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Viernes, 6 de diciembre de 2019
Periodismo histórico

Así se crearon las redes modernas del poder político jesuita

Manuel Salazar Salvo

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Roger Vekemans, jesuita belga pionero en la creación del pensamiento moderno de la congregación
Roger Vekemans, jesuita belga pionero en la creación del pensamiento moderno de la congregación

Hoy la Iglesia católica es una institución en entredicho por los abusos sexuales sistemáticos que sucedieron y fueron amparados en su interior, lo que incluye a los jesuitas. Pero, en la historia reciente esta congregación construyó una poderosa base doctrinaria e ideológica que configuró buena parte de la historia política del siglo XX, la que va mucho más lejos que el Hogar de Cristo.

El jesuita belga Roger Vekemans von Canvalaert llegó a Chile por primera vez el 1 de febrero de 1957 y se alojó en dependencias del colegio San Ignacio de calle Alonso Ovalle. Tenía 36 años, hablaba cinco o seis idiomas y había estudiado Teología y Sociología en la Universidad de Lovaina, capital belga de la cerveza y el tabaco. Luego siguió capacitándose en Holanda y Estados Unidos, país este último donde se acercó a los problemas de América Latina. De regreso en Europa fue enviado por su congregación a Chile, pero primero estuvo un año en España perfeccionando su idioma español.

En Santiago primero entró como profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica y muy luego notó que hacía falta una Escuela de Sociología en la UC. Propuso su creación, se aceptó su idea y se fundó la escuela en 1958, siendo su primer director. También se convirtió en fundador y director del Instituto Bellarmino de investigaciones sociológicas y sicológicas, además de redactor de la revista Mensaje, ambos medios de los jesuitas.

Vekemans se vinculó rápidamente a los dirigentes y a los intelectuales del Partido Demócrata Cristiano, PDC. Eduardo Frei Montalva resultó tercero en las elecciones presidenciales de 1958, donde el derechista Jorge Alessandri ganó por muy estrecho margen a Salvador Allende, candidato del Frente de Acción Popular, FRAP.

Frei tenía un grupo de asesores la mayoría de los cuales se habían conocido en el colegio San Ignacio o en la UC y el jesuita belga estableció rápidas y cercanas relaciones con la mayoría de ellos. Paralelamente, se transformó en asesor de la Acción Sindical Chilena, ASICh, de la Confederación Latinoamericana de Sindicalistas Cristianos, CLASC, y de la Unión Social de Empresarios Cristianos.  En la Escuela de Sociología, Vekemans  era secundado en la docencia por los jesuitas José Aldunate Lyon y Renato Poblete. Entre sus primeros alumnos estuvieron Rodrigo Ambrosio, Marta Harnecker, Tomás Moulian y Manuel Antonio Garretón.

En 1959 el presbítero Eduardo Kinnen Georgen, oriundo de Luxemburgo, fue contratado por la Universidad Católica de Chile como profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales y asesor de la Unión de Campesinos Cristianos fundada otrora por el jesuita Alberto Hurtado. Además de propiciar el diálogo entre católicos y marxistas, Eduardo Kinnen fue uno de los promotores de una amplia reforma agraria. 

La Compañía de Jesús emprendió por esos años una gran ofensiva para renovar las estructuras de la sociedad chilena creando instituciones de investigación y formación doctrinaria como ILADES, CIDE y DESAL.

La Compañía de Jesús emprendió por esos años una gran ofensiva para renovar las estructuras de la sociedad chilena creando instituciones de investigación y formación doctrinaria. Sentó las bases del Instituto Latinoamericano de Doctrina y Estudios Sociales, ILADES, bajo la dirección de los sacerdotes Pierre Bigo, Mario Zañartu y Gonzalo Arroyo; el Centro de Investigación y Desarrollo de la Educación, CIDE, encabezado por el sacerdote Patricio Cariola; y, el Centro de Estudios para el Desarrollo Social para América Latina, DESAL, dirigido por Vekemans y el cura Gonzalo Arroyo, órgano que fue de alta importancia en la elaboración programática e implementación de políticas sociales en el gobierno del PDC, a partir de 1964.

