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Miércoles, 12 de diciembre de 2018
Del 'Pueblo Unido' a un Caupolicán vacío

Eduardo Carrasco, un artista sin público

Manuel Vilches Parodi

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Foto: Ismael Oddó
Foto: Ismael Oddó

El director y co-fundador de Quilapayún acaba de editar su segundo disco solista, “Carrasco 2”, donde entrega una visión crítica de la actual sociedad chilena y reflexiona sobre el amor, la política y la muerte. En esta entrevista también habla de la debacle de la Iglesia Católica y responde a Isabel Parra sobre el machismo de la Nueva Canción Chilena.

Fue hace más de 20 años en un pub de Talagante. Un sábado en la noche, Eduardo Carrasco acompañó a Álvaro Scaramelli en una presentación donde entregaría algunas de las canciones que serían parte de su primer disco. Sus recuerdos son bien claros: “La verdad es que no pasó nada. La gente no me iba a ver a mí; de hecho, creo que ni siquiera iba por Álvaro, sino que fueron a tomar y conversar y se encontraron con nosotros”. Esa, asegura, ha sido la única vez que se ha presentado como solista.

Gracias a eso y a la escasa repercusión de ese disco (“Carrasco”, de 1996) ha establecido una frase que dice varias veces durante la conversación, casi como un mantra: “Soy un artista sin público”, lo que para él no deja de ser una paradoja que recibe con cierta simpatía. “Ese es un hecho de la causa. Lo asumí cuando salió ese disco, que no tuvo repercusión, y aprendí a estar en paz con esa situación.'Está bien, ¿va a ser así? Bueno, va a ser así’. Igual voy a hacer mis discos, porque creo en la música y en la poesía que hago, pero no tengo auditores”.

Con esas moderadas expectativas acaba de publicar el disco “Carrasco 2”, editado por Macondo y Plaza Independencia, y que cuenta con la colaboración de Fernando Julio (Inti Illimani Histórico), quien fue el productor musical y compuso la música de cuatro de las diez canciones. “Fue un gran hallazgo, me sentí feliz haciendo el disco con él, cada vez que se fue con tarea para la casa dio justo en el clavo”, dice Carrasco.

“Yo no soy católico”, “Yo canto desafinado”, “Cumbia de lo que se fue” y “Deca – densa” son algunas de las canciones que dan una idea del tono del disco en lo lírico, con bastante observación de la realidad nacional y elementos de “humor, ironía y dramatismo”, según él mismo apunta. “En verdad, son ideas que fueron apareciendo, no nació como un disco conceptual pero tomó cierta cohesión porque, claro, son características de lo que soy como artista. Pero además remite a cosas musicales que he hecho anteriormente, como “Meneses”, que parece una canción divertida pero que es bastante elaborada en lo musical, con ciertas complejidades rítmicas y que recuerda una época en que hacíamos esas cosas con el Quilapayún, en los 80”.

–Dentro de este desenfado hay frases como “no agiten falsas banderas ni se pongan a gritar tonterías y consignas que nada van a arreglar”, que igualmente suenan extrañas de parte del director de Quilapayún. 

- (Se sonríe) Claro, lo que pasa es que nosotros hemos pasado muchos momentos, y como grupo hemos vivido muchas cosas. Y lo que hay ahora, tanto en el Quilapayún como en mi cabeza, es producto de toda esa evolución. Hace mucho tiempo que nosotros no estamos en una actitud militante, como era por ejemplo en los años 70, los tiempos de la UP, en que éramos comunistas y serios. Entramos en una cosa menos “nerudiana” y más “parriana”, que nos ha hecho más libres, más escépticos, quizás más “anarquistas”, no desde lo teórico pero sí desde la actitud.

"En Chile hubo una época muy hipócrita, la de la Concertación, donde no se dijeron las cosas ni se hicieron las cosas.  Hubo mucha indiferencia, mucho temor a los militares, muchos principios que se dejaron de lado por consideraciones pragmáticas".

–A veces se tiende a pensar que tomar esa actitud los hace ver con cierta indiferencia o de modo evasivo hechos como el asesinato de Camilo Catrillanca.

