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Martes, 13 de noviembre de 2018
La historia del atentado del FPMR-Autónomo

Así asesinaron a Jaime Guzmán

Manuel Salazar S.

Francia concedió hace unos días asilo político a Ricardo Palma Salamanca, autor de los disparos que dieron muerte al ideólogo de la dictadura de Augusto Pinochet. Más allá de las declaraciones políticas cruzadas, ¿que fue lo que realmente sucedió ese 1 de abril de 1991? Un libro de Manuel Salazar sobre Jaime Guzmán, publicado hace un cuarto de siglo, arroja luces sobre uno de los eventos cruciales de la transición chilena.

En la noche del 29 de marzo de 1991, noche de Viernes Santo, jóvenes que decían ser miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, FPMR, y del Movimíento Juvenil Lautaro, MJL, irrumpieron encapuchados y armados entre los pobladores de la Villa Francia, cerca de la Estación Central de ferrocarriles, en el sur poniente de Santiago.

Varias decenas de habitantes de ese suburbio obrero se habían congregado para recordar el día de la muerte de los hermanos Eduardo y Rafael Vergara Toledo, dos jóvenes integrantes del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR, que en 1985 fueron abatidos por agentes de la Central Nacional de Informaciones, CNI, la policía secreta de la dictadura del general Augusto Pinochet.

La Villa Francia fue durante la década de los 80 un escenario frecuente de violentos incidentes entre jóvenes de izquierda y las fuerzas represivas del régimen militar. También se transformó en un refugio privilegiado de los integrantes de la izquierda armada, aquellos que derribaban a dinamitazos torres de alta tensión y realizaban ataques a balazos en contra de cuarteles o vehículos policiales.

En marzo de 1991, las paredes de los edificios del lugar lucían cubiertas por grandes pinturas murales, rayados y consignas de los grupos de izquierda más activos, incluso después del término del gobierno de facto de Pinochet.

Los vecinos del sector estaban habituados desde hacía muchos años a que sus casas fueran allanadas por la policía y a la presencia encubierta de agentes de la CNI que buscaban a los jefes del FPMR, del Lautaro o del MIR. También se habían acostumbrado a la aparición sorpresiva de milicianos y guerrilleros urbanos que trataban de mantener una presencia activa a través de acciones de propaganda armada, tras el retorno a la democracia, en marzo de 1990.

Al final lanzaron al aire panfletos donde aparecían los rostros del general (r) Manuel Contreras Sepúlveda, el ex-jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, que actuó entre 1974 y 1977, y del senador de la derechista Unión Demócrata Independiente, UDI, Jaime Guzmán Errázuriz, elegido en diciembre de 1989, cuando sorpresivamente derrotó al líder socialista Ricardo Lagos. Ambas caras estaban cruzadas por una X. Bajo ellas se leía: ¿Perdón y olvido? ¡Nica ... !

Desde 1989, el 29 de marzo fue bautizado por los grupos armados de izquierda como el "Día del Joven Combatiente". Y esa noche de viernes de 1991, los encapuchados volvieron con un ánimo especialmente aguerrido. Desfilaron, gritaron consignas y efectuaron numerosos disparos al aire, todo ello profusamente fotografiado por reporteros de algunos medios de prensa discretamente advertidos en las horas previas. Al final lanzaron al aire panfletos donde aparecían los rostros del general (r) Manuel Contreras Sepúlveda, el ex-jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA, que actuó entre 1974 y 1977, y del senador de la derechista Unión Demócrata Independiente, UDI, Jaime Guzmán Errázuriz, elegido en diciembre de 1989, cuando sorpresivamente derrotó al líder socialista Ricardo Lagos. Ambas caras estaban cruzadas por una X. Bajo ellas se leía: ¿Perdón y olvido? ¡Nica ... !

Esa misma noche, a las 21.30 horas, en Walker Martínez con Vicuña Mackenna, en la comuna de La Florida, en el lado suroriente de Santiago, un hombre macizo, de 1,80 de estatura, vestido con una casaca de cuero negra, detuvo a un taxi Chevrolet Opala y le indicó al conductor, José Cajales, que siguiera hacia el norte por Vicuña Mackenna. Al llegar a la calle Benito Rebolledo, a un costado del Campus San Joaquín de la Universidad Católica, el pasajero hizo adentrarse al taxista por unos intrincados pasajes hasta llegar a un sector muy oscuro. Sorpresivamente, desde el exterior, un hombre tomó por el cuello al chofer y le puso un revólver en la cabeza.

-¡Tírate al piso!

El pasajero también extrajo un arma y apuntó al asustado taxista. El sujeto que había irrumpido desde las sombras, que llevaba un gorro y guantes de lana, se sentó frente al volante y empezó a dar vueltas y más vueltas por las pequeñas calles del lugar. Uno de ellos exigió al taxista:

-¡Pasa el padrón y el permiso de circulación!