La denominada corriente progresista o liberal del clero criollo -principalmente jesuita- surgió a fines de los años 50 y se extendió durante el desarrollo del Concilio Vaticano II. Por esos días fueron noticia numerosos de aquella tendencia: Jorge Gómez Ugarte, rector del Instituto Luis Campino; Francisco Vives Estévez, organizador de reuniones de grupos universitarios en la parroquia Santa Ana; los jesuitas José Aldunate Lyon, provincial de la Compañía de Jesús, y Carlos Aldunate Lyon, rector de la Universidad del Norte; Hernán Larraín Acuña, director de la la revista Mensaje; Juan Ochagavía Larraín, del Centro Bellarmino; Mario Zañartu Undurraga, director del Centro de Estudios Sociales; Manuel Ossa Bezanilla, subdirector de Mensaje; Gonzalo Arroyo Correa, director de Cristianos para el Socialismo; Juan Bagá, director de Editorial DILAPSA y de la revista Pastoral Popular; Joseph Comblin, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica; Rafael Sánchez González, experto publicitario; Ignacio Vergara T., director del grupo Iglesia joven, que en 1968 se tomó la catedral de Santiago. 

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José Aldunate Lyon
José Aldunate Lyon

En la jerarquía chilena destacaban, entre otros, los obispos Manuel Larraín Errázuriz, Bernardino Piñera Carvallo, Fernando Ariztía Ruiz, Raúl Silva Henríquez, Gabriel Larraín Valdivieso, Carlos González Cruchaga e Ismael Errázuriz Gandarillas.

La mayoría de ellos procedía de familias pertenecientes a la élite burguesa santiaguina y fueron –respaldados por Raúl Silva Henríquez- quienes impulsaron la reforma agraria como respuesta a muchos de los problemas sociales del país.

Entrevistado en 1962 por el semanario Ercilla, el jesuita Hernán Larraín Acuña expuso con claridad el pensamiento de la Iglesia progresista introducido en Chile por Roger Vekemans: 

“Soplan aires revolucionarios. Una inmensa y cada vez más creciente mayoría exige un cambio, un cambio rápido, profundo, total de estructuras. Y si es necesaria la violencia está dispuesta a usar la violencia. Lo esencial de la revolución es el cambio de estructuras. Hay que acabar con el orden actual y comenzar desde cero”, Hernán Larraín Acuña en 1962.

“Soplan aires revolucionarios. Una inmensa y cada vez más creciente mayoría exige un cambio, un cambio rápido, profundo, total de estructuras. Y si es necesaria la violencia está dispuesta a usar la violencia. Lo esencial de la revolución es el cambio de estructuras. Hay que acabar con el orden actual y comenzar desde cero”.

El mismo semanario Ercilla un par de años después, difundió el pensamiento del jesuita Mario Zañartu: “En América Latina no se puede ser cristiano sin ser revolucionario”. 

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Gonzalo Arroyo
Gonzalo Arroyo

El editorial de la revista Mensaje, de octubre de 1968, afirmó que “en Chile todo lo viejo pasó y ahora todo lo que se viene es nuevo”, agregando que “se debe crear una Iglesia nueva que nada tenga que ver con la antigua”. 

Esta iglesia nueva que construyeron los curas progresistas fue contraria a la Iglesia tradicional. Ambas corrientes tenían doctrinas antagónicas, contrapuestas visiones del mundo, diferentes liturgias, distintas ideas de justicia, libertad, propiedad y familia; contradictorias versiones bíblicas e, incluso, dos nociones de la misa que diferían radicalmente entre sí: una hablada en latín, con el cura dando la espalda a los feligreses y música sacra; la otra, en español, con el celebrante de cara al público y cantos folclóricos. 

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Hernán Larraín Acuña
Hernán Larraín Acuña

Gran parte de la actividad impulsada por el sector progresista de la Iglesia pudo hacerse realidad gracias a las donaciones de países desarrollados, principalmente de Estados Unidos y Alemania, a través de la Alianza para el Progreso. Entre 1960 y 1970 llegaron  cerca de 70 millones de dólares. 

