Estamos donde tú estás. Síguenos en:

Facebook Youtube Twitter Spotify Instagram

Acceso suscriptores

Jueves, 15 de abril de 2021
A 30 años de su asesinato (Parte X)

Guzmán ingresa al Senado tras derrotar por el binominal a Ricardo Lagos Escobar

Manuel Salazar Salvo

Jaime Guzmán en campaña

Jaime Guzmán en campaña
Jaime Guzmán en campaña

El desempeño del líder gremialista en la Circunscripción Poniente de Santiago en las elecciones de diciembre de 1989 sorprendió a todo el país y conmocionó a los partidarios del candidato socialista.

La muerte de Guzmán provocó el efecto exactamente opuesto al perseguido por los instigadores del crimen. Todos los sectores políticos, excepto aquellos que desde la ultraderecha habían sido los más enconados enemigos del líder de la UDI, comprendieron que la democracia recién reconquistada después de diecisiete años de dictadura militar, vivía al iniciarse el mes de abril de 1991 su más dura prueba.

El senador asesinado se había transformado durante 1990 en una de las figuras sobresalientes del Poder Legislativo, sobre todo después de haber protagonizado la mayor sorpresa en las elecciones del 14 de diciembre de 1989, cuando desplazó del Parlamento al líder del socialismo chileno, el abogado y economista, Ricardo Lagos Escobar.

Aquel día en que el dedo índice de Lagos apuntó a una cámara de televisión para dirigirse al general Pinochet, provocando una explosiva rabieta en el general, Guzmán tuvo la certeza de que más temprano que tarde tendría que medirse con ese intrépido y astuto dirigente al que ya muy pocos se atrevían a enfrentar.

Guzmán había percibido nítidamente desde fines de 1987 la importancia que iba adquiriendo Lagos en la política nacional. Decidió en esa época empezar a reunir información sobre el enérgico fundador del Partido Por la Democracia. Así, acumuló entrevistas, reportajes, columnas, documentos y casi todo lo que se publicaba sobre los dichos y hechos del hábil dirigente que irrumpía con fuerza inusitada en el espectro político local.

Aquel día en que el dedo índice de Lagos apuntó a una cámara de televisión para dirigirse al general Pinochet, provocando una explosiva rabieta en el general, Guzmán tuvo la certeza de que más temprano que tarde tendría que medirse con ese intrépido y astuto dirigente al que ya muy pocos se atrevían a enfrentar.

A mediados de 1989, cuando todos los estrategas de la ingeniería electoral afinaban sus cálculos para los comicios parlamentarios de diciembre, en la UDI no había ningún interesado en ser candidato por la Séptima Circunscripción Senatorial, correspondiente a la zona poniente de Santiago.

Era requisito indispensable ser muy osado para competir con Lagos y además con Andrés Zaldívar, el experimentado presidente del Partido Demócrata Cristiano, fogueado en cien batallas políticas. Todos los expertos estaban convencidos de que Lagos y Zaldívar arrasarían en las urnas. La única duda era cuál de los dos obtendría el primer lugar.

Resultaría muy atractivo, además, polemizar con dos de los mejores esgrimistas verbales con que contaba la Concertación de Partidos por la Democracia, sobre todo cuando Lagos se estaba transformando en un fenómeno político que amenazaba incluso con ensombrecer al candidato presidencial Patricio Aylwin, y que aparecía como el nombre más seguro para presidir el futuro Senado de la República.

En la VII Circunscripción vivían dos millones quinientos setenta mil habitantes y debían sufragar poco más de un millón quinientos setenta y nueve mil personas, distribuidas en las comunas de Colina, Lampa, Til Til, Quilicura, Pudahuel, Conchalí, Renca, Huechuraba, Cerro Navia, Quinta Normal, Lo Prado, Recoleta, Independencia, Estación Central, Cerrillos, Maipú, Santiago, San Bernardo, Buin, Paine, Calera de Tango, Talagante, Peña flor, El Monte, Isla de Maipo, Melipilla, María Pinto, Curacaví, Alhué y San Pedro.

