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Sábado, 31 de octubre de 2020
 Especial Elecciones de 1970

¿Qué hizo Allende en los días de las Fiestas Patrias de 1970?

Osvaldo Puccio Giesen (*)

El presidente electo se instaló con sus más cercanos colaboradores en la casa de El Cañaveral, en el Arrayán, junto al río Mapocho, en los faldeos cordilleranos de la zona oriente de Santiago. Allí empezó a organizar su equipo de gobierno. 

 Llegó el 18 de septiembre, nuestro Día Nacional. Ese día, el Presidente Freí participó por última vez en el desfile militar. Nosotros nos fuimos con el compañero Allende a la casa que se llamaba "El Cañaveral". Está ubicada en el cajón del Mapocho en el camino hacia Farellones, a pocos kilómetros de Santiago. Es un lugar muy bonito, con un bosque y una hermosa casa a las orillas del río. Llevamos una estufa, porque en septiembre las tardes suelen ser heladas aún, sobre todo en esa zona bastante alta. Nuestro grupo se componía de Allende, Rodolfo Ortega, Coco Paredes y yo, la escolta y los compañeros Fernando Gómez y Mario Melo. 

Llegamos allá el 17. Queríamos quedamos hasta el 20 de septiembre, para que Allende descansara un poco antes de lanzarse nuevamente al trabajo. El primer día conversamos un rato y jugamos uno o dos partidos de ajedrez. Después, Allende se fue a acostar. Esto debe haber sido a las nueve de la noche. Rodolfo Ortega y yo dormíamos en una pieza que quedaba inmediatamente al lado. Como a las 11 de la noche, Allende nos golpeó la puerta, me despertó y me pidió que tomara un papel y un lápiz y que anotara. Le dije que descansara, que podíamos hacerlo el día siguiente. Pero él insistió, porque no quería que se le olvidara. 

Nosotros habíamos dejado en Santiago, en el comando, a un compañero que debía informamos en caso de que pasara algo importante. 

En Cañaveral no había teléfono. El teléfono más cercano, más o menos a seis kilómetros, estaba en un restaurante, que se llamaba ''El Peñón". Ahí habíamos pedido que recibieran cualquier llamada que hubiera y que mandaran a avisarnos. Los empleados eran los únicos que sabían de nuestra permanencia allá. Habíamos desaparecido de Santiago un poco misteriosamente, para que nadie supiera dónde se encontraba el compañero Allende. Pero, esa misma noche descubrimos que en el camino, arriba, estaba estacionado un furgón de carabineros. Mandamos a unos compañeros a que les dijeran que bajaran, porque llamaba la atención verlos ahí instalados. 

Los compañeros del GAP habían inventada un sistema de alarma para evitar que alguien se acercara sin control. Colocar unos cordeles y unos alambres. Al tocarlos, se encendían luces y sonaban timbres. Además, habían instalado unos pequeños aparatos explosivos, tipo fuego artificial. Después de la conversación con Allende, Rodolfo Ortega salió hacia el "Peñón" a hablar por teléfono con Tohá, para darle algunas instrucciones para el día siguiente. Resultó que él no tenía conocimiento de que los compañeros del equipo de seguridad habían tomado medidas especiales. Evidentemente, se enredó en los cordeles y cables. Sonaron todas las alarmas a la vez. 

Los compañeros del GAP saltaron de la cama para captar al agresor. También los carabineros sintieron las explosiones, vieron los destellos de luces y bajaron de inmediato, con lo cual casi se produjo un incidente trágico. Pero en este momento, la cosa fue más bien tragicómica. A la mañana llegó José Tohá. Nos encontró a nosotros en traje de baño a la orilla del río. En Santiago hacía en esa época bastante calor. Cuando nos vio dijo: 

