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Jueves, 28 de Octubre de 2021
Capítulo IX

Contreras: Historia de un intocable. El auge y la caída del “Mamo”

Manuel Salazar Salvo

Manuel Contreras

Manuel Contreras
Manuel Contreras

INTERFERENCIA está entregando a sus lectores, en una decena de capítulos, el libro que narra la biografía del fallecido general (R) Manuel Contreras Sepúlveda, ex jefe de la DINA durante la dictadura cívico militar del general Augusto Pinochet. Creemos que este es un modo de no olvidar uno de los capítulos más negros de la historia contemporánea de nuestro país.

 

Las instrucciones habían sido muy claras: eliminar a Orlando Letelier, pero sin dejar huellas. Una de las posibilidades era emplear los indudables atractivos físicos de una agente que ya había demostrado sus habilidades de seductora y conseguido valiosas informaciones entre sábanas y suspiros.

Ella había integrado un cuerpo de baile que actuaba por las noches en el Hotel Carrera. Sus piernas firmes y torneadas, una cintura pequeña, caderas amplías y busto altivo llamaban de inmediato la atención de los hombres maduros que frecuentaban el lugar. La muchacha -cuyas medidas anatómicas eran 92-58-90- sabía insinuar promesas de ardor y no tenía mayores remilgos en transformarse en acompañante ocasional y cariñosa a cambio de algunas regalías.         

Un funcionario internacional de la Comisión Económica para América Latina, Cepal, organismo dependiente de las Naciones Unidas, había perdido la cordura entre sus brazos y a cambio de ocasionales y furtivos momentos de pasión, le proporcionaba la ayuda financiera necesaria para que la muchacha tuviera un buen pasar.         

Al promediar 1974, en una de las muchas fiestas a la que acudía regularmente, la joven conoció a un oficial de Ejército que prometió conseguirle un trabajo en la Pesquera Arauco.         

-Tendrás que hacer de acompañante de algunos clientes importantes que vienen a veces del extranjero o de provincia. Es fácil. Tendrás un ingreso seguro como funcionaria a honorarios de la empresa-, le dijo el oficial, que pertenecía a la DINA.         

A las pocas semanas, la joven fue conducida a la empresa y se le presentó al que sería su jefe, el ex oficial Huber Fuchs, a cargo de un complejo de industrias pesqueras entregadas a Manuel Contreras para que encubriera algunas de las operaciones de la DINA.           

Cuando se requerían sus servicios, la joven era llamada por teléfono y se le daba la dirección del lugar donde debía concurrir y las señas del hombre que la estaría esperando. Por cada cita se le pagaba una tarifa fija y si llegaba a conseguir alguna información que le sirviera a sus jefes, recibía una bonificación extra.          

En esa labor conoció a importantes autoridades del gobierno militar y a ejecutivos de empresas del Estado que le ofrecieron dejar ese empleo y llevarla a trabajar con ellos. Ella no quería transformarse en una amante ocasional a sueldo; otras habían aceptado, ella no.         

Desde comienzos de 1975, las citas de la mujer comenzaron a ser coordinadas por el mayor Jerónimo Pantoja desde el cuartel central de la DINA, en calle Marcoleta.         

Su actividad era incesante y no le faltaba nada, pero a los 22 años se había enamorado. Era el mismo muchacho, moreno, de ojos negros y cariñoso que hacía años la acompañaba con su conjunto musical en las noches en el Carrera. Decidieron arrendar un pequeño departamento en Providencia, en un hotel cercano al Parque Gran Bretaña, donde instalaron un nido de amor que hacía más llevadera su azarosa rutina.         

Al enterarse los hombres de la DINA de esa secreta relación, los detuvieron a ambos y condujeron a uno de los cuarteles de la organización, que funcionaba en la calle Estado, en el segundo piso de una antigua casona y que dirigía un agente de apellido León. El muchacho fue amenazado y debió alejarse de la joven a la que amaba, pero también a menudo temía.         

