mañana del propio 8 de marzo conversaba con mi señora sobre qué se puede hacer en actividades —como el fútbol— donde diferencias físicas evidentes influyen inevitablemente en el espectáculo y, por tanto, en el interés del público. Si una actividad genera menos audiencia, también genera menos ingresos por auspiciadores, televisión o venta de entradas. No siempre es tan simple como exigir igualdad: a veces se trata de enfrentar muros bastante gruesos. Terminamos hablando de políticas de discriminación positiva y de la nebulosa del affirmative action, en un escenario donde intervenir artificialmente el mercado parece, al menos, discutible.
La temporada 2026 de la Liga Femenina comenzará el 14 y 15 de marzo. Habrá un torneo de 26 fechas con 13 equipos antes de los playoffs que definirán al campeón. En el papel, el campeonato parece consolidado: hay calendario, bases reglamentarias y algunos ajustes organizativos —como la incorporación formal del VAR para la final— que buscan transmitir mayor profesionalismo.
Pero el problema del fútbol femenino chileno nunca ha sido el calendario. Es el modelo.
Desde 2022 los clubes están obligados a tener planteles femeninos profesionales, lo que fue celebrado como un hito. Sin embargo, en la práctica el sistema se convirtió en una profesionalización parcial: muchas jugadoras siguen con contratos a muy corto plazo, salarios bajos o condiciones que apenas cumplen el mínimo legal.
Las propias futbolistas han señalado reiteradamente cuáles son sus prioridades: contratos estables, infraestructura adecuada y atención médica profesional. Es decir, condiciones básicas en cualquier liga que aspire a ser competitiva. Mínimos elementales para corregir desigualdades demasiado evidentes.
En Chile todavía hay planteles que entrenan en horarios marginales, comparten infraestructura con divisiones formativas masculinas o dependen del compromiso personal de entrenadores y dirigentes. Los clubes grandes dominan; el resto sobrevive.
Y, sin embargo, el interés de las mujeres por jugar fútbol crece cada año. Desde esa perspectiva, el abandono institucional resulta aún más injustificado. No estamos discutiendo complejas reformas estructurales, sino decisiones bastante evidentes que simplemente no se han querido tomar.
La estructura competitiva también revela otra desigualdad. El fútbol femenino chileno se sostiene esencialmente sobre un puñado de clubes. El caso más evidente es Colo Colo, que volvió a ganar el campeonato en 2025 y mantiene una hegemonía histórica. Universidad de Chile y Santiago Morning han sido los otros protagonistas habituales.
Fuera de ese pequeño grupo, muchos clubes apenas logran mantener la rama femenina. Cuando un equipo enfrenta problemas económicos o deportivos, la sección femenina suele ser la primera en reducirse o desaparecer. Universidad Católica, por ejemplo, recién comienza a enfrentar la deuda histórica que mantiene en este ámbito.
El resultado es una liga con competitividad irregular, donde el desarrollo depende demasiado de proyectos aislados y donde el problema de fondo es la ausencia de un verdadero proyecto país.
El fútbol femenino chileno no carece de talento. Tampoco de interés. La selección ha tenido momentos competitivos en Sudamérica y varias jugadoras han emigrado a ligas extranjeras. Incluso en un momento en que la selección masculina atraviesa una de sus crisis más profundas, el potencial del fútbol femenino sigue siendo evidente.
Lo que falta es algo más básico: un proyecto estructural que conecte formación, competencia profesional y desarrollo comercial. Otros países del continente han avanzado con mayor decisión. Brasil, Argentina y Colombia han invertido más en sus ligas profesionales, en la televisación y en la formación juvenil. Chile, en cambio, parece moverse entre impulsos puntuales y decisiones administrativas que no modifican la base del sistema.
Incluso las recientes modificaciones reglamentarias —ajustes en fichajes o en las bases del torneo— son cambios marginales frente a los desafíos reales.
Hoy el fútbol femenino tiene más cobertura mediática que hace una década. Hay finales televisadas, clásicos que convocan público y una narrativa institucional que insiste en el progreso. Pero sin inversión sostenida, sin infraestructura y sin condiciones laborales dignas para las jugadoras, esa visibilidad corre el riesgo de convertirse en una fachada.
El fútbol femenino chileno está creciendo, sí. Pero lo hace más por la convicción de sus protagonistas que por la fortaleza de su estructura. Y esa es una diferencia que, tarde o temprano, el propio fútbol termina cobrando.








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