-“¡Mírenlos! ¡Uds. aquí, en Castelgandolfo, mientras yo me estoy asando en Roma!" (Hizo una referencia al palacio de descanso del Papa). Desde entonces quedó El Cañaveral con el sobrenombre de "Castelgandolfo". 
Ese 18 de septiembre ocurrió algo que posteriormente habría de adquirir mucha importancia. Allende le había pedido a Orlando Letelier, de paso por Santiago, que fuera a verlo allí. Orlando era funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo. Allende y yo almorzamos con él y yo fui testigo de cuando Allende le pidió que fuese su embajador en los Estados Unidos. Lo hizo en una forma muy directa: 

-Orlando, necesito en Estados Unidos un embajador que domine muy bien el inglés, que tenga buenas relaciones con los políticos norteamericanos y que, por lo tanto, conozca la política norteamericana; que goce de gran prestigio y que sea de mi más absoluta confianza. Esa persona es Ud. 

Orlando, en el momento, no le dijo que no; pero le planteó que a él le habría gustado trabajar en la cosa de economía y hacienda. Allende le replicó que uno de los puestos claves de la economía chilena era justamente la Embajada de Estados Unidos. Que no sólo era un puesto político sino que un puesto muy importante para la economía. Que esa era la razón por la cual lo había elegido a él, por el hecho de que él era un buen economista. 
Orlando quería contestarle: 

-Mire Presidente, mire compañero Allende, mire Salvador, yo...  
El doctor se levantó. 

-Usted sabe qué pretendo hacer y cómo pienso actuar. Usted sabe que no le estoy ofreciendo nada, sino que le estoy pidiendo algo. Sé que esto significa un sacrificio muy grande en lo económico, y sobre todo, en lo humano. El cargo de embajador en Estados Unidos no va a ser sencillo en mi gobierno. Por otra parte, sé que usted va a sufrir un deterioro económico al aceptar. Quiero decir, que le estoy pidiendo un sacrificio a un camarada. Se lo pido como amigo y se lo exijo como camarada. 

Orlando se quedó un rato callado. Entonces, Allende tomó un vaso: 

-Bueno, conversemos ahora de otras cosas. 

Con otras palabras, como diciéndole, este tema está terminado, y que no se podía decirle que no. O dándole una pequeña pausa para reflexionar. Nos tomamos un trago y buscamos otro tema. De repente Orlando Interrumpió la conversación y dijo: 

-Salvador, ¡conforme! 

Entonces, Allende señaló que sobre este punto tenía que consultar primero a los partidos que lo apoyaban, pero que no creía que hubiera inconvenientes. Después agregó que era un cargo en que le podría ir el pellejo. Orlando se río: 

-¡Que la escalera de la embajada era extraordinariamente peligrosa y podía caerse y matarse! Orlando quiso insinuar que no le tenía temor a esta tarea. Más tarde, cuando fui a dejarlo al auto, me dijo otra vez que a él le habría gustado más la subsecretaría de Economía, a pesar de que no dejaba de ser atractivo enfrentar directamente el monstruo. El sentía un gran respeto por Allende. El hecho de ser el representante directo de Allende allá, le causaba orgullo. Era además la primera persona a quien le ofrecían una cosa como ésta. Orlando empezó a interesarse con la idea. Quería, como dijo Allende, luchar contra el imperialismo dentro de sus mismas fauces. En esa forma surgió Orlando como Embajador de Chile ante el gobierno de EE.UU. y fue un excelente embajador. Terminó por costarle la vida, porque se había jugado por entero en contra del monstruo.     . 

Mientras tanto, en Santiago, José Tohá había realizado conversaciones con su amigo y socio en el diario "Ultima Hora". Este hombre había trabajado en la candidatura de Alessandri, hasta había sido tesorero de su campaña. Pero lazos familiares lo unían con Tohá. Luis -Lucho- Matte era codueño del diario "Ultima Hora", junto con Clodomiro Almeyda y Tohá. 

Lo vi por primera vez cuando llegó con Pepe a Cañaveral, mientras Allende estaba conversando todavía con Orlando Letelier. Después, en el campo de concentración de Dawson, Lucho Matte me contó varias veces de esa conversación con Allende. Recordaba a un hombre bien inspirado y de gran calidad humana. Lucho quedó impresionado por el carácter de Allende. 

