Chile no se extravió por haber elegido un mal modelo, sino por haberlo recorrido a medias y luego haber fingido que aún avanzaba. Esa es la paradoja central de su historia económica reciente. El diseño original no prometía redención ni justicia instantánea; ofrecía algo más sobrio y más exigente: reglas claras, límites al poder y confianza en la capacidad de los individuos para organizar la sociedad desde abajo.
No fue un dogma ni una retirada del Estado, sino una concepción regulatoria precisa. Normas generales en lugar de órdenes particulares, marcos estables en vez de correcciones permanentes, un Estado árbitro y no jugador. La economía debía coordinarse no por la voluntad de la autoridad, sino por la interacción de millones de decisiones privadas contenidas dentro de reglas impersonales.
Durante un tiempo, ese marco funcionó porque fue coherente. Pero nació con una fragilidad nunca resuelta: la debilidad de las instituciones llamadas a sostenerlo. Un sistema basado en reglas exige tribunales independientes, reguladores sólidos y un Estado de Derecho capaz de resistir presiones y excepciones. Chile tuvo el diseño, pero no consolidó plenamente a sus guardianes.
La transición preservó la forma, pero no profundizó el fondo. Sin ruptura ni debate, la regulación dejó de ser general y se volvió selectiva. Se multiplicaron los permisos discrecionales, los regímenes especiales y las correcciones administrativas. El árbitro comenzó a jugar; el garante, a intervenir resultados.
Las consecuencias fueron previsibles. Donde hay discrecionalidad surge el privilegio; donde la norma se negocia, la competencia se degrada. El emprendimiento cede al lobby y la legalidad, sin justicia visible, pierde legitimidad.
El problema no ha sido mercado versus Estado, sino la degradación del marco regulatorio. Un Estado fuerte no es el que gestiona la economía, sino el que se contiene, fija reglas claras y las aplica sin excepciones.
Chile no agotó ese proyecto: lo fue vaciando. Recuperarlo no exige nostalgia ni refundaciones, sino una convicción elemental y difícil: el desarrollo no se decreta, la libertad no se administra y las sociedades más sanas no se diseñan desde arriba; se ordenan desde abajo, cuando el poder acepta, por fin, sus límites.







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