La mujer se hundió entonces profundamente en la estructura de capullos creada por la DINA. Discretos departamentos en Providencia, en los alrededores del Cerro Santa Lucía, frente a la Biblioteca Nacional y a una cuadra de la Plaza de Armas, frente al Hotel Tupahue, comenzaron a ser frecuentados por la joven.         

Allí concurrían altos oficiales chilenos y extranjeros, diplomáticos, ex políticos, empresarios y una variopinta mezcla de hombres que manejaban delicadas informaciones de casi todos los ámbitos del poder.         

Por las noches, esos lugares recibían a otros hombres de menor jerarquía. Empleados bancarios, profesores, funcionarios públicos, estudiantes universitarios, entre otros muchos, también contaban cosas, semi embriagados por el pisco con Coca Cola y el champagne.         

En el cuartel central de la DINA, en tanto, el coronel Contreras empezaba a sentir los embates de la presión internacional en contra de Chile. Todos los informes desde las embajadas y desde los múltiples foros internacionales, indicaban que la situación era cada vez más adversa para el régimen militar.         

Desde el interior del gobierno surgían duras críticas al trabajo de la DINA. Los ministros del área económica y asesores jurídicos como Jaime Guzmán, se quejaban con frecuencia ante Pinochet de que todos los esfuerzos para ganar espacios en el exterior se diluían debido a las crecientes protestas por las violaciones a los derechos humanos en el país.         

Las brigadas de la DINA, sordas a los reclamos, seguían operando en contra de los ya muy diezmados cuadros de la izquierda chilena y como una gigantesca ameba que busca reproducirse, extendían sus tentáculos hacia los países vecinos e incluso a otros continentes.         

En los primeros meses de 1976 el coronel Contreras estaba en la cúspide del poder, en su instante de apogeo.       

Diariamente, muy temprano, se reunía con el general Pinochet y le entregaba un informe de inteligencia; su nombre era mencionado con temor por partidarios y detractores; no rendía cuenta ante nadie -salvo al Presidente- de sus actos ni de sus órdenes; todos los archivos de los ministerios y de las reparticiones públicas, se abrían ante la menor solicitud;  contaba con decenas, cientos de agentes leales sólo a él y, además, con una red de miles de colaboradores en todo el país y en el extranjero. El coronel Contreras sentía, en suma, que tenía el poder sobre la vida y la muerte, que era casi como un dios en medio de la guerra.         

A comienzos de febrero, el canciller Patricio Carvajal viajó a Ginebra para asistir a las sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. A su regreso, después de reunirse con los embajadores chilenos en Europa, mostró un balance desolador: nadie o casi nadie está dispuesto a apoyar al gobierno militar si no se detenía de inmediato la represión en contra de los disidentes.         

El 11 de ese mismo mes llegó a Santiago el director de conferencias de la Organización de Estados Americanos, OEA, el argentino Juan Nimo, que venía a preparar los detalles del Sexto Período de Sesiones Ordinarias que se realizaría en la capital chilena en junio y que contaría con la presencia estelar del secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger.

Pinochet y Henry Kissinger

Pinochet y Henry Kissinger
Pinochet y Henry Kissinger
         

La asamblea reuniría a más de mil personas, incluyendo a todos los embajadores americanos. Desde Estados Unidos llegarían unos 200 funcionarios y el resto de los requeridos serían contratados en Chile. Se reservaron todos los cupos de los hoteles Foresta, Riviera, Santa Lucia y Panamericano, los más cercanos al Edificio Diego Portales; y cientos de otras habitaciones en el Sheraton, Tupahue, Carrera, Carlos V y Crillón. Sería el evento internacional más importante que enfrentaría el régimen militar, la gran oportunidad de mostrar al mundo que en Chile existía la paz que nadie quería reconocer.         

Contreras sintió que ese mundo se le venía encima. Era el momento preciso que estaban esperando los marxistas para agitar el gallinero, pero debía tomar las precauciones para que nada ocurriera y todo pareciera normal.         

Ordenó que se eligiera a las agentes más hábiles en la seducción y que se las infiltrara entre los visitantes. Era necesario recabar la mayor cantidad de información e impedir los posibles contactos con la resistencia.         

