Nadie escribe una autobiografía para decir lo mal que lo hizo en su vida. ¿Qué se espera en cambio? Anécdotas, episodios desconocidos, cahuines. Si el personaje ha sido objeto de cuestionamientos de cualquier tipo, entonces podrán aparecer gestiones que en algún momento no tuvieron el reconocimiento merecido pese a la hazaña que significaron, porque la gente no tuvo todos los antecedentes a la vista y los protagonistas no quisieron hacer pasar un mal rato al público. Y justificaciones, que el lector podrá evaluar si corresponden o no. Si además el general Augusto Pinochet se cruza por la historia del protagonista, bueno. “Ahí te quiero ver”, dijo el huaso.
La sombra del general
La autobiografía de la menor de los hijos del general Augusto Pinochet puede ser encargada, desde enero, por internet. No es posible encontrarla en librerías. De 291 páginas, el libro de editorial Zuramérica es pródigo en sabrosas anécdotas y detalles de la familia Pinochet Hiriart. Quienes conocen la historia de la publicación aseguran que había una versión aún más descarnada que llegó a ser impresa, pero cuyo contenido sufrió varios cortes porque miembros de la familia consideraron que entregaba pormenores ofensivos de la relación de “Jaquel” (así le decía el general (r)) con sus cuatro hermanos y sus cuatro exmaridos. También algunos juicios desaparecieron, como que desde niña veía a su madre Lucía Hiriart como una “bruja”.
A su padre, en cambio, lo adoraba. “Él no lo quería, pero lo tuvo que hacer”, dice Jacqueline sobre el Golpe de 1973. “Gracias a las acciones de mi papá este país cambió”, lo alaba. Y, era que no, lo califica de “chivo expiatorio” o “víctima de sus hijos”.
Cuenta también que Pinochet era supersticioso o que se ponía plástico en la barriga para transpirar cuando trotaba. Titula un capítulo “La amante en Ecuador”, pero ahí decepciona al curioso, argumentando que por respeto no hablará de ello.
Desmiente haber tenido un romance con Cristián Labbé, aunque la autora relata varios otros.
A Lucía, su hermana le dio una patada de taekwondo siendo ya adulta, durante una discusión, y a ella también la culpa de que Joan Garcés se haya enterado de que Pinochet estaba en Londres antes de ser detenido. De Augusto hijo relata que sufría terrores nocturnos y que se pegaba contra la muralla de su pieza. Marco Antonio es el que peor queda: lo critica por el manejo de los bienes de su padre, el accidente que tuvo en automóvil a los 17 años –y en que murió su acompañante-, matar un perro de la casa y mucho más. “Hoy no tengo relación alguna con mis hermanos, y desde hace mucho tiempo que ni siquiera cruzo palabras con ellos”, señala.
Son ese tipo de antecedentes lo que hace más recomendable “La sombra del general”. En cambio, las reflexiones de la autora pueden resultar incómodas para algunos lectores.
En su relato, Jacqueline Pinochet se muestra como una víctima de los hechos que la rodearon. Más allá de los viajes, romances y regalos, su existencia se parece más a un martirio.
“A partir de ese día —dice por el 11 de septiembre de 1973— cambió Chile y mi familia. Cambió todo. Siento que a partir de aquella mañana comencé una existencia que hoy, en retrospectiva, no se la deseo a nadie. Nada fue como la gente cree, que mi existencia no era más que la vida de una niñita mimada y glamorosa. Eso no fue así. Aquel 11 de septiembre de 1973 murió mi vida anterior y se abrió paso una existencia complicadísima que, por lejos lo más relevante para mí, acabó con la familia que conocí. Después de ese día tantas cosas se fueron al tacho de la basura por las ansias de poder, porque el poder nubló; y les nubló el alma a tantos”, dice. En otros pasajes agrega juicios como “me cagaron la vida” o “de niña protegida pasé prácticamente a huérfana”.
Así, el infortunio marcó muchas veces su paso por siete colegios o sus matrimonios. A sus exesposos los acusa de haberla buscado como “un trofeo” por ser la hija de Pinochet. Mucha gente se aprovechó de ella. Por eso, prefería vivir en Estados Unidos. “Para mí vivir en Chile siempre ha sido un tema Estar fuera es olvidarme de que soy hija de Augusto Pinochet y Lucía Hiriart. Y soy más feliz así”, indica.
Procesos judiciales, cárcel, y “apreturas económicas producto de un acoso implacable por parte del Estado”, es lo que el cruel destino le ha deparado.
