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Domingo, 20 de enero de 2019
A 40 años de la casi guerra con Argentina

Las trincheras en la Piedra del Indio

Aníbal Barrera Ortega

Un capitán del Ejército relata los aprestos bélicos en la cordillera de Los Ángeles durante el segundo semestre de 1978, cuando la guerra con Argentina parecía inminente (primera de dos partes).

Cuando a comienzos de 1978 se supo que Argentina había declarado insanablemente nulo el Laudo Arbitral de 1977, la dictadura militar chilena asumió que era inminente la guerra con el país vecino.

En todo caso, el tiempo no jugaba en contra. Se contaba con casi un año para preparar esa emergencia. En las academias de guerra de las instituciones de la defensa nacional se sabía que no era posible la guerra con Argentina durante los días invernales, ya que el franqueo de la Cordillera de los Andes, por instruidas que estén las tropas de montaña, resulta impracticable. La confrontación militar sólo sería posible a partir del mes de octubre.

Pero, más allá de eso, era indudable que Chile no estaba prevenido para enfrentar el conflicto. La llamada Enmienda Kennedy había congelado, a mediados de los años 70, las ventas de armamento a Chile.

Se dijo que el general Augusto Pinochet, a la sazón, jefe de Estado y Comandante en Jefe del Ejército, había notificado a los mandos de las FF.AA. en términos de “con lo que hay nos vamos”.

Se dio comienzo a una febril adquisición de armamentos misceláneos en el mercado negro internacional. En el caso del Ejército, se dispuso la modificación del Orden de Batalla.

La III División, asentada en Concepción, cuya área jurisdiccional se extendía entonces entre Talca y Concepción, no contaba con unidades tácticas del arma de Ingenieros.

En abril de 1978, la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes recibió un criptograma del Estado Mayor del Ejército en que se ordenaba poner a disposición de la Dirección del Personal a un capitán, un teniente y un cabo.

El director de ese instituto, coronel Jorge Nuñez Magallanes, dijo a sus oficiales que era mejor que se pusieran de acuerdo para la designación del capitán y del teniente. En cuanto al cabo, se determinó que sería uno perteneciente a la especialidad de Material de Guerra.

Al cabo de unos días, se supo que la misión del capitán y del teniente era organizar una compañía de Ingenieros en una desconocida ciudad del área jurisdiccional de la III División. Se hablaba de Concepción, de Angol y de Cauquenes.

Se debe precisar que los oficiales encuadrados en las escuelas de las armas son considerados distinguidos. Son destinados a esos institutos quienes cuentan con una impecable hoja de vida y tienen aptitudes para la docencia. Por tal razón, el acuerdo propuesto por el coronel Nuñez no resultó fácil. Ninguno de los capitanes ni de los tenientes estaba dispuesto a dejar la Escuela de Ingenieros.

En primer lugar, no se sabía a qué se iba a la Dirección del Personal. En el Ejército de Chile son frecuentes las sorpresas.

Al cabo de unos días, se supo que la misión del capitán y del teniente era organizar una compañía de Ingenieros en una desconocida ciudad del área jurisdiccional de la III División. Se hablaba de Concepción, de Angol y de Cauquenes.

Alguien propuso echarlo a la suerte. Pero el capitán Aníbal Barrera Ortega optó por presentarse voluntario. Y sugirió el nombre del subteniente Máximo Mardones Melo, con quien lo unía una relación de amistad.

Destino: Los Ángeles

Sólo en el mes de junio se supo que la compañía de Ingenieros de la III División sería organizada en el Regimiento de Infantería de Montaña N° 17 “Los Ángeles”, ubicado en la ciudad homónima.

El subteniente Mardones y el cabo de Material de Guerra se presentaron en esa unidad en los primeros días del mes de julio. Allí debieron recibir a 70 soldados-conscriptos provenientes del Regimiento de Ingenieros de Montaña N° 2 “Puente Alto”.

Ese personal iba literalmente con lo puesto. No fue fácil que la unidad de Los Ángeles proporcionara vestuario, equipo y armamento. Debió mediar una orden del Cuartel General de la III División para subsanar ese tema, sólo en lo que respecta al vestuario.

El capitán Barrera se presentó en esa unidad operativa el 24 de julio, el mismo día de la defenestración del general Gustavo Leigh Guzmán, comandante en jefe de la Fuerza Aérea. En el mencionado Cuartel General el ambiente estaba enrarecido. Después de apresurados trámites administrativos, se le dijo que sería trasladado en un vehículo militar hasta el Regimiento “Los Ángeles”.

Allí fue recibido por el comandante, teniente coronel Nelson Robledo Romero, quien le comunicó que no podría salir del cuartel. 