El jefe de la DINA instruyó a las brigadas de búsqueda y detención para que suspendieran su trabajo; pidió que se aumentara la vigilancia policial sobre las embajadas y evitar asilos masivos; ordenó que se trasladará a los prisioneros más afectados por las torturas; y sugirió que se acortara el toque de queda, entre otras muchas medidas.         

En el intertanto, el 2 de marzo de 1976, se oficializó el pase a retiro de varios de los más enconados adversarios de Contreras en el alto mando del Ejército. Ellos eran los generales Sergio Arellano Stark, Julio Polloni Pérez, Jorge León Villarreal, Lisandro Contreras Tapia, Juan Hutt Gunther, Augusto Raiger Rago y Oldanier Mena Salinas.         

Sergio Arellano, uno de los principales gestores del golpe militar de 1973 y jefe de la poderosa Guarnición Militar de Santiago en las semanas siguientes, fue marginado de cualquier posibilidad de hacerle sombra al general Pinochet, después de comandar una gira de exterminio de norte a sur del territorio, en la cual fueron ejecutados sumariamente cerca de 70 hombres que habían recibido penas no suficientemente duras en los consejos de guerra que se realizaron después del advenimiento de la Junta de Gobierno.         

La denominada ‘‘Caravana de la muerte’’, bautizada en los cuarteles de la DINA como ‘‘La caravana del buen humor’’, cuyo dramático itinerario fue descrito con minuciosos detalles por la periodista Patricia Verdugo en su libro Los Zarpazos del Puma, contiene indicios de  haber sido una operación destinada a conseguir dos propósitos: por un lado, provocar terror, un terror visceral no sólo en los derrotados sino también entre los vencedores que se mostraban dudosos a la hora de aplicar castigos; y, por otro, obligar al general Arellano  a que ‘‘se ensuciara las manos’’.           

El 25 de noviembre de 1974, el general Sergio Arellano Stark, había enviado una carta de cinco carillas a Pinochet donde claramente le manifestaba sus crecientes aprehensiones sobre el trabajo de la DINA.         

-No es posible que ya se esté hablando de una Gestapo, con todos los macabros recuerdos que esta palabra trae desde los tiempos de la Alemania nazi, cuando se encerraba a los jefes en una torre de marfil y se les hacía navegar en una maraña de intrigas y soplonaje, que significó el comienzo del fin del citado sistema de gobierno.         

El general Julio Polloni, por su parte, había sido elegido a fines de 1974 para que asumiera la dirección de lo que sería la DINA, pero el oficial, que había encabezado la operación para silenciar las comunicaciones del gobierno de la Unidad Popular durante las tensas horas del golpe, prefirió asumir la jefatura del Servicio de Inteligencia Militar, SIM, restando a sus hombres de la represión interna y orientando su trabajo hacia los peligros que se observaban en el exterior.         

Otro de los severos críticos de Contreras, había sido el general Odlanier Mena, perteneciente a los cuadros ‘‘puros’’ de la inteligencia militar, formados al alero de la Dirección de Inteligencia y con una vasta experiencia en el trabajo de infiltración de los partidos políticos chilenos.         

El paso a retiro de estos tres oficiales, y las sorpresivas y extrañas muertes del general Augusto Lutz, director del DINE en septiembre de 1973 y luego comandante en jefe de la Quinta División; con asiento en Magallanes; y del general Oscar Bonilla, primero ministro del Interior y luego de Defensa del régimen militar, despejaron de cualquier escollo el camino del coronel Contreras.         

General Oscar Bonilla

General Oscar Bonilla
General Oscar Bonilla

Lutz, un hombre que padecía de úlcera, fue trasladado desde Punta Arenas al Hospital Militar con un diagnóstico errado. Tras someterlo a cirugía se le presentó un cuadro de septicemia aguda y luego la muerte, el 28 de noviembre de 1974. Sus familiares nunca recibieron una explicación satisfactoria sobre las causas de su fallecimiento.         

