La marca impresiona por sí sola, pero adquiere otra dimensión cuando se observa la edad de su autor: mañana cumple 39 años. Messi consiguió este récord mientras la mayoría de los jugadores de su edad hace tiempo abandonó la selección o, en el mejor de los casos, cumple un rol secundario. En circunstancias que es un fenómeno reciente que los futbolistas mantengan su competitividad hasta esa edad. Lo extraordinario, entonces, no es solo haber llegado a 18 goles mundialistas, sino hacerlo compitiendo al máximo nivel, siendo decisivo y marcando cuando el reloj biológico sugiere que el tiempo debería haber cobrado su peaje.
Sin embargo, los récords deportivos tienen una característica fascinante: nacen para ser amenazados. Y a veces muy pronto.
Y ahí aparece la figura de Kylian Mbappé. El otro 10 en el Olimpo de los goleadores. Mucho más joven, con una producción goleadora mundialista asombrosa para su edad y con varios torneos todavía por delante, el francés parece el candidato natural para acercarse al récord e incluso superarlo. Nadie podría descartar que ello pueda ser inclusive en el transcurso del Mundial en curso: los distancian dos goles. Las matemáticas juegan a su favor; si mantiene un rendimiento parecido al mostrado hasta ahora, la probabilidad es enorme.
Pero el fútbol rara vez respeta las matemáticas.
La historia de los mundiales está llena de carreras que parecían destinadas a la inmortalidad y que terminaron interrumpidas por lesiones, cambios generacionales, eliminaciones prematuras o simples caídas de rendimiento. Basta una lesión grave, una clasificación frustrada o una generación menos competitiva para alterar cualquier proyección. Mbappé parece destinado a desafiar el récord de Messi, pero nadie puede garantizar que sea durante el transcurso de este Mundial y que, de no ser ahora, llegue siquiera a los próximos dos mundiales en plenitud. La diferencia entre una proyección y una realidad suele medirse en miles de imprevistos.
Efectivamente, el propio Mundial 2026 demuestra que las marcas históricas se desarrollan en un escenario radicalmente distinto al que conocieron Pelé, Gerd Müller o Ronaldo. Los torneos son más largos, participan más selecciones y, por lo tanto, existen más partidos y más oportunidades para marcar. Sobre todo, porque, al ampliar los cupos, aumentaron las Cenicientas. Equipos como Curazao, Cabo Verde, Qatar, Haití y Nueva Zelandia, que a nadie sorprendería que en una jornada les hagan cinco, seis o siete. Sin duda dicha ampliación modifica el contexto estadístico. No desmerece los récords, pero sí cambia las condiciones en que son obtenidos. Un delantero de elite tendrá más encuentros para acumular goles que los que tuvieron las grandes figuras del pasado. El simple aumento del número de partidos incrementa las probabilidades de que las marcas caigan; el fútbol tiene otra peculiaridad: a veces los números se disparan de forma imprevisible; los hinchas chilenos lo sabemos bien, en 1993 Luka Tudor anotó siete goles en un solo partido del campeonato nacional. Siete. Una cifra que parece imposible y que, sin embargo, ocurrió. Cuando un jugador puede sumar semejante cantidad de goles en una tarde, cualquier cálculo sobre récords futuros debe hacerse con humildad.
Por eso el récord de Messi resulta tan fascinante. No por que parezca llegar para quedarse, sino precisamente, por lo contrario. Porque el fútbol vive de la tensión permanente entre la grandeza del presente y la posibilidad de que alguien la desafíe mañana.
Quizás Mbappé lo alcance. Quizás lo supere. Quizás aparezca un niño que hoy juega en una plaza de París, Buenos Aires, Lagos o Santiago y que, dentro de ocho, doce o dieciséis años termine pulverizando todas las cifras conocidas. Así ha funcionado siempre este deporte: despreciando de manera brutal la previsibilidad.
Y mientras ese día llega, si es que llega, conviene detenerse un momento y apreciar lo que estamos viendo. Dieciocho goles en mundiales no son solamente una estadística. Son casi dos décadas de excelencia. Son generaciones enteras observando al mismo futbolista desafiar al tiempo. Son millones de personas compartiendo una misma sensación de asombro. Los récords pertenecen a los números. La admiración, en cambio, pertenece a la memoria.
Y cuando las cifras cambien, cuando algún nuevo fenómeno ocupe la cima de la tabla histórica, seguirá existiendo algo que ningún registro podrá borrar: el privilegio de haber visto a Lionel Messi convertir lo extraordinario en una costumbre.





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