El taxista entregó sus documentos y advirtió:
-El permiso de circulación está vencido.

Un tercer sujeto, que había subido silenciosamente y estaba sentado detrás del asiento del copiloto, le reprochó:
-¡Usted no puede andar circulando en esas condiciones!
Minutos después, el vehículo se detuvo a un costado del Estadio de Colo-Colo:

-¡Saca tu plata! ¡Bájate y camina sin darte vuelta!

-¿Me pueden pasar las llaves de mi casa, que están colgadas ahí?

El chofer sacó el dinero obtenido por su trabajo, recibió las llaves, bajó del vehículo y camino tembloroso hacia la cordillera, hasta que su taxi Chevrolet Opala desapareció en dirección a la concurrida avenida Vicuña Mackenna.

El conductor era Raúl Julio Escobar Poblete, de 27 años, y en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, FPMR se le apodaba “Comandante Emilio”. Su acompañante era Ricardo Palma Salamanca, de 22 años, apodado “El Negro”.

Tres días después, el lunes 1 de abril, un joven de 22 años que vestía chaqueta gris y pantalón del mismo color llegó pasadas las 15 horas a las inmediaciones del Paradero 14 de Vicuña Mackenna. A los pocos minutos se detuvo junto a él un automóvil Chevrolet Opala de color negro, conducido por un sujeto también joven que usaba lentes ópticos y lucía chaqueta y pantalones de color café claro. Era el mismo vehículo robado en ese sector, 65 horas antes, al taxista José Cajales, pero el Opala ahora estaba pintado entero de negro.

Ambos hombres tomaron rumbo hacia el norte a través de la avenida Macul, una de las vías más usadas para trasladarse desde las zonas obreras del suroriente de la capital hacía la comuna de Ñuñoa, antesala de los barrios donde habitan las familias más acomodadas del país. Se detuvieron en una gasolinera ubicada en la esquina de las calles Macul y Camino Agrícola para llenar el estanque de bencina. Ambos iban callados, como concentrados en una idea fija. El conductor era Raúl Julio Escobar Poblete, de 27 años, y en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, FPMR se le apodaba “Comandante Emilio”. Su acompañante era Ricardo Palma Salamanca, de 22 años, apodado “El Negro”. Se conocían desde hacía años y formaban parte de un pequeño grupo elegido para “misiones especiales”.

Al reiniciar el viaje, Palma Salamanca extrajo un bigote postizo con pegamento adherido y se lo acomodó sobre los labios con cuidado. Preguntó:

-¿Está bien?

-Perfecto.

-Tengo uno parecido. ¿Tienes pegamento?-, inquirió Escobar.

-No.

Siguieron silenciosos aproximándose a la avenida Grecia, zona donde se ubicaban varias sedes universitarias. Esas calles les resultaban conocidas. Allí estudiaban y vivían parientes y amigos. Muchas veces, entre los frondosos árboles o en cafés y restaurantes, habían tenido que realizar contactos con otros militantes para preparar misiones, advertir depeligros o buscar con premura un refugio.

"¡Escucha bien, Negro! Llegando al objetivo y mientras yo estaciono el auto, te bajas y entras a una schopería que está en el frente. Allí te espera un compadre que va a estar con una bebida y un chaleco sobre la mesa. Él te va a entregar el fierro que vas a usar".

Escobar llevaba una pistola brasileña Taurus, la misma que había usado en otras ocasiones y que "El Negro" ya conocía.

A las 16,15 horas, el automóvil Subaru, modelo Legacy 1990, color plomo, del senador Guzmán traspasó la puerta principal del Campus Oriente de la UC conducido por Luis Fuentes Silva, un hombre de 40 años que desde hacía doce meses era su chofer.

En los minutos siguientes, cuando se acercaban a la Villa Frei, en el sector sur de Ñuñoa, los dos hombres repasaron paso a paso el plan elaborado para sorprender y ejecutar al personaje sentenciado por su jefe directo: el senador Jaime Guzmán Errázuriz.

A las 16,15 horas, el automóvil Subaru, modelo Legacy 1990, color plomo, del senador Guzmán traspasó la puerta principal del Campus Oriente de la UC conducido por Luis Fuentes Silva, un hombre de 40 años que desde hacía doce meses era su chofer.

El vehículo entró al estacionamiento de los profesores. Guzmán bajó y, a través de una escala interior subió hacia el segundo piso. Fuentes quedó junto al automóvil. Quince minutos más tarde Guzmán ingresó a la sala N-11 donde lo esperaban los cincuenta alumnos de segundo año que asistían a sus clases de Derecho Constitucional. Los saludó cálidamente y -como era su costumbre- elevó un rezo a la virgen. Luego empezó a analizar el antiguo artículo octavo de la Constitución, reemplazado en el plebiscito de 1989. Se refirió extensamente al tema de la violencia y explicó por qué, a su juicio, ésta no debía ser usada como método de acción política.