Bonilla murió al precipitarse a tierra el helicóptero en que viajaba de regreso a Santiago desde las tierras del Maule el 3 de marzo de 1975. El sumario efectuado para aclarar las causas del accidente fue clasificado como ‘‘Secreto’’.         

Contreras estaba contento a mediados de marzo de 1976.

En esas semanas se iniciaba la reestructuración de la DINA. Había conseguido más recursos económicos y más hombre.         

La subdirección de operaciones se transformaba en una dirección, a cargo del recién ascendido coronel Pedro Espinoza, que regresaba desde Brasil donde había sido enviado como agregado militar en Brasilia, junto al jefe de la Agrupación Caupolicán, el mayor Marcelo Morén.         

De esa dirección dependerían las subdirecciones de inteligencia interior y exterior, que hasta hacía pocos meses tenían sólo el carácter de departamentos. Inteligencia interior tendría ahora a lo menos seis unidades de recolección y análisis de datos: C1, con todos los partidos de izquierda; C2, preocupada del PDC y del MIR; C3, de los organismos sindicales; C4., de los gremios; C5, de los empresarios...         

El coronel Espinoza, hijo de un suboficial de Infantería, arma en la que también había crecido como oficial desde su egreso de la Escuela Militar en 1953, tenía un talento innato para tejer redes de inteligencia. Esa habilidad, sumada a su carácter de profesor de la Academia de Guerra en la misma especialidad y a los conocimientos que había heredado de su padre, lo transformaban en un valioso cuadro de la DINA.         

No obstante, lo que más entusiasmaba al coronel Contreras era la obsesión que Espinoza tenía por llegar a formar parte del Cuerpo de Generales del Ejército de Chile. Estaba dispuesto a cumplir cualquier orden, a desempeñar cualquier misión que se le ordenase, sin comentarios ni preguntas.         

Uno de los principios básicos sobre los cuales Contreras formó la DINA fue la lealtad. Esa condición, exigida a todos los oficiales, dio cuerpo a la ‘‘hermandad de la DINA’’ una verdadera secta al interior del Ejército, unida por el secreto y por la sangre.         

Existen algunos antecedentes que señalan la práctica entre miembros de la DINA de ciertos rituales que se remontan a antiguos mitos guerreros, como el uso de runas y la celebración de los solsticios y equinoccios, ceremonias que también intentó recuperar el nazismo. De hecho, entre ellos se jerarquizaban como ‘‘faraones’’, ‘‘sacerdotes” y ‘‘esclavos”, según el rango y las labores que tenían.              

Uno de los mejores retratos acerca de los hombres y mujeres que integraron la DINA, lo realizó Luz Arce, una joven socialista que colaborar con ‘‘el servicio’’ y que años después, temerosa y arrepentida, escribió su testimonio en su libro El Infierno…  

Luz Arce

Luz Arce
Luz Arce
       

En uno de sus capítulos, la mujer revela un aspecto poco conocido del coronel Contreras al recordar una fiesta en el otoño de 1976 donde concurrió con la ‘‘Flaca Alejandra’’ y la ‘‘Carola”, otras dos colaboradoras:

-Durante una recepción me sacó a bailar e inició la conversación.

-Luz, eres la más linda de mis detenidas.

-Coronel, gracias. Pero pensaba que era funcionaria y para serle franca, preferiría que dijera la más inteligente-, dije riendo.

-La más hermosa de las detenidas que pasó por la DINA, quise decir, y también muy inteligente. Y de verdad eres, no sé si bella, pero sí muy atractiva y puedes tener todo cuanto quieras. Sólo pídelo.

-Gracias, coronel. Imagino se refiere a cosas materiales.

-¡Claro! Todas esas cosas que hacen la vida agradable. Ropa, dinero y todo lo que se pueda comprar con él.

-Y, dígame coronel, ¿Cuál es el precio? porque imagino que hay uno.

-Que sea amable y cariñosa.

-¿Sabe, coronel? Yo me regalo si me da la gana, pero no me vendo.

-¿Está rechazando a su director, Luz?         