Jaime Guzmán se resistía a ser el candidato, pero sabía que el gremialismo no podía ausentarse de esos populosos sectores.

Allí, en algunas de las más miserables poblaciones de la capital chilena, había muchos hombres y mujeres -sobre todo mujeres- que habían sido fieles electores del ex-presidente Jorge Alessandri, que apoyaban la obra del gobierno militar y que requerían de un líder distinto de los políticos tradicionales de la derecha.

Resultaría muy atractivo, además, polemizar con dos de los mejores esgrimistas verbales con que contaba la Concertación de Partidos por la Democracia, sobre todo cuando Lagos se estaba transformando en un fenómeno político que amenazaba incluso con ensombrecer al candidato presidencial Patricio Aylwin, y que aparecía como el nombre más seguro para presidir el futuro Senado de la República.

En agosto de 1989, pocos días antes de que venciera el plazo para inscribir las candidaturas al Senado, Guzmán tenía ya muy claro que él sería el elegido por la UDl para la tarea más dura: competir sin ninguna esperanza de triunfo, convencido absolutamente de que iba a perder. Sólo cuatro días antes de que se cerrara el registro de postulantes al Senado, asumió formalmente el desafío. En la zona electoral más difícil y complicada para cualquier candidato de la derecha, él estaba dispuesto a poner la cara para defender, una vez más, los que eran sus principios y valores.

Aquella noche en su departamento, reunido con varios de sus amigos más cercanos, les dijo:

-Si pierdo, voy a convencer a mucha gente de que se puede ser candidato sin pensar sólo en la posibilidad de ganar o perder. Hagamos realidad una aventura imposible. A veces a uno le toca ocupar estos roles que nadie más quiere asumir.

-Todos han exigido ciertas garantías de triunfo y aquí no hay. Es virtualmente imposible, pero vamos a hacer una campaña con todo el entusiasmo, con toda la voluntad, para tratar de ganar, pero tengamos presente que es casi imposible.

En los días siguientes llamó a Juan Eduardo Ibáñez, uno de sus mejores amigos, ex compañero en la universidad, que ya le había prestado una valiosa colaboración durante la Unidad Popular, cuando lo asesoraba en la preparación de las carpetas que llevaba al programa de televisión A esta hora se improvisa, que conducía el actor y publicista Jaime Celedón.

Una de las primeras tareas fue recaudar dinero para financiar los numerosos gastos: pagar sueldos, arrendar casas, filmar spots, grabar consignas, diseñar avisos para los diarios y revistas, producir afiches, lienzos, volantes, fotografías... 

Ibáñez aceptó ser el jefe de su campaña, labor que inició de inmediato, coordinada estrechamente con los candidatos a diputados que la UDI levantó en siete de los ocho distritos ubicados en la circunscripción senatorial de Santiago Poniente.

Una de las primeras tareas fue recaudar dinero para financiar los numerosos gastos: pagar sueldos, arrendar casas, filmar spots, grabar consignas, diseñar avisos para los diarios y revistas, producir afiches, lienzos, volantes, fotografías... En fin, los mil detalles del trabajo para convencer a cientos de miles de personas.

Al frente de las faenas operativas se puso a Miquel Urquiza; Gonzalo Molina y Hugo Bello se hicieron cargo de la producción y distribución de la propaganda; otros se abocaron a la parte creativa y ocho jóvenes, casi todos bordeando los treinta años, miembros de una generación de egresados de Derecho de la Universidad Católica, fueron seleccionados para asumir como jefes en cada uno de los ocho distritos de la circunscripción senatorial. Entre ellos estaban Franz Kesler, Gonzalo Cornejo, Julio Feres, Manuel Rivera, Pablo Cisternas y Patricio Dussaillant.

A mediados de septiembre, Guzmán habló con Patricio Dussaillant, un joven recién egresado dé Derecho, que no había sido alumno suyo, pero al que le tenía un especial afecto desde mediados de los años 80, cuando lo había conocido:

-Patricio, quiero que trabajes en mi campaña...