Le causó sorpresa que Allende no sintiera rencores, que quería construir y no destruir. Pero, para construir un Chile nuevo, tenía que destruir algunas viejas estructuras que impedían el desarrollo del país. Lucho Matte, de esa conversación con Allende, salió convencido de que lo mejor para Chile era apoyar a ese presidente electo, para que llegara a la Presidencia. 
El día siguiente estábamos sentados en la terraza, descansando un poco. Yo pensé que el doctor dormía. Pero,-de repente, me dijo: 

-Dígame, Osvaldo, ¿nombraría a Felipe Herrera ministro de Relaciones? 
Ya tenía mis experiencias con este tipo de preguntas; lo más práctico era no responderlas, sino que esperar que Allende mismo las contestara. 

Entonces, me quedé callado y al poco rato dijo: 

-Si mi Partido, si la gente de la Unidad Popular, fueran personas de imaginación, ¡yo nombraría ministro de Relaciones a Felipe Herrera! 

Felipe Herrera era militante socialista desde el año 1950 y fue presidente del Banco Central, posiblemente uno de los presidentes más jóvenes que haya tenido el Banco Central, durante el gobierno de Carlos Ibáñez. En esa época se produjo la reunificación del Partido Socialista. Felipe no se refichó. Felipe había sido uno de los militantes del Partido Socialista que se habían ido con los socialistas populares, que habían apoyado la candidatura de Ibáñez, y había jugado un buen papel en el gobierno de Ibáñez. Al unificarse los dos partidos, encontró una forma elegante de marginarse, al ser designado el primer presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, cuando este organismo fue fundado en 1960. 

En la política chilena, Herrera tenía una posición controvertida. Había gente muy partidaria de él y otra que lo odiaba profundamente porque era muy proclive a los norteamericanos. No era marxista. Este hombre actuó más de diez años como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. Esto era lo decisivo para Allende: 

- ¡Imagínese, Osvaldo, un ministro de Relaciones Exteriores que se trata de tú con casi todos los Presidentes latinoamericanos, que es amigo personal de ellos, que es amigo personal de muchos políticos influyentes en EE.UU.! ¡Nos podría posibilitar cosas que serían muy difíciles de conseguir con cualquier otro! ¡Pero para eso, los dirigentes de los partidos necesitarían tener mucha imaginación y mucha audacia! ¡Y sé que no me, lo van a permitir! 

Llegaron otras personas más a conversar con Allende. A pesar de esto, fue el único período de relativo descanso que tuvo Allende desde la época de la campaña electoral. Una tarde hicimos una especie de campeonato de tiro. Yo había llevado dos rifles de calibre 22 y algunas pistolas. Además teníamos la escopeta recortada, de la cual ya hablé. Más armas, no había. Pusimos dos botellas en la baranda de un puente y empezamos a dispararles. En esto llegó el compañero Allende, tomó una pistola, e hizo puntería -lo sé con exactitud porque estaba inmediatamente detrás de él- en la botella del lado derecho. Pero hizo volar la del lado izquierdo. Había más o menos un metro de distancia entre las dos botellas. Este acierto

-era el primero que lograba- le permitió reírse bastante de nosotros. Se vanaglorió de su puntería y dijo que ahora ya no quería disparar más, que nos había dado una lección fuerte. Que practicáramos. Que la gente de su equipo de seguridad disparaba peor que él. 

Qué bonito equipo de seguridad tenía, si iba a tener defenderse por su propia cuenta. Hay una foto de este campeonato, en la que se ve a Allende, junto a Coco Paredes, disparando. La foto ha dado varias veces la vuelta al mundo. La reacción la ha presentado como una demostración de la violencia del gobierno de Allende. A Allende le gustaba mucho disparar, como deporte. ¡Jamás fue un hombre violento o agresivo! 

Inmediatamente después del 18 de septiembre, surgieron varios problemas. Había que conversar con los demócratas cristianos para que votaran por Allende. Había que combatir la tendencia a abstenerse de votar en el parlamento. Si eso sucedía saldría Allende electo por los votos de la Unidad Popular, pero nos dejaba en una situación política inconfortable. 
Se trataba entonces de conseguir que el Partido Demócrata Cristiano y, en lo posible, otras fuerzas en el parlamento, se decidieran en favor de Allende. 

