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Domingo, 28 de Noviembre de 2021
Investigación

Adelanto del libro "Deporte Social, del Barrio a la Constitución"

Paula Huenchumil

El libro desarrollado por Fundación Clubes, y editado por Joaquín Espejo, rescata las voces de los clubes de barrio de distintas regiones del país. Además realiza una propuesta para consagrar el Deporte en la nueva Constitución. El texto incluye relatos de Marcelo Díaz, Ziomara Morrison, Fernanda Pinilla y Daniel Morón, entre otros destacados deportistas.

"Deporte Social, del Barrio a la Constitución", de la Fundación Clubes, y editado por Joaquín Espejo Gana, es un trabajo de investigación que recoge relatos de clubes de barrio y de dirigentes sociodeportivos de distintas regiones del país. También hace una propuesta sobre cómo debería quedar redactada la consagración del deporte como derecho en la Constitución.  

Joaquín Espejo, editor del libro señala que la obra “expresa sueños de los clubes y también rescata sus identidades. Las y los constituyentes deben saber mejor que nadie el valor que tiene el Deporte Social. Por eso aportamos con este libro a un momento clave para el deporte nacional, en el que tenemos una oportunidad histórica de volver a darle vida al tejido social a través del deporte en los barrios”.

Mientras que José Bezanilla de la Fundación Clubes y especializado en temas de Políticas públicas y Deporte Social, indica: "Los clubes de barrio están en los rincones de Chile promoviendo el buen vivir con el deporte como una herramienta para lograrlo. Chile tiene dos opciones: o los sigue olvidando o los pone en un lugar crucial para el país que estamos soñando. Con este libro, pretendemos que la Convención Constitucional ahora tenga un insumo de gran valor que le permita establecer al Deporte Social como un nuevo derecho". Ambos estuvieron en el último capítulo del podcast de INTERFERENCIA, 'Amigas, no rivales' sobre fútbol, política y poder.

A continuación un adelanto del libro.

Introducción

Las páginas que inician a continuación son el resultado de un trabajo conjunto entre Fundación Clubes, deportistas de alto rendimiento, organizaciones sociales y, especialmente, dirigentes socio deportivos a lo largo y ancho de nuestro país. Proponemos con convicción que el deporte es un derecho que debe quedar consagrado en la nueva Constitución de la República y, estamos seguros/as de que debe ser entendido desde su poder transformador y comunitario, pues en aquellos elementos radica la posibilidad de un mejor vivir para el pueblo de Chile. Cómo veremos a continuación, el derecho al deporte es más que el acceso a jugar 90 minutos, a pagar una cancha privada, a construir infraestructura que quedará abandonada en los barrios. El derecho al deporte implica la posibilidad de encontrarnos en la cancha, de poner tarjeta roja a la discriminación, a la falta de inclusión, a la desigualdad, a la centralización y al nefasto triunfalismo. El derecho al deporte exige armar un equipo cuyo objetivo es alzar la copa más importante de todas, la de una sociedad más justa, equitativa, integrada y abierta, que tome las experiencias del pasado para construir, con todos y todas, niños, niñas, adolescentes, adultos mayores, pueblos originarios, personas en situación de discapacidad, disidencias sexuales, y quien quiera ponerse la camiseta, un nuevo Chile que nos represente, entregue oportunidades, y suba el volumen a nuestras voces. Porque de silencio y de exclusión ya hubo suficiente. El derecho al deporte es la oportunidad para cambiar la cara a los barrios del país.

Marcelo Díaz, mundialista con la selección chilena, campeón del continente con la Universidad de Chile e ídolo en Europa por anotar un gol que valía más que cualquier campeonato, aquel que evitó el descenso del Hamburgo, nos acompaña en este libro con un prólogo que espera mantener al deporte social en la división de honor consagrándose entre el cuerpo de derechos constitucionales. Carlos Villanueva con los toperoles bien puestos, Beatriz Gaete con sus patines listos para rodar, Fernanda Pinilla -que llegó desde el mundial de Francia y las olimpiadas de Tokio- concentrada como siempre para recuperar cualquier balón, Ziomara Morrison lista para saltar, encestar o defender y Daniel Morón que no dejará pasar ningún gol, igual que en aquel Colo Colo de 1991, son el equipo de alto rendimiento que acompaña al Carepato.

