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Domingo, 5 de Diciembre de 2021
Newsletter 'La Semana'

De Facebook a Meta ¿Qué cambió?

Andrés Almeida

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Zuckerberg en su metaverso. Foto: Quartz
Zuckerberg en su metaverso. Foto: Quartz

Este artículo es parte del newsletter exclusivo La Semana, que ahora se comparte para todo público.

Facebook cambió de nombre. Ahora la compañía que posee y administra las plataformas Facebook, Instagram y WhatsApp, se llama Meta, la cual administrará las tres aplicaciones de manera diferenciada, siendo la marca Facebook, solo una app más, y no la nave central, además de una nueva división dedicada a lo que se conoce como realidad aumentada

¿La razón de la modificación? 

Muchas.

No es un misterio que sobre la compañía -y su fundador, CEO y principal accionista, Mark Zuckerberg- está recayendo mucha presión. Esta proviene principalmente de los llamados Facebook Papers, una filtración de cientos de miles de documentos de la empresa que evidencian que ésta prefirió siempre las ganancias económicas a evitar los daños que causa, promoviendo discursos de odio y autoimagenes lesivas para los adolescentes, daño del cual los ejecutivos estaban al tanto perfectamente.  

Al respecto, hay muchos artículos que muestran en detalle el daño causado por Facebook y que denunció Frances Haugen, una ex alta ejecutiva de la compañía, quien fue quien filtró decenas de miles de documentos a partir de los cuales se conoce en detalle la manera de reflexionar y actuar de Zuckerberg y sus ejecutivos. 

En particular me parece interesante la cobertura  de The Washington Post, diario estadounidense que se hizo parte de un consorcio periodístico para indagar en el voluminoso cuerpo documental filtrado por Haugen. Al respecto, recomiendo Mientras que en la política polaca se gestaba una 'guerra civil social', Facebook recompensaba la ira on line de Loveday Morris; Cinco puntos por el emoticon de 'ira', uno por el de 'me gusta': Cómo la fórmula de Facebook favoreció la rabia y la desinformación, de Jeremy B. Merrill y Will Oremus; e Instagram es pero de lo quen pensábamos para los chicos ¿Qué haremos al respecto, de Jennifer Breheny Wallace. 

Todos esos artículos evidencian -en mi manera de ver- los graves y sistemáticos problemas generales, que hacen de Facebook la compañía más controvertida de Silicon Valley, y tal vez de Estados Unidos, la cual enfrenta además la amenaza de ser considerada un monopolio y -consecuentemente- obligada a ser dividida.

Es en ese contexto que muchos piensan que buena parte de las razones para el cambio de nombre obedecen a consideraciones reputacionales, con lo que la empresa buscaría descomprimir la presión sobre su marca principal, liberando en lo posible a Instagram y WhatsApp del peso de los Facebook Papers. Escándalo que se suma a otros del pasado, como el de Cambridge Analytica, en el que se descubrió que se usó la plataforma para intentar hackear la elección de 2016 entre Donald Trump y Hillary Clinton. 

La empresa, por otro lado, dice que la razón del cambio de nombre responde a algo mayor que a una respuesta de marketing o -incluso- a una reestructuración (algo que no pasó. pues todos los altos ejecutivos mantuvieron sus puestos). Según Facebook, ahora Meta, el cambio responde a una visión estratégica para conducir el desarrollo de lo que Zuckerberg cree que es el futuro de internet, y que los entendidos de Silicon Valley llaman metaverso (de ahí que el nuevo nombre de Facebook sea Meta). 

Y el metaverso no es otra cosa que la capacidad tecnológica de crear universos paralelos y complementarios al real en internet, capaces de explotar la experiencia sensorial humana, a un nivel que pueden cambiarla para siempre. Algo así, como una realidad virtual on-line, capaz de atrapar todos los sentidos humanos, a través de dispositivos tecnológicos y conexión de alta velocidad.

Más allá de los sueños y pesadillas, innatos a los cambios tecnológicos, la premisa de Zuckerberg respecto del metaverso es sumamente aterrizada a una idea empresarial que probablemente ha sido la causante de todo el mal que ya ha hecho Facebook, incluso antes de esta aventura que actualiza la noventera distopía de Snow Crash, a la década de los 20 del siglo 21.