-Jaime no quiero, pero si lo hago prefiero hacerla en Talagante. Juan Antonio me está llamando para que sea su jefe de campaña. Y tú sabes que allá vive mi suegro, y me resulta más fácil trasladar a mi esposa allá y vivir en el distrito mientras dure la campaña

-Mira Patricio, yo estoy trabajando con un supervisor mío en cada uno de los distritos. Voy a usar los mismos equipos de los candidatos a diputados, así que no será mucho trabajo. Tienes que aceptar, no me puedes decir que no.

-Bueno, acepto, pero con la condición de que sea en Talagante. Yo superviso tu campaña y además así ayudo a Juan Antonio. Me es mucho más cómodo.

-Ya, quedamos en eso. No hay problema. La parte plata véela con Juan Eduardo el próximo lunes.

Dussaillant llegó a conversar el día previsto con Ibáñez en la sede central del comando.

Después de las presentaciones, entraron de inmediato en materia.

-Tienes que empezar a funcionar ahora mismo. ¿Cuánto ganas en tu trabajo? Te vamos a mantener el sueldo. Tu distrito es Maipú, Cerrillos, Estación Central y...

-¿Qué? ¿Como? Debe haber un error... Jaime me dijo Talagante.

-No. No hay error. Jaime me llamó y me dijo que era éste, que no transara contigo, que tenías que trabajar en este distrito.

-Pero, me están... No, no... Talagante, si no, no.

-Patricio, te insisto, Jaime habló conmigo y me dijo que era éste, donde no hay candidato a diputado, y que tú eras fundamental para lo que hay que hacer...

-Pero...

-Vamos, hombre, acepta, hazlo por Jaime. Todos estamos en esto...

-Bueno…, ya.

Juan Eduardo lbáñez presidía una reunión conjunta una vez a la semana. El resto de los días los ocupaba en recorrer solo cada uno de los distritos. Trabajador incansable, metódico, sistemático, se transformó en el gran motor de la campaña.

Al promediar noviembre se efectuó el lanzamiento de un vasto mailing, cuidadosamente estudiado. A los pocos días, Ibáñez se convenció de que la distribución no se estaba cumpliendo como lo habían esperado.

En las horas siguientes, en los conventillos cercanos al Club Hípico, en la población Juan Antonio Ríos, al final de Recoleta o en las poblaciones de Pudahuel, los jefes de distrito empezaron a golpear puerta tras puerta, casa por casa, preguntando si habían recibido una carta con un mensaje de Jaime Guzmán.

Convocó un sábado muy temprano a todos los jefes de las campañas distritales.

-El mailing no está llegando. Hay que ir a verificar casa por casa. Quiero que ustedes lo hagan personalmente, que dejen cualquier otra cosa prevista y que nos juntemos aquí esta misma noche para ver qué está pasando.

lbáñez extrajo de una carpeta varias fotocopias de los mapas de la guía de teléfonos, cuidadosamente marcados, y los entregó a cada uno de los presentes.

En las horas siguientes, en los conventillos cercanos al Club Hípico, en la población Juan Antonio Ríos, al final de Recoleta o en las poblaciones de Pudahuel, los jefes de distrito empezaron a golpear puerta tras puerta, casa por casa, preguntando si habían recibido una carta con un mensaje de Jaime Guzmán.

Los insultos y portazos no los amilanaban. Tenían que saber si el mailing había llegado a su destino. No importaba si los pobladores lo habían destrozado en mil pedazos, quemado o botado a la basura. Lo urgente era saber si había llegado. 

En la noche, agotados, con las piernas hinchadas y los pies latiendo, tras haber recorrido un promedio de doscientas casas cada uno, los ocho hombres dieron cuenta de su gestión a Ibáñez, que de inmediato hizo las correcciones necesarias.