Fuera de la sede universitaria, en tanto, se detuvo el Chevrolet Opala negro. De su interior descendió Palma Salamanca y cruzó hacia el restaurante Insbruck ubicado justo al frente de la entrada al viejo edificio de ladrillos del campus universitario donde funcionó originalmente el colegio de las monjas francesas.

El automóvil negro dobló hacia el poniente, internándose por la calle Regina Pacis. Ricardo Palma entró a la schopería, que estaba casi desierta. En una mesa ubicada al centro, un hombre joven, macizo y de cabello crespo, lo esperaba sentado frente a la puerta. Sobre la mesa tenía una agua mineral Vital y un chaleco café oscuro.

Palma observó que el arma que recibía era una Browning de nueve milímetros. Enseguida, el crespo le entregó un cargador de diez tiros que Palma se guardó en un bolsillo externo de su chaqueta.

Palma se dirigió resuelto hacía él, se sentó y saludó:
-¡Hola! ¿Cambiemos?

Era la contraseña acordada.  

-Cambiemos, respondió el crespo, que vestía una camisa de manga corta.

El sujeto de la bebida bajó sus brazos y extrajo un arma de su cintura. La envolvió en el chaleco y se la extendió por sobre la mesa a Palma. Este hizo un gesto similar, sacando de sus ropas un revólver y pasándolo bajo la mesa. Palma observó que el arma que recibía era una Browning de nueve milímetros. Enseguida, el crespo le entregó un cargador de diez tiros que Palma se guardó en un bolsillo externo de su chaqueta.
 

-¿Cómo está funcionando?, preguntó Palma.

-Sin problemas.

-¿Está cargada?

-Tiene el cargador completo. Igual que el otro que te pasé.

-Bueno. Me voy…

-Que les vaya bien. ¡Suerte!

A la distancia, detrás de la barra de la schopería, un hombre había observado cómo los dos jóvenes habían intercambiado algo por debajo de la mesa. No le dio mayor importancia. Pensó que podía ser marihuana o alguna otra droga.

Palma salió y caminó hacia Regina Pacis, donde lo esperaba Escobar.

-¿Cómo te fue?, preguntó el comandante Emilio.

-Bien.

-No pude estacionar más cerca. Tuve que dejar el auto casi al llegar a Holanda. Un cuidador me vio. Me advirtió que había dejado las puertas abiertas. Le tuve que decir que estaban malas y que volvía pronto.

-¿Te vio bien?

-No creo.

Cruzaron la calzada e ingresaron al Campus Oriente por la puerta principal. Enfilaron por un pasillo lateral y subieron las escalas de madera hasta el segundo piso. Doblaron a la derecha y se dirigieron hacia las salas de color naranja, donde hacía clases el senador. El comandante Emilio caminó resuelto a verificar la presencia de Guzmán. Palma lo esperó, mirando hacia el patio interior. Circulaban pocos alumnos. El sol otoñal calentaba bastante y los pájaros ocultos en los frondosos árboles del recinto parecían hacer más ruido del habitual. Al volver, Escobar confirmó:

-Está adentro.

Caminaron hacia el baño ubicado en el sector de las salas azules. Palma revisó su Browning y la preparó, pasando una bala a la recámara. Los dos hombres se ajustaron guantes de cirugía. Escobar preguntó:

-¿Listo?

-Listo.

Salieron hacia la secretaría de estudios para esperar la aparición del senador. Se separaron algunos metros y trataron de disimular su presencia.

Jaime Guzmán estaba concluyendo su clase de los lunes anunciando que en la reunión siguiente iba a abordar el artículo noveno de la Constitución, referido al terrorismo.

Cerca de las 17.45, varias funcionarias empezaron a prepararse para abandonar su trabajo. Una fresca brisa anunciaba el atardecer. Matilde Uribe se levantó de su escritorio para cerrar una ventana que daba al pasillo. Vio a un hombre alto, moreno y de bigotes que no parecía alumno. La mujer salió de su oficina a las 17.50 rumbo a los estacionamientos.
Al pasar junto a Ricardo Palma notó que el hombre daba vuelta la cara y miraba hacia el estacionamiento.

Jaime Guzmán estaba concluyendo su clase de los lunes anunciando que en la reunión siguiente iba a abordar el artículo noveno de la Constitución, referido al terrorismo. Poco antes de terminar y ante la consulta de una alumna, dijo que no trataría el tema de los indultos presidenciales porque era una materia contingente ante la cual había asumido una posición muy clara y activa. A las 17.55 tomó el libro de clases y abandonó la sala. En el pasillo dialogó brevemente con un estudiante y luego con un profesor de historia. De pronto, el sonido de un timbre avisó el término de las clases. Eran las 18.00 horas en punto. Guzmán miró su reloj y concluyó su conversación. Entró a la secretaría de estudios, un espacio abierto donde trabajaban varias funcionarias. Se le notaba contento y relajado, como casi siempre.

