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Miércoles, 28 de octubre de 2020
A 75 años de la rendición alemana (1°Parte)

El término de la Segunda Guerra Mundial contado por periodistas de la agencia UPI

Joe Alex Morris (*)

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La capitulacion de los oficiales del Tercer Reich
La capitulacion de los oficiales del Tercer Reich

El alto mando alemán bajo la dirección del generaloberst Alfred Jodl, se rindió incondicionalmente el 7 de mayo en Reims, Francia. Los Aliados occidentales celebraron el denominado “Día de la Victoria en Europa” el 8 de mayo. La Unión Soviética, en tanto, festejó el triunfo el 9 de mayo. Este artículo se escribió sobre la base de los testimonios de diversos corresponsales de la agencia United Press International, UPI, en Europa durante esos días, los que fueron recopilados por Joe Morris en el libro “Hora de cierre a cada minuto”. 

El presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, falleció el 12 de abril de 1945, poco antes de la victoria de los aliados en Europa, pero en aquel mes ya nadie dudaba de que la derrota de Alemania no tardaría mucho en producirse.

Los ejércitos rusos combatían el 22 de abril en las puertas de Berlín y avanzaban hacia el oeste en dirección del río Elba. Las fuerzas motorizadas del general George Patton, en tanto, rodaban al sur hacia Regensburgo y Salzburgo. El Primer Ejército canadiense, por su parte cruzó el río Masa y tropas del Séptimo Ejército estadounidense atravesaban el Danubio. 

El 25 de abril la periodista Ann Stringer, corresponsal en el frente bélico de la agencia United Press International, UPI, abordó una avioneta Piper Cub en la retaguardia de las líneas estadounidenses en Alemania y despegó rumbo al frente con dos oficiales del ejército de ese país. Stringer era la primera mujer destacada en el frente de Alemania y había cubierto el avance norteamericano a través y más allá del Rin. Por esos días corría el rumor de que los rusos habían llegado al Elba y la reportera se proponía comprobado personalmente.

 La avioneta cruzó el Elba y aterrizó en un prado cerca del poblado de Torgau. La corresponsal y los dos oficiales saltaron dos barricadas y empezaron a caminar por la calle principal del pueblo cuando en ese momento corrió hacia ellos, un extraño personaje de pantalón corto azul y gorra gris. Al acercarse reconocieron en la gorra un martillo y una hoz rojos. El rumor era auténtico: ¡los rusos estaban en el Elba!

-¡Bravo, Americaniski! -gritó el ruso señalando el río que se veía prácticamente repleto de rusos sin pantalones que se disponían a cruzar sus aguas para saludar a los soldados del ejército norteamericano. Stringer y sus acompañantes hicieron todo lo posible por representar bien a las fuerzas armadas de su país.

Los nadadores rusos volvieron a la ribera de Torgau y con un grupo de camaradas uniformados se cuadraron en rígida formación militar. Uno por uno fueron dando un paso adelante, saludaron, estrecharon manos y retrocedieron a la fila. Finalizada la ceremonia llevaron a la periodista a la presencia del comandante, un hombre tranquilo y fornido de densa cabellera negra. El comandante dijo que nunca había visto hasta entonces a ninguna mujer norteamericana e invitó a la corresponsal a ocupar el sitio de honor en un almuerzo. Se brindó y bebió de modo abundante y frecuente con todo, desde champaña hasta vodka.

No obstante las atenciones, la periodista de UPI tenía prisa por regresar y hallar e! medio de transmitir su crónica a París, pero la avioneta que la transportó había regresado a su base. Cuando explicó su problema a los rusos, la acompañaron hasta el río, la subieron en un pequeño bote alemán y lo empujaron vigorosamente hacia la orilla opuesta. Lamentablemente el envión fue demasiado violento y el bote se tumbó, cayendo al agua la reportera y arruinándose la mitad de sus notas escritas con tinta.

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La corresponsal Ann Stringer con soldados estadounidenses en la II Guerra Mundial.
La corresponsal Ann Stringer con soldados estadounidenses en la II Guerra Mundial.

Mojada y embarrada, la mujer volvió a subir al bote y en el segundo intento logró cruzar el río y abordar un avión que salía para París, llevando así la primera noticia del encuentro de las tropas estadounidenses y rusas en Alemania.

La ejecución de Mussolini 

La ciudad italiana de Verona siempre había ejercido una peculiar seducción para el periodista James E. Roper, corresponsal de la UPI en Italia. La contemplaba en su pensamiento como la legendaria tierra de Romeo y Julieta, el escenario de la historia de amor eterno que escribiera Shakespeare. 

Cuando seguía a las fuerzas aliadas por el valle del Po en el último y brutal espasmo bélico en Italia durante abril de 1945, Roper decidió que sería una buena idea escribir una nota sobre Verona, escribir algo lírico sobre los estragos de la guerra y los cantos de amor de los poetas. 