Nos encontraremos luego con relatos de todo Chile. Del sur austral conocimos la tradición del histórico Club Scout de Punta Arenas e iniciamos la ruta del deporte entre pases para que tomen la pelota el Club de Basquet de Coyhaique y devuelva con un toque de primera al campeón nacional del 92, el Lintz de Puerto Montt. El balón sigue moviéndose entre la Fundación Huilli Rugby de Valdivia y el Club Tolhuaca de Victoria, en la novena región, para adentrarse en los corazones del Club Huracán y el Club Cap en el Bio-Bio. De pronto sale un córner desde los muchos clubes que juegan en los barrios del ñuble, y las historias rurales del deporte maulino. Poco a poco la pelota se adentra en la zona central del país, donde cerramos los ojos quienes podemos ver, y tratamos de imaginar lo que significa jugar al fútbol para ciegos con un lindo proyecto del Club Deportes Maule, que con un centro espectacular deja servida la pelota para que el Cóndor de Pichidegua dé un cabezazo certero y nos lleve al teatro de los sueños de aquel torneo regional algunos años atrás. Pero el partido es de largo aliento, y ninguna región quería quedarse abajo. El equipo del deporte social necesittaba también de la fuerza que traían las jugadoras del Club Newen de Lo Hermida, y el aguante de quienes recuperaron su cancha del barrio para formar el Club La Curva, en La Pintana. Cuando la pelota llegó al Club Cementista, en Viña del Mar, se escuchó a lo lejos, más allá del mar, cómo pedían el pase desde la Isla de Pascua.

Entre Moais, sabiduría milenaria, y rodeada por el Pacífico, la dirigenta Vai Tuki nos relata el día a día del fútbol en la isla, y devuelve con cariño el pase al continente, para que el Club Chile Sporting de Illapel reciba, haga un amague y lance hasta arriba en la cordillera, donde la Liga de Básquetbol de El Salvador, uno de los últimos campamentos mineros del país, recibe en la voz de las mujeres que han tomado la batuta del deporte social en Atacama. Y desde la altura, con la fuerza del viento nortino, la pelotita viajó a Taltal, puerto en que juegan las changuitas, hijas y nietas del deporte social, del glorioso Club Unión Marítimo, y que hoy empujan su propio proyecto. Con tanta fuerza empujan que el pase llegó a un viejo club de Iquique, el club Jorge V cuya sede ha servido por décadas a la comunidad iquiqueña, siendo cuna además de grandes exponentes del deporte nacional. Finalmente, allí donde nace Chile, en el desierto de Atacama y al interior de Arica, se encuentra Guañacagua. En esta localidad llevan jugando a la pelota más de 100 años, y con el mismo abuelo carnavalón acompañando siempre los grandes clásicos del Valle de Codpa. Felices recibieron el balón y entre risas del tercer tiempo nos detallaron parte de su recorrido.

Así, observando que no existe rincón alguno del país don- de el deporte no tenga un rol primordial, podremos conocer como este es además un pilar para posibilitar otros derechos como lo son la salud, la educación, la vivienda, la equidad de género, la reinserción social, el desarrollo integral y digna de la infancia y, finalmente, el desarrollo de los derechos humanos en general. Invitamos a quienes leen este texto, especialmente a los y las convencionales constituyentes, a sopesar la importancia del deporte como un derecho fundamental, y proponemos que sea incluído como tal en la nueva constitución política. Creemos que debe quedar consagrado entre los derechos de todas las personas, sin discriminación y con acceso a recursos judiciales que lo protejan.

Si se repitiera la fórmula de un listado de derechos, del modo que funciona actualmente el artículo 19, planteamos la siguiente redacción como sugerencia:

“La constitución asegura a todas las personas: El derecho fundamental a la educación física, la actividad física y al deporte.

1. El Estado promoverá el derecho al deporte social a través de políticas públicas en los ámbitos de la educación, la salud, la vivienda y el buen vivir. De igual modo, el Estado garantiza la educación física en todos los niveles del sistema educativo.

2. La ley dispondrá los recursos necesarios para la promoción y fomento del deporte en todos sus niveles, con especial atención al deporte formativo, autóctono y recreativo, asegurando a todas las personas el acceso a la disponibilidad de infraestructura equipamiento y personal de apoyo que permita el desarrollo integral de las personas y de las organizaciones deportivas mediante el deporte.

3. El Estado supervigilará a las organizaciones deportivas, cuya estructura y propiedad deberá respetar la democracia interna y el derecho a la libre asociatividad.”

Fundación Clubes tiene la absoluta certeza de que el nuevo Chile tiene que considerar a las organizaciones deportivas de base como actores clave en su crecimiento, y al deporte social como un pilar estructurante para el bienestar del pueblo.

Joaquín Espejo Gana.

Prólogo

“A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Eduardo Galeano

Tengo el privilegio de poder decir que todo lo que soñé de niño lo he cumplido, o al menos una gran parte de esos sueños. He jugado en los torneos más competitivos del mundo, he recibido ovaciones de estadios llenos, he levantado copas que han marcado la vida de mucha gente, incluyendo la mía, y he llorado de orgullo y alegría por mis logros y los de mis equipos. También me ha tocado conocer el sacrificio. He sufrido, he sido derrotado, me he equivocado y he debido enfrentar obstáculos difíciles de sobrellevar, en el deporte y en la vida. El lugar donde aprendí a levantarme fue en la cancha del estadio Santa Rosa de Chena, en la comuna de Padre Hurtado. Esa cancha era como mi casa, lo sigue siendo hasta hoy; ese barrio era mi vida, en él aprendí a soñar.

