Sr. Director,
Hubo un tiempo en que la identidad visual de una ciudad estaba asociada a sus monumentos, sus edificios emblemáticos o sus paisajes irrepetibles. Bastaba una imagen del reloj de flores o del Castillo Wolff de Viña del Mar, un ascensor de Valparaíso, el cerro San Cristóbal de Santiago o la silueta de Cristo Redentor en Río de Janeiro para reconocer una historia, una cultura y una manera de habitar el mundo.
Hoy, en cambio, pareciera que todas las ciudades, grandes o pequeñas, han terminado adoptando el mismo símbolo: enormes letras corpóreas de colores que simplemente escriben el nombre del lugar. Ya no importa si se trata de Chonchi, Iquique, STGO -porque al parecer ya ni siquiera es Santiago-, Punta del Este o cualquier pueblo remoto; la postal contemporánea consiste en fotografiarse sentado frente a esas estructuras idénticas que podrían estar instaladas en cualquier parte del planeta.
Hay algo curioso en esta uniformidad disfrazada de identidad local. Mientras los antiguos símbolos urbanos eran el resultado de la historia, de la arquitectura o de la memoria colectiva, estas nuevas intervenciones parecen responder más bien a una lógica turística instantánea y globalizada: una marca visual rápida, fácilmente fotografiable y replicable hasta el infinito.
Tal vez por eso producen cierta sensación de artificio. Porque, al final, esas letras gigantes no cuentan demasiado sobre la ciudad que nombran. Sólo la señalan de manera obvia, casi como si temieran que el visitante olvidara dónde está.






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