Ana Aldana, jefa administrativa de la Facultad de Derecho de la UC, amiga del líder de la UDl desde que era dirigente estudiantil, allá por los últimos años de la década de los sesenta, tecleaba frente a la pantalla de un computador. Guzmán se le acercó y preguntó:

-¿En verdad estos aparatos son buenos?

-Muy buenos.

-He estado pensando en cambiar mi máquina de escribir por uno de estos equipos.
-¡Hágalo! No se va a arrepentir.

Palma se dio vuelta y observó que el senador estaba detenido en el segundo peldaño y los miraba fijamente. Profesor de esa escuela durante casi veinte años, sabía reconocer de inmediato a los alumnos del plantel. Y los que estaban allá abajo, en la escala, no lo eran.

Ana Aldana se levantó de su asiento, abrió un cajón y le entregó al senador el cheque de su sueldo de profesor. Guzmán se despidió y abandonó la oficina rumbo a las escaleras.

Escobar y Palma lo vieron entrar a la sala de profesores y caminaron lentamente hacia la escalera esperando que apareciera. Bajaron algunos peldaños y escucharon la voz de Guzmán deseando buenas tardes a las secretarias. Antes de llegar a uno de los descansos de la escalera y al no escuchar los pasos de Guzmán detrás de ellos, Palma se dio vuelta y observó que el senador estaba detenido en el segundo peldaño y los miraba fijamente. Profesor de esa escuela durante casi veinte años, sabía reconocer de inmediato a los alumnos del plantel, a los jóvenes universitarios en general. Y los que estaban allá abajo, en la escala, no lo eran.

Giró rápidamente y volvió a entrar a la sala de profesores.

El semblante del senador ya no era el mismo. Se acercó a Ana Aldana y le pidió que fuera al primer piso en busca de su chofer. Solicitó también el teléfono y llamó a su secretario, Cristián Pizarro, que en esos momentos estaba en la UDI, hablando por otro teléfono con Alberto Luengo, el subdirector del diario La Nación. El periodista trataba de conseguir una entrevista con el senador para publicarla el domingo siguiente.

-Esperémoslo afuera, cerca del quiosco de diarios. Cuando salga en el auto le damos…-, respondió Raúl Escobar.

-Un momento. Me está llamando por otra línea el senador. Le confirmo de inmediato, dijo Pizarro a Luengo cuando le avisaron que Guzmán pedía hablar con él desde el Campus Oriente de la UC. Al cabo de un momento respondió:

-No hay ningún problema. El senador dice que más tarde confirmará la hora y el lugar.

En ese instante, un auxiliar encendió una aspiradora y empezó a hacer aseo en las dependencias de la secretaría de estudios de la Facultad de Derecho. En la escalera, los dos conjurados habían seguido hacia la planta baja. Palma dijo:

-¡Nos vio!

-Esperémoslo afuera, cerca del quiosco de diarios. Cuando salga en el auto le damos…-, respondió Raúl Escobar.

El comandante Emilio confiaba en que el escape estaba seguro. Había divisado a Ximena, una de las mujeres elegidas para actuar en el equipo de apoyo, situada en la esquina de Regina Pacis con Battle y Ordóñez.

Ana Aldana regresó a la sala de profesores junto al chofer del parlamentario. Guzmán hablaba por teléfono con Eduardo Boetsch, avisándole que en esos momentos salía hacia su oficina. Al colgar el fono le dijo a su chofer que ya no lo necesitaba, pero que bajaran juntos hacia el estacionamiento.

Descendieron por una escalera interior. Guzmán iba en absoluto silencio.

El Negro quedó situado más a la izquierda, enfrentando desde atrás y en diagonal al vehículo. Emilio se ubicó a un metro más al oriente, al lado de la ventana del copiloto, a no más de 80 centímetros. Ambos empuñaron las armas y levantaron los brazos, flectaron las piernas y dispararon.

Fuera del Campus Oriente, a unos 15 metros de la salida del estacionamiento, se levanta un paradero de microbuses. Poco después de las 18 horas estaba lleno de estudiantes que recién salían de sus clases. Escobar y Palma se entremezclaron con ellos.

Los dos frentistas observaron cómo el automóvil Legacy gris metálico abandonó la sede universitaria, dobló a la derecha y lentamente se aproximó al paradero por la segunda pista. Guzmán viajaba al lado del conductor. El semáforo ubicado en Battle y Ordóñez frente a Regina Pacis cambió de luz verde a roja. La adrenalina fluyó por las arterias de Emilio y del Negro.
El objetivo estaba frente a ellos, pasando muy despacio a bordo de su automóvil. Extrajeron sus armas de sus cinturas casi simultáneamente y saltaron hacia adelante desde el paradero. El Negro quedó situado más a la izquierda, enfrentando desde atrás y en diagonal al vehículo. Emilio se ubicó a un metro más al oriente, al lado de la ventana del copiloto, a no más de 80 centímetros. Ambos empuñaron las armas y levantaron los brazos, flectaron las piernas y dispararon.

