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Jueves, 26 de noviembre de 2020
Jueves, 26 de noviembre de 2020
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Por Andrés Almeida,
Editor General de Interferencia

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EL COMIENZO DEL FIN DE “JUNGLA”

El 28 de junio pasado, desde Temuco, el presidente Sebastián Piñera declaró su esperanza en “iniciar una nueva etapa en esta hermosa región de la Araucanía, que deje atrás la frustración, el estancamiento, la violencia y el terrorismo, y se reencuentre con lo mejor de su historia. Y por sobre todo, con lo mejor que el futuro ofrece” (ver video). El motivo de tanta esperanza era el inicio de las operaciones del Comando Jungla, una tropa de 80 carabineros formados en Colombia al fragor de la lucha contra el narcotráfico, con el propósito de enfrentar a los grupos violentistas de esta zona de Chile.

Cuatro meses y medio después, el Comando Jungla vuelve a los titulares de la prensa, pero por dar inicio a su aporte de violencia y muerte por parte del estado, al ultimar de un balazo en la nuca al comunero mapuche Camilo Catrillanca, de 24 años, mientras conducía su tractor en compañía de un menor.

El gobierno ha tratado de eludir su responsabilidad en el hecho, puesto que supuestamente el Comando Jungla actuó en la mitad de un operativo de un robo de varios vehículos y en el contexto en que Catrillanca tenía antecedentes en un ilícito similar. Muy temprano, INTERFERENCIA ya había determinado que esto es crimen político y no una víctima casual de un operativo legítimo (ver artículo).

Aunque hay muchas dudas todavía que se irán esclareciendo con la investigación, los antecedentes preliminares muestran que es bastante evidente que no es necesario -ni deseable- entrenar carabineros en técnicas militares en conflictos armados reales para buscar autos robados. Tal vez esos autos tenían relación con algún delito mayor y no responden a simples actos delincuenciales, pero, aún así, el uso desproporcionado de la fuerza es evidente contra un comunero desarmado y montado en un tractor (hasta un par de helicópteros estaban implicados).

Por ahora el gobierno respalda el Comando Jungla, y probablemente sostenga políticamente su permanencia en la escena. Después de todo es la gran apuesta de seguridad de Andrés Chadwick, el ministro de Interior, y primo del presidente, la que va a estar -por ahora- por encima del liderazgo en la Araucanía que hasta ayer buscaba Alfredo Moreno, ministro de Desarrollo Social.

Sin embargo, en el mediano plazo, el destino de Jungla muy probablemente será dispersarse o  barrer cuarteles, porque es muy difícil evitar bajas civiles como esta con personal que ha recibido entrenamiento militar en una zona de verdadero conflicto armado. De hecho la pregunta en junio no debió ser “si” iba a haber bajas inocentes en manos de Jungla, sino “cuando”. Fue en cuatro meses y medio.

La pregunta ahora es ¿Cuánto va a tardar en aparecer la segunda víctima fatal inocente? En ese entonces va a ser muy difícil sostener Jungla sin arriesgar a Chadwick o el alto mando de Carabineros. Más con el recuerdo de las chambonadas policiales en torno a la Operación Huracán. Y entre Jungla y Huracán, lo mínimo exigible es que sean los civiles los que empiecen a poner nombres a las apuestas de política pública en materia de seguridad y no policías que han visto Rambo demasiadas veces.

 

BORIC, LEAVING LAS VEGAS

La visita a Ricardo Palma Salamanca es el último error político de juventud de Gabriel Boric. Y no es porque el diputado del Movimiento Autonomista de 32 años no vaya a volver a equivocarse, todos lo hacemos, sino porque para la próxima nadie lo va a considerar joven o nadie lo va a considerar político.

Boric tiene que elegir entre ser una especie de rockero, con todo lo que eso implica (a excepción de la música) y consolidarse como una figura fulgurante capaz de transgredir las normas y los sentidos instituidos, convirtiendo su personalidad en un artefacto significante que básicamente hace lo que le place. O bien el diputado puede ponerse serio y avocarse a liderar un sector político completo, incluso más allá del Frente Amplio, que hoy está huérfano de grandes líderes, lo que implica aplacar las aristas más estridentes de su identidad o de su juventud. Pero no puede hacer ambas.

Es por eso que tanto disuena su visita al ex frentista.

Por un lado, Boric, el serio, se ha dedicado a reprender a la izquierda tradicional por su incapacidad de abandonar sus lealtades históricas con una izquierda sigloveintista trasnochada. Pero por otra, Boric, el rockero, no puede resistirse a la tentación de conocer al hombre cuyo dedo índice jaló el gatillo que acabó con la vida del senador Jaime Guzmán, el más importante líder de la oposición de ese entonces, en un viaje que parece más de placer que de sentido político.

¿Qué llevo a Boric -y a Maite Orsini- a querer conocer a Palma? Probablemente no lo sepamos nunca, pero evidentemente no fue producto de una reflexión política, sino que algo de mayor valor personal o vivencial. Un gusto caro, porque hoy ambos están en las cuerdas, no tanto por las posibles sanciones de la Comisión de Ética y Transparencia de la Cámara, ni menos por la absurda idea de la destitución. Lo que enfrenta Boric es mucho peor, pues quizá por primera vez, comparece ante un público que, si lo considera un líder, comienza a no hacerle gracia su juvenil desparpajo. O que, si lo considera un rockero, no le cae bien verlo con la cola entre las piernas aceptando una capotera sin decir “y qué tanto si quería conocer al asesino de Guzmán” .

 

¿QUÉ HARÁ EL CHAPO?

Parece un capítulo de Gotham, la serie que habla de Batman antes de Batman. Desde esta semana que el puente de Brooklyn va a ser cortado dos veces al día durante un periodo cercano a los cuatro meses. La razón; abrirle el paso a Joaquín Guzmán Loera, alías El Chapo, tal vez el narcotraficante más poderoso que haya existido, quien enfrenta un juicio en Nueva York en medio de grandes medidas de seguridad para evitar su fuga o el despliegue de acciones extorsivas contra jueces, jurados, policías e incluso los periodistas que cubren el caso.

Por ahora la defensa, liderada por Jeffrey Lichtman, un abogado famoso por lograr fallos favorables a miembros de organizaciones criminales, ha optado por decir que Guzmán no era el líder del Cartel de Sinaloa, sino Ismael El Mayo Zambada, y por tanto, no sería culpable de los peores crímenes que se le acusan. En paralelo, Lichtman ha cuestionado las condiciones de presidio de su cliente, quien permanece aislado y confinado a una celda en la que -entre otras cosas- nunca se apaga la luz, por lo que no estaría enfrentando un juicio.

Pero hay otra arista de las movidas de la defensa que tienen a varios políticos expectantes. Lichtman aseguró que el Cartel de Sinaloa (no El Chapo) sobornó por varios millones de dólares a los presidentes mexicanos Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Acusaciones que fueron desmentidas en México, pero que gozan de credibilidad, pues ha logrado fugarse dos veces de cárceles de alta seguridad mexicana, lo que es imposible sin corromper al menos a funcionarios penitenciarios, y tal como el propio presidente electo Manuel Andrés López Obrador lo ha sugerido (ver video). Van a ser cuatro meses de juicio que van a marcar en buena medida la política mexicana también.