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Miércoles, 19 de febrero de 2020
Intervención de la industria

Censura y recortes: Radiografía de la ofensiva cultural con la que Jair Bolsonaro quiere cambiar Brasil

Pedro P. Ramírez Hernández

Películas ganadoras de premios internacionales y obras de teatro han perdido su financiamiento o han sido canceladas por parte de las instituciones públicas que financian la cultura en Brasil. Las obras más afectadas abordan temáticas LGTBI. Una política extrema, que de todos modos sufrió un traspié cuando Roberto Alvim, secretario de Cultura y responsable de esta política, dejó su cargo la semana pasada tras citar a Goebbels en un discurso oficial. 

En Recife, a tan solo cinco minutos del comienzo de la segunda función de una obra de teatro inspirada en El Libro de los Abrazos del escritor uruguayo Eduardo Galeano, la Caixa Cultural, anunció la cancelación de toda la temporada. Los actores no alcanzaron a terminar de vestirse y el público se tuvo que ir de la sala.

Tras el cierre, Caixa Cultural anunció que la compañía Clowns de Shakespeare, responsable de la obra, había infringido las normas del contrato durante su primera presentación.

Lo que sucedió fue que abrieron un debate con los espectadores, en medio de una reflexión sobre distintas historias que el libro recoge, donde se critica al sistema económico y social, cuestión que incomodó a la dirección del centro cultural. 

Lejos de ser una situación anecdótica que tuvo lugar el primer fin de semana de septiembre, la fórmula se repitió durante todo el segundo semestre del año recién pasado y ha continuado, cobrando recortes y cancelaciones durante este verano, en el estreno del segundo año de la era Bolsonaro, y han involucrado a Caixa, Petrobras, la Agencia Nacional del Cine (Ancine) y la Fundación Nacional de las Artes (Funarte), las principales instituciones financistas de la escena cultural pública de Brasil. 

Así, obras teatrales, ciclos de cine, lanzamientos de libros y exposiciones gráficas han sido abruptamente canceladas, teniendo en común que abordan temáticas ligadas a la homosexualidad, el feminismo, la memoria histórica y las violaciones a los derechos humanos. 

Pero, la gota que rebalsó el vaso ocurrió hace unos días, cuando el viernes 17 de enero, el máximo responsable de la cultura en Brasil, Roberto Alvim, tuvo que ser destituido al citar en un discurso al jefe de la propaganda nazi, Joseph Goebbels

“El arte brasileño de la próxima década será heroico y nacional. Estará dotado de una gran capacidad de implicación emocional y será igualmente imperativo (...) o de lo contrario no será nada”, afirmó Alvim en un vídeo oficial que fue difundido el jueves por el lanzamiento del Premio Nacional de Artes. Un parafraseo extremadamente cercano a una de las intervenciones de Goebbels.

De tal modod, poco más de un año después de la llegada al gobierno de Jair Bolsonaro, el funcionario con el rango más alto ligado al mundo del arte tuvo que salir en medio de un escándalo nacionalista, luego de haber obstaculizado y desfinanciado las expresiones artísticas ligadas a la izquierda, al progresismo y a la comunidad LGTBI. 

Bajo la conducción de Alvim, el extinto Ministerio de la Cultura, que Bolsonaro reorganizó junto al de Deportes al interior del Ministerio de la Ciudadanía, redujo un 57% los recursos del Fondo Sectorial del Audiovisual (FSA) gestionados por la Ancine, de acuerdo a la información entregada por el diario español El Periódico

Junto a los recortes, Alvim reorganizó junto a Caixa y Petrobras el financiamiento a la cultura, aplicando una serie de filtros, que en la práctica han funcionado a modo de censura, eliminando contenidos y coartando aquellos que busquen en el futuro recursos estatales. 

Un ejemplo de esta modus operandi lo sufrió la película Bixa Travesty, ganadora del Teddy Award, que premia a las producciones LGBTI en el Festival de Cine de Berlín. Durante el año 2018, el largometraje obtuvo 200.000 reales de la estatal Petrobras para distribuir la película por Brasil, pero su guionista, Kiko Goifman, fue contactado por la gigante petrolera que canceló el premio: “estaba en casa y recibí una llamada de Petrobras diciendo que no van a pagar, así sin más”, relató.

Consultada por la prensa, la empresa estatal argumentó que la decisión pasó por una “reformulación de la estrategia de patrocinios culturales”. 

Un destino similar corrió la cinta Marighela, que cuenta la historia del guerrillero brasileño con ese nombre y que es dirigida por Wagner Moura, el actor que interpretó a Pablo Escobar en la serie Narcos de Netflix. La película había ganado un convocatoria de financiamiento de la Ancine que finalmente no será desembolsada en su totalidad, dejando en aprietos financieros a la producción, luego de que la institución bloqueara el estreno fechado en noviembre del año pasado.

No solo el cine y el teatro han sufrido la censura del gobierno, durante la Bienal del Libro en Río de Janeiro, el alcalde de la ciudad, Marcelo Crivella, un pastor evangélico ultraconservador perteneciente a la Iglesia Universal del Reino de Dios, acusada por corrupción, lavado de dinero y apropiación indebida, mandó a retirar los afiches y el cómic de Marvel: Vengadores, la cruzada de los niños, por tener en la portada una escena homoafectiva en la que aparecían dos jóvenes besándose. 

El mismo Jair Bolsonaro también ha estado a la cabeza de la censura. En agosto, a través de una transmisión por Facebook Live, anunció la suspensión de concurso que buscaba financiar diferentes series que serían transmitidas por la televisión pública. Las cuatro finalistas de la edición cancelada abordaban temáticas de género, cuestión que gatilló la salida de Henrique Pires, ex secretario de Cultura, quien acusó al gobierno de censurar contenido, siendo relevado por Alvim. 

De esta manera, Bolsonaro ha mantenido al interior de su gabinete las diferentes sensibilidades conservadoras que hoy día conforman la alianza de gobierno y a todas les da espacio al interior de su discurso. Por un lado está el sector ideológicamente más duro, liderado por el filósofo Olavo de Carvalho, quien ha sido el principal promotor al interior del oficialismo de librar una “guerra contra el marxismo cultural”. 

De acuerdo a de Carvalho, las universidades, colegios y la industria cultural de Brasil han sido hegemonizadas por la izquierda, que ha dominado el campo y ha impulsado reconocidas obras a nivel mundial que abordan temáticas ligadas a los derechos humanos, al racismo, el extractivismo, el feminismo o la homosexualidad. 

Estas ideas han sido recogidas por Bolsonaro desde su campaña, quien ha colocado a personajes de esta tendencia al mando de los ministerios de Educación y Relaciones Exteriores, con Ricardo Vélez Rodríguez en el primero y Ernesto Araújo en el segundo, siendo Vélez reemplazado por otro olavista, Avraham Weintraub.

El resto de los ministerios se reparten entre las facciones representadas por los militares, con el general Hamilton Mourão a cargo de Interior, los económico-pragmáticos, muy bien caracterizados por el ministro de Economía, Paulo Guedes, formado en la Escuela de Chicago y partidario de la doctrina del Shock y finalmente por los evangélicos, donde sus hijos tienen una fuerte presencia al interior de las iglesias de Río.

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