En el mundo, el entusiasmo sigue siendo gigantesco. Parte importante de dicha locura se explica por la ampliación del torneo a 48 selecciones, una decisión que ha resultado ser un arma de doble filo: saturó las etapas iniciales de partidos poco atractivos y dejó al mundial sin los tradicionales “grupos de la muerte” o “finales anticipadas”, pero, al mismo tiempo, contagió el máximo fervor a países que antes no tuvieron posibilidades concretas de participar antes en la justa planetaria. Las cifras son elocuentes: la FIFA informó que recibió más de 500 millones de solicitudes de entradas provenientes de los 211 países y territorios afiliados, un récord absoluto para la competición. La demanda ha sido tan alta que muchas fases de venta han quedado ampliamente sobrepasadas por el interés de los aficionados. Todo a pesar de los precios exorbitantes de entradas, estacionamientos, alojamientos, etc.
Para millones de hinchas, entonces, especialmente en Europa, Sudamérica y Norteamérica, el torneo conserva intacta su capacidad de generar ilusión colectiva.
Pero junto con ese entusiasmo también han aparecido críticas. Como decíamos, el elevado precio de las entradas, los costos de traslado entre sedes y la sensación de que el Mundial se ha convertido en un producto cada vez más exclusivo han generado cuestionamientos. Incluso autoridades estadounidenses han investigado malas prácticas en la venta y reventa de boletos y numerosos aficionados han denunciado que asistir al torneo resulta prohibitivo para el público promedio.
En Chile, en cambio, el ambiente es distinto. La ausencia de la selección nacional ha vuelto a golpear el vínculo emocional entre los aficionados y la Copa del Mundo. Tras quedar fuera de Rusia 2018, Qatar 2022 y ahora también de Norteamérica 2026, una generación completa de hinchas ha comenzado a acostumbrarse a observar el torneo como espectadores neutrales y coleccionar el álbum Panini más como un ritual obligatorio que con verdadera pasión.
No significa que el Mundial no interese. Los partidos importantes seguirán congregando audiencias masivas, las oficinas organizarán tradicionales "pollas" y los bares volverán a llenarse durante los encuentros decisivos. Sin embargo, la intensidad es otra. Falta la ansiedad de esperar el debut de Chile, la discusión sobre la formación titular, la ilusión de avanzar de ronda o la esperanza de repetir gestas históricas.
Existe además un factor generacional. Para muchos jóvenes, la imagen de Chile compitiendo en mundiales ya no es una experiencia propia, sino un recuerdo transmitido por sus padres o visto en videos de archivo. El equipo que maravilló en Sudáfrica 2010 y Brasil 2014 pertenece cada vez más al terreno de la nostalgia.
Paradójicamente, mientras el mundo parece prepararse para el Mundial más grande de la historia, Chile enfrenta uno de los períodos de mayor desconexión con el torneo. El contraste es evidente: afuera, la demanda por entradas rompe récords; adentro, buena parte de la conversación gira en torno a cómo y cuándo la selección podrá volver a estar presente.
Porque el Mundial sigue siendo el mayor espectáculo deportivo del planeta, pero que Chile lo mire tan tristemente desde la distancia, siendo objeto de mofas de sus vecinos, no es indiferente. Es una consecuencia de nuestro momento cultural e institucional en lo que a balompié se refiere.
Porque los mundiales no solo se juegan en las canchas. También se juegan en la ilusión colectiva de un país. Y hace ya demasiado tiempo que Chile dejó de sentirse parte de esa fiesta





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