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Miércoles, 12 de diciembre de 2018
Elecciones en Andalucía

La ultraderecha se asoma con fuerza en España

Mario Amorós (desde España).

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Con sus 12 diputados VOX podrá condicionar la formación del próximo gobierno regional.
Con sus 12 diputados VOX podrá condicionar la formación del próximo gobierno regional.

En las elecciones del pasado domingo en Andalucía, por primera vez desde el fin de la dictadura franquista hace 40 años, un partido ultraderechista ha logrado un resultado político relevante. 

En tan solo tres años y medio, desde los anteriores comicios regionales en 2015, Vox ha viajado de la insignificancia (0,46% de los votos, 18.422 sufragios) a ocupar los titulares de la prensa nacional e internacional con sus 395.978 votos. Es un partido machista, xenófobo, retrógrado en cuanto a conquistas históricas como el aborto o los derechos de los colectivos LGTBI, caracterizado por un seudonacionalismo de estética y retórica cuasi-fascistas.

Por primera vez, y debido también a la elevadísima abstención registrada (41%), la derecha, con sus tres marcas (Partido Popular, Ciudadanos y Vox), puede gobernar Andalucía (con más de ocho millones de habitantes), la patria chica de Federico García Lorca, Antonio Machado o Rafael Alberti, la tierra donde las fuerzas políticas de centro-izquierda (PSOE) e izquierda (Partido Comunista e Izquierda Unida, ahora coaligados con Podemos en Adelante Andalucía, que ha sumado solo 17 escaños) tienen un arraigo político, social y cultural más hondo.

Desde fines de los años ‘70, cuando las camadas negras aún imponían su añeja “dialéctica de los puños y las pistolas” y asesinaban a militantes de izquierdas durante una Transición marcada por el miedo a la involución golpista y las renuncias, la extrema derecha había sido incapaz de abrirse un espacio político. Tan solo persistían los residuos de los grupos fascistas-falangistas apegados a los símbolos caducos del franquismo o, vinculados al fútbol, asomaban grupúsculos neonazis sin proyección ni influencia social. Además, el proverbial pragmatismo electoral de la derecha favoreció la concentración de todo el voto conservador y reaccionario en una Alianza Popular que en 1989 mutó en el Partido Popular dirigido por José María Aznar, que en mayo de 1996 aterrizó por primera vez en La Moncloa y en marzo de 2000 alcanzó una amplia mayoría absoluta.

Tampoco la llegada repentina de millones de trabajadores inmigrantes a fines de los años 90 y los terribles atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid llevaron aparejados, como en otros países de Europa, la extensión social de la xenofobia y la aparición fulgurante de una fuerza ultraderechista “electoralmente competitiva”.

Un ascenso multicausal

¿Por qué ahora? ¿Por qué en Andalucía? El agotamiento del proyecto socialista en la región, con diversos casos de corrupción clamorosos; la pésima campaña electoral de la candidata socialista, Susana Díaz, plagada de apelaciones emocionales a “mi tierra” y carente de un programa de futuro para una de las regiones con más desempleo de toda la Unión Europea; su incapacidad e incluso su renuncia a movilizar a su electorado tradicional, confiada en la victoria amplia augurada por las encuestas, explican su resultado (33 diputados, el peor de la historia del socialismo andaluz), a pesar de ser la fuerza más votada. Por otra parte, los durísimos y persistentes efectos de la crisis económica, la evidente negación del futuro a varias generaciones de trabajadores, la cruda devaluación salarial… han ayudado a la ultraderecha a captar, no solo el voto perdido por el Partido Popular, sino también parte del creciente apego a la “anti política” y del rechazo a los partidos tradicionales. El PP ha obtenido un pésimo resultado, 26 diputados, la mitad que en 2012, cuando la alianza de comunistas y socialistas le privó de gobernar la región.

Desde 2014, España vive inmersa en un vendaval político permanente y creciente que ha sacudido todo el tablero político.

Desde 2014, España vive inmersa en un vendaval político permanente y creciente que ha sacudido todo el tablero político. El sorprendente resultado de Podemos en las elecciones europeas de aquel año y su ascenso fulgurante en las encuestas (hasta situarse en el primer lugar en intención de voto, con casi el 30% de apoyos) en su momento más populista (“no somos ni de izquierdas, ni de derechas”) taponó el crecimiento de Izquierda Unida y la condenó, por tercera vez en su historia, a una mínima representación parlamentaria (dos diputados en las elecciones de diciembre de 2015).