Sabía que transitaba por un terreno delicado. Así es que tratando de aparecer muy sonriente y hasta coqueteando, dije:

-No. No rechazo al director. El director se cambió de sombrero y se puso en el plano de hombre. Por eso yo como mujer puedo decir no.         

Rió, mientras seguíamos bailando, aparentando una cordialidad exagerada y una alegría que por cierto dentro de mí no había. Momentos después el coronel nos pidió a las tres que lo rodeáramos. María Alicia a su izquierda, Alejandra a su derecha, yo sentada en el suelo frente a él. Los oficiales de pie rodeándonos: el coronel brindó por nosotras tres y dijo algo acerca de que nos había dado la vida. Que era como un padre para nosotras. Que a su alero nada debíamos temer.

Entre marzo y mayo de 1976, los analistas de inteligencia exterior de la DINA acumularon información sobre la campaña internacional en contra del gobierno militar chileno. En decenas de carpetas se acumularon recortes de prensa, cartas, télex, memorandos e informes de diversos orígenes. Los principales agitadores eran nombres conocidos: Carlos Altamirano, Volodia Teitelboim, Luis Maira, Jorge Arrate, Orlando Letelier...          

Este último, sin embargo, se había atrevido a viajar desde Washington a Holanda en febrero, casi en la misma fecha en que el canciller Patricio Carvajal se reunía con los embajadores chilenos en Europa. Letelier consiguió que los trabajadores portuarios boicotearan el despacho de barcos hacia Valparaíso y que el gobierno de La Haya suspendiera un crédito de 62 millones de dólares.         

Semanas después, tres congresistas estadounidenses habían llegado a la capital chilena, traídos por un amigo de Letelier para visitar el campo de detenidos de Tres Álamos y recabar antecedentes sobre violaciones a los derechos humanos. El anuncio de la visita había obligado al presidente de la Corte Suprema y al ministro de Justicia a efectuar reiteradas inspecciones a algunos de los centros de detención que mantenía la DINA.         

Los periodistas Francisco Artaza y Alejandra Matus relataron a comienzos de junio de 1995 en un suplemento especial del diario La Nación, titulado Crimen en Washington D.C., un episodio de la visita de los parlamentarios norteamericanos que ayuda a imaginar cuál sería la reacción de Contreras al conocer los detalles de lo ocurrido.         

Cuentan los periodistas en ese suplemento, el mejor trabajo de investigación periodística que se ha hecho en Chile sobre el asesinato de Letelier:

Los parlamentarios y su asesor sabían por Letelier que existía un cuartel de los organismos de seguridad en el sector alto de Santiago en que se practicaban bárbaros métodos de tortura y que, aunque fue varias veces denunciado por personas que lograban escapar de allí, no era reconocido oficialmente.

-He oído que hay un centro de detención al que llaman Villa Grimaldi, quisiera ir...-, pidió Harkin.

-Vayan donde quieran, Este es un país libre-, respondió el integrante de la Junta. (Gustavo Leigh)

Tomando las palabras de Leigh como una autorización, Harkin y Eldridge contrataron un furgón para ir al cuartel. Sabían que el recinto fue algo así como un club nocturno o un monasterio y tenían las indicaciones para llegar. El chofer sudaba de nerviosismo:

-Espérenos aquí-, ordenó Eldridge en un mal castellano al bajar del vehículo, pero el conductor aceleró y desapareció tan rápido como pudo. Ambos norteamericanos, ataviados como típicos turistas, quedaron a metros de su destino. Caminaron hasta el portón y tocaron. Nadie abrió.

-Por favor, dígannos, ¡¿Es esto Villa Grimaldi?!-, gritó Eldridge a los celadores invisibles. Pero no se obtuvo respuesta. Cuando se resignaban a irse, apareció una camioneta que se dirigió directamente al acceso de entrada. El portón se abrió.

-¡Vamos!-, instó Harkin.

Eldridge y el diputado corrieron detrás del vehículo y alcanzaron a entrar antes de que el portón se cerrara de nuevo. En segundos, decenas de uniformados los apuntaban con metralletas. Los estadounidenses levantaron los brazos en señal de rendición.

