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Sábado, 19 de septiembre de 2020
EL ECONOMISTA MARGINAL

La ley de Presupuesto y el juego del espejismo

Carlos Tromben

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Interferencia
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A muchos analistas les ha llamado la atención que de un déficit tremebundo de comienzos de año hayan brotado unas inesperadas y reconfortantes holguras fiscales.

“Esto no es una pipa”, se lee en un cuadro del pintor belga René Magritte. Lo curioso no es la frase, inhabitual en la pintura moderna, sino lo que el cuadro muestra en primerísimo plano: una pipa. Es un chiste surrealista, cierto, pero también una advertencia. De hecho, el cuadro fue pintado en 1929 y su título resultó premonitorio de lo que vendría después: la traición de las imágenes. 

Cada vez que se discute el presupuesto anual de la nación se tiene una sensación parecida a la del cuadro de Magritte. Si la realidad de las cuentas fiscales son las cifras, los fríos y objetivos números, lo que nos llega es apenas su representación en porcentajes muy redondos y de difícil comprobación. 

Un botón de muestra: al ex ministro de Hacienda Rodrigo Valdés y a muchos analistas les ha llamado la atención que de un déficit tremebundo de comienzos de año hayan brotado unas inesperadas y reconfortantes holguras fiscales.

Incluso en una partida que siempre viste bien aumentar, el orden público y la seguridad, hay un pariente pobre que pide a gritos un poco de cariño: protección contra los incendios. En pleno cambio climático y en un país con graves incendios forestales estacionales, los últimos gobiernos redujeron esta partida a US$ 56 millones. 

Recordemos el castigo vergonzante de las clasificadoras de riesgo y las previsiones apocalípticas del período de campaña presidencial en 2017. Ahora resulta que estas holguras fiscales servirían no solo para inyectar unos US$ 3.500 millones al pilar solidario previsional, lo que está muy bien. Pero servirían también, dato no menor, para entregarle unos US$ 800 millones al 1% más rico del país a través de la reforma tributaria. Esta busca reintegrar los impuestos de primera y segunda categoría, lo que en simple significa que los dueños de las empresas podrán descontar de su impuesto a la renta los impuestos pagados por sus empresas. 

Pero no nos perdamos. La curiosa constatación del gobierno es que la reforma tributaria anterior, esa horrible cicatriz populista que afeaba el semblante de la nación, al final sí recaudó más. Incluso incrementó el horizonte de los ingresos fiscales en el tiempo. De lo contrario, el ministro Felipe Larraín no estaría ofreciendo comprometer US$ 3.500 millones hasta el fin de los tiempos para el pilar tributario de la reforma previsional. Todo ello evitando que otros actores sociales “se suban por el chorro” en el reparto de las recién descubiertas holguras fiscales.

La lista de potenciales interesados es larga: después de los jubilados precarios están, por ejemplo, los que viven en zonas de sacrificio; el Estado asigna menos de un 0,4% de su presupuesto anual a protección del medio ambiente y, dentro de esta partida, apenas US$ 43 millones a la glosa 7053, “reducción de la contaminación” (fuente: Dipres). Mejorar este ítem sería incluso barato, ya que parte de una base tan insólitamente baja. 

Incluso en una partida que siempre viste bien aumentar, el orden público y la seguridad, hay un pariente pobre que pide a gritos un poco de cariño: protección contra los incendios. En pleno cambio climático y en un país con graves incendios forestales estacionales, los últimos gobiernos redujeron esta partida a US$ 56 millones. 

Hoy el país gasta mucho más en salud que a comienzos de esta década. La partida en su conjunto se duplicó, y hoy representa la quinta parte de todo el gasto público. Es la tercera más importante después de protección social y educación. Pero hay un lado B para estas cifras tan OCDE: la deuda de los hospitales con sus proveedores. Sin duda será del interés de estas empresas, muchas de porte mediano, enterarse de que el fisco tiene holguras para ponerse al día en estos pagos. 

El problema hoy es que ni los expertos pueden confiar del todo en las cifras, de modo que al ciudadano solo le queda el último y más básico de los recursos del espíritu: la fe de que la pipa sea realmente una pipa y la podamos fumar. 

El ex ministro Valdés señaló también su perplejidad a La Tercera por el hecho de que el gobierno esté usando dos cifras de gasto en la discusión presupuestaria: una para estimar el déficit y otra para estimar el incremento global de los desembolsos para 2019. Tal vez sea una estrategia para que no se note que la pipa es una pipa y que en todo esto hay gato encerrado. 

En los últimos años el gasto y los ingresos fiscales tiene una trayectoria alcista: pero uno sube más que el otro y ahí radica el problema que atraganta a los expertos. Desde 2010 los desembolsos han crecido casi un 40%, catorce puntos porcentuales más que los ingresos. La diferencia se financia con deuda, y esa deuda se está encareciendo conforme los bancos centrales del mundo suben las tasas de interés. 

El problema hoy es que ni los expertos pueden confiar del todo en las cifras, de modo que al ciudadano solo le queda el último y más básico de los recursos del espíritu: la fe de que la pipa sea realmente una pipa y la podamos fumar. 

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