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Viernes, 10 de julio de 2020
Semblanza

"Chile se acabó el 73", solía decir Armando Uribe

Feisal Sukni

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"Uribe tenía razón", stencil en torno a la Plaza de la Dignidad
"Uribe tenía razón", stencil en torno a la Plaza de la Dignidad

El 26 de enero de 2020 fueron los funerales de uno de los más grandes poetas chilenos contemporáneos y uno de los más feroces críticos de la política del país, tanto de la dictadura como de la transición. No hubo actos oficiales para despedir a Uribe, pero sí abundaron los recuerdos. Acá, el poeta Feisal Sukni aborda los suyos y muestra una que otra arista novedosa de este Premio Nacional de Literatura.

Cuando muere una estrella todos fuimos satélites de cierta forma. Lo vi pasar un día. Coincidimos en el mismo café. Lo vi en un recital (cosa infrecuente) y así. Cada uno fue fan de algún modo y se siente con genuina propiedad para decir algo donde sea y más en la tierra baldía de las redes sociales. Todos fuimos grandes lectores y alguna anécdota digna de un like consideramos tener. La foto precisa. El verso acertado. Lo que sea por el aplauso del público. 

La primera vez que vi a este hombre de traje severo, cuello almidonado, gomina y zapatos lustrados fue en la Estación Mapocho donde se presentaba un libro de Jorge Teillier. El poeta de Lautaro no llegaba a la hora y ese señor -desconocido para mí entonces- se animaba a empezar sin el aludido. Los versos Tellier en boca de Uribe sonaban a rayos y centellas, palabras que en mano de homenajeado no eran sino susurros. Desde entonces no se me olvidó más Uribe.

Luego lo vi en un recital de poesía en una sala que daba al patio central del Campus Oriente de la Universidad Católica. No era poca cosa el evento. Jorge Tellier -otra vez- animaba los afiches y empujaba las masas. No había más de 50 personas. Todos los poetas oficiales en primera línea, vestidos como poetas oficiales. Con ejemplares exóticos para su firma como buenos poetas oficiales. 

Armando Uribe Roa estaba a tiempo. Fumaba cigarrillos Kent largos con femenina delicadeza y expectoraba frases contrastantes, tal vez masculinas, por lo insensibles y lapidarias. Su voz era de poeta de libro. Se sentó en una mesa después del recital donde leyera versos de Por ser vos quien Sois, a firmar libros con su lapicera. "Usted tiene nombre de poeta" me dijo. "Su nombre es como un alfeizar que mira a la saudita elefante" me escribió en ese libro.

“Armando Uribe Arce nació en Santiago hace más años de lo necesario. Después fue abogado. Después fue diplomático en Washington y en Chile. Luego desterrado. Así pasaron quince años: hizo clases en la antigua Sorbona de Paris. Ahora, vuelta en Santiago; profesando leyes en la de Chile. Ha escrito una serie de libros. Pone también su nombre como Armando Uribe Arce”.  Así se describía el mismo poeta en la solapa de uno de sus libros.

La muerte se pasea

La muerte se pasea por la calle Ahumada.

La muerte para los relojes de la calle Bandera.

La muerte me ha dejado solo en la calle Huérfanos.

La muerte espera en calle Compañía.

Y yo estoy encerrado en mi oficina con llave.

(Imágenes quebradas. 1998)

 

Armando Uribe murió el mismo día que Nicanor Parra y Pedro Lemebel subraya la prensa. A diferencia de Parra tuvo una clara y definida posición política de la que hizo trinchera, memoria y extravío. Fue diplomático desde 1967 hasta 1973. Naciones Unidas, la embajada chilena en Estados Unidos e incluso fue representante del gobierno de Salvador Allende en la República Popular China hasta el mismo Golpe. Se exilió en Francia hasta 1990, cuando volvería a Chile a replegarse en su propio exilio sobre el Parque Forestal. 

Armando Uribe fue abogado, poeta y católico. Ex alumno del colegio Saint George, miembro de la academia literaria que dirigió Roque Esteban Scarpa que determinaría su destino literario. Uribe nunca fingió pobreza o se disfrazó de proletario. Fue el hombre que fue. Católico y telúrico. Enemigo de la dictadura en todas sus veredas. Católico y romano como decía. Claro y distinto de enemigos. Jorge Edwards y Roberto Ampuero entre los primeros de su lista negra, que era larga. Sin temor a descuerar a Michelle Bachelet o a referirse a Sebastián Piñera con desdén, recordaba haber sido buen amigo del padre del actual presidente, José Piñera Carvallo, a quien reconocía como una víctima de la “arpía” de su esposa, madre de los Piñera Echeñique.

Uribe le pegó a la izquierda caviar sin pudor, atacó a la democracia cristiana traidora, se mofó de los caballeros de la derecha y escupió a los neoliberales. No dejó títere con cabeza. Su funeral y su obra no tendrán nunca el apoyo de los oficiales. No contó con el apoyo del partido político adecuado ni con el mecenazgo de los poderosos. Vivió al margen de los homenajes, de las retrospectivas melosas y los sobajeos de lomos. Uribe habitó en la república independiente de su propia casa, porque el país al que volvió en 1990 había dejado de existir.

“Todos los políticos son caballos de carrera. Pero los de izquierda son percherones o sea caballos para bombas de incendio o lecheros, toscos, pesados, llegan últimos. No todos los de derecha son buenos caballos. Hay que mirarles debajo de las patas. Se hace política para ganar por eso todos corren en cuatro patas”, escribió.