Lo ejes de la tarea

El triunfo de la revolución cubana en 1959 decidió al gobierno de Estados Unidos a dar un vuelco a su política con América Latina para evitar que se repitiera lo ocurrido en la isla caribeña. Preocupado, además, por el crecimiento de la izquierda en Chile y un posible triunfo de Allende en los comicios de 1964, optó por apoyar decididamente al PDC y a Frei Montalva en los años siguientes. Lo mismo harían algunos de sus principales aliados en Europa. 

Vekemans y los jesuitas fueron los principales ideólogos de la nueva doctrina social que levantó la Iglesia Católica y el PDC en Chile para enfrentar la progresiva influencia de la izquierda. Esa doctrina se hizo fuerte sobre la base de cuatro grandes reformas: primero, una profunda reforma agraria; segundo, la denominada "promoción popular" para los "marginales", que consistió en la creación de una vasta red de organizaciones vecinales, que sirvieran de canales de participación para la comunidad, por un lado, y para las autoridades municipales y estatales por otro; tercero, una reforma profunda de la legislación sindical, que actuara como incentivo para aumentar los niveles de participación organizada de los trabajadores; y, cuarto, algunas reformas a la Constitución para posibilitar que el Ejecutivo tuviera la iniciativa exclusiva para legislar sobre materias claves de la política económica. 

La idea era clara: si se desea avanzar honestamente en los cambios sociales y económicos, si se busca construir un país realmente democrático, el pueblo debe tener acceso a todas las formas de poder y participar en su ejercicio, mucho más allá de su poder electoral. 
Eduardo Frei Montalva- apoyado de manera entusiasta por un sector importante de la Iglesia Católica, dato que no se debe olvidar- se transformó cuando amanecían los años 60 en una nueva esperanza para los pobres de América Latina y del mundo subdesarrollado. Los estresados habitantes de la Casa Blanca de Washington percibieron que ese hombre alto de nariz prominente podía ser la figura que opacase a Fidel Castro, que su prometida revolución en libertad fuese la alternativa tan buscada a los socialismos reales y al tan cuestionado imperialismo yanqui.

Organismos internacionales como la FAO, CEPAL, OEA y BID, crearon en 1961 el Comité Interamericano de Desarrollo Agrícola, CIDA, para recopilar información que permitiera hacer la reforma agraria en América del Sur. El primer director ejecutivo de CIDA fue Hugo Trivelli, quien en 1964 fue nombrado ministro de Agricultura por Frei Montalva. El informe de CIDA 1962-1963 lo publicó y difundió  en la revista Mensaje el jesuita Gonzalo Arroyo, sacerdote que sería un hombre clave en las reformas del campo en Chile. 

En 1962 el obispo Manuel Larraín Errázuriz inició el proyecto de reforma agraria en el fundo Los Silos de la Arquidiócesis de Talca y poco después, el cardenal Raúl Silva Henríquez inició los proyectos en los fundos Las Pataguas y Alto Melipilla, seguidos por los correspondientes a los fundos Alto Las Cruces y San Dionisio, cada uno de ellos bajo la forma de cooperativa.

El 26 de junio de 1962, el obispo Manuel Larraín Errázuriz inició el proyecto de reforma agraria en el fundo Los Silos de la Arquidiócesis de Talca y poco después, el cardenal Raúl Silva Henríquez inició los proyectos en los fundos Las Pataguas y Alto Melipilla, seguidos por los correspondientes a los fundos Alto Las Cruces y San Dionisio, cada uno de ellos bajo la forma de cooperativa. A cargo de los proyectos, los prelados designaron comités técnicos que en junio de 1963 dieron origen al Instituto de Promoción Agrícola, INPROA, constituido principalmente por militantes demócrata cristianos.

El patrono del PDC

Larraín Errázuriz nació en Santiago el año 1900 en el seno de una prestigiada familia católica. Luego de sus estudios escolares en el Colegio San Ignacio y de Derecho en la Universidad Católica de Chile, el futuro obispo de Talca, ingresó al Seminario Mayor de Santiago en 1922. Su formación teológica y sacerdotal la terminó en Roma, donde fue ordenado sacerdote en 1927. Once años más tarde, en agosto de 1938, fue nombrado obispo de Talca, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1966. 