El comandante Emilio gatilló a lo menos seis veces. Lo mismo hizo Palma Salamanca. Dos balas .impactaron en el cuerpo del senador. Varias otras se incrustaron en las casas del vecindario. El chofer aceleró, tratando de eludir la emboscada. El Legacy dio un salto hacia adelante y emprendió una veloz carrera hacia la comuna de Providencia.

A escasos metros, Aída Catalán, la dueña de un quiosco de diario ubicado en el lugar, conversaba con el taxista Sofanor Orellana. Ambos quedaron paralogizados al contemplar el atentado.

René Rozas, uno de los tres cuidadores de autos que trabajan en Regina Pacis, estaba lavando un Charade rojo cuando escuchó los disparos. Vio como dos hombres corrían con armas en sus manos por el medio de la acera hacia donde se encontraba.

Los dos frentistas cruzaron corriendo la calle Battle y Ordóñez hacia Regina Pacis. Emilio hizo varios disparos al aire. En las inmediaciones muchos testigos se lanzaron al suelo.

René Rozas, uno de los tres cuidadores de autos que trabajan en Regina Pacis, estaba lavando un Charade rojo cuando escuchó los disparos. Vio como dos hombres corrían con armas en sus manos por el medio de la acera hacia donde se encontraba. Uno era el mismo que poco antes se había bajado del Chevrolet Opala negro que estaba estacionado casi en la esquina, muy cerca de la calle Holanda. Los frentistas cruzaron veloces a su lado.

Raúl Escobar se sentó tras el volante, encendió el motor, pasó bruscamente el cambio de velocidad, los neumáticos chirriaron y el Opala saltó raudo hacia calle Holanda. Al girar por Simón Bolívar hacia el oriente casi se estrelló con un vehículo que subía y que debió frenar para evitar la colisión. Junto a Emilio, muy agitado, Palma Salamanca se despegó el bigote postizo.

Rubén Yocelevzky esperaba el cambio de luz en el semáforo peatonal situado en Battle Ordóñez y Regina Pacis. Iba en su Volkswagen Variant de color rojo, camino a Irarrázaval, cuando observó como, sorpresivamente, dos hombres dispararon en contra de los ocupantes de un Subaru Legacy plomo que estaba frente a él. Vio que los dos atacantes huían a pie por Regína Pacis. Entonces no dudó ni un segundo. Giró bruscamente el volante, adelantó a los dos vehículos que le antecedían e inició la persecución de los autores de los disparos. Iba en contra del tránsito y cuando trató de cambiarse de pista un vehículo azul con dos hombres a bordo obstaculizó su paso. Al proseguir la persecución, Yocelevzky fue adelantado por un Subaru 700 de color gris que también corría en pos de los dos atacantes de Guzmán. Al volante iba el teniente de Carabineros Rolando Casanueva. El oficial, vestido de civil, estaba en un local de Battle y Ordóñez sacando unas fotocopias cuando escuchó los balazos. Salió a la calle y creyó que se trataba de un asalto. Distinguió a dos hombres que huían e inició su persecución. Yocelevzky y Casanueva fueron demorados dos veces por vehículos que estacionaban. Lograron seguir al Opala por Simón Bolívar y Jorge Washington, hacia la Plaza Ñuñoa.

Luis Fuentes conducía lo más rápido que sus nervios y el tránsito le permitían. A su lado, el senador Guzmán trataba de cubrir con sus manos la sangre que salía por sus heridas.
-¡Lléveme al Hospital Militar!, le había dicho poco después de recibir los balazos.

Emilio y El Negro se dieron cuenta de que eran seguidos y decidieron abandonar el Chevrolet antes de lo previsto. Viraron desde Jorge Washington por Diez de Abril hasta la calle Manuel de Salas, a un costado de la Municipalidad de Ñuñoa, que estaba habilitada con tránsito en doble sentido, por la repavimentación de avenida Irarrázaval. Detuvieron el automóvil frente a la casa signada con el número 120 y prosiguieron su fuga a pie. Corrieron por el centro de la Plaza Ñuñoa, cruzaron Irarrázaval y continuaron hasta Dublé Almeyda, por donde subía hacia la precordillera la locomoción colectiva. Abordaron el primer microbús que alcanzaron. Emilio descendió unas cuatro cuadras después. Palma se bajó en Américo Vespucio.

Mientras, los dos perseguidores habían procedido de distinta manera. Yocelevzky dejó su automóvil en Manuel de Salas, observó cómo los dos hombres se dirigían a Dublé Almeyda y buscó a un policía, pero no encontró a nadie. El teniente de carabineros siguió a bordo de su auto, dobló por Manuel de Salas y se internó por un costado de la Plaza Ñuñoa hacia Dublé Almeyda, hasta que los perdió de vista. Entonces estacionó, entró al restaurante Las Lanzas y llamó por teléfono a la Central de Radiopatrullas.