De pequeño siempre pensé en jugar al fútbol, y solamente en jugar al fútbol. Jamás se me ocurrió dedicarme a otra cosa, pasaba todo el día con la pelota en los pies. Me imaginaba jugando en la U, en la selección, en el extranjero, siendo campeón. Ya con cuatro o cinco años mi viejo me llevaba a ver a la Universidad de Chile, subíamos las escaleras para entrar al codo sur del Estadio Nacional, y mientras tanto yo soñaba con las escaleras del túnel que te llevan directo al campo de juego.

Recuerdo esa ansiedad alegre con que esperaba los domingos, los días de partido en el barrio, de graderías improvisadas llenas con vecinos alentando, ya hace poco más de veinte años atrás. Con mi hermano y mis amigos, todos con sus casas a pocos metros de la cancha, contábamos las horas, jornada tras jornada, esperando el fin de semana para aplicar en el campo todo lo que habíamos entrenado los seis días anteriores, eludiendo rivales y remolinos de tierra, aprendiendo la magia de un enganche o de una salida pícara que nos lanzara al ataque.

En ese tiempo me decían Buba y defendía los colores de Filial Magallanes, el club de barrio de mis amores. No fue, eso sí, mi primer club, primero vestí el morado y blanco de Estrella Juvenil, pero no recuerdo qué edad tenía cuando me inscribieron. Con Magallanes en cambio me acuerdo de todo. Con ese club pasé toda mi etapa infantil -tercera, segunda y primera-, más o menos desde los once a los trece años. Ya con catorce me pasaron al primer equipo, al plantel estelar donde había puros adultos. Entre patadas, amagues, dolores y risas, fui creciendo.

Con el plantel de honor jugábamos una liga muy dura, de solo diez equipos. Para cada encuentro, esos que yo esperaba de lunes a sábado, sacaba mis zapatos y los lustraba como se solía hacer en esos años. De ahí al camarín. Lógicamente yo era el más chico del grupo. Varios compañeros, antes del partido, se fumaban unos pitos y compartían las cervezas. Yo ahí ya sabía lo que quería para mí, ser profesional. Nunca caí en un vicio, llevaba mi bebida y disfrutaba del ambiente familiar, todos se conocían y se generaba esa atmósfera linda que da confianza, con vecinos vendiendo comida antes del partido y los focos del estadio a tope, esperando el pitazo inicial.

Ahí aprendí a jugar a la pelota, con los de Magallanes y los de Julio Covarrubias, otro club del sector donde estuve jugando al mismo tiempo. Muchos de mis compañeros tenían el talento para ser jugadores profesionales, pero simplemente no quisieron. Con ellos ganamos en todas las divisiones, me fui de ahí siendo campeón.

A los quince años el barrio ya me había enseñado varias mañas que hasta hoy llevo conmigo: cómo sacarme un jugador con el cuerpo, manejar la pegada para poner un pase preciso, pensar bajo la presión intensa de tener una hinchada rival en contra. A veces eso sí el panorama era un poco más complejo, porque alrededor del fútbol también teníamos violencia: muchas veces me tocó jugar en lugares donde se veían pistolas o punzones con los que se amenazaba a los jugadores para buscar un resultado. El deporte de barrio tiene luces y sombras, y a veces tocaba acostumbrarse a vivir en esas tensiones.

Mi último partido por Magallanes fue en 2003. Era la fecha final del campeonato y yo ya sabía que no volvía más. Tenía 16 años y me iba a dedicar ciento por ciento a entrenar en la “U”. Buba que te vaya bien, eran las palabras de casi todo Padre Hurtado, la población completa se congregó en la cancha, fue algo muy especial.

Dos horas de ida y dos de vuelta, eso demoraba en llegar al Caracol Azul desde mi casa en Padre Hurtado. Tomaba una micro camino a Estación Central y de ahí a entrenar. En esos años, poco antes de entrar al primer equipo profesional, fallecieron mi abuelo y mi hermano, y la verdad es que no fueron tiempos fáciles en mi hogar, pero ahí estaba la pelota, el fútbol y el deporte como un refugio. Todavía estudiaba en ese tiempo, pero recién se instalaba la jornada escolar completa y todo se hizo cuesta arriba.

Durante los dos años siguientes enfoqué todo para convertirme en jugador profesional. Dejé de estudiar, no daba la energía y yo tampoco quería seguir: mi horizonte era otro y de ahí no me movería nadie. Con el apoyo de mi familia y del club terminé tercero y cuarto medio en horario vespertino -en el mismo Colegio Paul Harris de Padre Hurtado que había dejado unos años antes-. Era 2005, mismo año en que me tocó participar en el mundial sub-20 de Holanda.

