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Sábado, 31 de octubre de 2020
Del mismo autor de “Robinson Crusoe”

Extracto de Diario del Año de la Peste en Londres

Daniel Defoe

La obra publicada en 1722 es un escalofriante relato novelado donde se describen con crudeza horribles acontecimientos ocurridos durante la epidemia de peste bubónica, que asoló Londres entre 1664 y 1666. Daniel Defoe, cual sagaz reportero, se convierte en testigo de los comportamientos más heroicos pero también de los más mezquinos: siervos que cuidan abnegadamente de sus amos, padres que abandonan a sus hijos infectados, casas tapiadas con enfermos dentro, ricos huyendo a sus casas de campo y extendiendo la epidemia más allá de las murallas de la ciudad.

Fue a principios de septiembre de 1664 cuando me enteré, al mismo tiempo que mis vecinos, de que la peste estaba de vuelta en Holanda. Ya se había mostrado muy violenta allí en 1663, sobre todo en Ámsterdam y Rotterdam, adonde había sido traída según unos de Italia, según otros de Levante, entre las mercancías transportadas por la flota turca; otros decían que la habían traído de Candia, y otros que de Chipre. Pero no importaba de dónde había venido; todo el mundo coincidía en que estaba otra vez en Holanda.

En aquellos días carecíamos de periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana, como hoy se ve hacer. Las informaciones de esa clase se recogían de las cartas de los comerciantes y de otras personas que tenían correspondencia con el extranjero, y sólo circulaban de boca en boca; de modo que no se difundían instantáneamente por toda la nación, como sucede ahora. Sin embargo, parece que el Gobierno estaba bien informado del asunto, y que se habían celebrado varias reuniones para estudiar los medios de evitar la reaparición de la enfermedad; pero todo se mantuvo muy secreto. 

Fue así que el rumor se desvaneció y la gente empezó a olvidarlo, como se olvida una cosa que nos incumbe muy poco, y cuya falsedad esperamos. Eso hasta fines de noviembre, o principios de diciembre de 1664, cuando dos hombres, franceses, según se dijo, murieron apestados en Long Acre, o más bien en el extremo superior de Drury Lane.

Sus familiares trataron de ocultar el hecho tanto como les fue posible, pero el asunto se divulgó en boca de los vecinos, y los secretarios de Estado se enteraron y resolvieron averiguar la verdad: ordenaron a dos médicos y un cirujano visitar la casa e inspeccionarla. Así lo hicieron, y descubriendo en los cadáveres señales evidentes de la enfermedad, hicieron pública su opinión de que esos hombres habían muerto de la peste. A continuación se trasladó el caso al oficial de la parroquia, quien a su vez lo llevó a la Casa del Ayuntamiento; y se lo dio a publicidad en el boletín semanal de mortalidad del modo habitual, es decir:

Apestados, 2. Parroquias infectadas, 1.

Esto inquietó mucho a la población, y la alarma cundió por la ciudad; más aún cuando en la última semana de diciembre de 1664, otro hombre murió en la misma casa y de la misma enfermedad. Después volvimos a vivir tranquilos casi unas seis semanas durante las cuales, no habiendo muerto persona alguna con síntomas de la enfermedad, se dijo que el mal había desaparecido. Pero tras eso, creo que hacia el 12 de febrero, otro murió en otra casa, aunque en el mismo barrio y de la misma manera.

Esto atrajo mucho la atención de la gente hacia ese extremo de la ciudad, y como los registros semanales mostraban un aumento de defunciones superior a lo normal en la parroquia de St. Giles, se empezó a sospechar que la peste estaba entre los habitantes de esa zona, y que muchos habían muerto de ella, aunque se trataba de ocultar el hecho al público. Esta idea se adueñó de las cabezas de la gente, y pocos se atrevían a ir por Drury Lane o por las otras calles sospechosas, a menos que un asunto extraordinario les obligara a hacerlo.