Luis Fuentes conducía lo más rápido que sus nervios y el tránsito le permitían. A su lado, el senador Guzmán trataba de cubrir con sus manos la sangre que salía por sus heridas.
-¡Lléveme al Hospital Militar!, le había dicho poco después de recibir los balazos.

-El que disparó es la misma persona que vi dentro de la universidad, agregó.

Luego, sacó de sus bolsillos un rosario que apretó con fuerza entre sus manos. Rogó:

-¡Apúrese, Lucho!

El senador perdió el conocimiento. Su cuerpo se inclinaba sobre el chofer, dificultándole el conducir con mayor rapidez.

Luis Fuentes decidió pasar a la sede de la UDI, en Suecia 289, para pedir ayuda. Frenó el automóvil en medio de la calle y corrió gritando hacia la sede partidaria. Un grupo de dirigentes salió con el pavor marcado en sus rostros. Una secretaria notó que el senador estaba recostado con la cabeza hacia el lado del conductor. Tenía sus manos sobre el pecho. Le habló, pero no obtuvo respuesta.

Juan Díaz Sepúlveda, un ingeniero de 31 años, miembro de la directiva de la UDI, abrió la puerta del auto se sentó sosteniendo el cuerpo del senador. Un gran charco de sangre cubría el piso del vehículo. El Subaru inició una nueva carrera hacia Los Leones donde intentaron doblar en contra del tránsito. No pudieron hacerlo y debieron continuar hasta Luis Thayer Ojeda. El atochamiento que se registraba a esa hora diariamente en el sector hizo imposible avanzar con rapidez. En el asiento de atrás del Subaru Legacy, el dirigente Pedro Páez gritaba por la ventana agitando un pañuelo blanco y pidiendo que abrieran paso.

Díaz bajó varias veces para increpar a otros conductores, golpear a los vehículos y gritar que Jaime Guzmán había sido baleado. Su desesperación crecía al ver como el senador se desangraba y no conseguían trasponer las dos cuadras que faltaban para llegar al Hospital Militar. Finalmente lograron acercarse a la calle donde permanecía la guardia del establecimiento. Varios soldados corrieron y tomaron el cuerpo del parlamentario para llevarlo al sector de primeros auxilios. Un equipo de médicos y enfermeras con instrumental de emergencia salió a su encuentro, alertado desde la sede de la UDI, desde donde ya se difundía la dramática noticia.

En la Moneda, el presidente Patricio Aylwin conversaba en su despacho con el senador Andrés Zaldivar, Gutenberg Martínez y Genaro Arriagada, cuando le comunicaron el ataque. Los ocupantes de la sede del gobierno se estremecieron. El ministro del Interior, Enrique Krauss, salió a las 18.55 rumbo al Hospital Militar.

Jaime Guzmán había ingresado a la Unidad de Tratamientos Intensivos, UTI, en el tercer piso, donde un equipo de ocho médicos trataba de impedir el colapso de su organismo. A los pocos minutos llegó al hospital el general Augusto Pinochet. Se acercó a Pablo Longueira al que abrazó con fuerza, tratando de infundirle ánimo. Enseguida, acompañado por oficiales del Ejército y médicos, ingresó a los pabellones donde estaba el senador.

La primera intervención quirúrgica debió suspenderse porque Guzmán sufrió una desestabilización de sus funciones vitales. Un urgente llamado pidiendo sangre del grupo RH negativo fue transmitido por varias radioemisoras. Decenas de personas llegaron a los laboratorios del centro médico para donar sangre. En el hall del primer piso, cientos de amigos y conocidos del parlamentario rezaban rogando por su mejoría.

Fuera del recinto médico se empezaron a congregar cientos de personas. Unos lloraban, otros acusaban a gritos al gobierno y pedían el retorno del general Pinochet. Las protestas subieron de tono cuando empezaron a llegar parlamentarios y dirigentes de la Concertación de Partidos por la Democracia.

En la Moneda se convocó a una reunión ampliada de los ministros del área política. Las principales autoridades del país ya estaban allí e intercambiaban datos y opiniones sobre lo ocurrido. Krauss retornó a las 19.50 del Hospital Militar. Se le veía desencajado y abatido. Decidió presentar su renuncia y cruzó hacia las dependencias presidenciales.

-No Enrique, usted no debe renunciar. No se sienta responsable, porque no lo es. Ahora debe tener más fuerza que nunca para enfrentar al terrorismo. Tiene que permanecer en su puesto, le dijo el presidente Aylwin.

El celular del diputado Juan Antonio Coloma sonó en el Club Hípico de Santiago. Pulsó el botón para responder y se llevó el aparato al oído.

-¿Qué ... ? ¿Como ... ?

