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Martes, 21 de Julio de 2026
[Revisión del VAR]

El Mundial que funcionó… pese a la FIFA

Roberto Rabi González (*)

La gracia del Mundial reside precisamente en su inhabitualidad. No es una liga anual ni un festival global permanente. Es un evento excepcional donde participar sigue teniendo un valor simbólico enorme. Si la puerta se abre demasiado, el premio pierde parte de su significado.

Cuando la FIFA anunció que el Mundial de 2026 tendría 48 selecciones, la reacción fue casi unánime: el torneo sería una feria interminable de partidos desiguales —fomes en su caso—, grupos irrelevantes y una dilución del prestigio que históricamente había tenido la Copa del Mundo. La intuición parecía razonable. Si ya costaba encontrar equilibrio competitivo con 32 equipos, ¿qué podía salir bien con dieciséis más? Ha terminado y muchos que, como yo, teníamos ese temor debemos hoy retractarnos en ese punto: nobleza obliga a admitir que la catástrofe anunciada no ocurrió.

El Mundial funcionó mejor de lo esperado. Hubo sorpresas reales, como la selección de Cabo Verde que se dio el lujo, pese a su cartel de equipo mínimo, de no perder en los noventa minutos frente a ningún equipo y empatar en el tiempo reglamentario con los que en definitiva fueron los dos finalistas. Esa y otras selecciones emergentes aprovecharon la ventana histórica con participaciones a lo menos dignas. 

Por otra parte, las rondas de eliminación directa recuperaron además la intensidad habitual de los Mundiales y mantuvieron la incertidumbre deportiva hasta el último día.

Pero reconocer eso no obliga a absolver a la FIFA. Al contrario: este Mundial dejó en evidencia varias decisiones que revelan una preocupante mezcla de arbitrariedad reglamentaria y mercantilización excesiva.

La más grosera fue la intervención descarada del presidente Trump para eliminar una tarjeta roja de un seleccionado estadounidense fuera de toda regla, protocolo y decencia. 

La más absurda fue la aplicación de la norma que sanciona a los jugadores por cubrirse la boca al hablar. La idea original —evitar insultos ocultos o conductas antideportivas— puede discutirse. Lo que resulta indefendible es su aplicación selectiva. Durante el torneo se vieron decenas de futbolistas tapándose la boca al conversar con árbitros, rivales o compañeros. Incluyendo al pintoresco Cucurella en la final. Sin embargo, el único expulsado fue el paraguayo Miguel Almirón.  Ese episodio sintetiza un problema más profundo: las reglas no pueden convertirse en herramientas discrecionales. Una disposición aplicada selectivamente deja de ser una regla para convertirse en un acto de discrecionalidad. El fútbol ya tiene suficientes zonas grises como para agregar otra más. Si taparse la boca merece tarjeta, entonces debe sancionarse siempre. Y si no puede sancionarse de manera uniforme, la norma simplemente no debería existir.

La otra gran señal de alarma fueron las pausas de hidratación. Nadie discute la necesidad de proteger a los jugadores en condiciones extremas. El problema es que, en muchos partidos, la pausa pareció responder menos al termómetro que al cronómetro televisivo. Se transformó en una interrupción perfectamente sincronizada para insertar bloques comerciales, reordenar la transmisión y maximizar ingresos publicitarios. En circunstancias que, por si no queda claro, detener el partido por tres minutos cuando está en su momento más álgido es contraintuitivo, ilógico y siempre perjudicará a un equipo más que al otro. Somos optimistas considerando que fuera de Estados Unidos, donde no soportan que un deporte se extienda más de media hora sin ver comerciales, dichas pausas prácticamente no tienen defensores, es sensato esperar que solo persistan cuando realmente sean imprescindibles. 

El fútbol siempre ha convivido con la televisión, pero este Mundial dio un paso adicional: por momentos la sensación era que el partido debía adaptarse a la lógica del anuncio y no al revés. La pausa dejó de ser una excepción sanitaria para convertirse en un producto vendible. Y cuando el tiempo de juego empieza a fragmentarse en función del mercado publicitario, el deporte corre el riesgo de parecerse demasiado a un espectáculo diseñado por ejecutivos y demasiado poco a un juego continuo. Menos aún a un fenómeno sobre todo social.

Paradójicamente, el éxito relativo del formato de 48 equipos, con cuestionamientos más o menos,  puede terminar siendo la peor noticia para el futuro del Mundial, en la medida que la FIFA ya ha insinuado nuevas expansiones. Sería un error enorme.

Cuarenta y ocho equipos constituyen probablemente el límite razonable. Permiten mayor inclusión sin destruir por completo la selectividad del torneo. Ir más allá —64 selecciones o cualquier cifra similar— implicaría extender el campeonato hasta hacerlo inmanejable, multiplicar partidos de bajo nivel y convertir las clasificatorias, que nos ocupan con menos intensidad, pero por mucho más tiempo, en un trámite carente de interés.

La gracia del Mundial reside precisamente en su inhabitualidad. No es una liga anual ni un festival global permanente. Es un evento excepcional donde participar sigue teniendo un valor simbólico enorme. Si la puerta se abre demasiado, el premio pierde parte de su significado.

El balance, entonces, no está exento de cuestionamientos, pero es insensato no reconocer lo bueno. El Mundial de 2026 desmintió varios prejuicios sobre el formato de 48 equipos y demostró que el fútbol tiene una capacidad extraordinaria para producir emoción incluso cuando los administradores del negocio parecen empeñados en complicarlo. Pero también confirmó que la principal amenaza para la Copa del Mundo no es la cantidad de selecciones, sino la tendencia de la FIFA a intervenir el juego con arbitrariedad, reglasinconsistentes y cada vez más sumisión a la lógica comercial.

En otras palabras, el torneo salió adelante no gracias a la FIFA, sino a pesar de ella.

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