Harkin logró sacar de su camisa una tarjeta escrita en inglés -lo identificaba como parlamentario- y se las enseñaba a los soldados:

-I am a congressman. ¿Is this Villa Grimaldi? (En español, "Soy congresista. ¿Es esta Villa Grimaldi?").        

Los militares se miraban perplejos, pero no bajaban los cañones de sus armas.

Eldridge intentó traducir lo que iba diciendo el parlamentario:         

-Este señor es un parlamentario estadounidense. Queremos saber si este lugar es Villa Grimaldi. El general Leigh nos dijo que podíamos venir...         

-Está bien. Esperen un minuto-, dijo el oficial que estaba a cargo y se fue hacia la casona. Veinte minutos después, volvió.         

-Queremos que nos dejen llamar al general Leigh-, tradujo Eldridge.         

El oficial, evidentemente nervioso, ignoró la petición y ordenó:

-Abran el portón.         

Los soldados empezaron a empujar con sus bayonetas suavemente a los intrusos.         

-No queremos irnos, queremos hablar con el general Leigh-, insistía Eldridge, mientras Harkin seguía blandiendo su tarjeta identificatoria; pero los soldados continuaban empujando. Un empellón más y los norteamericanos estuvieron afuera. El portón se cerró.         

El incidente obligó al gobierno, en los días siguientes, a reconocer que Villa Grimaldi -desde donde desaparecieron más de 200 personas- era un centro de detención.                  

La DINA supo también que Letelier -tal como lo había intentado Bernardo Leighton en 1975- estaba haciendo esfuerzos para lograr un acuerdo entre el Partido Demócrata Cristiano y la ex Unidad Popular que permitiera armar un frente político común en contra del régimen militar chileno.         

En Nueva York se realizaban ya las primeras gestiones para una cita en julio a la que asistirían políticos cristianos de un amplio espectro ideológico como primer paso para tratar de llegar a consensos mayores.         

Letelier no paraba en sus empeños; por el contrario, iba a Holanda, a Francia, a Italia, a México, a Cuba, a Venezuela, multiplicando sus energías en busca en todas partes apoyo para sacar a Pinochet. Además, había influido decididamente sobre los Kennedy para conseguir un embargo de armas a Chile.         

No, ya era intolerable. Era necesario detenerlo; y para eso estaba la DINA.         

En julio de 1976 el coronel Pedro Espinoza dio la orden a Michael Townley de asesinar a Orlando Letelier.

-Debe parecer un accidente-, insistió.

-Sólo deben contactar a los cubanos si es muy necesario-, advirtió.         

La operación la realizarían Townley, el teniente Armando Fernández Larios y la agente Liliana Walker. La mujer intentaría seducir a Orlando Letelier y arrastrarlo hacía algún hotel, donde usarían gas Sarín para eliminarlo. El peligroso compuesto químico provocaba un paro cardíaco fulminante y no dejaba huellas visibles para los forenses. Todos pensarían que Letelier había sufrido un infarto en el transcurso de una aventura amorosa ocasional, y discretamente sería sepultado sin la más mínima sospecha de un homicidio. Era el plan ideal.    

Liliana Walker

Liliana Walker
Liliana Walker

Una segunda alternativa era atacarlo en algún suburbio, simulando un asalto o una pendencia como las muchas que se registran día a día en las calles de las grandes ciudades norteamericanas. También podía prepararse un accidente automovilístico, un choque, un atropellamiento, incluso empujarlo a un barranco. Cualquier modo era bueno siempre que no dejara huellas, que impidiera la más mínima sobra de sospecha.         

Sin embargo, todo ocurrió distinto. Tan diferente fue que uno de los jueces que condenarían casi 20 años después a Contreras y Espinoza como autores intelectuales del homicidio, el magistrado Juan Libedinsky, llegaría a decir públicamente, parafraseando a un ministro de Napoleón Bonaparte, que el asesinato fue ‘‘más que un crimen, una torpeza’’ y que ‘‘aquí ya se estableció quiénes cometieron esa torpeza”.