El aumento de la mortalidad se registró así: el número habitual de entierros semanales, en las parroquias de St. Giles-inthe-Fields y St. Andrew's, Holborn, variaba entre doce y diecisiete o diecinueve en cada una, poco más o menos; pero desde que la peste apareció por primera vez en St. Giles se observó que el número de entierros crecía en forma considerable. Por ejemplo:

 Del 27 de diciembre al 3 de enero: St Giles 16   St Andrew 17

 Del 3 de enero al 10 de enero: St Giles 12   St Andrew 25 

 Del 10 de enero al 17 de enero: St Giles 18    St Andrew 18

 Del 17 de enero al 24 de enero: St Giles 23   St Andrew 16

 Del 24 de enero al 31 de enero: St Giles 24   St Andrew 15

 Del 31 de enero al 7 de febrero: St Giles 21   St Andrew 23

 Del 7 de febrero al 24 de febrero: St Giles 24   St Andrew --

Un aumento similar de los decesos se observó en los distritos de St. Bride (contiguo  por un lado a la parroquia de Holborn) y de St. James, Clerkenwell (limítrofe con Holborn por el otro lado). En cada uno de estos barrios morían habitualmente, cada semana, entre cuatro y seis u ocho personas, cifra que aumentó durante esa época de esta manera:

 Del 20 de diciembre al 27 de diciembre:  St Giles 0     St Andrew 8

 Del 27 de diciembre al 3 de enero: St Giles 6      St Andrew 9

 Del 3 de enero al 10 de enero: St Giles 11   St Andrew 7

 Del 10 de enero al 17 de enero: St Giles 12   St Andrew 9 

 Del 17 de enero al 24 de enero: St Giles 9     St Andrew 15

 Del 24 de enero al 31 de enero: St Giles 8    St Andrew 12

 Del 31 de enero al 7 de febrero: St Giles 13  St Andrew 5

 Del 7 de febrero al 14 de febrero: St Giles 12   St Andrew 6

Además la población observó con gran inquietud que el número general de muertes aumentó mucho durante esas semanas, aunque se trataba de una época del año en la cual las cifras suelen ser moderadas. Por lo común el total semanal de entierros variaba entre 240 y 300. Esta última ya era considerada una cifra bastante elevada; pero nos encontramos con que el número de muertes fue creciendo sucesivamente así:

                              Entierros       Aumento

Del 20 de diciembre al 27                         291 ….

Del 27 de diciembre al 3 de enero          349 58

Del 3 de enero al 10 de enero                  394 45

Del 10 de enero al 17 de enero                415 21

 Del 17 de enero al 24 de enero               474 59

Este último informe era realmente terrorífico: se trataba de la mayor cantidad semanal de muertos que se hubiera conocido desde la anterior epidemia de 1656. Sin embargo, esta situación no se mantuvo así, y como el tiempo resultó frío y la helada, que había empezado en diciembre, persistió severamente hasta casi fines de febrero, acompañada de vientos ásperos, aunque moderados, las estadísticas volvieron a disminuir, la ciudad se recuperó, y todo el  mundo comenzó a considerar pasado el peligro; sólo que los entierros en St. Giles todavía eran demasiados. Sobre todo a partir de principios de abril, cuando fueron veinticinco por semana, hasta la semana del 18 al 25, en la que hubo treinta muertos, entre ellos dos de la peste y ocho de tabardillo pintado, que era considerado la misma enfermedad. Por otra parte, el número de los que morían de tabardillo aumentó de ocho a doce de una semana a la otra.

Esto volvió a alarmarnos, y terribles aprensiones surgieron entre la población, en especial porque el tiempo ya cambiaba y se volvía caluroso, y el verano estaba a la vista. Sin embargo, la semana siguiente hizo renacer algunas esperanzas: las cifras eran bajas: sólo murieron en total 388, ninguno de la peste, y apenas cuatro de tabardillo pintado. 

