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Viernes, 15 de enero de 2021
"Conexiones Mafiosas"

El debut de los colombianos en el tráfico de estupefacientes

Manuel Salazar Salvo (*)

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Pablo Escobar Gaviria.
Pablo Escobar Gaviria.

Esta es la cuarta entrega de 24 capítulos de la investigación del periodista Manuel Salazar sobre las organizaciones criminales alrededor del mundo, contenido en el libro Conexiones Mafiosas, de 2008. En este artículo, el autor aborda los factores que contribuyeron al despegue del negocio de las drogas en Colombia y su vínculo con Estados Unidos.

En 1971 el gobierno colombiano decidió abruptamente cerrar las minas de esmeraldas ubicadas en la región de Bocayá, al noreste de Bogotá, dejando con los brazos cruzados a miles de trabajadores y aventureros que buscaban enriquecerse rápidamente. Casi al mismo tiempo, desde la ribera atlántica de la nación cafetera, en Barranquilla, al norte de Caraena, empezó a trascender por la prensa la historia de unos señores costeños que hacían ostentación de su riqueza. Ella provenía, según relataban, de la venta de una yerba que fumaban los “gringos” y que se había puesto muy de moda en el país del norte hacia finales de los años 60’.

Dos numerosas familias, los Dávila Armenta y los Dávila Jimeno, estaban adquiriendo grandes cargamentos de marihuana y arrendando barcos para enviar la yerba prensada hacia las costas de Norteamérica a través del Caribe.

Más al norte, los guajiros, un pueblo violento y afecto al contrabando fronterizo con Venezuela, incursionaba también en nuevas formas de ganarse la vida, empobrecidos por la recesión económica que azotaba al continente.

Los buscadores de esmeraldas se trasladaron a la sierra y empezaron a plantar semillas de marihuana entregadas gratuitamente por los nuevos exportadores y muchos contrabandistas guajiros se transformaron en “marimberos”, nombre que se les dio a los tripulantes de las embarcaciones que llevaban la cannabis hacia las costas de Florida.

En Estados Unidos, mientras, varios cientos de colombianos que habían salido de su país en busca del sueño americano, empezaron a formar redes de distribución junto a cubanos y otros latinos en las calles de las principales ciudades de la costa atlántica norteamericana. Una encuesta ordenada por Washington aquel año indicó que un tres por ciento de los adultos –unos 4,5 millones de personas– había consumido cocaína alguna vez en su vida. Por ese tiempo, pequeños grupos de colombianos traficaban cocaína a Estados Unidos y Europa, pero no la fabricaban. La adquirían a unos US$ 8.000 el kilo en los países del Cono Sur –en Argentina, Chile, Bolivia y Perú–, donde se ubicaban los laboratorios que refinaban la pasta base y producían un polvo blanco de altísima pureza.

El colombiano Benjamín Herrera Zuleta, el denominado “Papa Negro de la cocaína”, encarcelado en Atlanta en 1973, se fugó de la prisión y huyó hacia Chile para ocultarse y restablecer contactos con algunos de sus proveedores de droga. En Santiago alcanzó a estar sólo algunas semanas. El golpe militar lo obligó a huir hacia Perú, donde nuevamente fue detenido en 1975 y deportado a Estados Unidos. Manos amigas pagaron una subida fianza, recuperó su libertad y a los pocos meses se transformó en el mayor distribuidor colombiano de cocaína en ese país norteamericano.

En Medellín, capital de la provincia de Antioquia, Herrera Zuleta trataba con Martha María Upegui de Uribe, la “Reina de la Cocaína”, que era secundada por los hermanos Gilberto y Miguel Ángel Rodríguez Orejuela y por José Santacruz Londoño, encargados de adquirir la droga en las bases operativas establecidas en Chile y Argentina. Estos tres últimos muy pronto se transformarían en los principales jefes del naciente Cartel de Cali.

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Violencia cotidiana en Medellín
Violencia cotidiana en Medellín

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Miguel Rodríguez Orejuela
Miguel Rodríguez Orejuela

La “ventanilla siniestra”

Otros factores también contribuyeron al despegue del negocio de las drogas en Colombia: la dictadura militar chilena extraditó a Estados Unidos a los principales traficantes de cocaína y desarticuló las redes de distribución y los laboratorios; Medellín y Cali estaban a mitad de camino entre los productores de hojas de coca de Perú y Bolivia y el mercado estadounidense; Colombia tenía un pasado de violencia, de contrabandos diversos y, por ello, de habilidades para eludir fronteras y  controles; las leyes eran aplicadas –cuando ello ocurría– por gobiernos débiles y casi ausentes en las zonas elegidas para los cultivos ilícitos; y, finalmente, en todos los ámbitos empresariales y comerciales, había hambre de divisas.