Otro problema era la formación del futuro gobierno, la selección de la gente que iba a hacer realidad el programa de la Unidad Popular. Allen- de tenía que poder decir a aquéllos a los que quería convencer de que votaran por él, cuál iba a ser la estructura de su gobierno. Así empezó la búsqueda de los ministros. Conversaciones bilaterales de los partidos, alternaban con sesiones de la Unidad Popular y con Allende. 

Allende fue consecuente desde el primer momento: de acuerdo con la Constitución, le correspondía a él designar los ministros. Es facultad del Presidente de la República elegir sus colaboradores más cercanos, los ministros. Por otra parte, Allende desde un principio gobernó con los partidos. Por primera vez se hizo participar a las directivas de los partidos en el gobierno. Durante los tres años de gobierno no hubo más de dos o tres consejos de gabinete, pero una o dos veces por semana se reunían los jefes de partidos con el Presidente de la República y con algunos ministros. Esto dependía del respectivo programa de trabajo. De acuerdo con los problemas a tratar asistían a estas reuniones los jefes de partidos y los ministros del ramo. 

La búsqueda de los ministros no fue cosa fácil. El primero cuya designación como ministro era segura, y que teníamos muy claro que iba a ser, fue José Tohá. Allende quiso designarlo Secretario General de Gobierno. Luego lo nombró ministro del Interior. Esto se hizo a causa de algunas dificultades dentro del Partido Socialista, debido a que un sector, encabezado por Carlos Altamirano, quería designar ministro del Interior a Aniceto Rodríguez, lo que producía una vacante senatorial y por lo tanto una elección complementaria. A esto se opuso Allende, pues planteaba que no podíamos estar desgastándonos en los primeros meses de gobierno con este tipo de confrontaciones. 

Un día me llamó Enrique Krauss  –que había sido jefe de campaña de Tomic- para preguntarme si podía pasar  por su oficina, porque tenía interés en conversar conmigo. Naturalmente, sabíamos que el programa de la candidatura de Tomic y el programa de la candidatura de Allende mostraban grandes diferencias. Krauss y Saavedra, que estaba presente en esa conversación, plantearon concretamente que ellos, en ese momento, tenían problemas serios dentro de su Partido, porque había un sector de derecha que estaba presionando fuertemente para llegar a un entendimiento con Alessandri. Pero que la Juventud estaba en contra y presionaba con energía para conseguir un entendimiento con nosotros. Que no querían dividir el Partido y ni siquiera deseaban que su Partido ingresara a la Unidad Popular, pero pretendían un apoyo decidido y fuerte para Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular, un compromiso de tipo estratégico, realizando algunos puntos de nuestro programa, con los cuales estaban conformes.

Este no era el pensamiento de Frei y su grupo, pero sí el pensamiento de la mayoría, sobre todo de la juventud demócrata cristiana. Como ejemplo mencionaron que los dirigentes de las Federaciones de Estudiantes demócrata cristianos había ido juntos con los líderes de la Unidad Popular a felicitar a Allende. Ellos sostenían que esto debería mantenerse, que era una buena oportunidad para llegar a un entendimiento. 

Informé a Allende y él me hizo citar a Krauss. En esa conversación, Krauss sostuvo que el hombre más importante de ese sector dentro de la Democracia Cristiana era Gabriel Valdés, y así hubo una entrevista entre Valdés, ministro de Relaciones Exteriores y "hombre' fuerte" en el gobierno de Frei, y el compañero Allende. Una tarde, Allende me dijo que saliéramos los dos solos. Me dio una dirección y llegamos a una vieja casona, muy bonita, en medio de un hermoso parque. Yo no presencié la conversación, me quedé en un saloncito al lado. Conversaron largo, más de una hora. Allende quedó muy contento. Si las cosas seguían dándose como se estaban dando por el momento, dijo, no había ningún problema para que los demócratas cristianos votaran por él en el Congreso Pleno. Agregó que tenía que haber un fuerte sector dentro del partido que estaba luchando en favor de esta posición.     .' 