Pero en la semana siguiente la enfermedad volvió, esparciéndose en otras dos o tres parroquias: St. Andrew's, Holborn, St. Clement, Danes, y para gran aflicción de sus habitantes, uno murió dentro del recinto amurallado, en la parroquia de St. Mary Woolchurch, es decir, en Bearbinder Lane, cerca del Stocks Market. Hubo en total nueve casos de peste y seis de tabardillo. Sin embargo, una investigación demostró que el francés que murió en Bearbinder Lane había vivido en Long Acre, cerca de las casas infectadas, y que se había mudado por temor a la enfermedad, sin saber que ya estaba contagiado.

Esto sucedió a principios de mayo, cuando el tiempo todavía era templado, variable, y bastante fresco, y la gente conservaba algunas esperanzas. Lo que les animaba era que la City seguía libre de enfermedades: en las noventa y siete parroquias del sector amurallado sólo habían muerto cincuenta y cuatro personas, y como el mal parecía radicado entre los habitantes de aquel extremo de la ciudad, empezamos a creer que no llegaría  más lejos; especialmente teniendo en cuenta que la semana próxima (que fue la del 9 al 16 de mayo) no murieron más que tres, todos fuera de la City, y que en St. Andrew's sólo enterraron a quince, lo que era muy poco. 

Es cierto que en St. Giles enterraron a treinta y dos, pero como sólo uno estaba apestado, la gente empezó a sentirse aliviada. La cifra total también fue muy baja, ya que la semana anterior habían muerto 347 y la arriba mencionada apenas 343. Seguimos con esas esperanzas unos pocos días, pero nada más que unos pocos días, porque la gente ya no estaba para ser engañada de ese modo: inspeccionaron las casas y descubrieron que la peste estaba realmente diseminada por todos lados, y que muchos morían de ella cada día. De manera que todos nuestros consuelos sucumbieron, y no hubo más que ocultar. Rápidamente se comprendió que la infección se había extendido más allá de cualquier posibilidad de detenerla; que en la parroquia de St. Giles había tomado varias calles y que muchas familias enteras yacían  enfermas. Por lo tanto, en el boletín siguiente el asunto empezó a revelarse. Es cierto que no registraba más que catorce abatidos por la peste, pero esto era todo trampa y confabulación, porque en el distrito de St. Giles enterraron un total de cuarenta, la mayoría de los cuales había muerto sin duda apestados, aunque en una lista les fueron atribuidas otras enfermedades. Y a pesar de que la suma de muertes no aumentó más que en treinta y dos, y la estadística total sólo señalaba 385 decesos, catorce por el tabardillo y catorce por la plaga, dimos como un hecho que esa semana hubo cincuenta muertos de peste.

El informe siguiente fue el del 23 al 30 de mayo, lapso durante el cual el número de apestados habría sido diecisiete. Pero en St. Giles hubo cincuenta y tres entierros -¡una cifra alarmante!- de los que sólo nueve fueron atribuidos a la plaga; pero una investigación más minuciosa de los jueces de paz, solicitada por el Lord Mayor, demostró que había otras veinte muertes por peste en ese  distrito, de las que se había culpado al tabardillo y a otras enfermedades.

Pero esto resultó muy poca cosa frente a lo que vino inmediatamente después; porque entonces la temperatura aumentó, y a partir de la primera semana de junio la epidemia se extendió de modo terrorífico, las-cifras crecieron mucho y las menciones del tabardillo pintado, fiebre e infección de dientes empezaron a multiplicarse. Todos los que podían ocultar sus malestares lo hacían, para evitar que los vecinos rehuyeran su presencia y se negaran a conversar con ellos, y también para evitar que las autoridades clausuraran sus casas; amenaza que aunque todavía no era cumplida, pendía sobre la población, en extremo asustada ante la sola idea del asunto.

En la segunda semana de junio, la parroquia de St. Giles, que aún soportaba el mayor peso de la epidemia, enterró a 120; aunque los boletines decían que sólo sesenta y ocho murieron apestados, todo el mundo afirmaba que habían sido por lo menos cien, calculando  de acuerdo en el número habitual de funerales en esa parroquia.