-¡Balearon a Jaime!, alcanzó a decir antes de salir corriendo hacia su automóvil.

A esa hora, en la sede de Renovación Nacional, en Antonio Varas 454, estaba reunida la comisión política debatiendo algunas discrepancias entre Sergio Onofre Iarpa y Sebastián Piñera acerca de Colonia Dignidad. La discusión era acalorada cuando alguien entró para dar cuenta del ataque contra Guzmán. Pese a la conmoción, la mayoría de los presentes decidió seguir el debate por otra media hora. Francisco Bulnes y el senador Enrique Larre Asenjo, en cambio, se levantaron y abandonaron el recinto rumbo al Hospital Militar.

El Hospital Militar lamenta comunicar a la opinión pública el sensible fallecimiento del senador don Jaime Guzmán Errázuriz durante la intervención quirúrgica a que era sometido, tras haber sufrido heridas a bala que le produjeron un estallido hepático y un serio compromiso pulmonar.

Las lesiones sufridas por el senador Guzmán fueron de tal gravedad que, no obstante los esfuerzos médicos desplegados, no fue posible controlar la severa hemorragia que lo condujo a un shock hipovolémico, el que provocó su deceso.

Muy cerca de allí, en los estudios de la radio Minería, que había interrumpido sus transmisiones habituales para seguir en directo la evolución de los acontecimientos, el director de prensa, el periodista Hernaní Banda, atendió el llamado telefónico de un desconocido que se identificó como "Carlos" y dijo pertenecer al FPMR. El sujeto afirmó que Jaime Guzmán había sido ejecutado por sus servicios al régimen militar y que era uno de los que figuraban en una lista elaborada por su movimiento para ser ajusticiados.

A las 24 horas, los miembros de la directiva de la UDI abandonaron el Hospital Militar y se dirigieron a la casa de Jovino Novoa.

En 'La Moneda, las luces seguían encendidas. Pasadas las dos de madrugada, los últimos funcionarios se retiraron a sus domicilios.

Al día siguiente --el martes 2 de abril- los alumnos de segundo año de Derecho de la Universidad Católica entraron temprano a la sala donde había dictado su última clase su profesor de Derecho Constitucional. Uno de ellos encendió una vela. Otro anotó en el pizarrón:

Hasta siempre, Jaime. Tus alumnos y la UC.

A las 10.30 llegó al Instituto Médico Legal, muy cerca del Cementerio General de Santiago, un carro mortuorio del Hogar de Cristo con una urna de madera de color caoba y un gran crucifijo de bronce. El cuerpo del senador estaba siendo sometido a esa hora a una autopsia para determinar las causas exactas de su muerte. Tras el examen tanatológico, se le inyectó formalina y dos maquilladoras prepararon el cadáver para las ceremonias fúnebres.

Cerca del mediodía llegó Agustín Moreno Solar, esposo de Isabel Guzmán Errázuriz, una de las dos hermanas del occiso. Llevaba consigo un terno oscuro para vestir el cuerpo de su cuñado. En tanto, el presidente Aylwin anunciaba al país en una conferencia de prensa que había solicitado a las Fuerzas Armadas su colaboración para luchar en contra del terrorismo.

Esa ayuda se había iniciado a tempranas horas cuando emisarios de la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, entregaron a la Dirección de Inteligencia Policial de Carabineros, Dipolcar, algunos informes sobre casas de seguridad y desplazamientos de integrantes del FPMR. Por su parte, la jefatura del Estado Mayor de la Defensa Nacional había dispuesto que ex miembros de la CN1, de retorno en el Ejército, ejercieran una estrecha vigilancia sobre los actos fúnebres previstos para despedir al senador Guzmán. Los altos mandos de las Fuerzas Armadas querían estar seguros de que entre los exaltados que ya habían aparecido en la noche previa en las afueras del Hospital Militar y que era previsible que volviesen a hacerse presentes, no figurasen miembros de las instituciones uniformadas ni personas cercanas a ellas.

Las comunicaciones entre los servicios de inteligencia de las distintas ramas de la Defensa Nacional se hicieron más frecuentes, tratando de recabar antecedentes que permitieran detectar a los responsables del asesinato. En el gobierno y en las fuerzas de orden y seguridad cundían los temores por eventuales nuevos atentados. Como una medida de precaución, se decidió vigilar de manera disimulada a algunos importantes dirigentes de la oposición y del gobierno.

Aquella noche, en las cercanías de la esquina de las calles Walker Martínez y La Florida se volvieron a reunir Raúl Escobar y Ricardo Palma Salamanca. El comandante Emilio le manifestó al Negro que los jefes estaban contentos y que, en reconocimiento, se le autorizaba a que conservara la pistola Browning usada para disparar sobre el líder de la UDI.

