Hay derrotas que no duelen por el marcador, sino por lo que revelan. El 3-0 del Sevilla ante el Levante no será recordado por la tabla ni por la Liga, sino porque expuso —sin piedad— una pregunta que el fútbol chileno viene postergando hace años: ¿cuándo se retira Alexis Sánchez?
Tal vez podría jugar un par de temporadas más. Quizás en un equipo chileno varias temporadas más. Pero ¿tiene sentido? Alexis tiene 37 años. La cifra, por sí sola, no condena a jugador alguno, menos a referentes que han cuidado su cuerpo y no han sido víctimas de las lesiones. Algunos jugadores han sobrepasado varios años ese registro, sobre todo en los casos que su desempeño no depende esencialmente del despliegue físico -especialmente cuando hablamos de arqueros- o el envejecimiento ha sido piadoso con ellos. Pero si el cuerpo ya no responde con la velocidad con que la cabeza sigue imaginando el juego, la crisis tiene un desenlace previsible. Cuando esa distancia se vuelve evidente, el fútbol deja de ser territorio de heroicidades y pasa a ser un espacio incómodo, incluso cruel. Hasta para los que entraron en la historia grande por su talento.
La escena del penal lo resume todo. Alexis iba a patear. No por jerarquía simbólica, sino porque en ese Sevilla desorientado sigue siendo el jugador con mayor historia, con más partidos grandes encima, con más derrotas digeridas. Pero cedió el balón. Lo hizo con gesto serio, casi resignado. El penal fue fallado. Y el contragolpe siguiente selló la goleada. Fútbol en estado puro: decisión equivocada, castigo inmediato. Entonces la pregunta que aflora manifiesta es ¿por qué? ¿Ya ni siquiera el rol del jugador experimentado decisivo en situaciones cruciales le queda bien?
Aquí aparece la dimensión chilena del asunto. Porque el eventual retiro de Alexis no es solo una decisión personal: es un trauma colectivo no resuelto. El fútbol chileno lleva una década aferrado a los mismos nombres, no por nostalgia, sino por incapacidad estructural de producir reemplazos simbólicos. No se trata solo de talento, sino de carácter, liderazgo y peso histórico. Alexis sigue siendo convocable; no solo por lo que hace, sino por lo que representa. Y, como decíamos, perfectamente podría jugar competitivamente en Sudamérica o en Chile.
La prensa española fue despiadada, como suele serlo cuando el contexto deportivo es malo. Notas 3 y 4, críticas a su capacidad para ganar duelos, referencias explícitas a la edad, y una sentencia repetida con distintas palabras: ya no está para esto. Incluso los elogios —que los hubo— suenan a epitafio anticipado: “fue un gran futbolista”, “aporta destellos”, “si estuviera mejor acompañado…”. Todo en pasado o condicional. Nunca en presente.
Pero el problema de Alexis no es el Sevilla. Ni el penal. Ni siquiera el nivel puntual. El problema es que se ha convertido en rehén de su propia historia. El máximo goleador de la selección chilena, el símbolo más persistente de la Generación Dorada, el jugador que nunca negoció la intensidad, ahora parece condenado a demostrar, partido a partido, que todavía merece estar ahí. Y esa es una tarea ingrata para cualquier futbolista. Y más difícil es aún decidir dónde y como poner el punto final.
Alexis no sabe jugar a media máquina. Nunca supo. Su carrera fue una declaración permanente contra la administración del esfuerzo. Por eso envejeció distinto. No peor, pero sí más abruptamente. El fútbol moderno perdona la pérdida de velocidad cuando hay lectura, pausa y liderazgo. Pero Alexis nunca fue pausa. Fue choque, fue repetición, fue insistencia obsesiva. Cuando esas armas se desgastan, el margen se reduce drásticamente.
Y aquí aparece la dimensión chilena del asunto. Porque el eventual retiro de Alexis no es solo una decisión personal: es un trauma colectivo no resuelto. El fútbol chileno lleva una década aferrado a los mismos nombres, no por nostalgia, sino por incapacidad estructural de producir reemplazos simbólicos. No se trata solo de talento, sino de carácter, liderazgo y peso histórico. Alexis sigue siendo convocable; no solo por lo que hace, sino por lo que representa. Y, como decíamos, perfectamente podría jugar competitivamente en Sudamérica o en Chile.
En el fútbol del siglo XX, era muy raro que un jugador se retirara a edad avanzada. Mario Kempes se retiró definitivamente después de jugar en Fernández Vial, el año siguiente, en el fútbol indonesio, con casi 42 años: fue una situación absolutamente excepcional. En el fútbol moderno, si bien es cierto lo habitual es colgar los botines a mayor edad, como Zlatan Ibrahimović, Gianluigi Buffon, Francesco Totti, Javier Zanetti o Paolo Maldini; todos retirados después de los cuarenta; algunos, como Gareth Bale, Eden Hazard, Raphaël Varane o Jack Wilshere, dejaron el fútbol mucho antes de que el fútbol los dejara a ellos.
Por eso cada partido de Alexis en Europa se vive como un plebiscito emocional. Si juega bien, se reafirma la idea de que “todavía puede”. Si juega mal, aparece el murmullo incómodo, casi culposo, sobre el retiro. Nadie quiere decirlo en voz alta, pero el cuerpo ya empezó a hablar.
El retiro, si llega, debería ser un acto de control, no de derrota. Alexis no merece arrastrarse por planteles desordenados ni convertirse en excusa táctica de equipos en crisis. Tampoco merece retirarse bajo el ruido de la burla o la condescendencia. El fútbol chileno le debe una conversación adulta sobre el final de las carreras, sin romantizar ni negar la decadencia natural.
El verdadero problema no es si Alexis se retira este año o el próximo. El problema es que Chile no está preparado para el día después. No en la cancha, ni en el relato, ni en la dirigencia. Porque cuando Alexis deje de jugar, no solo se irá un delantero: se irá el último gran punto de referencia de una generación que sostuvo al fútbol chileno mucho más de lo que el sistema merecía.
Tal vez el retiro de Alexis no empiece con un anuncio, sino con escenas como esta: un penal cedido, una discusión breve, una derrota que duele más por lo simbólico que por lo deportivo. El cuerpo avisa antes que la cabeza. Y el fútbol, siempre brutal, no espera a nadie.
Y no sabemos si terminará en Europa, en Sudamérica o en la segunda división de algún país acaudalado del tercer mundo futbolístico. Cada uno de esos escenarios es un potente reflejo de la manera como un grande decide cerrar el relato de su historia.
Esperemos que Alexis tome la mejor decisión, en el momento indicado.








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