Espinoza envió a Townley y a Fernández Larios a conseguir pasaportes en Paraguay para viajar a Estados Unidos. No consiguieron los documentos y sus fotografías quedaron guardadas en uno de los escritorios de la embajada norteamericana en Asunción.         

Para borrar las huellas del fracasado intento, la DINA envió a dos jóvenes oficiales a Estados Unidos con la misión de tratar de entrevistarse con el director de la CIA.         

Finalmente, partieron Fernández Larios y Mónica Lagos a ubicar a Letelier, intentar un acercamiento y observar sus rutinas. El último en partir desde Chile fue Townley.         

Todos los antecedentes recogidos por la justicia norteamericana y chilena señalan que Townley nunca pensó en otra forma de asesinar a Letelier que no fuera por medio de una bomba y que, además, desde un comienzo quiso hacer el trabajo con la ayuda de los cubanos.         

Es difícil comprender por qué Townley dejó tantos testigos de sus intenciones e involucró a cinco cubanos en el crimen. Si era, como se ha asegurado, un agente disciplinado y que obedecía cualquier orden que le diese Espinoza o Contreras, que razón tuvo para desoír las recomendaciones de evitar el empleo de explosivos y de contactar a los cubanos. Ello, claro está, si se parte del supuesto de que los jefes de la DINA no deseaban un bombazo en el corazón de la nación más poderosa del mundo, hasta ese momento indemne a los atentados terroristas.         

Diez meses después del atentado, en julio de 1977, el FBI detuvo a algunos cubanos anticastristas que reconocieron a Juan Williams Rose como el sujeto rubio que había participado en el atentado.         

Ese mismo mes, el general Pinochet comunicó a Contreras su decisión de terminar con la DINA, anuncio que se hizo público el 12 de agosto. Eran ya demasiados los rumores y la mayoría de los ministros tenían fundadas sospechas de que el asesinato de Letelier no era obra de la CIA.      

Pinochet estaba invitado por el gobierno del presidente Carter a asistir en septiembre junto a todos los gobernantes del continente a la firma del tratado que devolvería la Canal Zone a Panamá. Contreras le pidió que lo autorizara a designar a los mejores oficiales de la DINA para que lo acompañaran. Sería como un gesto de reconocimiento al trabajo que habían efectuado.         

Pinochet aceptó y el propio Contreras gestionó los pasaportes para él y unos 30 de sus hombres. El trámite se lo pidió como favor especial a un agente del FBI, que no dudó en concedérselos. Era una oportunidad única para tener las fotografías de los más sobresalientes cuadros de la DINA.         

Tras la muerte legal de la DINA, Contreras quedó nominalmente al frente de la nueva entidad que heredaría sus funciones, la Central Nacional de Informaciones, CNI, pero bajo la intervención del jefe de Inteligencia del Ejército, el general Héctor Orozco.         

En noviembre de 1977, el general Pinochet convocó a su despacho al coronel Contreras.         

-Dime Mamo, dónde quieres que te destine. Elige lo que quieras-, ofreció Pinochet.         

-Mi decisión está tomada, general: el Comando de Ingenieros-, replicó.         

Pocos días después, una delegación de oficiales del arma de Ingeniería, al mando del director de la Escuela de Tejas Verdes, coronel Julio Bravo Valdés, llegó hasta las instalaciones del Comando, en calle Santo Domingo, en Santiago.         

-Soy un oficial disciplinado. Si mi general Pinochet tomó la decisión de terminar con DINA, por algo será. Él es el comandante del Ejército. Yo ahora dedicaré todos mis esfuerzos a conseguir que la mayor cantidad de oficiales del arma de Ingenieros ingrese a la Academia de Guerra y llegue a los altos mandos de nuestra institución. Ese es ahora mi desafío y quiero pedirles a ustedes que me ayuden a conseguirlo-, les dijo Contreras.         

Los oficiales de Ingeniería sintieron entonces que al ex jefe de la DINA le quedaban aún muchas cartas por jugar. 

Mañana: Capítulo final

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