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Jueves, 29 de octubre de 2020
10° aniversario de su muerte

Sandro, el precursor del 'showbiz' latino

Ricardo Martínez

Desaparecido hace exactamente diez años, la figura de Sandro de América sigue enviando ondas de fuerza desde el pasado por su peculiar y significativo impacto en la naciente industria del entretenimiento argentina y latinoamericana, sobre las que vale la pena volver para aquilatar un legado importante para la música, la radio, el cine y la televisión.

Si algún día se escribe la historia del rock, el pop y la balada romántica latinoamericana, así todo junto, es posible que haya que considerar como la narración más fiel de aquello que musicalmente sucedió entre fines de los años cincuenta y mediados de los años setenta a aquella canción compuesta por Charly García e interpretada por Serú Girán en su álbum Bicicleta de 1980 que dice en sus versos iniciales: “¿Te acuerdas de Elvis, cuando movió la pelvis / el mundo hizo plop y nadie entonces podía entender / qué era esa furia?”.

Sí, porque el rock and roll fue un estallido de carácter global, quizá el primero de muchos, que significó el ascenso de una generación inédita en la historia; la adolescencia, tal como la documentó Margaret Mead un par de décadas antes de aquella explosión, primero en los Estados Unidos, luego en Inglaterra, y posteriormente en el resto del mundo.

El estallido inicial y la industria del entretenimiento

En Latinoamérica el estallido del rock and roll significó la irrupción de toda una hornada de jóvenes pretendientes a estrellas que agolpaban los estudios radiales, como detalla el periodista David Ponce en su libro Prueba de Sonido, en búsqueda de producir algún hit y de la circulación de sus temas.

Y Roberto Sánchez Ocampo fue probablemente el más significativo de ellos. Tomando tempranamente el nombre artístico de Sandro, Sánchez, que había nacido el 19 de agosto de 1945 en Buenos Aires, incursionó primero en el rock, con su banda Los del Fuego y fue descubierto por el foco de la naciente industria del entretenimiento y el espectáculo (show business) argentinos como la versión latina de Elvis. En aquellas fechas, según Juan Pablo González y Claudio Rolle en Historia social de la música popular chilena, 1890-1950, las reglas de puesta al aire radial resultaban draconianas para la música extranjera cantada en otros idiomas -la que solo podía emitirse un par de horas al día- por lo que el único espacio en serio para el rock correspondía a versiones en castellano de los temas en inglés, o intentos de canciones propias imitando los estilos del primer mundo. Así apareció la nueva ola en Chile y Argentina, los refritos en México o la joven guardia en Brasil.

Esta oleada fue fortísima. Esto pues fue apoyada por la radio, que en ese entonces casi todas las emisoras radiales de las capitales del continente americano contaban con pequeñas salas de espectáculos para doscientas o trescientas personas. También porque el cine ya intentaba rivalizar con Hollywood, desde Sono Film, en Argentina, Estudios Veracruz en Brasil o Estudios Churubusco en México. Y sobre todo por la televisión. Esta última jugó un papel importantísimo en la explosión del rock and roll, particularmente porque, a diferencia de estilos anteriores, en el rock and roll no solo importaba la música, la letra o la voz, sino que también la performance o la puesta en escena.

Elvis no habría sido Elvis si no hubiera imágenes vinculadas al ídolo y sus movimientos pélvicos. Y la televisión argentina encontró en Sandro el equivalente que buscaba. De aquellos días data, por ejemplo, El Club del Clan, un programa que sería imitado en todo el resto del cono sur, y, sobre todo el programa ómnibus Los Sábados Circulares conducido por Pipo Mancera y que en Chile fue copiado a la letra por Mario Kreutzberger, Don Francisco, sobreviviéndole bajo el nombre de Sábados Gigantes prácticamente durante medio siglo. Sandro era número puesto en aquellas emisiones televisivas argentinas.

Contracultura

Al estallido inicial del rock, que tenía mucho de cultura de masas, de mainstream, sobrevino una etapa más underground, donde el rock no solo era ya una fuerza juvenil solamente, sino que el espacio de la contracultura.