El gobierno del presidente Alfonso López Michelsen (1974-1978) creó la “ventanilla siniestra” del Banco de la República, para captar sin ningún tipo de preguntas los dólares que estaba produciendo la bonanza marimbera y el contrabando de café. En 1975, un informe de la Dirección de Aduanas de Colombia registró la matrícula de 64 buques dedicados al tráfico de marihuana y la existencia de 131 pistas áreas clandestinas, muchas de ellas situadas en los desiertos guajiros del norte.

La marihuana se cotizaba en Colombia a unos US$ 25 el kilo y un avión Douglas DC-3, los preferidos por los traficantes para estos fines, podía despegar casi de cualquier parte con un cargamento de 3.500 kilos.

Era tal el entusiasmo por la nueva exportación no tradicional que en 1978 López Michelsen advirtió que los estadounidenses estaban protestando por la baja en la calidad de la yerba. El tipo de marihuana más solicitado era la “Red Point” o “Santa Marta Gold”, que los ambiciosos tratantes habían decidido mezclar con otras sustancias para hacerla más rentable.

En California, en tanto, apareció la “sin semilla”, un nuevo tipo de marihuana que los entusiasmados consumidores empezaron a cultivar hasta en los balcones de los departamentos, siguiendo las instrucciones de manuales conseguidos sin dificultades en el comercio. En México, mientras, las presiones de la Casa Blanca habían obligado a las autoridades a fumigar y destruir las plantaciones con desfoliadores como el Paraquat y el Glifosato.

Un nuevo presidente, Julio César Turbay Ayala (1978-1982), asumió el gobierno en Colombia bajo una decidora consigna: “Reduciré la inmoralidad a sus justas proporciones”.

En 1968, las reservas de divisas netas en Colombia fueron de US$ 35 millones. Trece años después, en 1981, llegaron a US$ 5.630 millones. Sólo ese año la “ventana siniestra” generó US$ 1.734 millones.

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Cocaína, cuidadosamente envasada, rumbo a EE.UU.
Cocaína, cuidadosamente envasada, rumbo a EE.UU.

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Los temores norteamericanos en la revista Time
Los temores norteamericanos en la revista Time

Trampolín en Bahamas

A los 25 años, el colombiano Carlos Lehder estaba preso en Connecticut, en Nueva Inglaterra. Hijo de un ingeniero inmigrante alemán, había sido llevado a Estados Unidos por su madre a temprana edad y tras ser violado cuando niño por unos familiares, desarrollo una profunda aversión al país que lo acogía. Ahora, en 1974, compartía celda con George Jung, un vendedor de marihuana que mantenía una red de distribución en Los Angeles, entre los consumidores de la industria del cine, del disco y de los espectáculos. Ambos escucharon hablar del potencial que estaba adquiriendo el mercado de la cocaína y se comprometieron a trabajar juntos al salir de prisión. Pocos meses después estaban llevando cocaína en maletas y por medio de “burreros” hacia Hollywood y su entorno, con pingües ganancias.

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Bahamas se transformó en un verdadero portaviones para el envío de cocaína hacia Estados Unidos.
Bahamas se transformó en un verdadero portaviones para el envío de cocaína hacia Estados Unidos.

En 1975, Lehder compró gran parte de la isla Cayo Norman, en las Bahamas, a unos 80 kilómetros al oeste de Nassau, y consiguió el apoyo del primer ministro, Lynden O. Pindling, a cambio de un generoso pago mensual en dólares. Las  Bahamas son unas 700 islas y más de dos mil islotes, muchos de ellos con atracaderos protegidos y pistas aéreas casi naturales. Viejos contrabandistas de ron conocían como sus manos esas comarcas marinas y sabían desde 1920 como ingresar cargas clandestinas a los cayos de Florida. Si uno traza desde el norte de Colombia una línea recta hacia Florida y sus alrededores, es seguro que tendrá que pasar por algún sector de aquellas islas, situadas inmediatamente al noroeste de Cuba.

Era el lugar ideal para los proyectos de estos dos socios, cuya historia fue contada pormenorizadamente  el año 2001 en la película “Blow”, dirigida por Ted Demme, fallecido poco después víctima de una sobredosis, y con la actuación de Johnny Depp, Penélope Cruz, Franka Potente y Jordi Mollá.

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Blow, película que cuenta los inicios del tráfico hacia Norteamérica y el papel que cumplió Carlos Lehder.
Blow, película que cuenta los inicios del tráfico hacia Norteamérica y el papel que cumplió Carlos Lehder.

