El Superclásico nunca es solo un partido. Aunque las reglas nos dicen que el ganador se lleva tres puntos, aunque el reglamento no otorgue copas ni medallas, aunque el calendario lo ubique como una fecha más del campeonato, el cruce entre Colo-Colo y Universidad de Chile siempre importa algo más profundo. Tradición, sentimientos fundamentales. Honor.
En torneos largos, donde la regularidad define campeones, el clásico parece un capítulo dentro de una novela extensa. Pero en el fútbol chileno —donde los procesos se sostienen con alfileres y la paciencia es una especie en extinción— el relato pesa tanto como los puntos. Y el relato, casi siempre, se escribe en estos partidos. Llegan como llegan. A veces uno con mejor campaña, otro con más dudas. A veces ambos con rachas opuestas que prometen confirmar tendencias. Sin embargo, el clásico mayor del fútbol chileno tiene una lógica propia: desordena la estadística. El equipo que arriba como favorito juega con el miedo a perder lo que ya tiene; el que llega cuestionado lo hace con la libertad de quien siente que no tiene mucho más que arriesgar.
Por eso este partido es tan traicionero. No define campeonatos, pero puede alterar su curso. Una victoria fortalece convicciones, le da respaldo a un técnico, silencia críticas durante semanas. Una derrota instala sospechas, erosiona liderazgos y multiplica debates internos. No es matemática: es psicología competitiva. En Chile, además, el clásico no es solo deportivo. Es identidad. Es historia acumulada. Es la memoria de rachas largas, como la de Colo-Colo sin perder por décadas en su ruca, de triunfos que se vuelven mito, derrotas que se heredan. De jugadores que se desempeñaron antes vistiendo la camiseta del archirrival. Ningún jugador es indiferente a dichos simbolismos, aunque lo niegue en conferencia de prensa.
Y hay algo más: en un fútbol que hace tiempo convive con estadios semivacíos, cuestionamientos dirigenciales y sospechas estructurales, el Superclásico sigue siendo una de las pocas ceremonias que todavía convoca atención total. Aunque añoremos los tiempos en que en cada justa los hinchas de ambos cuadros repletaban los coliseos. Es un recordatorio de que, pese a todo, el fútbol chileno conserva un núcleo emocional intacto.
Por eso importa. No porque otorgue una estrella, sino porque define quién se adueña del clima. El ganador no levanta un trofeo, pero instala una narrativa de superioridad. El perdedor no queda fuera del torneo, pero carga una mochila que pesa más de lo que dice la tabla.
En esta oportunidad, Colo-Colo necesita urgentemente ganar consistencia y resultados en el Campeonato Nacional para no verse relegado en la tabla, pues partió con una derrota, pero ahora comparte el liderato con Huachipato. Está en juego la confianza en el cuerpo técnico y la calma en un entorno que históricamente exige victorias y buen juego. Es sin duda el favorito, por juego, por su ubicación en la tabla y por la localía.
Para la U hay mucho más en juego: el equipo necesita cortar el mal inicio en el Campeonato Nacional, comenzar a escalar en la tabla y evitar instalarse en la zona de descenso, algo que era insospechado al comenzar la temporada, hoy parece real y aumenta la presión deportiva e institucional. Además, lo que ocurra incide directamente en la estabilidad de Paqui Meneghini y en la confianza del plantel. A mediano plazo cada punto es clave para no hipotecar el objetivo de pelear por puestos de clasificación a copas internacionales. Y el ánimo para competir en propiedad por la Sudamericana.
El domingo, entonces, no se jugarán solamente tres puntos. Se jugará el derecho a contar la historia durante buena parte del año. Y en el fútbol chileno, donde las certezas duran poco y las emociones gobiernan demasiado, eso —aunque no figure en el reglamento— vale muchísimo más que tres unidades.







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