Los músicos de aquellos días, a mediados de los años sesenta, se dieron cuenta de que el mensaje del rock no bastaba con que fuera promovido solo por los medios de comunicación de masas, sino que tenía que hacerse desde la misma calle. Así, por todos lados surgieron pequeños locales donde los intérpretes exploraban nuevas sonoridades, a menudo perseguidos por la policía y los defensores de las buenas costumbres. El ejemplo supremo, del que muchos se colgaron, era una cantina del centro de Liverpool denominada The Cavern (la caverna) donde lanzaron sus primeros petardos The Beatles.

Sandro, entonces, buscando por aquí y por allá en su natal Buenos Aires, encontró un sótano en la Avenida Pueyrredón número 1723 que pintaba perfecto para volverse la versión porteña de The Cavern. Sin mucha imaginación y con mucho de copia la bautizaron La Cueva, como explica Mariano del Mazo en Sandro. El fuego eterno. Por ese subterráneo pasaron Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Oscar Moro, así como también se formaron bandas como Los Gatos. Quienes tocaban en La Cueva pasaban luego a tomar desayuno a otro local mítico de Buenos Aires, La Perla del Once, de ahí la letra de otro tema clásico sobre la historia del rock argentino, Los Salieris de Charly de León Gieco, que reza, “en La Perla del Once compusiste La Balsa, después de la cana no saliste más”, referida a la historia de José Alberto Iglesias, “Tanguito”.

Llegando a la balada

Las incursiones de Sandro en el rock, en la televisión, en la radio y en el cine -en el cual merece una particular mención el guión que hizo para la película Tú me enloqueces, recientemente encontrado en su casa de Banfield- dieron paso a una nueva versión del ídolo, ahora reconvertido en baladista en la segunda mitad de los sesenta.

Esto del baladista explica mucho del curso de la música pop en el siglo XX. Cuando los sones del rock original se aplacaban, básicamente porque las audiencias habían dejado atrás la adolescencia, entonces estas audiencias, ahora más viejas, ya no querían escuchar o bailar algo tan energético como antes. En los Estados Unidos este giro fue muy marcado y significativo, al punto que la revista que traía los ránkings de los discos más vendidos, Billboard, tuvo que crear una categoría nueva para los sones más pausados de las baladas, a la que se denominó inicialmente Hot Adult Contemporary Tracks y fue lanzada en julio de 1961. Y sobre eso también se explaya el tema de Serú Girán mencionado más arriba: “Pues bien, el muchacho se hizo rico y entonces / las dulces canciones conquistaron las señoritas / a papá y mamita”.

Sandro, en su reconversión, se inspiró en el baladista más importante de aquellos días a nivel planetario, Charles Aznavour, quien había inventado como cantar un bolero sin que pareciera un bolero. Basta con escuchar Porque yo te amo (también conocida como Por ese palpitar) del argentino y luego un tema del francés como Buen Aniversario para reconocer en el fraseo, los énfasis y hasta la manera de respirar del ídolo trasandino la influencia aznavouriana.

Sandro, de este modo, logró hacer una mezcla inusual y singular de la presencia a lo Elvis y la vocalización a lo Aznavour que encontró imitadores por todo el continente, al punto que lo empezaron a llamar Sandro de América. Sin él no habría sido posible ni un Yaco Monti, ni unos Ángeles Negros, ni otros cultores de la balada temprana argentina, como Leo Dan o Leonardo Favio. Incluso el venezolano José Luis Rodríguez, algo más tarde, se inspiró en el argentino: José Luis Rodríguez ha sido apodado como El Puma, porque su primer éxito fue un cover del tema Este es mi amigo el puma del argentino, en una telenovela de 1974.

Figura capital del show business argentino, Sandro, su vida, su legado, sus andanzas, dieron pie a todo un comidillo proto-farandulero que marcó a fuego la manera como Argentina entendía al entretenimiento: como una industria en el marco del desarrollismo económico y cultural. Ídolos de tamaña envergadura cuesta encontrar en otros países del continente, al punto que se explica la en Sandro la frase que cierra la idea del tema de Charly García que se ha citado en este texto y que aludía a Elvis: “mientras miro las nuevas olas, / yo ya soy parte del mar”.

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