¿Ciencia ficción? 

Suena a que sí, y de la clásica en literatura: esa que muestra un futuro tecnológico distópico. Ya muchos en Estados Unidos desempolvan la novela Snow Crash, de Neal Stephenson, quien en 1992 acuñó el término metaverso y fue uno de los primeros en explorar sus posibilidades distópicas. Al respecto, recomiendo la reflexión de Ian Bogost en The Atlantic, donde escribió El metaverso está mal. El columnista llega a tal conclusión no tanto porque el metaverso vaya a crear un mundo caótico, al estilo de la ciencia ficción, ni porque el concepto en realidad no sea más que un nombre sexy para los ya consabidos experimentos de realidad aumentada que hacen los desarrolladores de hardware, con lentes y otros dispositivos para el cuerpo humano, sino porque detrás de todo hay una peligrosa fantasía de poder.

"Sin embargo, la fantasía es más grande. Los directores ejecutivos de empresas tecnológicas saben que miles de millones de personas todavía viven gran parte de su vida más allá de las pantallas de las computadoras. Esa gente compra automóviles y cultiva el jardín. Copula y barre las hojas de otoño. La vida real todavía se filtra a través de las costuras de las computadoras. Los ejecutivos saben que ninguna empresa, por grande que sea, puede conquistar todo el mundo. Pero hay una alternativa; si solo se pudiera persuadir al público de que abandone los átomos por los bits -el material de lo simbólico- entonces la gente tendría que arrendar versiones virtualizadas de todas las cosas que aún no se están on-line. Lentamente, con el tiempo, el mundo material incontrolable se desvanecería, dejando en su lugar sólo el prístino —y monetizable— mundo virtual", escribe Bogost.

Eso lleva a preguntarse por Zuckerberg. Al respecto es muy aclarativa esta entrevista de Intelligencer de New York Magazine: "El problema es él. Kara Swisher sobre la crisis de Mark Zuckerberg (y la nuestra), donde James D. Walsh entrevista a esta periodista, quien se supone es la profesional que conoce mejor al fundador de Facebook.

"El está gobernando una ciudad y piensa que lo está haciendo bien, pero nadie tiene agua ni servicios policiales, ni nada más. No creo que la influencia de Marc Andreessen o Peter Thiel sea buena para él. Durante años, él parece haberse movido hacia la órbita de quienes eran más sensibles a dejar la compañía. Esa debió ser una gran bandera roja", dice Swisher sobre un estilo en Facebook en el que nadie se atreve a desafiar a Zuckerberg.

Seguramente la información más compleja llegó antes, el 15 de enero de 2021, cuando la consultora App Annie reportó en su informe The State of Mobile 2021 que Tik Tok -la plataforma china de videos- superó a todas las plataformas del mundo, incluidas las de Facebook, en el indicador porcentaje mensual de tiempo usado por usuario en las plataformas top de redes sociales de 2020, con 21,5 horas mensuales.

En una línea similar escribe el influyente editor Steven Levy en Wired, en su artículo Antes de ir a Meta, Mark Zuckerberg debe arreglar Facebook, donde plantea que la compañía -independientemente de su nombre y su visión- atraviesa una crisis de credibilidad profunda que hace difícil pensar que los usuarios se abandonarán a los metaversos creados por ella.

De algún modo, Levy recoge cierta percepción de la prensa estadounidense, que ha calificado el cambio de nombre como "superficial".

Este escepticismo está presente de muchas maneras, que pueden ser hasta contradictorias. Por ejemplo, The New York Times publicó (en español) la columna de Greg Bensinger Facebook no cambiará a menos que los anunciantes lo pidan, donde el articulista destaca los buenos resultados de la empresa del pasado trimestre, con un crecimiento en ventas de 33% respecto del mismo periodo del año anterior, lo que sería un potente incentivo a seguir sin mayores cambios. En cambio, The Washington Post publicó otra columna, en la que Molly Roberts argumenta; Por qué este escándalo es más grande que los otros, artículo en el que concluye que los Facebook Papers tendrán más reverberación dada la figura de Frances Haugen, quien pretende con su filtración arreglar y no destruir Facebook; "de repente, Haugen parece tener toda la autoridad de su antiguo empleador sin ninguna de las sombras que el gigante desastroso simplemente no puede librarse".