Pero en esos días surgieron también problemas con los militares. Debido al sistema político, la izquierda siempre había tenido poco contacto con las Fuerzas Armadas. Cualquier miembro de las Fuerzas Armadas que buscaba alguna relación con nosotros, tuvo dificultades. Por tradición, las Fuerzas Armadas fueron un instrumento represivo del poder de la burguesía. Por lo tanto, se había establecido una fuerte línea divisoria entre nosotros y los miembros de las Fuerzas Armada. Esto fue creando ahora una situación extraña. Sucedió que tuvimos que entrar en contacto con algunos miembros de las FF.AA. para irnos formando una idea de cómo enfrentar el problema militar durante nuestro gobierno. Aunque parezca increíble, hasta ese momento no había una política militar de la izquierda. 

Cuando por primera vez se reunió el grupo de los viejos allendistas para celebrar el triunfo electoral de Allende, llegamos con un poco de atraso, ya que el doctor había participado en una reunión con miembros de las FF.AA. Dos o tres días después, me llamó mi padre. Era entonces director de una organización que se llamaba ''Círculo de generales y almirantes en retiro". Esa entidad le había pedido que le solicitara a Allende por mi intermedio que no cambiara a ninguno de los comandantes en jefe. (Dos de esos comandantes en jefe estuvieron posteriormente vinculados con el asesinato del general Schneider). Mi padre me dijo que el Consejo de Defensa -Así se llamaba el grupo de generales en retiro- esperaba que le cooperara. Que los comandantes en jefe eran gente con buena calificación profesional, profesionales típicos y que por lo tanto, iban a estar con ese gobierno. 

Le repliqué a mi padre que él sabía quiénes eran estos hombres. Yo conocía a todos estos generales y almirantes y sabía cómo llegaron a sus cargos. Por ejemplo don Diego Barros que llegó a ser no sólo general sino que comandante en jefe de la Fuerza Aérea; había sido coronel y de repente pasó a comandante en jefe, durante el gobierno de Ibáñez. Para esto hubo que jubilar a otros generales. La mayoría de los miembros de este círculo llegaron a ser generales después de echar a 5 ó 6 generales a la calle, con el cambio del gobierno de Ibáñez, con el cambio del gobierno de Alessandri o con el cambio del gobierno de Freí. ¿Con qué solvencia moral venían ahora a plantearle esto a Allende? Se lo conté a Allende. 

Aquí se desarrollaba una campaña destinada a crear en la población y en las Fuerzas Armadas un ambiente adverso a nosotros. A mí personalmente, conociendo bastante a las Fuerzas Armadas, esto me causó mala impresión. También a Allende le preocupaba este proceso. Comentó que era una maniobra muy desagradable y que él trataría de neutralizarla. 
En estos días viajamos a Valparaíso. Ahí se le hizo a Allende una recepción impresionante y grandiosa. Ya no era la llegada de un candidato, sino la llegada de un Presidente. Habíamos programado una concentración en Valparaíso. Además, Allende iba a tener conversaciones con unos almirantes. Esto fue un día sábado, Alojamos en un motel en Concón. 

El día domingo, Rodolfo Ortega y yo salimos muy temprano a buscar a estos dos señores a Viña. Los dos señores eran los almirantes Montero y José Toribio Merino. El almirante Montero es un hombre profesionalmente muy bien calificado, de gran cultura, un hombre muy fino. Un marino al estilo británico, sin afección ninguna, sino culto, sencillo. El almirante Merino era "un hombre que trataba de ser extrovertido. Buscaba una vinculación con nosotros.      
Teníamos que recorrer un trayecto de una hora, y debíamos conversar de algo. Entonces, hablamos de salud, de deporte, de cualquier cosa, menos de política. El almirante Merino era en ese momento comandante en Jefe de la Escuadra; el almirante Montero era segundo comandante y jefe del Estado Mayor, creo. Según la antigüedad, él era el segundo hombre y Merino el tercero, dentro de la Marina. 