-No, para nada. En absoluto, no es que seamos apoliticos o que hayamos pasado a eso, de ninguna manera. Seguimos siendo tan conscientes de las injusticias, de la barbarie, seguimos siendo muy claramente partidarios del pueblo chileno, de los trabajadores. Todas esas cosas no han cambiado, sólo que las hacemos con un espíritu más como los pájaros, más espontáneo, menos consignista. La vida nos hizo así, pero no sólo a nosotros, sino que a toda la gente que se ha alejado del partidismo y del establishment. En Chile hubo una época muy hipócrita, la de la Concertación, donde no se dijeron las cosas que hubo que decir ni se hicieron las cosas que hubo que hacer. Hubo mucha indiferencia respecto al tema de los Derechos Humanos, mucho temor a los militares, muchos principios que se dejaron de lado por consideraciones pragmáticas. Y eso hizo mucho daño y nos hizo a todos alejarnos de esa postura militante y acercarnos a cosas que son importantes en Chile, como el humor, por ejemplo.

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Gentileza Eduardo Carrasco
Gentileza Eduardo Carrasco

–En “Deca-densa” hay algo de eso y termina con una suerte de profecía: “Su excelencia, su excelencia, ahora viene la violencia”.

-Esa es una canción súper política, donde se muestra cómo todas estas figuras del “partido del orden” han caído en el descrédito en Chile y en varias partes del mundo. Y cuando se pierde la ética colectiva y se ve que las instituciones están todas podridas, lo que ocurre es que se desencadena mucha violencia.

–En “Tal vez” reflexiona sobre la muerte. ¿Nace de la enfermedad que usted tuvo hace un tiempo?

-Claro, tiene que ver con la conciencia de la muerte, una experiencia muy rara de pensar que tú no vas a estar. Imagínate, acá mismo, van a seguir las tiendas, esta gente que va de un lado para otro, estas mesas con gente tomando café y tú no vas a estar. Vas a estar ausente, ni siquiera eso, porque algo ausente es algo que le falta a alguien, pero cuando te mueres no estás simplemente. Así es la vida del hombre, que está destinado a no estar ,y eso trata de mostrar la canción, esa supra-ausencia y que es una experiencia que he tenido. A veces estoy sentado en mi auto, voy no sé a dónde y de repente pienso en eso.

–¿Y es una sensación angustiante o serena?

-Es una cosa serena, como una especie de tristeza, de nostalgia; pero es la tristeza que todo ser humano lleva dentro, no es que sea especialmente mía. Todos estamos destinados a lo mismo. Hay una tristeza en ser hombre, una especie de desamparo.

–En “Yo no soy católico” aludes justamente a algunas de las cosas que la religión intenta usar para darle alivio al ser humano: la resurrección, la vida eterna.

-Esos son remedios ilusorios frente a ese desamparo, pero no hay remedio, todo eso es simplemente falso. Son ideas que uno se hace, pero no hay consuelo frente a eso.

"Nosotros siempre decíamos en el Quilapayún: "desafinado pero fuerte". Ese era el lema, que fuera una cuestión con convicción y decisión verdadera, que no fuera una tontería como Los Huasos Quincheros, que pueden ser afinados pero a la vez insulsos".

–Sobre esa canción, fue hecha muchos años antes de que estallara esta crisis de la Iglesia y los abusos a menores y remite más a la discusión esencial sobre la visión de la iglesia en la sociedad actual. ¿Cómo cree que la canción se lee en la situación de hoy?

-Creo que la iglesia católica en una cuestión del pasado por muchas razones: porque es machista, conservadora y ofrece una visión de mundo que no tiene nada que ver ni siquiera con lo que hacen sus fieles en su vida cotidiana. Creo que está destinada a desaparecer pero que no será mañana, porque estas cosas tardan mucho tiempo. Imagínate cuánto demoró que desapareciera el Imperio Romano. Vendrán otras cosas, otras posibilidades, otros dioses probablemente, una situación más cercana al mundo de hoy. Una creencia que prohíbe el amor como en el caso de la relación prematrimonial es una locura y una barbaridad. Eso debería prohibirse, una creencia que prohíbe el amor. Finalmente esa canción la hice reivindicando mis valores, lo que yo creo, mi exposición de principios.

–¿"Yo canto desafinado" alguna vez se llamó "Yo canto como las huevas"?

-Sí (se ríe)

–¿Y qué pasó?

-Me pareció que no valía la pena poner tanto garabato.

–Lo pregunto porque técnicamente hay un matiz no menor. Una cosa es ser desafinado y otra es “cantar como las huevas”, con una voz rara, o fea, que no guste, que podría ser más tu caso.