A comienzos de 1977, Lehder y Jung hicieron su primer gran negocio: un embarque de 250 kilos de cocaína, suministrados por un nuevo proveedor en Medellín: Pablo Escobar Gaviria, un antioqueño, hijo de un campesino y de una maestra rural, que se había iniciado como carterista, ladrón de lápidas de cementerios, secuestrador y ladrón de autos.

Escobar cayó preso y en la cárcel, la mejor escuela del delito, supo también del negocio de las drogas. Al salir del presidio, en 1975, aprendió el oficio con contrabandistas. Viajó como polizón en un barco con varios paquetitos de cocaína que logró vender en Miami. Regresó a Colombia con 40 mil dólares. En 1977 ya había ganado su primer millón.

Lehder volvió a Colombia a comienzos de 1980 y se instaló en Armenia, su ciudad natal. Regaló aviones y carros a los bomberos, construyó una sede a los periodistas y levantó un centro turístico con una gran estatua de John Lennon en el frontis. Formó un partido pro nazi, el Movimiento Latino Nacional, para postular al Senado, y fundó su propio periódico. Admiraba a Hitler por haber “exterminado a 21 millones de comunistas” y en diversos países tenía depositada una fortuna cercana a los US$ 2.000 millones. Ya trabajaban con Escobar, José Rodríguez Gacha, alias “El Mexicano”, y Jorge, Luis y Fabio Ochoa, sus nuevos socios en el nuevo y pujante Cartel de Medellín.

Ese año, organismos internacionales calcularon que el mercado de la cocaína movía en el mundo unos US$ 180 mil millones.

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Fabio Ochoa Restrepo, al centro.
Fabio Ochoa Restrepo, al centro.

 

El Cartel de Cali

Casi desde sus orígenes el Cartel de Cali tuvo una estructura muy jerárquica y coordinada, al estilo de las familias mafiosas italianas, recomendada por algunos amigos del Cono Sur y más propia a la idiosincrasia de los caleños y del Valle del Cauca. En sus inicios, Helmer Herrera Buitrago, alias “Pacho Herrera”, siguiendo el ejemplo de Benjamín Herrera Zuleta, organizó una red de distribución en Nueva York para los hermanos Rodríguez Orejuela. La “manteca” salía por Buenaventura y el Chocó, en la costa del Pacífico, al sur de Panamá, y se almacenaba en bodegas ubicadas en Guatemala, Honduras, El Salvador y México.

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Helmer Herrera Buitrago
Helmer Herrera Buitrago

Inicialmente se abastecieron con pequeñas cantidades de pasta base llevada desde las selvas de Huallaga y Tingo María, en el Alto Perú, hasta los laboratorios de refinación en Putumayo, los Llanos Orientales y Caquetá, en el norte del Valle del Cauca, donde se ha especulado durante muchos años que químicos chilenos ayudaron a montar las primeras instalaciones.

Traficantes peruanos como Demetrio Limonier Chávez Peñaherrera, alias “Vaticano”, y los hermanos Segundo, Nicolás y Adolfo “Cachique” Rivera se convirtieron en los principales abastecedores de pasta base de coca, despachando unas cuatro toneladas mensuales hacia la ciudad fronteriza de Leticia, al sur de Colombia, desde donde eran transportadas por vía aérea hacia los centros de acopio y producción.

En el Cartel de Cali varias empresas trabajaban de manera independiente, pero con un núcleo central que actuaba como matriz conductora y que formaban los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, José Santacruz Londoño y Helmer Herrera Buitrago, todos familiares entre sí. En los años inmediatamente siguientes controlarían la distribución de drogas desde Boston a Houston, a lo largo de toda la costa atlántica norteamericana.

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Gilberto Rodríguez Orejuela
Gilberto Rodríguez Orejuela

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José Santacruz Londoño
José Santacruz Londoño

La industria se expande

A fines de 1980, Bradley Graham, periodista del diario Washington Post, abrió una gran polémica al afirmar que los colombianos poseían pistas aéreas en las Bahamas y privilegios en Panamá, bajo la protección del coronel Manuel Antonio Noriega desde 1979. En el mismo artículo, aseguró también que miembros del régimen de Fidel Castro participaban en el negocio.

En marzo de 1982, los jefes del Cartel de Medellín se reunieron con Noriega para establecer una ruta alternativa a las Bahamas, asediada ya por la DEA, y nuevas condiciones de resguardo. Los colombianos le hicieron una suculenta oferta: US$ 10.000 por cada kilo de “nieve” movilizado y un 5% por cada dólar lavado. Ese mismo año, a sugerencia de algunos integrantes de la mafia ítalo-norteamericana, Escobar y sus secuaces dieron instrucciones para empezar a cultivar amapola en las selvas del Putumayo y Caquetá, y producir heroína.