A las 7.10 de la mañana del jueves 4 aterrizó en el aeropuerto de Pudahuel un avión de Lan Chile que traía a bordo a Carmen Errázuriz Edwards, madre del político asesinado. Ella se encontraba en un hotel de Berlín, en Alemania, acompañada por dos amigas, cuando el embajador de Chile en ese país, Carlos Huneeus, le comunicó personalmente la noticia. Carmen Errázuriz supo que algo grave había ocurrido a su hijo al enterarse que el embajador chileno deseaba hablar personalmente con ella.

-Dios me lo dio, Dios me lo quitó, fueron sus primeras palabras al conocer la muerte de su único hijo hombre. Viajó en las horas siguientes rumbo a Nueva York para retornar a Santiago. Al descender del bus que la transportó al salón VIP del terminal aéreo, acompañada por Enrique Montero Marx, ex ministro del Interior del régimen militar, y Agustín Edwards, propietario de la empresa El Mercurio, se le notaba tranquila. Poco después abandonó el aeropuerto en el automóvil del rector de la Universidad Católica, Juan de Dios Vial Correa.

Las ceremonias fúnebres del asesinado senador concentraron la atención de la ciudadanía. Miles de personas desfilaron frente a su ataúd en la capilla ardiente instalada en la iglesia de la Gratitud Nacíonal, en la avenida Bernardo O'Higgins.
Dos hechos, sin embargo, llamaban también la atención de los observadores más atentos. El primero tenía que ver con el reemplazante de Guzmán en el Senado. Según la ley, le correspondía a su compañero de lista en la elección de diciembre de 1989, el abogado Miguel Otero Lathrop, militante de Renovación Nacional. Pese a las claras disposiciones legales, la UDI apeló a la conciencia de RN y de Otero pidiendo que se cediera el cupo a un miembro de la colectividad de Jaime Guzmán.
Hasta el asesinato de su líder, la UDI había sabido manejar con gran habilidad su presencia en la Cámara Alta, otorgando o quitando la mayoría a los representantes del oficialismo.

La otra inquietud tenía que ver con la irrupción de furibundos adversarios del gobierno de Aylwin, que no sólo habían abucheado y lanzado monedas a sus dirigentes, sino que también habían hecho extensivos sus ataques al comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, el general Fernando Matthei, durante la visita que éste había efectuado al Hospital Militar en las horas siguientes al atentado. Poco antes del mediodía del jueves 4, Matthei se reunió en el Ministerio de Defensa con el ministro Patricio Rojas. A la salida enfrentó a los periodistas y responsabilizó de las manifestaciones hostiles a los militantes de la nacionalista Avanzada Nacional.

-“Es un grupo totalmente identificado, que lo conozco muchos años. Es un triste grupo de necios, dirigidos por unos cuantos gánster, que también sé quién les paga. Hay que escuchar sus gritos no más para saber de dónde vienen y quienes son-", afirmó el jefe de la FACh.

Miles de personas abarrotaron la iglesia de la Gratitud Nacional y sus inmediaciones durante la misa fúnebre concelebrada por numerosos sacerdotes de diferentes diócesis del país, encabezados por el arzobispo de Santiago, Carlos Oviedo, y los obispos Carlos González Cruchaga, Eladio Vicuña, Orozimbo Fuenzalida y Alejandro Goic.

Concluida la misa, un largo cortejo acompañó el cuerpo de Guzmán hacia el cementerio a través del mismo recorrido que anualmente sigue la procesión de la Virgen del Carmen. El sepelio culminó faltando escasos minutos para las 17 horas, cuando varios obreros procedieron a sellar con ladrillos la tumba del extinto senador, en el mausoleo de la familia Matte Edwards.

Entre los familiares y amigos más cercanos que ingresaron al Cementerio General luego de los seis discursos que despidieron al parlamentario, aún resonaban las palabras pronunciadas por el capellán Florencio Infante al iniciar la homilía de la misa fúnebre. El sacerdote había elegido para empezar las mismas frases dichas en la catedral de Santiago, en junio de 1879, tras conocerse la heroica muerte del capitán Arturo Prat Chacón, a bordo de la cubierta del Huáscar durante el combate naval de Iquique.

-Señores, yo no sé si cantar o llorar. Creo que en estos momentos la Iglesia y la Patria cantan a este hombre extraordinario, pero también lloran porque ha partido-, había manifestado Florencio Infante. Igual como lo había hecho el presbítero Esteban Muñoz, el 10 de julio de 1879, al rendir homenaje a los héroes de Iquique.

A las 17 horas, cuando ya caían las sombras sobre el Cementerio General, algunos amigos del hombre al que habían ido a despedir notaron que a escasos metros del mausoleo donde reposarían para siempre los restos del senador Guzmán, una tumba vecina también guardaba los cadáveres de otras dos víctimas del terrorismo: los cuerpos del general Carlos Prats González y de su esposa, Sofía Cuthbert, destrozados por una bomba el 30 de septiembre de 1974, en una calle del barrio Palermo, en Buenos Aires.  

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