Se desprende de su relato, que ella, su padre y su familia fueron víctimas del país en que les tocó vivir. No al revés.
A veces sí, a veces no
“Civiles y miltares”, 251 páginas, editorial Crítica, no es una autobiografía propiamente tal.
Como lo indica su nombre, el texto se concentra en el período en que Edmundo Pérez Yoma fue ministro de Defensa. Esto es, entre marzo de 1994 y enero de 1998, y luego, en el mismo gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, entre el 22 de junio de 1999 y el 11 de marzo de 2000. Noes una autobiografía, pero es una autobiografía. Porque Pérez Yoma, para qué nos vamos a mentir, pasó a la historia política, fundamentalmente, como ministro de Defensa ¿O alguien recuerda detalles de cuando fue embajador en Argentina o cónsul en Bolivia? Ni siquiera sus catorce meses como ministro del Interior de Michelle Bachelet eclipsan su paso por el Edificio Diego Portales.
Pérez Yoma, o quien le redactó el libro, ocupa un recurso no tan novedoso como efectivo: sus nietos, que generacionalmente entienden poco del contexto en el que le tocó asumir a su abuelo, cuestionan al comienzo de cada capítulo las decisiones del ministro, argumentando, con ojos del presente. Él les explica, y empieza su relato.
“Si de verdad queremos establecer el poder civil sobre las Fuerzas Armadas, tenemos que conformar un equipo de civiles que tenga la capacidad de hablar en las mismas condiciones que los militares en temas de defensa. Si nos dedicamos a los derechos humanos, no vamos a poder ejercer el mando sobre el ejército. Eso es potestad y responsabilidad del Ministerio de Justicia”, es parte del diagnóstico con el que llegó al ministerio.
El gobierno de Aylwin a través de su ministro de Defensa Patricio Rojas, en cambio, había asumido la estrategia de “acuartelar” a las fuerzas Armadas. “Y acuartelar a los militares solo generaba mayores tensiones entre militares y civiles, y menoscababa la obediencia”, expone Pérez Yoma.
“No entiendo por qué dedicarse a la defensa, o hacer una política explícita, te permite desentenderte de los derechos humanos”. Le pregunta un nieto.
“Y creo entenderlos: pensar que su abuelo fue protagonista de un conjunto de acciones aisladas de los objetivos de verdad, reconciliación y justicia –imperativos en ese momento- es previsiblemente incómodo. Y yo mismo me lo cuestiono: ¿Realmente me desentendí de los derechos humanos? La pregunta resuena en mi mente seguida de un rotundo NO”, reflexiona el abuelo.
Es un ejemplo.
El ministro constituyó entonces “la Comunidad de Defensa” con militares, políticos y académicos. Generaron un diálogo fluido, dice, y se terminó editando el conocido Libro Blanco de la Defensa.
Aparecen también en el libro los episodios más controvertidos de su gestión: la fallida renuncia de Stange, la detención de Manuel Contreras y el retiro de los viejos generales, incluido Pinochet. Cuenta Pérez Yoma una escalofriante escena en que debió ir a ver al comandante en jefe, recién operado de las encías. “Al verme, intentó simular una sonrisa, pero esta ya no tenía la misma complacencia de antes, y peor: ya no tenía sus dientes. Tras la operación le habían extraído los dientes con implantes, quedando a la vista únicamente los metales en los que se ajustaban. Se veía viejo, dañado e impotente. Pero no menos espeluznante”.
Y Pérez Yoma se fue de Defensa en enero 1998, con un “ciclo logrado”.
Pero, vaya la paradoja: En octubre de ese año detuvieron a Pinochet en Londres y en medio de la escandalera política, Frei lo hizo volver (a Pérez Yoma, y después a Pinochet también).
“No podía afirmar que mi gestión había sido exitosa sin haberme hecho cargo en absoluto del asunto de los detenidos desaparecidos”, señala al relatar su regreso a Defensa.
“¿Y de pronto es una convicción tan clara? ¿No era la separación del tema de los derechos humanos del área de la Defensa una estrategia Fundamental?, inquieren los nietos. Entonces se le ocurrió crear la Mesa de Diálogo.
En su libro, Pérez Yoma narra un escenario muy difícil al que tuvo que enfrentarse, partiendo porque nadie quería hacerse cargo del ministerio. Y a su relato se suman una serie de circunstancias adversas y personajes detestables que lo obligaron a un pragmatismo casi heroico. Evidentemente su paso por Defensa requería una explicación en que, muchas veces, parece tener la razón, aunque más en la voz de sus nietos que en la de él mismo.