–Usted comprenderá –le dijo–, la situación es crítica.

Fue grande su sorpresa cuando una semana después le fueron remitidas 100 minas antipersonal de origen belga. Recibió también un conjunto de maquetas a escala de los puentes que deben construir o armar las unidades de Ingenieros.

Desde el día siguiente, Barrera se dio a la tarea de organizar la compañía de Ingenieros de acuerdo a las Tablas de Organización y Equipo (T.O.E.)

A través de un criptograma, el capitán Barrera requirió al cuartel general divisionario el armamento y el material técnico y de explosivos que la T.O.E. contemplaba para una compañía de Ingenieros. Fue grande su sorpresa cuando una semana después le fueron remitidas 100 minas antipersonal de origen belga. Recibió también un conjunto de maquetas a escala de los puentes que deben construir o armar las unidades de Ingenieros. Se le comunicó que también le serían enviados cien fusiles SIG fabricados en Portugal.

Se comprenderá que con tales recursos nada se podía hacer.

Barrera optó por no hacer más requerimientos y se dio a la tarea de solicitar a la Endesa que lo abasteciera de la mayor cantidad posible de explosivos comerciales.

Por un motivo que nunca acertó a explicarse, le fue comunicado que los soldados-conscriptos que le habían sido enviados desde el Regimiento “Puente Alto” debían ser licenciados de inmediato. Se le indicó que debería convocar a los jóvenes de la zona que estuvieran inscritos en el Cantón de Reclutamiento de Los Ángeles.

Las cosas se dieron bien. Al primer llamado a través de las radioemisoras locales, más de 400 muchachos de toda la provincia del Bío-Bío se presentaron en el cuartel. Era notorio que la ciudadanía estaba consciente de que se vivía una situación difícil. La selección fue fácil. Fuera de los típicos problemas de hijos de madres viudas, la mayoría de los convocados quería ser reclutada para lo que se entendía como una guerra inminente.

Fue así que se pudo seleccionar a quienes iban a integrar la Compañía de Ingenieros de la III División del Ejército. En esos mismos días se presentaron 16 cabos segundos provenientes del Regimiento de Infantería de Montaña N° 18 “Guardia Vieja” de la ciudad de Los Andes.

Tres o cuatro días después llegaron el teniente Federico Holzsauer Bruna y el subteniente Gaspar Weinsperger Loyola.

En los primeros días de octubre, la Compañía de Ingenieros de la III División estaba del todo constituida. Se recibieron los 100 fusiles SIG portugueses.

Defender posición en Antuco

Pudo haber sido el 21 de octubre. El capitán Barrera recibió la orden de trasladar la unidad a su mando a la localidad de Antuco, en la cordillera de Los Ángeles.

Desde la óptica del mando militar, era necesario hacer acto de presencia en las proximidades de la posición defensiva de la Piedra del Indio, desde la cual se aspiraba a impedir la penetración de las tropas argentinas a través de los pasos Pichachén, Desecho, Copulhue, Pilunchaya y Copahue.

La intención militar argentina era, en el Frente de Operaciones Centro-Sur, dominar el Complejo Hidroeléctrico de Endesa, formado por las centrales Abanico, El Toro y Antuco, ubicado a unos 90 kilómetros de Los Ángeles.

En la apreciación de Inteligencia estaba determinado que la intención militar argentina era, en el Frente de Operaciones Centro-Sur, dominar el Complejo Hidroeléctrico de Endesa, formado por las centrales Abanico, El Toro y Antuco, ubicado a unos 90 kilómetros de Los Ángeles.

En Antuco, la Compañía de Ingenieros desarrolló una preparación exhaustiva para lo que se veía venir. Se enseñó a los soldados-conscriptos a hacer trampas explosivas, pues se carecía de minas antipersonal.

En un camión perteneciente a la III División, se hizo presente un capitán de la especialidad de Material de Guerra, quien notificó a Barrera que debía entregar los 100 fusiles SIG, los que fueron reemplazados por el mismo número de carabinas Máuser.

Era entendible. El Estado Mayor General del Ejército había determinado que el centro de gravedad de la guerra iba a ser el Teatro de Operaciones Austral. Los fusiles SIG viajaron al día siguiente en avión a Punta Arenas. Pero el problema para la Compañía de Ingenieros era que las carabinas Máuser contaban con muy poca munición.

A través de una unidad de Telecomunicaciones divisionaria, se pidió al Cuartel General de Concepción el rápido envío de 5 mil baterías de 9 voltios y la misma cantidad de estopines. Se requirió también que se enviaran 600 carretes de alambre de púas y 15 mil estacas de madera para la construcción de obstáculos.

Todo ese material fue remitido a Antuco en menos de 8 días.

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