Desde entonces, aparte de la “U”, he pasado por La Serena, F.C Basilea de Suiza, Hamburgo S.V de Alemania, Celta de Vigo de España, Universidad Nacional de México, Racing Club de Avellaneda y hoy Club Libertad de Paraguay. He vestido además la camiseta de la selección chilena en dos mundiales y en las históricas Copa América del 2015 y 2016. Lo mencioné un poco antes, pero de las cosas importantes que deja el profesionalismo es la posibilidad de festejar cada triunfo con muchas personas. Alguna vez entré al estadio con mi viejo y mi hermano, alentando como uno más en la hinchada, y tiempo después, para esa misma gente, levantamos una Copa Sudamericana con la U, y dos Copas América con la roja. Al final del día esos triunfos son también para el barrio, y eso es lo que emociona.

El fútbol ha cambiado mucho desde que dejé la cancha de Santa Rosa de Chena, para qué decir cómo han mutado nuestros barrios. Esa vida comunitaria se ha ido perdiendo, ya no nos conocemos entre los vecinos ni nos organizamos para ir a la cancha del club social. Claro, no en todos lados es así, hay sitios que todavía se resisten a entregar esa identidad que antes se nos presentaba tan clara desde la infancia, pero son los menos. Aunque no tiene por qué ser de esa forma, y tengo la convicción de que este libro es una oportunidad para seguir cuidando al deporte social.

Es cierto que vivimos un momento especial como país donde estos espacios pueden revitalizarse, recuperar la mística que te quitan cuando pasas a ser prácticamente una empresa privada, que no te va a enseñar de pasión, de sentimientos, el himno de una institución o a querer los colores de tu camiseta. Una empresa no te va a enseñar lo más lindo que me dejó el barrio: la humildad y el compañerismo -Además de las mañas, claro-.

Al fútbol le han arrebatado esa mística social, y si los otros deportes se salvan no ha sido porque lo han hecho mejor, sino que ni siquiera existen para el sistema. Esa mística, en todo caso, se puede recuperar, hoy más que nunca. Chile podría desarrollar muchos más deportistas de los que saca ahora. En los barrios hay muchísimo talento, pero carecemos de una educación y cultura deportiva que nos ayude a mantener el foco, que sea una guía para los más jóvenes.

Tantos y tantas son las que se pierden por falta de recursos, de infraestructura y de condiciones generales, que muchas veces terminan optando por el camino más fácil: la droga, el robo, el alcohol. Yo lo viví, vi a muchas amistades perderse en esos caminos y sé que muchas veces parece la única opción. Pero no lo es, y el deporte tiene un rol fundamental que jugar ahí, pues no es solo un medio para alcanzar una vida mejor, crecer económicamente y destacarse en una disciplina, antes de todo eso se trata de un elemento que fortalece la vida de las comunidades, como la mía en Padre Hurtado.

El deporte debe ser un eje de nuestro futuro, clave para el desarrollo personal, físico, psicológico y humano de niños y niñas. El deporte debe ser un derecho consagrado para todas las personas de este país. Todos y todas deberían tener acceso a buenas herramientas para crecer en sus actividades deportivas, independiente de cuál sea. Imagino un país donde quienes tengan esos sueños, como los que tuve yo, cuenten con el apoyo de todos los actores de la sociedad y tengan la posibilidad de superar las barreras que la vida les ha puesto por delante. Para mí eso es lo más importante: crear una cultura deportiva que venga de la mano con una buena educación.

Si los más jóvenes cuentan con nuestro apoyo como sociedad, no habrá imposibles para ellos en el futuro. Ese apoyo parte en el hogar y también en el barrio. Chile necesita sus comunidades fuertes, unidas, alegres y sanas. No hay nada que no se pueda hacer en esta vida, siempre que trabajemos juntos y juntas, con dedicación, podemos alcanzar nuestros objetivos. Juntos y juntas, del barrio a la constitución.

Marcelo Alfonso Díaz Rojas

El Buba

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Comentarios

Comentarios

Los derechos deben ser protegidos, garantizados, reclamables y financiados por el Estado. Para que no sean letra muerta. El dinero para su financiamiento está en el cobre, litio, oro, mar, bosques, semillas, etc., Para ello hay que rescatar de las garras de los privados, estas riquezas que son de todxs lxs chilenxs y Nacionalizarlas!!

Qué buen prólogo, como Carepato Diaz nos acerca a la bases del futbol, el de barrio. Y a partir de ahí se explaya en pos del deporte masivo, el amateur. (La frase de Galeano... la eligió él o el autor del libro?)

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