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Miércoles, 27 de Octubre de 2021
[Sábados de streaming]

Series de TV – El reino: El diablo en la política

Juan Pablo Vilches

El temor al evangelismo se manifiesta en esta serie lúgubre y truculenta, con puntos altos a nivel de producción y actuación, y que lanza por el lado un punzante apunte sobre la burguesía de su país. Y del nuestro.

El fantasma del evangelismo recorre América Latina, causando espanto en la izquierda pretendidamente ilustrada, que no sabe qué ofrecer ni cómo responder, y que apenas puede disimular su mala conciencia por haber abandonado el terreno de pobreza y desesperación que los pastores supieron apropiarse para montar sus iglesias. 

Pasó en EE. UU. y pasó en Brasil, con consecuencias desastrosas en uno y otro lado, y esta ficción argentina especula con la caída de una nueva pieza de dominó bajo la invasión evangélica, pero agregando bastantes elementos más. Bien dosificados y bien hilvanados, dejando como resultado un thriller eficaz, manifiestamente artificioso pero que se da el gusto de hacer algunos apuntes sobre el poder y la burguesía de su país.

La serie nos da la bienvenida suscitándonos preguntas. Muchas preguntas. ¿Por qué el pastor evangélico Emilio Vásquez Pena (Diego Perretti) va de vicepresidente en la fórmula presidencial junto con un alter ego de Macri? ¿Por qué el pastor tiene un moretón en el rostro? ¿Por qué su asesor más cercano, Julio Clamens (Chino Darín), es el hijo de un político enemigo y rival de esta fórmula de derecha? ¿Quién es el enigmático asesor del candidato a presidente, que a la vez parece un enlace con poderes invisibles? ¿Quién es la mujer que graba las conversaciones telefónicas del pastor Vásquez y de su esposa Elena (Mercedes Morán)? Y sobre todo, ¿qué tienen que ver con todo esto dos adolescentes asustados en el altillo de un hogar de menores perteneciente a la iglesia del pastor?

Las respuestas empiezan a aparecer. Dramáticamente, cuando otro personaje asesina al candidato a presidente durante un acto en un gimnasio lleno de la feligresía del pastor, en una escena que exhibe un estándar de producción bastante alto y también bastante destreza para explotarlo. 

Las respuestas empiezan a aparecer, y con ellas la trama se abre, se vuelve compleja, salta al pasado y exhibe una progresiva inclinación a la truculencia, la que produce cierto rechazo, pero muy calculado, para que nunca supere el deseo y la curiosidad para seguir viendo y así conocer la próxima respuesta.

Porque, digámoslo, el vínculo con la serie se da por la curiosidad, por saber; no por los personajes. Salvo excepciones, la opinión que se tiene de ellos y de sus respectivos entornos es lapidaria desde el principio, y con el tiempo se endurece. Uno de los capítulos de la serie muestra el manejo del dinero que se hace en la iglesia citando directamente al Scorsese de Casino y Buenos muchachos. La fiscal a cargo del homicidio del candidato, Roberta Candia (Nancy Dupláa), no es corrupta ni incompetente, pero se adivina pronto que no tiene mucho que hacer ante una maquinaria tan grande que se vuelve invisible.

Tal vez por eso los entornos físicos de esta serie son tan manieristas y artificiales. El templo es un lugar blanco y saturado de luz, para que la maldad y la hipocresía luzcan en todo su esplendor; mientras que la casa del pastor es una fortaleza donde no entra luz natural pues parece diseñada para esconder y controlar. Las oficinas de la fiscalía pertenecen al siglo XX profundo, mientras que la oficina de Rubén Osorio (Joaquín Furriel), el taumaturgo de esta historia, es hipermoderna y llena de vidrios para que su ocupante lo vea todo y lo sepa todo. Y el hogar de niños, por cierto, es un edificio viejo y propicio para el terror.

El leit motif que acompaña al hogar y a sus ocupantes es el “Sanctus” de la Misa Luba, una misa católica con voces, ritmos e instrumentos congoleños, que a fines de los 50 pareció traer una esperanza de renovación espiritual para una religión vieja y cargada, en la voz de inocentes. La misma melodía es importante en la incendiaria If (Lindsay Anderson, 1968), pero esa es otra historia.

Todo parece construido para llegar a la escena de la proclamación. Y toda la escena de la proclamación parece construida para que el discurso del pastor Vásquez suene como una parodia siniestra del sermón de la montaña, logrando el mismo efecto que este pero en una audiencia compuesta por las grandes fortunas de Argentina.

A medida que el pastor Vásquez se acerca a la candidatura y con ello a una inevitable presidencia, la serie opta por montarse en las viejas y gastadas columnas del bien y del mal, donde el bien se arrastra con el tortuoso proceso de la fiscal Candia y los esfuerzos de Tadeo (Peter Lanzani), sobrino del pastor y auténtico creyente, por proteger a “El pescado”, un adolescente boliviano que parece ser el elegido… para algo. El bien en esta serie es impotente, transparente y etéreo, como la voz de los muchachos congoleños cantándole al dios del rey que cortó las manos de su pueblo.

¿Y el mal? Se desliza por el mundo con el lubricante del dinero, con el pasaporte del imperio y con la fuerza del autoengaño, como lo exhibe una sórdida reflexión del pastor sobre sus pecados –y delitos– privados. Hay que decir que esta escena y la de su proclamación como candidato, son los puntos más altos a nivel de actuación de toda la serie, pues Diego Perretti logra sacarnos de la trama y esculpe con su voz una comprensión muy dolorosa de lo que está ocurriendo –adentro y afuera–, una que nos seguirá acompañando cuando concluya el último capítulo de El reino.

Todo parece construido para llegar a la escena de la proclamación. Y toda la escena de la proclamación parece construida para que el discurso del pastor Vásquez suene como una parodia siniestra del sermón de la montaña, logrando el mismo efecto que este pero en una audiencia compuesta por las grandes fortunas de Argentina.

Como si estuvieran ante un encantador de serpientes, los millonarios y millonarias aplauden y repiten las “¡bendiciones!”, cerrando instantáneamente la brecha cultural y de clase entre la vieja burguesía y los evangélicos, evidenciada en la incomodidad de los personajes en el acto del primer capítulo. Y es que, parecen apuntar Piñeiro y Piñeyro, la burguesía es sumamente propensa a identificarse con los guardianes de su riqueza, sobre todo si cobran barato: así lo manifiesta su férrea defensa de uniformados genocidas y de religiosos pederastas, y también el súbito encanto con el pastor Vásquez, un comerciante que vende esperanza y certezas a los pobres, a cambio de dinero.

En paralelo, Tadeo y El pescado siguen el camino de Cristo, y la serie se despide con ellos, adoptando así –de seguro que voluntariamente– cierta estructura de la creencia cristiana: el esperable lugar marginal y subordinado del bien en un mundo abrasado por el sol de Satán; y, por lo mismo, la inevitable apelación a lo sobrenatural cuando la naturaleza entera también parece obra del diablo. Así de lúgubre es esta serie.  

 

 Acerca de

Título: El reino

País: Argentina

Exhibición: Una temporada de ocho episodios (2021)

Creada por: Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro

Exhibida originalmente por: Netflix

Se puede ver en: Netflix

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