La instrumentalización a escala nacional del partido Ciudadanos (nacido en Cataluña en 2006 como ariete contra el independentismo) por parte de los poderes económicos (como un “Podemos de derechas” que fuera capaz de capitalizar el voto de los desencantados con un PP podrido de casos de corrupción) fagocitó a su hermano gemelo, Unión Progreso y Democracia, hasta forzar su disolución. Mientras tanto, el Partido Socialista, aún desacreditado por la pésima gestión de la crisis en 2008-2011, y el Partido Popular eran capaces, contra viento y marea y gracias al apoyo electoral de la población mayor, de sostener los tambaleantes pilares del bipartidismo en los comicios de 2015-2016 y evitar el sorpasso de Unidos Podemos y Ciudadanos.

El huracán en Cataluña

Este vendaval se convirtió en huracán en el otoño del pasado año, con el abierto desafío de los soberanistas catalanes al Estado español con la votación pacífica del 1 octubre de 2017 (brutalmente reprimida por la policía enviada por el Gobierno de Rajoy) y la declaración unilateral de independencia posterior, que no fue un golpe de Estado (como proclama la derecha española), sino un absurdo ejercicio de falta de realismo político en los tiempos de Twitter y del pensamiento jibarizado por las redes sociales. Un año después, los líderes independentistas de entonces están encarcelados, a la espera de juicio con una petición de penas elevadísima, o bien huidos de manera vergonzante en diferentes países europeos.

La permanente y monotemática reiteración del debate sobre Cataluña en la agenda política, ha terminado por engendrar al monstruo de la ultraderecha, con sus banderas franquistas, sus gritos vociferantes, su xenofobia, su odio al feminismo y a la izquierda y un centralismo totalizador y feroz.

La permanente y monotemática reiteración del debate sobre Cataluña en la agenda política, con expresiones muy duras de desprecio hacia los ciudadanos del resto de España por parte de sectores del nacionalismo conservador catalán y la sostenida campaña contra las aspiraciones catalanistas por parte de la derecha española, ha terminado por engendrar al monstruo de la ultraderecha, con sus banderas franquistas, sus gritos vociferantes, su xenofobia, su odio al feminismo y a la izquierda y un centralismo totalizador y feroz.

El rechazo a las medidas represivas del Gobierno de Rajoy permitió que en mayo prosperara la moción de censura que le desalojó de La Moncloa y aupó al socialista Pedro Sánchez al poder. Pero ahora, con el Presupuesto nacional para 2019 acordado por el Partido Socialista y Unidos Podemos, que incluye medidas muy positivas, en vía muerta por el rechazo frontal de los partidos independentistas catalanes, los nubarrones se ciernen sobre el horizonte.

La votación del domingo en Andalucía ha inaugurado un interminable ciclo electoral con dos estaciones centrales que pueden trazar un verdadero via crucis: los comicios municipales, regionales (en trece comunidades) y europeos del súper domingo del próximo 26 de mayo y las elecciones legislativas que propiciarán la formación del nuevo Gobierno y para las que aún no hay fecha prevista. Su convocatoria corresponde en exclusiva al presidente Sánchez, con el límite del final de la legislatura en junio de 2020. El terremoto andaluz augura un crecimiento de las expectativas de Vox hasta  cotas aún insospechadas y, sin duda, pavorosas. Y otro efecto pernicioso, ya visible en la reciente campaña: la mimetización de su discurso sobre todo por parte del Partido Popular y su nuevo líder, Pablo Casado, el discípulo más aventajado de aquel Aznar que nos condujo a la infame guerra de Irak en 2003.

Se trata de un desafío inédito para las fuerzas democráticas en una coyuntura donde la temperatura política y la aspereza del debate y de los discursos invitan al pesimismo. En los últimos años, hemos asistido impávidos al triunfo del Brexit, de Trump, de Salvini, al ascenso meteórico de la ultraderecha en Alemania o la reciente victoria de Bolsonaro en Brasil. Ahora entendemos plenamente la perplejidad de los demócratas de estos países. Pero, como ellos, carecemos de respuestas a tantas preguntas…

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