La noche del 26 de abril, el periodista entró a tropezones en Verona pisoteando los humeantes cadáveres de soldados alemanes muertos en la destrucción de un convoy de gasolina, y se encontró con otra historia de amor, una de naturaleza totalmente distinta y cuyos principales protagonistas fueron Benito Mussolini y Clara Petacci.

 El paradero de Mussolini era un misterio que todo corresponsal de guerra y el Alto Comando Aliado trataban de resolver desde hacía varios días.

 Cuando Roper se separó de los demás corresponsales y se detuvo en Verona, llegó a sus oídos que el jefe fascista acababa de huir de Milán.

A la mañana siguiente, el periodista de UPI subió a un en jeep y partió hacia Milán, uniéndose por el camino con dos corresponsales de diarios que investigaban el mismo  asunto.

A los pocos kilómetros fueron encontrando soldados dispersos del ejército alemán que se zambullían en los zanjones que bordeaban la carretera al pasar los jeeps. Algunos kilómetros más adelante se cruzaron con un convoy de camiones militares alemanes cargados de soldados hasta el tope. Como era demasiado cerca para detenerse y dar media vuelta, apretaron el acelerador a fondo y pasaron junto a los camiones como una exhalación, sin suscitar otra reacción que miradas de asombro del enemigo. La guerra en Italia había terminado y los alemanes lo sabían.

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El coronel Alfred Jodl, jefe de lo que queda del alto mando alemán, se rinde en Francia ante los aliados.
El coronel Alfred Jodl, jefe de lo que queda del alto mando alemán, se rinde en Francia ante los aliados.

En la ciudad de Como dominaban la situación los guerrilleros italianos, quienes les dijeron que un cabecilla de los mismos, cuyo nombre no revelaron, conocía el paradero de Mussolini. Hallaron a este jefe en un pequeño despacho. 

-¿Dónde está Mussolini? –preguntó Roper. 

-Ya lo tenemos-, -respondió el cabecilla.

-Lo llevamos de un lado a otro. Si quieren verlo, vayan a Milán-, agregó. 

A todas las demás preguntas el jefe se limitó a insistir sombríamente:
-Vayan a Milán. 

En compañía de un guerrillero los norteamericanos siguieron adelante, muy a la retaguardia de las líneas alemanas, hasta llegar a Milán. Vieron muchas bandas armadas pero ningún alemán. 

A su llegada a Milán los recibió una multitud de italianos desbordante de alegría y el alcalde del lugar les ofreció alojamiento en un hotel. 

Al otro día, Roper despertó oyendo gritos en una plaza cercana de "¡Mussolini, Mussolini!" Con los zapatos sin anudar subió de un salto al jeep y partió a gran velocidad hacia la plaza Loreto. Una rugiente turba le cerró el paso hasta que un italiano se subió sobre el vehículo en que viajaban y gritó para abrir el paso: 

-¡Coronel norteamericano! ¡Oficial! ¡Oficial! 

Roper entró con el jeep en la plaza y su escolta saltó del vehículo señalando
hacia el centro de un agitado grupo de gente y exclamó: 

-¡Ahí está Mussolini! 

Roper no vio nada, salvo unos hombres y mujeres que gritaban enfurecidos. Por un instante creyó que se trataba de una broma, que era el único reportero de agencia noticiosa presente en muchos kilómetros a la redonda que veía a  un impostor que pretendía ser el Duce.

 Descendió del jeep y caminó entre la multitud. Vio allí una cabeza calva que brillaba al sol de la mañana. Era una cabeza rota que descansaba en el busto de una hermosa muchacha tendida de espaldas en el suelo, una muchacha de cabello peinado en pequeños rizos, pero con la blusa oscura de sangre. Un hombre se apartó de la multitud y aplicó un violento puntapié a la cabeza calva.

Minutos más tarde, temblando aún por los nervios, el periodista hizo su despacho hacia Roma, desde donde saldría a todo el mundo: 

Por James E. Roper 

MILÁN, abril 29 (UPI). - El pueblo que Benito Mussolini gobern6 dos décadas le rindi6 hoy su último tributo colgando sus restos cabeza abajo del tinglado de una estaci6n de gasolina en la plaza Loreto de Milán. 

Allí escupieron al conductor caído, balearon el cadáver por la espalda y le dieron puntapiés en la cara hasta reducirla a una masa desdentada y pulposa. Durante horas, después de traído el cadáver del dictador ejecutado en Milán junto con los de su amante y otros 16 jefes fascistas fusilados, Mussolini yació en un montículo de tierra en el centro de la plaza.

 Después la turba ató con alambre por los tobillos al Duce y a Clara Petacci, y los colgó cabeza abajo del techo de la estación de gasolina.

Continúa mañana

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