Hasta esta semana la City continuó libre; nadie murió en sus noventa y siete parroquias, excepto aquel francés que mencioné.

Pero entonces murieron cuatro dentro del recinto amurallado, uno en Wood Street, otro en Fenchurch Street y dos en Crooked Lane. Mientras tanto, Southwark se mantenía indemne; nadie había muerto de ese lado del Támesis.

Yo vivía más allá de Aldgate, a medio camino entre Aldgate Church y Whitechapel Bars, en la mano izquierda o lado norte de la calle; y como la enfermedad no había alcanzado ese lugar de la City, mi vecindad siguió muy tranquila. Pero en el otro lado de la ciudad la consternación era muy grande; y la gente rica, en particular la nobleza y la alta burguesía de la parte occidental de la City, abandonaba en masa la ciudad con sus familiares y sirvientes, de manera inusitada. Este  espectáculo se observaba mejor en Whitechapel, es decir, en la calle Broad, donde yo vivía. En verdad, no había otra cosa para ver que coches y carretas cargadas de bienes, mujeres, sirvientes, niños, etc.; coches llenos de gente de la clase alta, y jinetes que los acompañaban, y todos huyendo. Luego aparecieron coches y carretas vacíos, y caballos de reserva con sirvientes, quienes -era evidente- volvían o eran enviados del campo para recoger más gente. Había, también, incontables jinetes, algunos solitarios, otros seguidos por criados; en general, todos cargados de equipaje y dispuestos para viajar, lo que cualquiera podía notar por su apariencia.

Esta era una visión muy terrible y melancólica; y como se trataba de un espectáculo que yo no podía dejar de contemplar de la mañana a la noche (porque, en verdad, no había otra cosa que contemplar en ese momento), me llenaba de sombríos pensamientos acerca de la desgracia que estaba cayendo sobre la ciudad, y de la desdichada situación de quienes permanecerían en ella.

Durante algunas semanas, la gente se precipitó de modo tal que resultaba imposible  llegar a la puerta del Lord Mayor sin superar extraordinarias dificultades. La multitud se apiñaba para conseguir pases y certificados de salud como si viajaran al extranjero; porque sin esos documentos no se permitía a nadie atravesar las ciudades por los caminos, ni alojarse en ninguna posada. Ahora bien, como durante toda esa época nadie murió en la City, mi Lord Mayor no puso reparos en dar certificados de salud a los habitantes de las noventa y siete parroquias de la City y -durante un tiempo- a los residentes de las liberties.

Esta precipitación duró -durante un tiempo- algunas semanas, es decir, los meses de mayo y junio; tanto más porque se murmuraba que el Gobierno estaba por expedir la orden de instalar barreras y vallas en la ruta para evitar que la gente viajara, y que las ciudades ubicadas sobre la ruta no tolerarían el paso de los londinenses por miedo a que llevaran la infección con ellos. Pero esos rumores carecían de fundamento salvo en la imaginación popular, especialmente al principio.

Entonces comencé a considerar seriamente mi propio caso y cómo dispondría de mi persona; es decir, si decidiría permanecer en Londres o cerrar mi casa y volar, como tantos de mis vecinos habían hecho. He anotado este asunto tan, detalladamente, porque tal vez mi historia pueda resultar útil a quienes vengan detrás de mí, si alguna vez se vieran sometidos a la misma angustia y a la misma opción; por esta razón deseo que esta narración sea, más que una historia de mis actos, una guía para los de aquellos a quienes muy poco puede importar lo que fue de mí.

Tenía ante mí dos importantes asuntos: uno era sostener mi tienda y mis negocios, que eran considerables, y en los que había embarcado todo lo que poseía en el mundo; el otro era la protección de mi vida ante una calamidad tan funesta como la que yo veía caer ostensiblemente sobre la ciudad entera, y cuya gravedad, como si no fuera bastante  por sí misma, se veía tal vez muy aumentada por mis temores tanto como por los ajenos...

Nota: El texto completo de este relato se puede encontrar en diversas páginas de internet.

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