La Organización Mundial de la Salud, OMS, por su parte, informaba que en 1981, en Estados Unidos habían muerto 202 mil personas por sobredosis de drogas.

Hasta 1983, Pablo Escobar logró esconder sus verdaderas actividades e incluso consiguió un escaño como suplente en el Parlamento, en representación de una corriente del Partido Liberal. Construyó viviendas sociales y dotó de iluminación nocturna a las canchas de fútbol de las barriadas más populares. Su carrera política, sin embargo, fue abruptamente interrumpida cuando el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, lo desenmascaró públicamente y lo obligó a abandonar las lides partidarias.

A fines de mayo de 1984, pistoleros del cartel de Medellín asesinaron a Lara Bonilla, y se entregó a los medios de prensa la versión de que el ministro estaba apoyando un tratado con Estados Unidos para extraditar a los narcotraficantes.

En 1986, al asumir como presidente Virgilio Barco (1986-1990), Colombia ostentaba la tasa de asesinatos más alta del mundo.

La ONU, por su parte, estimaba que un dólar gastado en hojas de coca se transformaba en 300 luego de convertirse en cocaína. Ese año, un gramo de cocaína al 65% de pureza se comercializó entre US$ 100 y US$ 120 en las calles de Estados Unidos, donde llegaron 150 toneladas de la droga, el doble que en 1985. El 80% de ella viajaba desde Colombia y Pablo Escobar ya había acumulado una fortuna calculada en US$ 2.000 millones.

El negocio producía ganancias que ningún otro rubro igualaba. En enero de 1988, en Bolivia se compraba el kilo de cocaína con pureza de 96% en US$ 7.000. A Estados Unidos llegaba a US$ 80.000 el kilo. Era rebajada, por ejemplo con lactosa, resultando dos kilos con 45% de pureza. Y así sucesivamente hasta llegar a unos 16 kilos, con 5% de pureza. A US$ 120 el gramo, los US$ 80.000 se convertían en US$ 1.920.000. Y el volumen seguía creciendo. A fines de año se calculó que la cocaína ingresada a los mercados norteamericanos había superado las 300 toneladas: unas 120 por el Pacífico, unas 100 por el Caribe y el Atlántico, y el resto por las más diversas rutas.

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La búsqueda de Escobar
La búsqueda de Escobar

La sangre inunda las calles

En 1987 Colombia registró más de 2.500 homicidios, muchos de ellos cometidos por cerca de 150 “grupos de autodefensa”, verdaderos escuadrones de la muerte que asesinaban a miembros de la izquierdista Unión Patriótica, a prostitutas, homosexuales, ladrones y vagabundos, según informaban el Comité Colombiano para la Defensa de los Derechos Humanos y las agencias internacionales de noticias acreditadas en Bogotá. Como en ningún otro país del orbe, en los últimos cuatro años habían sido asesinados 70 jueces.

Al iniciarse 1988, pistoleros del Cartel de Medellín asesinaron a Carlos Mauro Hoyos, el Procurador General de la República. Esposado y vendado, lo ejecutaron disparándole en la cabeza bajo un árbol. En las horas siguientes se difundió la existencia de un grupo autodenominado “Los extraditables”, que no eran otros que los capos del narcotráfico, quienes se adjudicaron el crimen. “Preferimos una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos”, afirmaron desafiantes.

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El cadáver de un procurador asesinado.
El cadáver de un procurador asesinado.

Corría la sangre por las calles de Colombia, un país de 30 millones de habitantes, donde más de 500 mil personas se dedicaban al tráfico de drogas, dirigidas por unos 250 capos que poseían cada uno fortunas que oscilaban en su mayoría entre los US$ 15 y US$ 200 millones en propiedades, y donde el gobierno gastaba más de US$ 2.500 millones para tratar de contenerlos.

No obstante, el drama recién comenzaba. En los años siguientes, las calles de las ciudades de Colombia se transformarían en las más peligrosas del mundo. Los sicarios y el trotil impondrían la Ley del Talión y, a diferencia de las tradiciones de las antiguas mafias occidentales, no se respetaría ni a las madres ni a los hijos. Se avecinaba “la guerra de los carteles”.

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Transporte de cocaína al interior del estómago.
Transporte de cocaína al interior del estómago.

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Rafael Caro Quinteros
Rafael Caro Quinteros

Mañana: Los novios de la muerte

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