El poder de la realidad sobre las ideas
Enrique Correa es el más sofisticado.
La explicación de su vida, escrita a partir de una conversación suya con el periodista Luis Álvarez, coincide con la publicación de otro libro sobre él: “Una biografía sobre el poder”, de los periodistas Andrea Insunza y Javier Ortega. Mayor razón para contar —y justificar— su historia.
En las 372 páginas de “Mi vida, mi historia”, la biografía de Correa parece seguir un curso natural de lógica racional. Un niño de provincia —Ovalle— que participa activamente de las actividades pastorales de su parroquia. Entra al Seminario para ser sacerdote, pasa a militar a la DC, luego al Mapu, entra al gobierno de la UP, desarrolla una estratégica labor en el exilio, como clandestino en Chile y en contínuo movimiento entre Europa occidental, Cuba y la Unión Soviética. Luego ingresa al Partido Socialista, destella como ministro vocero de Patricio Aylwin, el general Ballerino lo busca para establecer un puente con La Moneda ante la áspera relación entre Pinochet y el ministro de Defensa Patricio Rojas. Más tarde es el encargado de diversas misiones internacionales y desemboca creando Imaginaccion, poderosa y legendaria consultora dedicada principalmente al lobby.
Historias no le faltan, y como un contínuo lleno de viscitudes, el libro se lee rápido. Como racional que es, sin embargo, carece de la misma riqueza anecdótica del libro de Jacqueline Pinochet. Pero Correa es un genio y entonces ofrece, conciente o inconcientemente, un abanico de extrapolaciones políticas a partir de sucesos que parecen muy cotidianos. Es una licencia que se puede dar el lector, creo yo. Por ejemplo: Correa tenía un tío comunista preso y su madre le decía que estaba en La Serena. “Hasta los nueve años creía que la cárcel se llamaba La Serena y, años después, cuando iba con unos compañeros de curso a conocer la nueva Iglesia de Ovalle, pasé frente a la cárcel y dije en voz alta ‘Miren, ahí está La Serena’. Por mucho tiempo quedé como el tonto del curso”.
Luego viene su etapa católica, Roberto Bolton, Carlos González, Miguel Ortega y Cristián Precht, el concilio Vaticano II, el estrecho vínculo de muchos seminaristas con los partidos políticos y su encanto con el marxismo. ¿Cómo justificar eso? Correa busca sofisticados filósofos que le dicen que no hay problema, que siga adelante. “El marxismo efectivamente es ateo, y Marx dijo que la religión es el opio del pueblo, pero Louis Althusser nos libró al señalar que El Capital es lo esencial de Marx y que lo esencial de El Capital es el método. ¿Qué nos permitió esta mirada? Nos permitió ser marxistas y ser cristianos”.
Siguen las duras peleas intestinas del Mapu, su paso por Cancillería durante la UP, la persecución, sus escondites, sus amigos rusos y entonces, la decepción de los socialismos reales y el drama de tener que escapar de Lenin. Althusser no dice nada. Pero está Antonio Gramsci. “Fue en algunos textos de Gramsci donde encontramos una puerta para arrancar de Lenin; Gramsci fue nuestro atajo (…) porque nos dice que lo fundamental no es la fuerza, sino la hegemonía, es decir, ser dueño de un sentido común distinto, porque quien dirige el sentido común puede conducir la sociedad. Con eso nos olvidamos de la dictadura del proletariado, porque era más importante el sentido común y convencer”.
Lo que viene después es sentido común. Democracia y Concertación, y de ahí, quizás la transición más difícil y en la que más tinta gasta Correa para explicar: su paso a la empresa privada y el lobby. Ya no hay filósofos que lo expliquen.
“La asociación público-privada es eso. Usted necesita al Estado para hacer crecer su empresa y el Estado necesita a los privados para hacer crecer al país” y “tenemos que contar con profesionales que sean capaces de ayudar a ese diálogo”, dice el propio Correa. No hay búsqueda de privilegios en su caso, agrega, abundando en que las críticas que recibe corresponden en general a una caricatura.
¿Qué explica a Correa? ¿Gramsci? ¿Althuser? Lo hace él mismo. Como genio que es, lo esconde en la página 109, dentro de una reflexión sobre el Golpe, aunque no se entiende bien a primera lectura a quién se refiere: si a la derecha, a la izquierda o a los radicales. Porque de eso está hablando, aunque en definitiva se refiere a él mismo: “La realidad es más fuerte siempre, no las ideas de uno”.







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