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Manuel Larraín Errázuriz
Manuel Larraín Errázuriz

La vida del obispo Larraín transcurrió durante muchos años paralela a la del jesuita Alberto Hurtado Cruchaga -hoy un santo católico- su gran amigo. Estudiaron juntos en el colegio, luego hicieron el servicio militar y más tarde ingresaron al sacerdocio. Ambos se formaron bajo el mismo espíritu de entrega a los demás, especialmente hacia los pobres. La profunda amistad que los unía fue motivo de que muchas de las decisiones importantes de su vida las consultara primero con Hurtado.

A Manuel Larraín le tocó vivir una época de grandes cambios políticos y sociales, de los que no sólo fue un observador atento, sino también un destacado protagonista. Fue duramente criticado en su tiempo por el apoyo que prestó a la creación de la Falange Nacional, en 1938, grupo político que surgió dentro del Partido Conservador, portador de una posición crítica frente a la línea oficial de ese partido, limitada, a su juicio, a defender la tradición y a predicar la resignación entre los pobres y la caridad entre los ricos. Su respaldo se materializó con más fuerza cuando, ante la posible disolución del nuevo partido, en noviembre de 1947 Manuel Larraín, declaró públicamente la legitimidad de la Falange Nacional, impulsando su sobrevivencia. Fue, en suma, un verdadero patrono del PDC.

Desde 1960 en adelante, en las universidades se organizaron semanarios y cursos dirigidos a los estudiantes, así como también a los profesionales del sector público e, incluso, a particulares. Además, se publicaron diversos estudios y antecedentes que sensibilizaron a la opinión pública sobre la gravedad de la situación agrícola. Por todos lados se repetía que los problemas del país requerían de una urgente reforma agraria como solución.

Al tomar posesión de su cargo el 29 de junio de 1961, el nuevo arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, también insistió en la urgencia de emprender la reforma agraria. En la cuaresma de 1962 se publicó la Pastoral Colectiva del Episcopado, donde se afirmó que había llegado la hora de iniciar las expropiaciones de predios agrícolas particulares. Poco después, el 18 de septiembre de 1962, veinticuatro arzobispos y obispos chilenos firmaron una pastoral que establecía que todo cristiano debía apoyar los cambios institucionales, tales como una auténtica reforma agraria, la reforma de la empresa, la reforma tributaria, la reforma administrativa y otros cambios similares. 

Una de las primeras decisiones del gobierno de Frei Montalva fue contratar cientos de militantes y simpatizantes del PDC para engrosar las filas del Instituto de Desarrollo Agropecuario, INDAP, y la Corporación de la Reforma Agraria, CORA, entes que tendrían en sus manos la puesta en marcha de la reforma agraria. Entre ellos estaban muchos de los  jóvenes que más tarde se transformarían en los principales dirigentes del Movimiento de Acción Popular Unitaria, MAPU.

Redes de influencia

Antes de los procesos de reforma universitaria de mediados y finales de los 60, los estudiantes, sobre todo sus núcleos dirigentes y más activos buscaban completar su formación profesional con una visión más integral del mundo y la vida personal y social. Ello lo hacían a través de cursos, jomadas, escuelas extra-universitarias, o de organizaciones destinadas a ello y a vincular a los estudiantes con la realidad socio-política. Como ilustraciones de estas redes de influencia, formación y vinculación a la realidad social impulsadas por los jesuitas, se puede mencionar el Consejo de Mensaje para el mundo universitario, creado por el jesuita José Vial, y las jornadas y cursos organizados por la Parroquia Universitaria, cuyo asesor doctrinal era el mismo Vial, y donde enseñaban sacerdotes como Vekemans, Larraín y Zañartu, además de numerosos otros profesionales y académicos en diversas disciplinas.

Otro instrumento fue el Instituto de Humanismo Cristiano, que en su vertiente profesional era asesorado por Vekemans, y en su rama universitaria, secundada por Gonzalo Arroyo, que organizaba grupos de reflexión, jomadas de formación, y trabajos sociales de verano, especialmente en el sector rural; el trabajo estudiantil en el medio obrero, que contaba con la tarea formativa de Renato Poblete; el apoyo al mundo poblacional, especialmente en el campo de la vivienda, animado por sacerdotes como Alejandro del Corro y Joss Van der Rest; más adelante se orientaron también al plano ideológico, donde colaboraron varios jesuitas adscritos a Cristianos por el Socialismo.