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Stencil de Armando Uribe en torno a la Plaza de la Dignidad
Stencil de Armando Uribe en torno a la Plaza de la Dignidad

Uribe era un poeta cuico, de clase alta, educado como pocos. Publicó Transeúnte Pálido, su primer libro, en 1954. Solo dejó de publicar -no de escribir- entre 1974 y 1989, guardando celoso silencio como forma de repudio a la Dictadura que tanto despreció. 

Sus videos en Youtube seguro se han disparado en visitas. Atacando a la CIA por la intervención en el Golpe en la televisión pública francesa, en perfecto francés; o fumando con Cristián Warken en La belleza de Pensar; o en Factor Humano para la detención de Pinochet en Londres . No se hizo el divo aunque lo fuera. Su teléfono fijo circulaba entre productores periodísticos de distintos medios de comunicación. Había que ser valiente para llamarlo. Contestaba la señora que lo ayudaba en su casa o si había fortuna él mismo levanta el auricular que descansaba en una pequeña mesa con mantel tejido a crochet en el primer piso de su dúplex del Parque Forestal.

Por ser vos quien sois

“¿Dios mío, por qué me has abandonado?

¡Pero si no te he abandonado, tonto!

¿Dios mío, por qué me has abandonado?

¿Cuándo te he abandonado?

Nunca he estado contigo”

(Por ser vos quien sois, 1989)

 

Tengo cuatro libros autografiados con creatividad, pluma y tinta negra por don Armando. No solo firmaba sino que se esmeraba en darle un sello particular a cada libro que se le ofrecía en las manos. Seguro hay fans de mejor nivel que yo que tiene más y mejores anécdotas. No fui el primero ni el último ni el mejor. Toqué el timbre de su departamento en calle Ismael Valdés Vergara acompañado de los poetas Samir Nazal, Rafael Rubio y Francisco Leal en 1997 o 1998. Comitiva notable para acosar a Uribe para que presentara un libro que aún no existía.

Nos recibió con solemnidad la señora que lo ayudaba en su casa (cuyo nombre lamentablemente no puedo recordar). Una luz tibia iluminaba el dúplex que miraba hacia el parque. Libros vestían los muros desde el suelo al techo.

Se hizo esperar. Como si hubiera estado en pijama y se vistiera para recibir a los invitados. Conocía a Samir de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. A nosotros ni en pelea de perros. A Rafael Rubio sí porque apreciaba a su padre y abuelo, grandes poetas nacionales.

Tomamos té. Habló de Ezra Pound con cierta obsesión y de los poetas como "poetícolas", "pirifláuticos". No dejaba de volver a estos términos una y otra vez. Intentamos hablar de literatura chilena y conseguir una frase que acuñar para la posteridad pero no lográbamos sacarlo de su propia agenda. Disparó frases lapidarias. Sin posibilidad de refutación alguna. No había errores ni matices. Escuchó atento nuestros versos juveniles. Comentó incluso alguno de ellos. "Chile se acabó en 1973", dijo. No se me olvidó nunca.

Cerramos la visita con un pequeño momento de firmas. Mientras esto sucedía se escuchaba desde el parque un organillero. Como si estuviera tocando abajo del edificio. Así era. Por la ventana como si no ocurriera, Armando Uribe lanzaba un billete con la cara de Gabriela Mistral hacia el vacío. Una rutina de la que no habló y de la que nadie dijo nada porque él no paraba de hablar de un poeta apócrifo que nadie conocía o volver a decir algo de Pound o de Ungaretti.

Volví a la carga en tres oportunidades con diferentes compañías. Siempre fue amable y llano para un pendejo patudo que le golepaba la puerta y anunciaba visita. 

Armando Uribe Arce te hacía sentir poeta. Como de colega a colega. Hablamos de Miguel Serrano y de Gastón Soublette -nobles ancianos de mi obsesión- y de cada uno tenía algo que decir. "Es gente de otro país. De otro Chile. Chile se acabó en 1973 que no se le olvide". 

El invierno ha llegado y yo quiero irme

Angustiar la propia angustia con preguntas

…me tomo como una sopa 

que no me gusta…

…este es Armando Uribe y va a hacer un milagro

que levantará el polvo debajo de los pies…

(El Engañoso Laud, 1956)

 

"Nunca me darán el Premio Nacional" repitió una de esas veces por el año 1998. Yo lo escuché. Obtuvo el Premio Nacional el año 2004. Su dentadura -decía- daba cuenta del sistema público de salud en Chile y era su manera de hacer causa común con los más pobres, jamás se arreglaría los dientes, repitió en una lectura de bar con poco público cerca del metro Salvador. Yo a esas altura lo seguía como se sigue a un equipo de la B o una banda excéntrica que siempre toca en lugares exóticos.

La historia de cómo conoció a su mujer era perfecta. Seguro sale detallada en Google. Cecilia Echeverría, de quien se enamoró viéndola en una revista en la sección de sociedad y a la que perseguiría por años hasta casarse con ella, la vi pasar como levitando en su departamento. Se aparecía poco. Saludaba gentil. La muerte de ella lo mató un poco, bastante. Si bien la muerte estaba presente en su literatura y su conversación, esta se volvió su gran tema. Quería publicar todo en vida porque temía lo que podría pasar con su escritos tras su muerte. Decía que le arruinaban la obra a los autores publicando “cualquier mamarracho para cobrar después de muertos”. Antes de morirme voy a quemar todos mis papeles repitió alguna vez. Esperemos que tras su muerte no haya lanzamientos. 

La prueba de que debe haber Dios

la dan los hombres imperfectos

precarios, las mujeres con sus reglas

transitorias, los viejos con su edad

que se acaba. Y es esta la verdad:

No hay Dios porque lo digan las monsergas

ni porque diga Hay Dios un texto

-hay Dios debido a que no somos Dios.

(Verso Bruto, 2002)

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