Mapas y planos, marcados y coloreados, se acumulaban en la sede central del comando de Jaime Guzmán, ubicada en calle Londres, muy cerca de la Iglesia San Francisco, a escasos metros de la Alameda Bernardo O'Higgins. En ellos se indicaba dónde faltaba propaganda o lienzos o rayados o volantes, dónde había que hacer trabajo puerta a puerta, dónde había que instalar mesas, dónde era necesario efectuar pequeñas reuniones, mítines o actos de mayor envergadura.

Una instancia determinante para coordinar el trabajo eran las reuniones que se efectuaban todos los lunes en la sede de la UDI en calle Suecia. A ella concurría Guzmán, lbáñez, Miquel, todos los candidatos a diputados y sus respectivos jefes de campaña. Juntos analizaban una por una la marcha de las campañas distritales y luego la del postulante a senador.

El sábado 21 de octubre de 1989, el Centro de Estudios Públicos, CEP, y la empresa Adimark entregaron una de sus esperadas encuestas, que otorgaba a Ricardo Lagos una cómoda primera mayoría en la circunscripción. Su jefe de campaña, Heraldo Muñoz, experto en relaciones internacionales, hizo ante los periodistas un breve comentario:

-Sólo es un dato más. No nos provoca ninguna seguridad absoluta de que ése va a ser el resultado. Es un dato que nos indica que lo que estamos haciendo va en un muy buen camino.

La confianza en el triunfo se había ido enseñoreando entre los miembros del comando de Ricardo Lagos. Donde fuera, los pobladores se aglomeraban para aclamarlo. Su imagen estaba a diario en la prensa y en la televisión, en foros y entrevistas.

Cualquier comentario que hiciera, se convertiría en noticia.

El lunes 30 de octubre, Andrés Zaldívar y Jaime Guzmán mantuvieron una documentada discusión en el Canal 13 de televisión, en el programa Decisión 89. Los temas en debate fueron múltiples y en cada uno Guzmán respaldaba sus argumentos con recortes de prensa. Trató de demostrar que había defendido los derechos humanos y exigido la aclaración de aquellos sucesos turbios donde se habían visto involucrados algunos servicios del gobierno militar.

Todos eran temas conocidos, pero la novedad estaba en el debate ante las cámaras, ante todo Chile, de hechos y situaciones que hasta ese año habían quedado relegadas a las revistas opositoras y a algunos diarios que poco a poco habían empezado a romper, primero la velada censura y luego sus propios miedos.

No era la primera vez que Guzmán y Zaldívar se enfrentaban en el mismo espinoso tema: El presidente del PDC afirmó que el dirigente de la UDI sólo había manifestado sus críticas en casos puntuales, pero que no había sostenido una posición constante y general de rechazo a problemas como el exilio, los detenidos desaparecidos y la tortura.

La discusión por momentos fue áspera, dura, en un tema que recién comenzaba a ventilarse por las pantallas de televisión. El conductor y varios periodistas invitados al panel se esforzaban por bajar el tono de la polémica.

Guzmán también recurrió a la prensa para intentar probar que el propio Zaldívar, Patricio Aylwin y en general la Democracia Cristiana habían apoyado la intervención militar de 1973 y defendido al régimen surgido del golpe de Estado.

Zaldívar apeló a los telespectadores pidiéndoles que confrontaran el discurso de Guzmán con sus actuaciones políticas, acusándolo de defender a diversos tipos de dictaduras y de haber sido un activo partidario de los cuarenta años de gobierno franquista en España.

Todos eran temas conocidos, pero la novedad estaba en el debate ante las cámaras, ante todo Chile, de hechos y situaciones que hasta ese año habían quedado relegadas a las revistas opositoras y a algunos diarios que poco a poco habían empezado a romper, primero la velada censura y luego sus propios miedos.

Continúa mañana.

Ya que estás aquí, te queremos invitar a ser parte de Interferencia. Suscríbete. Gracias a lectores como tú, financiamos un periodismo libre e independiente. Te quedan artículos gratuitos este mes.

Comentarios

Comentarios

Añadir nuevo comentario