Una explicación posible está en el nuevo formato de 48 selecciones. Durante años la FIFA defendió esta ampliación como una forma de democratizar el acceso al Mundial, permitiendo que más países, más culturas futbolísticas y más aficionados pudieran participar de la gran fiesta global. La idea parecía noble y difícilmente objetable. Y, con la mano en el corazón, si hubiésemos clasificado, seríamos menos críticos, después de todo, el fútbol es universal y resulta razonable que su torneo principal aspire a representar esa diversidad. El problema es que una Copa del Mundo no es solamente una celebración; también es una competencia deportiva y allí surge la pregunta fundamental: ¿la ampliación mejoró el producto futbolístico o simplemente aumentó la cantidad de partidos?
Hasta ahora, la sensación es que abundan encuentros que difícilmente habrían superado una fase clasificatoria en torneos anteriores. Nadie espera que todos los partidos sean memorables, pero sí que exista una densidad competitiva acorde a la importancia del evento. Por ahora, demasiados encuentros parecen responder más a la necesidad de llenar una programación gigantesca que a la búsqueda de excelencia deportiva. Precisamente por eso partidos como Brasil-Marruecos o Japón-Países Bajos destacan, no porque hayan sido extraordinarias expresiones de fútbol espectáculo, sino porque recuerdan lo que debería ser habitual en una Copa del Mundo y no una excepción celebrada con alivio.
A este problema se suma otro que ha recibido menos atención, pero que probablemente tendrá efectos duraderos sobre la memoria colectiva del torneo: la existencia de tres países anfitriones. La organización compartida entre Canadá, Estados Unidos y México puede ser aceptable desde el punto de vista logístico y financiero, pero parece haber diluido algo esencial. Los grandes mundiales suelen tener una personalidad reconocible. Uno recuerda el calor y el colorido de México 1986, la atmósfera de Italia 1990 o la energía particular de Sudáfrica 2010. Cada torneo tenía un hogar. Cada torneo poseía una identidad cultural que trascendía los partidos y contribuía a construir recuerdos. Este Mundial, en cambio, parece desarrollarse simultáneamente en demasiados lugares. Las enormes distancias geográficas, la multiplicidad de sedes y la dispersión cultural hacen difícil percibir una narrativa común. Hay estadios, ciudades y transmisiones, pero cuesta encontrar un espíritu reconocible. Paradójicamente, la Copa del Mundo más grande de la historia corre el riesgo de ser una de las menos memorables precisamente porque le falta identidad.
Sin embargo, lo más preocupante ni siquiera son los 48 equipos ni los tres anfitriones. Lo peor es la consolidación de una lógica que amenaza con transformar la esencia misma del fútbol: la creciente influencia del modelo de entretenimiento estadounidense sobre un deporte que históricamente funcionó bajo reglas culturales completamente distintas. En el modelo de las ligas deportivas en los Estados Unidos, el partido no es el centro del espectáculo; es uno de sus componentes. Los tiempos muertos, las pausas programadas, las activaciones comerciales y las interrupciones permanentes forman parte natural de una industria diseñada para maximizar audiencias, publicidad e ingresos. Shows de medio tiempo, partidos divididos en cuartos, entradas, etc. La idea de que durante 45 minutos solo tengamos juego es ampliamente resistida y los gringos no claudicarán hasta que nos quiten ese patrimonio.
El fútbol nunca necesitó nada de eso. Durante más de un siglo se convirtió en el deporte más popular del planeta precisamente porque su atractivo radicaba en la continuidad. El reloj corría sin detenerse, la tensión se acumulaba y el espectador permanecía cautivo de un relato que podía cambiar por completo en cualquier segundo. Las pausas de hidratación, por ejemplo, pueden justificarse por razones climáticas y sanitarias. Nadie discute aquello. Lo inquietante es preguntarse cuál será su destino final. La experiencia demuestra que toda interrupción disponible termina siendo monetizada. Lo que hoy se presenta como una necesidad excepcional mañana puede transformarse en una nueva ventana para patrocinadores, promociones y comerciales. Y una vez abierta esa puerta, resulta difícil volver a cerrarla.
Por eso las dudas que genera este Mundial van mucho más allá de los resultados o del rendimiento de determinadas selecciones. Lo que está en discusión es la dirección que está tomando el fútbol. El torneo parece avanzar hacia una lógica donde todo debe ser más grande: más equipos, más sedes, más partidos, más patrocinadores, más contenido y más oportunidades comerciales. Pero no está claro que más signifique mejor. Porque quienes amamos este deporte nunca hemos pedido más cosas alrededor del juego. Lo que pedimos es la centralidad del juego. Bueno, malo con errores, sin errores, con injusticias, sin injusticias, pero que mande el juego. No los comerciales o shows musicales que asoman tenebrosamente desde la periferia con su avidez salvaje.
Nunca pedimos más interrupciones; pedimos más intensidad. Nunca pedimos más espectáculo; pedimos más fútbol. Y sería una enorme ironía que la FIFA, en su legítimo afán de expandir el alcance económico del Mundial, terminara debilitando precisamente aquello que convirtió a la Copa del Mundo en el evento deportivo más importante del planeta. La única garantía de su permanencia en el tiempo: el protagonismo de once contra once en torno a una pelota.
Porque el fútbol puede sobrevivir a malos jugadores, a malos equipos, e incluso a malos partidos.
Lo que no puede permitirse perder es su alma.





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