El compañero Allende estaba esperándonos. Merino, Montero, el doctor, el compañero Tohá y yo tuvimos una larga conversación. El compañero Allende buscaba a quien iba a designar comandante en jefe de la Armada. El almirante Montero planteó su punto de vista con seriedad. No así Merino, que trataba siempre de encubrir las cosas.     . 
En el momento de salir, Merino me llevó a un rincón y me dijo: "Osvaldo, usted es un hombre...” Más no pudo decir, porque en ese momento pasó Tohá y lo tomó de un brazo:  

-Ustedes dos son hombres que están muy cerca del Presiden te. Díganle que se cuide del almirante Montero. Es un hombre de los norteamericanos. ¡Con él, nunca vamos a llegar al socialismo 

No hice ningún comentario, Pepe tampoco. Después, fuimos a dejar a los almirantes. Posteriormente, Merino me invitó en repetidas oportunidades a salir a pescar con él. Y que lo llamara por teléfono, para mostrarme el barco insignia de la escuadra, el "Almirante Rivero" (El almirante Rivero fue el bisabuelo de Myriam). Que era el colmo, me dijo, que, casado con la bisnieta del almirante, no conociera el barco que lleva su nombre. Posteriormente me tuteó, buscando un contacto más estrecho. 

En ese viaje a Valparaíso, los servicios de inteligencia detectaron los planes de un atentado contra Allende. Lo iba a ejecutar un ex-oficial de aviación que vivía en Viña del Mar. Lo habían sorprendido llevando un fusil con mira telescópica. Estaba metido en el caso el mayor Marshall, vinculado a "Patria y Libertad" y quien había salido del ejército hacía poco por su posición de ultraderecha. En ese entonces, debe haber tenido unos 38 o 40 años y estaba muy cerca de los norteamericanos en general, y de la CIA en especial. Estaba vinculado también con el caso del Tacnazo. 
En la casa de su cuñado, se parapetó detrás de la cuna de un bebé, cuando quisieron tomarlo preso. ¡Es imposible dispararle a un hombre que se esconde detrás de una cuna! Usaron gases también significaba poner en peligro al niño. La situación se mantuvo durante toda la noche, sin que se le pudiera rescatar de donde estaba. Después de mucho, la madre logró coger su guagua. Entonces se lanzaron gases, de modo que el hombre se entregó. 

En relación con este hecho ocurrió algo muy desagradable para mí: Luis Hernández Parker, un conocido comentarista político, dio a conocer que el jefe de una organización anti-CIA había descubierto el paradero de Marshall y que ese jefe era yo. Esto resultaba entonces desagradable, porque el gobierno demócrata cristiano se preocupó bastante de que hubiera tal vez represalias de los partidarios de Viaux contra mí. Eran todos ultra derechistas fanáticos y por eso se me ofreció custodia policial. La rechacé, pero acepté, por consejo de Allende, que colocaran un carabinero en la puerta de mi casa. Recibí dos o tres cartas en las cuales se me amenazaba, por el hecho de haber delatado al héroe de la democracia, el mayor Marshall. En la realidad, yo casi no intervine en eso, no era jefe de una anti-CIA, ni estaba trabajando en el aparato de seguridad del Presidente. 

Para Luis Hernández era fácil dar mi nombre, porque sabía que yo no iba a entrar en una polémica con él. Con esa irresponsabilidad periodística -un, vicio de los periodistas que luchan por la noticia más reciente, este hombre jugaba posiblemente con mi vida. Luego, durante el gobierno nuestro, descubrimos que había estado metido en el asunto el que actualmente es general y jefe del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea, el coronel Mario Jahn, más tarde subdirector de la DINA. Era compadre del oficial de aviación que iba a hacer el atentado. Incluso le había proporcionado una pequeña caja con municiones. Jahn explicó después que él no sabía qué quería hacer su amigo con la munición. Afirmó que no sabía absolutamente nada de un atentado contra Allende. El general Ruiz Danyau, que en ese momento ya era comandante en jefe de la Fuerza Aérea, ratificó todas las declaraciones de Jahn, para que no fuese dado de baja como lo había propuesto la junta calificadora, los ministros y el gobierno. 