Otra dimensión de la influencia jesuita en Chile se originó a partir de la creación de nuevas ideas y pensamientos a por medio de la fundación del Centro de Investigaciones Socioculturales, CISOC, en 1950 en el Centro Bellarmino. Esta instancia surgió con el propósito de realizar investigaciones en el área socio-religiosa e incluirlas en las diversas pastorales de La Iglesia.

Entre sus numerosos trabajos se pueden mencionar estudios sobre el desarrollo del pentecostalismo, la religiosidad de la población, la realidad de la juventud, de la familia y de las comunidades católicas de base, investigaciones en las áreas de la sociología y de la economía, de filosofía y de las diversas doctrinas sociales.

El CISOC también se abocó a temas muy importantes en los años 60 como el análisis y teoría de las universidades en general y las católicas en particular, que tuvo enorme influencia en el resto de América Latina y en todos los movimientos universitarios de reforma; la teoría de la marginalidad, urbana y rural, y la integración social. Se reflexionó, además sobre el carácter del cambio social en América Latina y Chile y de sus dimensiones revolucionarias y estructurales, expresados en gran parte en los números especiales de Mensaje de comienzos de los 60, que tuvieron un gran impacto no sólo en el debate de ese entonces y en los años siguientes, sino en la homogeneización de expectativas y congregación de grandes sectores profesionales y políticos. 

La Compañía de Jesús creó, a la vez, un potente Departamento de Comunicación Social que irradió el pensamiento jesuita en todos los ámbitos nacionales, un verdadero motor de influencia a través de las diversas plataformas de información.

De los dos principales colegios de la congregación –San Ignacio de Alonso Ovalle y San Ignacio de El Bosque- además de otros 21 establecimientos de regiones- han egresado a partir del inicio de años 60 y en los últimos 50 años a los menos 250 mil alumnos que han dado forma a una poderosa elite situada en las principales esferas del país.  

Pan techo y abrigo

La búsqueda de justicia social que marcó la vida del jesuita Alberto Hurtado, lo impulsó a fundar el 14 de octubre de 1944 el Hogar de Cristo, cuyo objetivo era brindar pan, techo y abrigo a los más pobres y excluidos. Poco después Hurtado se dedicó a la construcción de la sede principal en la calle Bernal del Mercado. Poco antes de su fallecimiento, en agosto de 1952, el sacerdote entregó una carta de despedida a los amigos del Hogar de Cristo, una suerte de testamento social para el desarrollo de la entidad.

En 1954, nació la Funeraria Hogar de Cristo y, en 1957, la obra se extendió a regiones. Las primeras dos filiales fueron en Antofagasta y en la ciudad de Los Ángeles. En 1960, se reorganizó la Patrulla de la Noche, que pretendió reeditar las rutas que hacía Hurtado en la búsqueda de niños abandonados.

En 1964, nació el primer hogar para adultos mayores en pobreza, mientras en la década de los 70 se inauguraron nuevas filiales en Arica, Concepción, Copiapó y Valparaíso. A inicios de los años 80, comenzaron a funcionar los centros de alto riesgo para acogían a jóvenes en situaciones muy difíciles. 

El año 1983 el sacerdote Renato Poblete organizó la primera Cena Pan y Vino, la que sigue realizando hasta hoy. A fines de los 80 y principios de los 90, el Hogar de Cristo fue logrando presencia en todo Chile, inaugurando las filiales de Puerto Montt, Osorno, Punta Arenas, Santa Cruz, Laja, Curicó, Rancagua, Castro, La Serena, Iquique, Nueva Imperial, Ancud, Ovalle y Puerto Aysén.

Por ese tiempo el cura Poblete, experto en diversas materias económicas, trasformó la figura de Alberto Hurtado y el Hogar de Cristo en el nuevo símbolo de los jesuitas, alejado de la justicia social, cercano a la resignación de los pobres y a la caridad de los ricos. El trabajo hecho por Poblete fue un encomiable ejercicio de marketing. 

Finalmente, en 1994, Alberto Hurtado fue beatificado en Roma por el Papa Juan Pablo II. Ese mismo año comenzó la construcción del santuario que hoy conserva sus restos.

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Analisis muy bueno.Digno de guardar

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