Más allá de los sueños y pesadillas, innatos a los cambios tecnológicos, la premisa de Zuckerberg respecto del metaverso es sumamente aterrizada a una idea empresarial que probablemente ha sido la causante de todo el mal que ya ha hecho Facebook, incluso antes de esta aventura que actualiza la noventera distopía de Snow Crash, a la década de los 20 del siglo 21.

Esto, porque todo el sentido del negocio que hay detrás de crear Meta consiste en intentar la victoria sobre el indicador -quizás- más importante de la industria: el tiempo de uso que le dedicamos a cada plataforma.

Hoy Zuckerberg lo está pasando mal con todo esto de la filtración, pero probablemente para él la peor noticia del año no fue la que llegó de la mano de Frances Haugen. Seguramente la información más compleja llegó antes, el 15 de enero de 2021, cuando la consultora App Annie reportó en su informe The State of Mobile 2021 que Tik Tok -la plataforma china de videos- superó a todas las plataformas del mundo, incluidas las de Facebook, en el indicador porcentaje mensual de tiempo usado por usuario en las plataformas top de redes sociales de 2020, con 21,5 horas mensuales. Eso, por sobre Facebook que logró 17,7 horas mensuales. A ello se suma el crecimiento explosivo de Tik Tok, no solo en este indicador, sino que también en el de cantidad de descargas hacia los teléfonos y otros dispositivos.  

En otras palabras el algoritmo de Tik Tok -que está demostrando ser poderoso y capaz en predecir gustos y estados de ánimo para la provisión de videos cortos- es más adictivo que Facebook, Instagram o WhatsApp, en su capacidad de dejar pegado a sus usuarios dentro de la app de sus teléfonos, y así suministrarles publicidad de manera fluida.

Puede sonar exagerado el temor, considerando que Facebook desde 2017 es parte de las 500 empresas más grandes del mundo y que en 2021 logró estar por sobre las 100 primeras (86°), con ventas por $86 mil millones de dólares anuales en 2020, ganancias por $29 mil millones y crecimientos en ambos indicadores de 21,6% y 57,7% respecto de 2019, respectivamente, tal como informó el ranking Global 500 de 2021 de Fortune. También Zuckerberg es el 5° billonario mundial, según La lista de billonarios mundiales 2021 de Forbes, con un patrimonio personal de $97 mil millones de dólares, habiendo dado un salto enorme en el volumen de su riqueza durante la pandemia (el año anterior tenía 'solo' $55 mil millones). Esto, considerando además que -con datos de la consultora HootSuite para 2020- la plataforma de Facebook cuenta con 2.740 millones de usuarios, mientras que WhatsApp e Instagram tienen 2.000 millones y 1.221 millones, respectivamente. Todas muy por encima de Tik Tok, que contaba entonces solo con 689 millones de usuarios.  

Pero, para el dinámico mundo de Silicon Valley, donde aparecen y desaparecen gigantes en pocos años, esto no suena exagerado. Volviendo a la apuesta por Meta, la empresa no está sola en el desafío de dominar los multiversos; aunque se supone que estos correran en plataformas abiertas a múltiples compañías, la dinámica de la industria demuestra que tiende al monopolio, y en esa línea Zuckerberg tendrá que vérselas, por ejemplo, con Microsoft, que también apuesta por dominar este nuevo escenario.

Y así, con mayor razón, se entiende mejor la visión de Zuckerberg, quien pretende disputar el futuro buscando que ojalá nunca los usuarios de los metaversos tengan que salir de esos espacios creados en gran medida por él, con su marca registrada (y todos los avisadores detrás), exacerbando lo que ya pasa con Instagram, la plataforma de fotos de Meta, cuyo éxito económico se basa en evitar todo lo posible que sus usuarios abandonen la app pinchando links que los lleven a otros servicios, de modo que así se pueda suministrar publicidad de manera fluida y constante. 

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