Conozco a Jahn desde hace mucho tiempo, por relaciones familiares. Sé de qué es capaz. Su formación fascista, su anticomunismo, podían llevarlo a cualquier extremo (A propósito, se le vio en Europa poco tiempo después del atentado al demócrata cristiano Bernardo Leighton (1975), y estaba también en EE.UU., durante aquellos días en los que fue asesinado Orlando Letelier, en el año 1976. Después, se ha jugado mucho en favor del régimen fascista en Chile. iY fue uno de los peores torturadores que participaron en lo que se dio en llamar posteriormente, el "juicio Bachelet"! 

El hombre que descubrió todo esto fue el comandante Silva, que trabajaba entonces en el servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea. (Estuve con él en la cárcel. Lo habían condenado a 15 años de presidio y temía, con razón, que Jahn lo hiciera asesinar). Silva había salvado la vida de Allende. 

La situación creó problemas dentro de las Fuerzas Armadas. Y nos dimos cuenta de que nuestra seguridad era bastante débil. En ese tiempo, realizamos el traslado de nuestra oficina al local del sindicato de profesores, a la llamada Moneda chica. Ahí teníamos muchas más comodidades para recibir gente que en Guardia Vieja. Había una gran sala de consejos, tenía Allende su propia oficina, no muy espaciosa y cómoda, pero suficiente para trabajar con más tranquilidad. Además, podíamos protegerlo mejor. En el piso donde se encontraba la oficina de Allende hicimos instalar una puerta para impedir el acceso indiscriminado de gente hacia ese piso. Nos dimos cuenta ahora, de los problemas de seguridad que íbamos a tener durante los años de gobierno. Nuestra gente no estaba acostumbrada a vivir con ese tipo de medidas de seguridad. iY nos habíamos convertido ahora en un peligro concreto para la derecha! 

Estábamos a pocos días de entrar a la Moneda. Y entonces se iba a producir lo que nosotros habíamos anunciado. Todo lo que hasta entonces había' sido solamente teoría entraría a ser una realidad. Por esta razón habíamos de preocupamos más de nuestra seguridad. La reacción estaba tomando medidas de boicot en público, creó problemas en la producción y en el abastecimiento. El gobierno demócrata cristiano, que aún estaba en el poder, fue dejando cada vez más posibilidades de atentados y acciones en contra de la población, para atemorizarla ante la llegada nuestra al gobierno. 

Un día vino a hablar conmigo un ingeniero de ejecución de la Compañía de Electricidad. Me trajo los planos de la planta que producía la corriente eléctrica para todo el sector céntrico de Santiago. En ese plano y en uno de una planta eléctrica que había en el Cerro Navia, en Mapocho, me mostró dos puntos. De ahí, con un rifle de calibre 22, se podía destruir elementos vitales para el funcionamiento de la planta, que además eran de difícil recambio, de modo que se dejaba a Santiago a oscuras por dos o tres días. 

El ingeniero tenía conocimiento que la compañía de electricidad ni siquiera contaba con suficientes piezas de repuesto. En caso de emergencia, había que traerlas de EE. UU. Allende llamó de inmediato al subdirector de Investigaciones a su casa. Con los planos en la mano le explicó la situación en que nos encontrábamos. Le responsabilizó de cualquier incidente que ocurriera. La conversación fue muy violenta. 

El personal de investigaciones quedó sorprendido del grado de información que teníamos, y rápidamente se dieron cuenta de que las cosas no podían seguir con el mismo descuido con que se habían llevado hasta este momento. Tomaron inmediatas medidas de control interno y externo de las plantas eléctricas.

(*) Extracto del libro Un cuarto del siglo con Allende. Recuerdos de su secretario privado”; Editorial Emisión; diciembre de 1985.

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