-Claro, es posible que cante más como las huevas que desafinado, que a alguien no le guste mi voz. El nombre tiene que ver con unos posteos que me pusieron en mi página en Facebook. Yo tengo enemigos que son mis amigos de Facebook y a veces algunos son muy agresivos. Uno me dijo que que yo cantaba desafinado, y siempre lo dicen como para defender el grupo de (Rodolfo) Parada. Pero para mí eso tiene que ver con reivindicar que uno puede ser desafinado pero lo que importa es lo que se tiene en el corazón, más que una cuestión formal o técnica. Nosotros siempre decíamos en el Quilapayún: "desafinado pero fuerte", ese era el lema, que fuera una cuestión con convicción y decisión verdadera, que no fuera una tontería como Los Huasos Quincheros, que pueden ser afinados pero a la vez insulsos. En cambio si tú pones tu corazón lo que se escucha es algo distinto. A Violeta Parra siempre se le critica mucho su voz, del Pato Manns se dice que canta súper mal pero importa lo que hay detrás, qué está diciendo el tipo, qué tiene que ver con su vida lo que está diciendo. Eso es lo que me interesa más.

–En la “Cumbia de lo que se fue” vuelve a esta idea de las cosas que se desvanecen, que se pierden con el tiempo. En el libro “Conversaciones conmigo mismo” usted habla de esa sensación por algunos familiares suyos que fueron muy importantes en el siglo XIX, pero que ahora no los conoce nadie.

-Eso fue una experiencia que cualquiera puede tener, pero que me golpeó muy fuertemente, cuando paseé por el Cementerio General. Ahí está lleno de tumbas con bellísimas estatuas y ornamentos, y cuando te acercas y lees los nombres de los antiguos honorables, son todos tipos desconocidos, borrados por la historia, pese a que en su momento fueron protagonistas. Hoy día no existen, no queda nada, porque el tiempo se lleva todo lo que no es estrictamente maravilloso, todo lo demás lo borra.

–¿Teme o cree que pueda pasar eso con su obra?

-No, no temo y no creo que pase, sinceramente. No es por soberbia, pero no creo que ocurra porque lo que yo he hecho, tanto sólo como solo como con el Quilapayún, responde a una cosa que tiene un valor original. Yo creo que en los dos discos solistas hay un montón de canciones que van a seguir siendo válidas, a lo mejor no como yo las interpreté, sufrirán cambios, pero tienen una validez que es incuestionable, no tengo ninguna duda al respecto.

–¿Seguirá siendo el artista sin público? ¿Piensa presentar el disco?

-Si me llenan el Caupolicán yo canto. Si no, que es lo que va a pasar, no canto. Mira, yo pagué por hacer este disco y estoy dispuesto a hacerlo porque gozo armando un disco y compartiendo con los músicos. Pero pagarles para que toquen, pagar por el sonido, por el arriendo del teatro, no lo haré, lo encuentro indigno. Esto es parte de lo que hablamos al comienzo y de lo que dije sobre la actuación de Jamiroquai en Viña y que levantó tanta polvareda, pero que al final nadie entendió el asunto en el fondo, y que era sobre la desproporción que existe entre la valoración de los artistas nacionales y los artistas extranjeros. Por ejemplo, entre Jamiroquai y la música que yo hago hay una diferencia de varios millones de dólares, digamos que unos 10 millones por decir algo. Ahora, desde el punto de vista de la calidad, del juicio artístico, esa diferencia no es tan grande, quizás hay diferencia, no sé, pero no corresponde que a un tipo lo escuchen a cada rato en todas las radios nacionales y a otro tipo no lo escuchen jamás en ninguna.

"Yo creo que lo que quería la Isabel Parra era quedarse con el premio (nacional de música), y como tiene debilidades desde el punto de vista creativo, pensó que su poder estaba en ser mujer".

Existe una enfermedad cultural y tiene que ver con que Chile no es un país de cultura nacional, sino un país de cultura global. No es que el artista chileno no exista; existe, pero se le ignora. Y cuando uno ve que viene, no sé, Luis Miguel y llena un estadio y cobra 60.000 pesos por la entrada, pensar que yo tenga que pagar para hacer un concierto me parece el colmo del deshonor. No estoy dispuesto a hacer eso, pero si alguien me llena el Caupolicán voy con mis amigos y cantamos felices.

–Hace un rato hablaba del machismo de la Iglesia, ¿cómo tomó la frase que dijo Isabel Parra sobre el machismo de la Nueva Canción Chilena en su momento y cómo es para un grupo como el Quilapayún, muy masculino si se quiere, vivir este proceso de discusión de género y el rol de la mujer en la sociedad?

-Yo creo que lo que quería la Isabel era quedarse con el premio, y como tiene debilidades desde el punto de vista creativo, pensó que su poder estaba en ser mujer. Alegar que no se lo han dado a las mujeres me parece una cosa demasiado obvia como estrategia, muy tramposa. Además creo que no es así, siempre ha habido mujeres muy protagónicas en la historia de la música popular chilena, y hoy es justamente un momento de mucha profusión de mujeres cantantes, no veo que la cosa esté tan desequilibrada. Sí lo está en el Quilapayún porque nosotros fuimos un grupo de estudiantes que nos lanzamos sin pensarlo mucho y lo hicimos como parte de una tradición en Chile, de los grupos masculinos, y era más fácil para nosotros hacer eso que intentar una cosa mixta. Pero eso no fue una estrategia de cantar con puros hombres o una actitud machista, porque te diría de hecho que todos somos partidarios del feminismo, pero tenemos un grupo de hombres y no creo que una cosa se contradiga con la otra. Lo que nosotros hicimos no es un modelo a seguir ni mucho menos.

–Pero al hacer una revisión de textos emblemáticos del movimiento es posible apreciar una imagen de la mujer en un rol subalterno o de complemento del hombre: se puede percibir en el “Vamos mujer”, en “El pueblo unido” y muy especialmente en “El himno de la CUT”

-Es que hay una cuestión que hay que respetar: hay ideas que surgen y cambian al mundo, pero tú no puedes mirar el pasado con esa idea nueva, porque eso es como llegar a una especie de comprensión de la historia al estilo de Los Picapiedras; es decir, que la Edad de Piedra es igual que la sociedad californiana del siglo XX, con televisión, pero de piedra. Eso es ridículo. Ahora puedes ver machismo en la sociedad griega y es obvio, porque la mujer no jugaba ningún papel, estaba recluida en su casa y su rol era reproducir y cuidar a los niños. Pero no puedes comparar una sociedad con la otra sin hacer las necesarias diferencias históricas, tienes que trasladarte y ver el mundo como lo veían ellos. Si pongo mi proyecto, mi sociedad y mis valores en el pasado todo se deforma y es una locura. Es muy anacrónico, algo muy falto de rigor.

"Hay ideas que surgen y cambian al mundo, pero tú no puedes mirar el pasado con esa idea nueva, porque eso es como llegar a una especie de comprensión de la historia al estilo de Los Picapiedras; es decir, que la Edad de Piedra es igual que la sociedad californiana del siglo XX, con televisión, pero de piedra. Eso es ridículo".

–¿Considera que algo similar pasa hoy con Pablo Neruda?

-Creo que sí, aunque Neruda está mucho más cerca de nosotros, pero anda a saber qué pasó con su hija, qué hizo él por ella. Habría que entrar con mucha minuciosidad y además tomar en cuenta qué pasaba en esa época, cuáles eran los valores, qué se hacía con una niña con tantas dificultades. Es muy complicado. En verdad creo que es más importante comprender que juzgar y a muchos tipos les encanta juzgar, porque eso les permite sentirse superiores. Sin embargo, juzgar muchas veces es renunciar a comprender, porque dices "es malo, Neruda es un tipo malo" y te quedas sin comprender qué pasó, qué sintió, cuál era su situación con esta hija. A mí no me gusta juzgar, no me gusta la moral, desde el momento en que un tipo empieza a hablar en nombre de la moral yo paro la antena y me pongo desconfiado.

–¿Y el aeropuerto cómo debe llamarse?

- Pablo Neruda, por supuesto.

Por cierto, poco días después de esta entrevista, Eduardo Carrasco publicó en su Facebook otra propuesta de nombre para el aeropuerto de Santiago. "Yo propongo que el aeropuerto se llame Augusto Pinochet para que los viajeros sepan desde un comienzo en qué se están metiendo".

*Manuel Vilches Parodi es periodista, diplomado en gestión cultural y magíster en musicología. Coautor de "Rolando Alarcón la canción en la noche" (segunda edición, 2014) y gestor del disco "Tenemos las mismas manos, canciones de Rolando Alarcón" (2015).

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El Nicanor Parra se está saliendo con la suya.

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